Enero 30, 2018 0

Pecas

Por Javier en General

Las tres pecas de mi mano izquierda son cada vez más visibles. Miro mi mano de viejo. Dice tanto de mí. A su manera, sin palabras, es un periódico. Ahora que oigo hablar a cada rato de visualización de datos y de formatos narrativos innovadores, mi mano izquierda con sus tres pecas es la más sincera crónica visual de una vida. Un gráfico fácil de entender e inigualable por su potencia. Conjuga rigor y alma, como los de Jaime Serra.

Antes de fin de año cumplí 51. (Mi padre, 80 y mi madre, 75). Lo dijo en su momento el calendario de Grassa Toro. También el otro, el de la cocina. El calendario es una sombra que llevo cosida al pie, como las pecas van cosidas a la mano. Me acompaña todos los días. Camina ágil, sin esfuerzo. Como ese hijo o amigo que un día sale a correr contigo: habla y te espera y te anima, mientras tú vas con la lengua fuera. Durante años he buscado la manera de desembarazarme de él, hoy ni lo intento. Si es necesario, hasta lo pespunteo, no vaya a perdérseme. Igual que hace Peter Pan cuando por fin recapacita.

51, sí, y sin embargo me sigo enfadando por las mismas tonterías, no recapacito…

Más o menos cuando cumplía 51, un diseñador de postín —hoy en The New York Times Magazine— explicó algunos de sus proyectos editoriales. En su charla, a la que yo asistía con Cristina, criticó con displicencia el diseño anterior de una publicación que él, naturalmente, había corregido para bien. Resulta que ese diseño ‘anterior’ era nuestro. Y no uno cualquiera sino uno de mis preferidos de siempre. Escuchaba al divo y sus argumentos a posteriori. Cristina, a mi derecha, se moría de risa viéndome gesticular. Criticar en público un proyecto anterior para justificar el de uno es una práctica ventajista, y además casi siempre injusta. Cada proyecto tiene su momento, sus razones. Desde el piso 17 de una rutilante mole acristalada, mientras el diseñador se gustaba, veíamos Londres a nuestros pies. Londres abrochado como una sombra, como mi calendario. Aquel The Independent que habíamos rediseñado en 2011 era un proyecto pletórico. Buscaba una voz propia para el más débil de los diarios británicos de calidad. Quería huir conscientemente de la elegancia y del equilibrio, que para eso ya estaba el Guardian de Mark Porter. Con muchísimo atrevimiento, el conferenciante denostó nuestro proyecto y tuvo el arrojo de decir que el suyo era lo que el diario necesitaba para superar un paréntesis oscuro. El final de The Indepedent lo conocemos todos.

Este mes de enero ha salido a la calle el nuevo Guardian en formato tabloide. Como a casi todo en la vida, a los diarios rediseñados también hay que dejarlos reposar. Deben acomodarse, encontrar su sitio, y desde allí crecer o estancarse o lo que sea. The Guardian ha sido rediseñado tres veces en tres décadas. Los proyectos de David Hillman, en 1988, y de Mark Porter y Simon Esterson, en 2005, están considerados cimas del diseño periodístico. Referencias absolutas por su calidad. Está por ver éste de Alex Breuer, que parte con la desventaja del formato y la sombra de esos dos proyectos anteriores: son sus pecas, su calendario.

The Guardian ha tenido una influencia terrible en el diseño de diarios, tanto impresos como digitales. Terrible tiene dos acepciones. Se dice de algo o de alguien que es ‘terrible’ cuando causa terror, pero también en sentido coloquial cuando es muy grande e intenso. Se lo dije una vez a Porter: “Los diarios no pueden ser todos iguales”. Era en otra conferencia, con otro público. Le acusé entre bromas de ser el culpable de una epidemia homogeinizadora, aburridísima. Él, cartesiano de tomo y lomo, sonrió. Luego, me ha dado la razón e incluso ha reconocido que aquello le hizo pensar mucho.

Yo no sé si el nuevo Guardian es mejor o peor que el anterior. Poco importa si me gusta más o menos. Lo cierto es que todos estamos hablando de él, estudiándolo en cada pliegue. Breuer y Katharine Viner han presentado su Guardian, un Guardian diferente al de Porter y Alan Rusbridger. 2018 en poco se parece a 2005, como 2005 en poco se parecía a 1988, cuando mi mano izquierda aún no tenía pecas. Que el rediseño de un diario impreso, bien que menguante, haya generado conversación es una noticia estupenda. Y es, además, la confirmación de una superioridad: jamás un rediseño digital provocará tantos comentarios.

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Postdata contradictoria. El formato tabloide es en el fondo una terrible renuncia, una maldita premonición. En pequeño, The Guardian ha perdido majestuosidad, aunque esto es no decir nada. Decir algo es que la cabecera me parece desproporcionada. En realidad, a mí me gustaba la de Hillman. La portada es ahora una portadita. Decir algo es que la Guardian Headline me parece menos personal que la Egypt. No le veo la ganancia, al contrario. Decir algo es que el diario, en general, luce más enérgico, aunque también más ruidoso y enredado. Hay bastante de moda en sus guiños y recursos, como si olvidara su maravillosa intemporalidad anterior. Y yo creo que un diario, cosa muy temporal, debe contar siempre intemporalmente las noticias.

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Enero 7, 2018 0

Periódicos impotentes

Por Javier en General

Ha acabado la Navidad. Ha nevado como cuando nevaba…

Hemos comprado un sofá y un lavavajillas. He terminado ‘Berta Isla’. Es el cumpleaños de Miguel. Cristina regresa a Londres. Urabayen nos dejó y mañana le homenajearemos.

No encuentro nada de esto en el periódico: ni en uno ni en otro. Pienso tristemente que los diarios luchan contra un imposible. No es tecnológico ni generacional; cuando brillaban, también eran incapaces. Los diarios —los periodistas— jamás podremos contar lo que pasa, lo que pasa de verdad.

“Eso es lo que suele pasar con las vidas que, como la mía y también la suya, en realidad como tantas y tantas, solamente están y esperan”. Así cierra Marías su última novela y me sugiere que, ante tanta impotencia y otras incertidumbres y desorientaciones, quizá lo único que les queda a los periódicos es procurar no perder la conciencia de su misión abocada al fracaso.

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Enero 4, 2018 2

Miguel

Por Javier en General

A su manera, Miguel Urabayen era un hombre del Renacimiento: mostraba curiosidad por cosas que aparentemente nada tenían que ver entre sí. No es que fuera un sesudo investigador ni un académico ortodoxo. Tampoco lo sabía todo, pero a todo le sacaba punta y, en cuanto te descuidabas, tas, tas, como decía: desbrozaba el terreno, dibujaba en el aire, encontraba el lugar y el momento justos. O el error en el que nadie había reparado antes.

Era también Miguel un hombre de difícil encaje. Un poco como Fernando Pérez Ollo, como Baroja, como su propia familia, los Urabayen, su tío Félix, el novelista, o su padre Leoncio, catedrático y pionero de la geografía humana en Navarra, vaya saga: no revolucionarios, aunque sí de izquierda, republicanos y agnósticos; nada complacientes ni aduladores, al contrario, reservados, pudorosos, más bien secos para el elogio o el abrazo; y tercos como mulas. Como buenos cuencos.

Ninguno de estos rasgos sobra para conocer y entender la trayectoria de Miguel Urabayen, conocido por el público en su faceta de crítico de cine y apasionado de la Segunda Guerra Mundial, aunque no tanto por ser precursor de la enseñanza del diseño y la cultura de la imagen en las facultades españolas de periodismo. No exagero. La Society for News Design le concedió en 2009 el Life Achievement Award, su más importante galardón, “en reconocimiento a su labor divulgadora no sólo de la infografía periodística sino de la imagen como herramienta clave para contar noticias”. De la mano de su padre, el joven Miguel había crecido entre mapas y soberbias revistas ilustradas. Francesas, sobre todo: ‘Science et Monde’ o ‘L’Illustration’. También ‘The Illustrated London News’, británica, su favorita. Ni leer sabía y ya se zambullía en aquellas páginas que lo sacaban de la gris Pamplona de posguerra. Ahí está el germen de la asignatura de prensa comparada, con la que algunos comenzamos a oír hablar de Le Monde o Libération cuarenta años después.

De la línea de tiempo que resume la larga vida infográfica de Miguel Urabayen, destacaría tres fechas. Las presento en estricto orden cronológico porque sé que es como a él le hubiera gustado.

La primera es un día sin precisar de 1970. Iba a decir antes que Miguel Urabayen, que vio y juzgó insobornablemente miles de gráficos, no hizo uno en su vida. Pero no sería exacto, y él no me perdonaría la imprecisión. Hizo uno. Fue ese año y se publicó en este periódico. Miguel pertenecía al grupo impulsor del aeropuerto de Noáin. Tenía el plano del proyecto y en la redacción no disponían de otra cosa. Recurrieron a él. “Dibujé a mano una cosa sencillísima, nada que valiera la pena”, contaba. Encontrar ahora ese gráfico es misión obligada.

La segunda es un día de 1982, cuando apareció por la redacción del diario ‘Tiempo Argentino’, en Buenos Aires. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus ex alumnos en la Universidad de Navarra. Nada más llegar, se puso a ojear el periódico. ¿Quién ha hecho esto?, exclamó de pronto al encontrar un mapa que ocupaba casi una página completa. Gesticulaba de pura admiración. En un rincón, con su caballete, sus plumines y sus hojas de calco, trabajaba Alejandro Malofiej, cartógrafo. Miguel se le acercó admirado, aunque no tardó en señalarle un error: el acorazado ‘New Jersey’ estaba representado en el mapa con la silueta de un crucero. Se hicieron amigos al instante. Después, no volverían a verse, pero sí mantuvieron el contacto por teléfono o correo. Y, sobre todo, Urabayen hizo que el trabajo de aquel desconocido cartógrafo trascendiera y que su nombre calificara algunos años más tarde el congreso y los premios de infografía periodística más importantes del mundo: los Malofiej, que cada año se celebran en Pamplona. Pero los focos se los llevaban siempre otros, más avispados para la fama y el dinero, y eso a Miguel, creo, como al propio Alejandro Malofiej, también de la estirpe de los de mal encaje, le dejó en el fondo una pizca de amargura. “Tengo la sensación de haber llegado tarde siempre a todas partes”, me dijo una vez.

La tercera fecha es el viernes 15 de marzo de 2013. Miguel Urabayen recibió ese día en su casa de la calle Castillo de Maya a Nigel Holmes y a John Grimwade, dos de las leyendas vivas de la infografía mundial. Ambos estaban en Pamplona con motivo de la edición número 21 de los Malofiej. A esas alturas, el viejo profesor ya no bajaba a la universidad. Holmes y Grimwade habían picado algo antes en el Savoy para hacer tiempo. A las tres y media en punto, pues bueno era Miguel con la puntualidad, llamaban al timbre. Quien abrió la puerta no era un hombre acabado sino un niño de 87 años ávido de información. Los hizo pasar. No se entretuvo con preámbulos ni cortesías. Había preparado varios libros y una batería de preguntas, una por volumen. ‘The Outline of History’, de H.G. Wells; ‘The Best of Eagle’, editado por Marcus Morris; un ejemplar de 1966 del Sunday Times Magazine; y ‘Tank, a History of the Armoured Fighting Vehicle’, de Kenneth Macksey y John H. Bachelor. Tenía media hora para sacar el jugo a aquel talento reunido milagrosamente en su domicilio. Y eso sucedió: Miguel volando de mapa en mapa y los dos visitantes británicos mirándolo admirados. Y tratando de pasar el examen con dignidad.

En estos casi cinco años transcurridos desde entonces Urabayen ha escrito algunas decenas de artículos más en Diario de Navarra y ha seguido contribuyendo puntualmente en el anuario Malofiej de infografía, que edita la Society for News Design. La víspera de Nochebuena dejó un mensaje en mi contestador. Con un hilo de voz, me convocaba a su casa para explicarme la idea que tenía para el próximo libro, que presentaremos en marzo. No le contesté, preferí dejar pasar estos días siempre intensos. Dejar pasar es algo que Miguel nunca hubiera hecho.

Post Data
Cuando termino esta entrada, leo que la Universidad de Stanford ha reconstruido por primera vez el enorme mapamundi de otro cartógrafo, Urbano Monte, milanés, que lo realizó en 1587. Es el mapa del mundo más grande del siglo XVI. Nadie lo había visto completo en cuatro siglos. Está compuesto por 60 láminas. Monte dejó instrucciones precisas de cómo componer el rompecabezas. A los expertos les sorprende el acierto con que representa el oeste de América del Norte, un territorio inexplorado en aquel momento. Con Japón, sin embargo, comete graves inexactitudes. Pero a Miguel le hubiera encantado. Sobre todo, por su proyección: el Polo Norte ocupa el centro del mapamundi. Estos puntos de vista sorprendentes, que nos sacan de nuestra zona de confort y nos obligan a mirar las cosas de otra manera, los aplicó magistralmente Richard Edes Harrison en los años cuarenta. Urabayen, que adoraba a Harrison, insistía en esto una y otra vez. La obra de Urbano Monte no acaba ahí: da además testimonio de un momento histórico y de la relación de poderes existente entonces entre las grandes potencias, con la España de Felipe II a la cabeza. Incluye monstruos de toda clase, algo al parecer habitual en la cartografía de la época. No me cabe duda de que Miguel, que no ha alcanzado a leer esta noticia, anda ahora discutiendo con Monte algunos pormenores.

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La foto que encabeza esta entrada la hizo Miguel Ángel Barón en 2016. En ella se ve a Miguel Urabayen en el pasillo de su casa de Pamplona. Vivía literalmente sepultado en libros y revistas.

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Diciembre 18, 2017 0

Que no paren las máquinas

Por Javier en General

Hoy en El País han parado las máquinas, y no ha sido por una exclusiva.

“La oscuridad no se puede combatir”, le decía hace unos días el escritor italiano Andrea Camilleri a Daniel Verdú en ese mismo periódico, todavía con tinta y en papel propios. Camilleri, de 92 años, ha sobrevivido a todos sus amigos, pero se ha quedado ciego. Lo peor, explicaba, es la pérdida de los colores. Sin colores, sólo cabe “agarrarse a la memoria”.

En las rotativas de El País se ha apagado la luz. No hay cosa más triste que una rotativa parada, nada más triste que un periódico sin papel. El diario ahora lo imprimirán otros, con otros colores que no serán los mismos. No sé si notaré la diferencia, confío al menos en que El País no se quede ciego.

Porque en este otoño oscuro El País ha sido valiente. Yo me he sentido defendido, reivindicado, cívicamente orgulloso. He tenido una referencia. No he estado solo. Conmigo estaban Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Félix de Azúa, sus editorialistas… A todos les estoy agradecido.

Periódicos y periodistas extranjeros de postín —sobre todo, los anglosajones— no han estado en cambio a la altura. Se han referido a nuestra oscuridad injustamente. Siguen hablando de nosotros —España y los españoles— en unos términos inaceptables. Patético, dañino, insufrible John Lee Anderson. Tremendo también Marc Herman en la revista Columbia Journalism Review sobre la salida de John Carlin de El País, como si todo se debiera a un contubernio y no a las horas bajas del reportero. Modestamente, hacía años que no leía un reportaje de Carlin que valiera la pena, reconvertido en columnista deportivo y en opinador de ocasión. Pero Herman, que vive en Barcelona, no habla de esto y sí de “Madrid”, referente en el que de nuevo cabe todo lo peor, incluso lo que ya no somos hace muchas décadas.

Han parado las máquinas, sí, pero antes, con El País del domingo, el último de verdad, con su papel y sus tintas, este fin de semana he montado el belén. Belén significa esperanza. También para esto sirve un periódico.

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Noviembre 24, 2017 0

Piloto de drones, conductor fúnebre

Por Javier en General

Estos días de primavera austral salimos del hotel y en seguida doblamos a la derecha. Es un paseo agradable bajo plátanos frondosos que ocultan altísimas torres de viviendas y no menos altos edificios acristalados de oficinas. De camino al diario, por Los Militares, cruzamos calles de nombres paradójicos: La Gloria no lo es tanto, pero sí Flor de Azucena, Urano o Warren Smith, donde ahora vive Marcelo. Esta calle tiene nombre de espía estadounidense, le repito cada mañana a Miguel Ángel. ¿Quién sería Warren Smith? ¿Cómo se pone nombre a las calles?

(La tentación es más fuerte que la imaginación. Busco en Google. Smith fue piloto, y no cualquiera. Cruzó 1.600 veces los Andes con la Panam. En 1939 contribuyó a evacuar a más de 700 personas tras el terremoto que ese año devastó Santiago de Chile. Murió en Miami en 1962).

Por Los Militares, algunas mañanas charlamos animados; otras caminamos en silencio. Los seres humanos se congregan en pedazos de césped y hablan con los perros. Les dedican arrumacos y carantoñas. Mudamos en nada de la esperanza al abatimiento, y viceversa. He pensado últimamente que una ciudad es sólo una gran capa de asfalto y hormigón que sepulta al planeta y lo aplasta, y que éste solo supura a través de grietas como las de los plátanos o las jardineras o, más al fondo, por donde la cordillera.

De pronto, siento una fuerte opresión en el pecho. Sí, los diarios también viven aplastados, me digo. Ya casi ni supuran. Los aplastaron la codicia, la autocomplacencia y algunos habladores. Levanto la vista. Busco aire. Del otro lado de la cordillera llegan vientos de un importante congreso de periodismo digital, ese tipo de citas que se autoasignan el elixir sanador. Allí han dicho que los nuevos perfiles profesionales que se necesitan en una redacción son estos: director y editor de redes sociales, community manager, desarrollador de audiencias, gestor de comunidades, moderador de comentarios, responsable de SEO, responsable de SEM, bloguero, curador de contenidos, editor de newsletter, diseñador visual interactivo, infografista multimedia, videoperiodista, editor de realidad virtual, editor de realidad aumentada y… ¡piloto de drones!

Llegamos al diario. Entramos en la redacción. Son pocos. Todos tienen su nombre, claro, y un mote. Incluso nosotros, según nos enteramos después. Nadie se libra. Miguel Ángel es el profesor Rosa y yo el gato con botas. Es gente estupenda. Ocurrente. Ruidosa. La víspera del lanzamiento han hecho un funeral de cuerpo presente a su sección estrella, símbolo de otra época. También hay pilotos, pero no de drones: cada día, para trabajar, Claudia atraviesa al volante una ciudad imposible, dos horas de ida y dos vuelta. Miro al profesor Rosa, me calzo las botas. Nos ponemos con ellos a hacer el periódico del día siguiente.

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Noviembre 23, 2017 0

Teobaldos

Por Javier en General

Los premios Teobaldo reconocen cada año a los mejores periodistas navarros. Los convoca con entusiasmo la Asociación de Periodistas de Navarra. Su nombre se debe a Teobaldo I, rey de Navarra entre 1234 y 1253, conocido como el Trovador y uno de los primeros cronistas del reino. Los medios de la comunidad tienden a ignorar estos premios, ellos sabrán por qué.

Antes de la cena y de la ceremonia de entrega de los premios en Olite, los organizadores invitaron este año a los asistentes a la inauguración de la nueva iluminación de la portada de la iglesia de Santa María la Real. La iglesia, adyacente al palacio, es una maravilla gótica del siglo XIII. Se encuadra en el denominado Gótico Radiante. Su portada presenta claras conexiones con la catedral parisina de Notre Dame. Es un conjunto escultórico extraordinario.

Esa noche de final de octubre resulta estupenda. El arquitecto Leopoldo Gil Cornet hace un relato pormenorizado de la portada. Primero, el gran titular: la imagen central de María con el Niño. Alrededor, aún dentro del tímpano, algunos de los pasajes bíblicos más importantes: la anunciación, el nacimiento de Jesús, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto, el bautismo. Noticias importantes. En el dintel, en una escala inferior, un hombre encaramado sobre una encina comparte escenario con un ser híbrido que toca la cornamusa. Se distinguen también un cuadrúpedo grotesco y otros seres fantásticos, hombres cazando, dos saltimbanquis… En las jambas se mezclan el Antiguo y el Nuevo Testamento, escenas de la vida cotidiana y otros motivos decorativos. Y vides, como es natural en tierra de vino: una exuberante decoración vegetal se dispone en ocho arquivoltas. A ambos lados de la puerta aguardan obedientes apóstoles y reyes. ¡Cuántas noticias!

Escucho al arquitecto y caigo en la cuenta de que la idea de la Asociación de Periodistas de Navarra es muy pertinente: estamos no ante una simple iglesia sino ante una señora portada. Una primera página riquísima que incluye los titulares de la época. A la espera de Gutenberg y de los primeros diarios impresos, los talleres y sus maestros medievales tallaban en piedra no sólo la fe —los anhelos— del momento sino también muchos detalles de la vida diaria y hasta del poder político, económico y social. La portada era el periódico.

Estas portadas góticas tienen vigencia secular. No amarillean: nos siguen informando. Siglos después, las portadas de los diarios impresos han tenido su vigencia, diaria al menos. Fijaban el tiempo y, por si acaso, admitían visitas tardías. En ellas nos reconocíamos. Las portadas digitales, en cambio, no valen para nada porque se disuelven como un azucarillo. No son inolvidables, no son verdaderas portadas. Confunden con su estúpida ansiedad.

Carmen Echarri es navarra, valiente y directora de El Faro de Ceuta. Y humilde y transparente, como deben ser los que trabajan con la palabra, según dice Francisco Javier Irazoki, que no es cualquiera. Para ella fue el Teobaldo más importante del año. Según el jurado, su trabajo representa la esperanza que aún muchas personas depositan en los periódicos. Frente a abusos y atropellos de todo tipo, como la portada de la iglesia de Santa María la Real de Olite, esa esperanza es radiante. Está esculpida en piedra. Permanece, no se disuelve. Leopoldo Gil Cornet seguía hablando y por un momento me pareció distinguir a Carmen asomarse entre la hojarasca de la portada. No, no era el hambre.

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Octubre 10, 2017 0

Cataluña

Por Javier en General

Estaba cavando, sí, ¿recordáis?, hasta el centro y más allá, y resultó que no era un sueño. Salí en las antípodas, como corresponde, pero con los pies por delante, y me dispuse a vivir cabeza abajo, lo cual no deja de ser un contrasentido porque vivir con los pies por delante es como vivir muerto. Qué palabra tan fascinante, antípodas, pensé. Pie opuesto: tal y como vivían en ese lugar. Lógico que nadie se entendiera. Al cabo, la sangre se agolpaba ya en mi cerebro. Sentí cómo éste se hinchaba y me nublaba la vista. Me pregunté: ¿cuánto tardará en explotar? De niño, temí siempre el instante previo a la explosión del globo; de mayor, también. Vivir al revés es algo muy pesado. La gravedad pesa más en las antípodas. No sé cuánto pesa una explosión. Vi muchas cabezas hidrocefálicas. Iban explotando de a poco: una aquí, otra allí. Me asusté más.

Decidí regresar y vivir con los pies en el suelo, en el país añorado de las cabezas pequeñas. Adiós a la pesadilla hemisférica. Me adentré en el agujero que atravesaba el planeta. Se supone que debía caer a toda velocidad, cruzar el núcleo y volver a salir por el lado opuesto, esta vez con la cabeza por delante, que era como empezó todo. Pero no, no acababa de caer. Caía hacia arriba. Me costó Dios y ayuda subir lo que bajaba. Pasó un buen rato; vi la luz al final del túnel. Sorpresivamente, salí de nuevo con los pies por delante. Como en las antípodas, vi a mi gente que también ahora caminaba de cabeza. La sangre acumulada aplastaba sus lenguas contra el paladar. Hinchados, nadie hablaba, nadie se entendía. ¿Para qué sirve entonces un cerebro tan grande?

Postdata.

He conseguido darme la vuelta. La sangre fluye de nuevo. Me quedo con esta estupenda portada de Liberátion. Creo que ya sé lo quiero escribir:

Que cuando arriba es abajo y abajo es arriba los periódicos no pueden limitarse a leer informes de laboratorio, contarlo de lejos, hablar de oídas o ponerse de perfil, y si lo hacen no son periódicos.

Que los periódicos, a pesar de lo que nos dijeron algunos maestros hipócritas, no son empresas cuya obligación ética primordial es ganar dinero sino herramientas imprescindibles de diálogo y construcción de sociedades democráticas adultas, y si no no son periódicos.

Que los periódicos no son ‘hooligans’ y, por tanto, jamás deben dejarse aconsejar por ‘hooligans’, y si lo hacen ya no son periódicos.

Que los datos son datos; las opiniones, opiniones; el insulto, insulto; y la mentira, mentira. Y que los periódicos tienen el deber de decirlo aunque se les arruine el titular. Y si no lo dicen no son periódicos.

Que en este tiempo líquido de redes sociales, o quizá por eso mismo, los periódicos tienen que renunciar a la instantaneidad empobrecedora, asumir frente al ruido su maravillosa lentitud, dejar de escuchar cantos de sirena, resistir y ejercer de una vez con orgullo su capacidad incalculable de influencia. Y, si no, que dejen de dar lástima y desaparezcan de una vez.

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Septiembre 29, 2017 1

Periodismo de temporada

Por Javier en General

En el sur el verano es invierno. La obviedad no quita que viajar al sur en verano sea una lata. Al volverse el verano invernal, sientes como nunca que la tierra es redonda y que estás caminando cabeza abajo. Hasta el frío pesa más. Pienso: qué loco.

Una vez tuve una ocurrencia que nadie hasta la fecha ha sabido aclararme. Si uno cavara y cavara y cavara, alcanzaría el centro del planeta; y, traspasado el núcleo, si siguiera cavando, saldría por las antípodas con los pies por delante. ¿O no? Vaya ocurrencia hemisférica.

Uno de mis periódicos anuncia casi a los gritos: desde hoy, puede poner gratis aquí sus anuncios de compraventa de automóviles. En internet y en papel. Me entran ganas de ponerme a cavar inmediatamente.

En el sur entro en un diario que acaba de mudarse a un moderno edificio de oficinas. Se les nota contentos. Me conducen al séptimo piso. Es un espacio diáfano donde se disponen ortopédicas filas de mesas y se produce un gris trabajo paralelo. Pregunto a mi acompañante: la redacción, supongo. Pero me aclara: no, esto es el departamento comercial. Subo después a la planta 8, a la 9, a la 10… Paso del área comercial al diario serio, de la de finanzas al popular. Hace rato que no sé dónde estoy ni qué es qué. Sufro —como los diarios— una crisis de personalidad. Desorientado, echo de menos las viejas, inconfundibles y fecundas redacciones de los periódicos.

En Lima, en el congreso de la Sociedad Interamericana de Prensa para diarios populares, el director del peruano Trome salta a la palestra. El listón del pesimismo está por los suelos, pero él va a lo suyo: me gusta lo que hago, estoy agradecido, no hay muchos secretos, sólo vale el talento, siempre me rodeo de gente mejor que yo, y si es posible que sean buenas personas… Es tan raro escuchar nada parecido que me vuelvo a desorientar. Decido seguir mi camino, como él el suyo al frente del diario en lengua española de mayor circulación.

Ayer miércoles leí a Leila Guerriero (‘Irse así’) y hoy jueves salgo de una librería en el corazón del casco antiguo. Salgo con el periódico (¡sí, el periódico!) en la mano. No he acabado aún de leerlo. Lo haré después, como siempre, en la cama. Son las diez, pero la temperatura en la calle es fabulosa. No parece Pamplona. Afuera, ríos de jóvenes, cada cual con sus cosas, como el director de Trome, y todos con una cerveza. Me miran con extrañeza. Yo creo que es el diario. ¡Si supieran que hemos estado dos horas hablando de Dovstoievski y mirando al abismo con Yulia Dobrovólskaya, traductora al español de Svetlana Aleksiévich o Aleksandr Chudakov, entre otros! Pienso otra vez: qué loco.

Mientras algunos pierden el tiempo dándole vueltas a los presuntos nuevos formatos narrativos en periodismo, otros decidimos perderlo en el siglo XIX, en las profundidades de una pequeña librería. ‘Los hermanos Karamazov’ pronostica la revolución y muerte de Rusia, aventura Dobrovólskaya. Por qué se empeñan los medios y sus gurús en buscar fórmulas de empaquetado de temporada es algo que me produce perplejidad. Carlos Echeverry distinguió —también en Lima y con tino— entre diarios del tiempo y diarios de temporada. En Twitter muchos recomendaban hoy leer a Tristan Ferne, de la BBC. Yo creo que el mal del periodismo es esta insana y vacua obsesión por estar a la última.

Muy cerca de la librería hay una panadería que nunca había visto antes. Ayer, de rebote, me llamó la persona que la regenta. Quería unos pósters para promocionar sus cruasanes, sándwiches y tortas de txantxigorri. Hasta ahora los viene haciendo ella misma como buenamente puede. Los pega con cinta adhesiva a unos caballetes y saca estos a la calle. Quiero mejorar un poco, que cuando mires los pósters te entren unas ganas locas de comer el cruasán, me dice. Y yo: ¿cuántos carteles quieres hacer? Y ella: diez, ah, y plastificados, porque me duran más.

Una conocida que me cruzo por casualidad a la salida me dice que la panadera prepara unas tartas para chuparse los dedos. Después de un día decepcionante por cosas, como diría mi abuela, vuelvo a casa convencido de que el de la panadera es el encargo más bonito que va a llegar al estudio este trimestre. Y de que el mejor formato narrativo, diga lo que diga Ferne, es un caballete.

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Septiembre 4, 2017 0

La foto

Por Javier en General

Estaba echando una ojeada al diario en el móvil antes de apagar la luz. Ya saben, gratis y con el dedito, haciendo eso que universalmente se llama ya ‘scroll down’ y que no tiene equivalente satisfactorio en español. Es lo bonito del español o del francés, más precisos que el inglés, aunque con menos cintura, y obligados por ello al circulonquio.

Nada esperaba a esas horas. La cascada de noticias venía insípida… Hasta que aparecieron ellos. Eléctricos octogenarios: nostálgicos, cómplices, pícaros. Abrazados. Sentí un chispazo. Algo me decía que esa foto era importante. A pesar de todo, no le di mayor más vueltas y, como muchas noches, me quedé dormido con la luz encendida.

A la mañana siguiente, la edición impresa del diario traía en portada la foto de Robert Redford y Jane Fonda en la Mostra de Venecia. Me sentí muy orgulloso del periódico, de su altura y sensibilidad. La última vez que ambos habían actuado juntos fue hace 38 años, en ‘El jinete eléctrico’, de Sydney Pollack. Ahora, se han reencontrado en ‘Nosotros en la noche’. Redford dijo a la prensa que no quería morirse sin actuar una última vez con Fonda y ésta resumió la película en cuatro palabras: “Nunca es demasiado tarde”.

¿Cuáles son los mejores diarios del mundo?, suelen preguntarme con cierta frecuencia lo mismo amigos que profesionales que atienden congresos periodísticos. Mi respuesta no es nada excitante, y sí de perogrullo: los que leo. Esos son los mejores diarios, claro que sí.

Yo no leo The New York Times, ni The Washington Post, ni The Guardian. Podría hacerlo porque me defiendo en inglés. Pero la verdad es que no los leo, o sólo de Pascuas a Ramos. Muchos menos leo Libération, Le Monde o Die Zeit, y bien que quisiera: no hablo una palabra de francés ni de alemán. No leo La Reppublica de Roma, ni Dagens Nyheter de Estocolmo. Tampoco La Nación de Buenos Aires, El Comercio de Lima, El Tiempo de Bogotá o El Universal de México, y eso que todos ellos están escritos en castellano. Por no leer no leo ni El Correo de Bilbao, ni La Voz de Galicia, ni La Vanguardia de Barcelona. Sólo leo los de diarios mi rincón, y durante quince días de julio, además, Diario de Cádiz, que este año cumplió 150 años.

Mi rincón está ocupado estos meses por una cafetera estropeada que va camino de convertirse en escultura oxidada. Entre tanto, o por si acaso, dejo mis diarios en otro rinconcito más modesto y expuesto, siempre en la cocina, aunque cerca de la puerta, cosa que me inquieta. Allí voy acumulando los mejores diarios del mundo, los míos. Los que leo y me basta. En ellos he encontrado este verano historias como ‘Piedra, pueblo, mito: el paraíso pedido de Iñaki Perurena’, que firmaba en agosto Borja Hermoso, deslumbrante por ritmo y sonoridad, lo mejor sin duda del verano; o como ‘Cioran y Dios, juntos en las librerías’, que anteayer escribía también Hermoso con motivo de la publicación de ‘Lágrimas y santos’, traducido por fin directamente del rumano. Dice Fernando Savater que Cioran era un hombre de honda sensibilidad religiosa, aunque contrariada, y que “nunca le perdonó a Dios que no existiera”. “La creación del mundo no tiene otra explicación que el temor de Dios a la soledad”, escribe en ese libro un ya descreído Cioran. Nunca antes había pensado en la posible fragilidad de Dios.

Me río a carcajadas con Perurena, el levantador de piedras navarro; no me quito de encima la idea de un Dios necesitado, tan diferente al oficial; y me dejo arrullar (¿engañar?) por la magia del cine grande, con esos actorazos capaces de contar cuatro décadas de ausencia en un abrazo cósmico. De todo eso me entero por los periódicos de mi rincón, los mejores, los que me traen la foto más bella del verano, no por The New York Times. ¿Cómo no seguir comprándomelos?

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Septiembre 1, 2017 1

Luis se gana su entrada

Por Javier en General

Ayer me dejé el móvil en Tarragona, en casa de Luis y Marga. No ha sonado desde entonces o, mejor, si ha sonado no he podido escucharlo. Ojo, me encuentro bien. No tengo mono, no lo echo mucho de menos. Extraño más el periódico cuando el repartidor, perezoso, lo deja de cualquier manera en el suelo del portal, y no dentro del buzón. En esas ocasiones, se lo lleva el primero que llega. Ha pasado una, dos, tres veces este verano. Comprar, lo que se dice comprar periódicos, poca gente compra; ahora, cuando el periódico se pone a tiro…

El fin de semana anterior estuvimos con el móvil en Arles, en los Encuentros Fotográficos. Las fotos que acompañan esta entrada están sacadas con el teléfono. Nos alojamos en el mismo modesto hotelito que el Katusha y el United Arab Emirates. La Vuelta Ciclista a España partía ese día de Nimes. Los ciclistas, como los futbolistas, son ahora longilíneos y jovencísimos. Desfilan por la mañana muy obedientes. Más autómatas que deportistas, todo el tiempo atentos a sus métricas o al pinganillo, o a las dos cosas. Por sensaciones corría Induráin. Estos ciclistas no saben qué son las sensaciones. Me recuerdan a las ediciones digitales de los diarios, obsesionadas con el clic. Afuera, en el aparcamiento, los autobuses de los equipos ciclistas son autobuses y lavanderías y quién sabe qué más cosas tras sus cristales tintados. La noticia no está en Nimes, está en nuestro aparcamiento, pienso.

Por Arles el Ródano baja majestuoso a pesar de la sequía. Traza una curva de noventa grados y enfila el Mediterráneo. En España no tenemos ríos así. Nuestros ríos son como nosotros: impetuosos, torrenciales, impacientes, agrestes… y escuálidos. Un país es lo que son sus ríos, vuelvo a pensar. ¿Sus periódicos, sus periodistas?

Encontramos muchas cosas interesantes en los Encuentros de Arles. Y muchas cobijadas en antiguas iglesias hoy desacralizadas. Arles está llena de ellas. (Leemos que menos del 1% de la población francesa se declara católico practicante: pierdo una apuesta). En la de Frères Prêcheurs, por ejemplo, se expone el trabajo de Michael Wolf, uno de los pocos fotoperiodistas que han podido incursionar en el mundo de la fotografía creativa, según se aclara a la entrada. A mí me parece que Wolf nunca ha dejado de ser periodista. Vivió varios años en Hong Kong y su retrato de la ciudad es apabullante. Impresiona la mirada frontal a edificios de viviendas mastodónticos, casi colmenas: allí no hay nadie, o eso parece. Porque si te fijas mejor, comienzas a intuir muchísima vida: un osito de peluche apoyado sin vértigo en la repisa, una jaula con su pajarillo, una heroica plantita, pegatinas infantiles en algunas ventanas, escobas colgando, decenas de horribles aparatos de aire acondicionado… Y ropa interior de todos los colores. Es como si la ropa interior tendida contuviera y revelara a su manera los misterios de cada habitáculo.

Después de mirar por fuera, sigo leyendo, el autor pidió permiso para mirar por dentro. Así, le salió el proyecto ‘100×10’: cien ocupantes de otras tantas viviendas de a diez metros cuadrados, que es el espacio disponible en cada uno de esos bloques colosales de Hong Kong. Todos posan frontalmente, como los edificios antes, aunque no advierto orgullo en esa gente sino franca hospitalidad. ¿Dónde está la noticia?

Michael Wolf presenta también otros proyectos en Arles. Me llama la atención uno que emplea imágenes de Google Street View como punto de partida para reflexionar sobre la intimidad. Sobre esas imágenes aparentemente inocuas, el fotógrafo realiza varios aumentos y descubre, pese al píxel, a una señora de cuclillas entre una hilera de coches, evacuando; a una pareja que no es pareja besándose en un portal; a un motorista que, viéndose cazado por los sicarios de Mountain View, les dedica una peineta… ¡Hay tantas historias en los aparcamientos, es decir, a poco que miremos!

En Arles aprendo horrores de Colombia y de Irán, pero no de sus versiones folclóricas o estereotipadas. También, del egoísmo incurable de Masahisa Fukase. Y de Ucrania. Me impresiona ‘Look for Lenin’, una muestra del fotógrafo suizo Niels Ackermann y del periodista francés Sebastien Gobert que bucea en la memoria histórica. Cuando Ucrania proclamó su independencia en 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética, en el país se contabilizaban 5.500 estatuas de Lenin. Era por mucho el país con mayor proporción de monumentos dedicados al líder de la Revolución rusa. Una ley de 2015 ordenó destruirlas. Ackermann y Gobert estaban destacados como corresponsales en Ucrania cuando los sucesos del Maidán y el derrocamiento de Yanukovich en 2014. Unas semanas antes del golpe de Estado, el 8 de diciembre de 2013, Ackerman había sido testigo en la plaza Bessarabska de Kiev del derribo de la estatua de Lenin por una multitud enardecida. Sacó docenas de fotos. Pero al día siguiente, cuando regresó, ya no quedaba ni rastro del monumento. ¿A dónde había ido Lenin? Como los autores, que se pusieron manos a la obra durante un año en su busca, me pregunto por la memoria, esa palabra. Pienso en los lugares, donde habitamos y nos movemos, seguramente tan importante como las personas. Si los lugares desaparecieran, ¿qué sería de nosotros? Nos convertiríamos en otra cosa, nos diluiríamos, no seríamos nosotros. No, no son irrelevantes los lugares, ni los nombres de los lugares, ni las estatuas que dicen de lo que fuimos… y somos. Hay algo en esta ola actual de revisionismo que me incomoda. Como no nos gustamos, nos dedicamos a borrar de un plumazo. En lugar de integrar y crecer, repudiamos. Con franqueza, no me gusta ver a Lenin convertido en Darth Vader, ridiculizado ventajistamente. En el fondo, entre tanto periódico zaherido, yo también ando buscando a Lenin…

En Arles me topo con la primera Annie Leibovitz, la de los años de Rolling Stone, hasta 1983. Su exposición es modular y tan abrumadora como los rascacielos de Hong Kong. La fotógrafa ha pecado de incontinencia, es decir, no ha sido muy periodista esta vez. Lo ha sacado todo del baúl y lo ha colgado en la pared. Ahora, búscate la vida, trabaja tú, encuentra la foto buena, siento que me dice. Y no veo nada. No hay selección, o no parece que la haya. Uno no sabe dónde posar la mirada, en qué imagen detenerse y bucear. Como esas bases de datos disfrazadas de gráficos estadísticos, que nada dicen porque nada concluyen y te traspasan toda la responsabilidad. Me pregunto: ¿se le olvidó a Leibovitz de qué iba este oficio?

Nos despedimos de Arles en la abadía de Montemayor, cuyo origen se remonta al siglo X. Unos monjes benedictinos construyeron una pequeña iglesia sobre una roca, en medio de un marjal. En no mucho tiempo, aquello se convertiría en un conjunto monástico imponente y en uno de los centros abaciales más importantes de Francia. Desde este promontorio se controlaban otros 50 monasterios de la zona. En Montemayor nos esperan los autorretratos de Audrey Tautou, pero siento extrañamente el peso de la historia y las fotos de la actriz me parecen fruslerías. Pienso: en este instante la clepsidra habría marcado la hora sexta, los monjes habrían dejado sus labores y se habrían entregado a la oración. Pero Tautou, que anota en el margen de cada foto el día, la hora y el medio que la está entrevistando, pretende que me concentre en sus instantáneas egocéntricas y paranoicas… ¿Dónde está noticia, dónde?

Nos vamos cuarenta exposiciones después, yo medio aturdido. Convencido, pese a todo, de que los diarios hace rato que perdieron la fotografía y por ahí un poco de su alma. En todo caso, hemos podido despedir el verano como se merece. Luis, que me envía hoy el móvil por mensajero, se ha pasado el fin de semana en la cocina. Entre escabeches y brasas. Ha sudado varias camisetas, literalmente. Como los ciclistas. Es un artista y además se desvive por todos. El mejor anfitrión del mundo. Bromeamos con que su casa de la playa bien merecería una estrella Michelín. Él se conforma con que le mencione en el blog. Me acuerdo ahora de Carlos Arribas, que el 26 de julio de 2003, sábado, dedicó su crónica a Pablo Lastras tras ganar éste la decimoctava etapa del Tour de Francia de ese año. Lastras andaba envidiosillo porque el periodista de El País había escrito una crónica estupenda el día anterior a cuenta de la victoria de Juan Antonio Flecha. Se lo dijo a Arribas. Éste le contestó que para ganarse una crónica había que merecérselo. Lastras quería la suya y ganó la etapa. Modestamente, Luis, tú también te has ganado esta crónica, la última del verano.

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