Agosto 28, 2016 2

Mintxate

Por Javier en General

35 años después, casi cuarenta, ayer volvimos a Mintxate. Mintxate es un pequeño valle pirenaico paralelo a Belagua, en el noroeste de Navarra, al que se accede por una foz. La pista de tierra serpentea durante siete u ocho kilómetros entre pinos y hayas. Al fondo, adonde nadie llegaba entonces y casi nadie ahora, plantábamos unas tiendas, hacíamos fuego y pasábamos una semana asilvestrados, aislados del mundo. En Mintxate inventamos el pádel, guerreamos ferozmente con piñas y a veces con perdigones, ejecutamos ranas de mil maneras, todas crueles. El mismísimo Fernando Múgica se dejó ver por allí más de un verano. Aunque la verdadera alma de aquellas acampadas era mi padre, que ahora ha querido mostrar a sus nietos el lugar al que se refiere un topónimo que en la familia es un mito.

Mintxate está igual que hace cuarenta años. Igual quiere decir igual. Naturalmente, yo no estoy igual que en 1976 o 1980. Sin embargo, ayer, paseando por Mintxate, sentí muy dentro el mismo muchacho. Los mismos miedos, las mismas ilusiones. “Tío, con esas gafas pareces uno de esos escritores viejos que están en las estatuas”, me despierta Pablo, y se queda tan campante. En el restaurante un camarero treintañero me calcula benévolo 53, que es el mismo número que teníamos asignado en el colegio para marcar la ropa. No alcanzo aún los 50, protesto. Él, incrédulo, se encoge de hombros. ¿De verdad aparento tantos?, insisto. A lo que me responde con sorna: tenemos un tiramisú para chuparse los dedos.

¿Por qué entonces el espejo devuelve otra imagen? ¿Por qué miente? ¿Por qué veo en él parado al mismo muchacho de siempre, como ayer sentí en Mintxate? Tampoco los periódicos están igual que en 1976 o 1980, me digo con la melancolía propia de un cincuentón. En 1976, cuando nosotros descubrimos Mintxate, llegaba a los quioscos El País, que no fue fulgor de un día sino como se vio luego mucho más, y muy importante. Cuatro décadas después no quedan casi quioscos y llevar un diario debajo del brazo —como se llevaba entonces El País— no mola: no significa nada. O, peor, significa que eres un poco estatua. Los diarios no son más la plaza pública donde se debaten y comparten las cosas importantes de una sociedad; hoy, más bien, se han convertido en estatuas avejentadas, acomplejadas, seguidistas. Estatuas-veletas que giran al viento del algoritmo.

Por eso, con mis gafas de escritor viejo y estatuario, he leído con mucho interés a Katherine Viner. En un artículo reciente, ‘Cómo la tecnología altera la verdad’, la directora de The Guardian denuncia que las redes sociales se han “comido” las noticias, amenazan la viabilidad del periodismo basado en el interés público y han contribuido a una era en la que las opiniones sustituyen a los hechos. Dice Viner: “Los algoritmos, como el que alimenta el flujo de noticias de Facebook, están diseñados para darnos más de lo que ellos creen que queremos, lo que significa que la versión del mundo con la que nos encontramos cada día en nuestro flujo personal ha sido invisiblemente seleccionada para reforzar nuestras creencias preexistentes (…). Por supuesto, Facebook no decide lo que lees, al menos no en el sentido tradicional de tomar decisiones, y no dicta lo que los medios producen. Pero cuando una plataforma se vuelve la fuente dominante para acceder a la información, los medios con frecuencia ajustarán su trabajo a las demandas de ese nuevo medio. La prueba más visible de la influencia de Facebook en el periodismo es el pánico que acompaña a cualquier cambio en el algoritmo del flujo de noticias que amenace con reducir las visitas que se mandan a los medios”.

Y añade: “Muchas redacciones están en peligro de perder lo que más importa en el periodismo: el duro, valioso, cívico oficio de patearse las calles, filtrar bases de datos, hacer preguntas incómodas para descubrir cosas que alguien no quiere que sepas. El periodismo serio, de interés público, es exigente. Y lo necesitamos más que nunca. Contribuye a hacer que los poderosos sean honestos, ayuda a la gente a comprender el mundo y su lugar en él. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la era digital ha hecho que eso sea aún más evidente (…). Creo que merece la pena luchar por una cultura periodística fuerte. También hacerlo por un modelo de negocio que sirva y recompense a los medios que pongan la búsqueda de la verdad en el centro de todo, y construya una sociedad informada y activa que escrute a los poderosos, no un grupito mal informado y reaccionario que ataque a los vulnerables. Los valores tradicionales del periodismo deben ser asumidos y celebrados: investigar, verificar, reunir declaraciones de testigos, hacer el intento serio de descubrir lo que ha sucedido de veras”.

Sucede que han pasado cuarenta años y que, en el fondo, como Mintxate, la vida no ha cambiado tanto. Tal vez, los diarios deberían también volver. Darse un vuelta por sus hemerotecas, que suelen ser valles hermosísimos, verdaderas gargantas profundas al otro lado de una foz.

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Agosto 8, 2016 2

Números

Por Javier en General

Miro la televisión. Estoy corriendo encima de una cinta —una caminadora, como dicen aquí— en la octava planta del hotel. Cuando uno corre encima de una cinta pudiendo correr en el parquecito de abajo suceden cosas absurdas. Ver una prueba olímpica de ‘scull’, por ejemplo, que es una modalidad de remo. Los palistas surcan la laguna de Río de Janeiro, yo me estoy surcando el cerebro. Recorren dos mil metros que cubren en unos ocho minutos y medio, yo en 40 minutos no llego a nueve mil.

Todavía encima de la cinta, me pregunto absurdamente cuántas pruebas de ‘scull’ hacen una vida. Calculo: si vivimos, pongamos, y con suerte, 85 años, en una vida caben 5,38 millones de regatas. Rompo a sudar. ¿Cuántos Juegos caben en una vida?, vuelvo a preguntarme. Los de Río son mis decimoterceros juegos: me quedan ocho. Ya sudo a mares. No sé si por la cuenta atrás o porque me imagino remando sin parar durante ocho décadas.

Sigo mirando la televisión. Acabamos de rediseñar un diario en Santo Domingo. No cualquier diario sino uno que fue pionero en 2001 en todo el mundo: un gratuito de calidad distribuido a domicilio. ¿Se han vuelto locos?, pensé entonces. Quizá porque se volvieron locos Diario Libre se comió el mercado y no ha dejado de crecer. Hoy es el líder absoluto. Consigue arreglar baches en las calles en menos de 24 horas. ¡La Policía se cuadra al paso del vehículo del director! Acaba de ampliar su planta de producción con una nueva rotativa. Y tiene pauta cerrada de publicidad hasta 2020. Un caso de estudio.

Para imprimir un día Diario Libre se consumen ochenta bobinas de papel. Para contar una vida hacen falta por tanto dos millones y medio de bobinas. Si en 2001 hicimos el diseño original de Diario Libre, con su marca y todo, y han pasado quince años para volver a rediseñarlo, me quedan apenas dos rediseños más antes de irme al otro barrio, eso si los diarios sobreviven. No me cabe ninguna duda de que lo harán si se vuelven locos como éste.

Terminan las series de ‘scull’. No sé quién ha ganado nada. Me digo: ¿a quién se le ocurre ver cinco series de ‘scull’ seguidas? Las cosas de correr encima de una cinta. Bajo. Me meto en la ducha. ¿Cuántas duchas me habré dado en cincuenta años? ¿Cuántas me quedan?

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Agosto 4, 2016 0

Con un par

Por Javier en General

Las etiquetas de vino tienen una función que les es consustancial: identificar una botella y su caldo como vino. Y no como un vino cualquiera sino como uno en particular, diferente al resto. Han de ‘hablar’ de él. Informan. La creatividad aplicada a esas etiquetas puede, debe ser generosa. Hay margen suficiente siempre y cuando no se deje de ‘hablar’ del vino que viene dentro y se lleve el foco a otra cosa. Esto, claro, sirve para el vino o para cualquier otro producto o servicio de cualquier sector.

Lo que acabo de escribir sería una perogrullada si no fuera porque el exhibicionismo perpetuo en el que vivimos tiende a opacarlo todo, o eso pensamos. Y así, al toque de corneta, la creatividad se desboca y desenfoca, las cosas se retuercen. Hay que llamar la atención a como dé lugar. El ridículo ha alcanzado también al vino, que ya no sabe qué hacer para recuperar ventas. Los bebedores de antaño se mueren, los de hoy son más bien cerveceros. Proliferan etiquetas sonrojantes como la que nos encontrábamos Laura y yo esta mañana. Etiquetas que, en realidad, han dejado ya de ser propiamente etiquetas; son al vino lo que la telebasura a la televisión o la dichosa viralidad a los medios.

No sé por qué esta historia me suena…

Sí, una etiqueta de vino ha de parecerse a una etiqueta de vino. Y, de la misma forma, un periódico ha de parecerse a un periódico: oler a un periódico, organizarse como un periódico, vibrar como un periódico, sentirse como un periódico. Informar como un periódico.

Sin embargo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, odo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, infinitamente, absolutamente todo se hace por y para Google.

Hemos retorcido a los periódicos para servir a Google. Para llamar la atención de Google. Tanto, que ya no parecen un periódico. Como las etiquetas de vino que ya no se parecen a etiquetas de vino. En las reuniones no se habla de periodismo sino de algoritmos, y los algoritmos son exactamente lo contrario del periodismo. Google ha matado a los periódicos, los periódicos se han suicidado con Google. Con un par.

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Agosto 2, 2016 0

Inconsolable

Por Javier en General

Ha muerto Josetxo Moreno y yo regresé del sur sin ver el rayo verde. Pensaba llamar a Eric Rohmer, que vive donde vive ahora Josetxo, y preguntarle cómo se mira para poder verlo. O quizá es que esta vez no pude verlo precisamente porque se había muerto el fundador de los cines Golem, el que me trajo a Rohmer a Pamplona. Porque se lo ha llevado. A Josetxo Moreno y a sus compinches se les ocurrió plantar unos cines en un erial, al final de la ciudad, donde la avenida de Bayona desembocaba en la nada, que era por donde yo iba al colegio. 1982: ir al cine nunca más fue lo mismo y bien que se lo agradezco.

También se ha muerto Dominique Arnaud, el maestro de los gregarios, a quien tanto siguen agradeciendo Perico Delgado y Miguel Induráin. Dice Carlos Arribas que decía Anastasio Greciano —otro inolvidable gregario de aquel inolvidable Reynolds— que Arnaud era “el único francés majo” que había conocido en su vida. Yo he conocido muchos y con el tiempo me he vuelto más francófilo que anglófilo. Pero la frase es genial y tiene su miga.

Me entero de los tránsitos de Moreno y de Arnaud no en casa ni en las secciones de Cultura y Deportes sino en el sur y en la sección de obituarios, que, tratada como se merece, es siempre la mejor sección del periódico. La primera que leo cada día. Y no por morbo ni por afán de fisgar, que es como se suele rastrear entre las esquelas. Un hermano de mi abuelo jamás salía de la cama por la mañana sin antes hojear el periódico. “Hoy tampoco estoy (en las esquelas)”, decía en voz alta, y ya tranquilo se levantaba. Las esquelas son primas bastardas de los obituarios. Hay un nexo ineludible entre unas y otros, naturalmente, pero las esquelas suman a su singular recuento social —descartar que se ha muerto uno y confirmar quién se ha muerto de los otros— una vocación sobre todo comercial. ¡Que se lo digan si no a los periódicos, que como los tanatorios viven de los muertos!

Pero hablaba de Josetxo Moreno y Dominique Arnaud. Dos jóvenes maduros: apenas 62 y 60 años, respectivamente. ¡Cómo te acercas, muerte!

En el sur leo con estival voracidad ‘Inconsolable’, un ensayo de Javier Gomá que ocupa seis páginas completas de otro diario, esta vez sí en la sección de Cultura. Sin imágenes, puro texto. ¡Hace falta valor periodístico para publicar tamaña grisura en verano! ‘Inconsolable’ es una pieza de teatro, un monólogo para ser preciso, y forma parte del nuevo libro del filósofo, ‘La imagen de tu vida’, que Galaxia Gutenberg publicará en 2017. Desconsolado es como se siente Gomá a los 50 tras fallecer su padre. Como yo también al leer que Josetxo Moreno y Dominique Arnaud, que forman parte de mi mitología, nos han dejado.

“¿Qué es la vida?”, se pregunta el autor, que no duda al referirse al padre: el último animal mitológico en la vida de uno. Y se responde: “(La vida es) la lenta gestación de un ejemplo póstumo”. Javier Gomá se detiene en el origen etimológico de la palabra “verdad”. En griego, “verdad” se dice “aletheia”, que significa literalmente “no olvido”. El filósofo describe así una cadena, una maravillosa transmisión intergeneracional. Irrumpen por aquí muchas más preguntas: ¿qué tipo de persona fui?, ¿cuál fue mi destino?, ¿cómo seré recordado?, ¿qué imagen dejaré a los míos?… Y se suceden más intuiciones, que son respuesta: “Me doy cuenta de que todavía estoy a tiempo de retocar el cuadro antes de entregarlo, como lo haría un artista (…). Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta. Y así romperle el aguijón a la muerte, privándole de su tragedia”.

Es curioso: al final, todos hablamos de compasión. En el sur, cruzando de vuelta la España vacía, y ahora ya en el norte, que nos ha recibido medio bien: esto leía y en esto pensaba los últimos días gracias a los periódicos.

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Julio 19, 2016 0

Nómadas

Por Javier en General

Regreso de un viaje apasionante por la España vacía y descubro con Sergio del Molino que periodísticamente soy un poco carlistón. Del Molino, antiguo compañero en Heraldo de Aragón, cita en la página 208 de su último libro al historiador Francisco Javier Caspistegui, antiguo compañero de mili, quien se refiere al carlismo como una “melancolía colectiva” con “moral de derrota” cuyo objetivo fue destruir la ciudad y recuperar así lo mejor de los “buenos viejos tiempos”. El escritor asegura que el movimiento atrajo no sólo a ultras sino también a sensibilidades románticas inclasificables como Valle Inclán. Menos mal: si Valle fue a su manera carlistón, me quedo un poco más tranquilo.

Sergio del Molino urge a caer en la cuenta y a hacer algo con esa conciencia. Su mirada sobre España es compasiva. Compasión es una palabra admirable. No es mojigata ni resignada. Exige conciencia (y consciencia). Vivir con compasión: ésa fue también la recomendación nada moralista que hizo David Foster Wallace a los graduados de la Universidad de Kenyon, Estados Unidos, en 2005. “Atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. Ésa es la auténtica libertad (…). Nada tiene que ver con la moralidad ni con la religión ni con las grandes y elaboradas preguntas sobre la vida después de la muerte. La verdad con uve mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte. Tiene que ver con llegar a los treinta, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza. Tiene que ver con el verdadero valor de una verdadera educación, que pasa en gran medida por la simple conciencia”, sostiene Foster Wallace en esa intervención, titulada ‘Esto es agua’.

Sumido en una profunda depresión, el autor de ‘La broma infinita’, considerada una de las grandes novelas del siglo XX, no se disparó en la cabeza: se ahorcó el 12 de septiembre de 2008, a los 46 años. ‘Esto es agua’ fue el único discurso que pronunció en su vida. Comienza así: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: ‘¿Qué demonios es el agua?”

Me resulta curiosa esta coincidencia. La de Del Molino y Foster Wallace, que han caído en mis manos estos días previos al verano. Sus viajes, su invitación a tomar conciencia.

Fago, las Hurdes, La Mancha, el Moncayo… son el agua de Sergio del Molino. Por ‘La España vacía’ transitan Marañón y Almodóvar, Cervantes y David Lynch, el general Custer y Julio Llamazares, Bécquer y Joaquín Reyes, Antonio Machado y otro Joaquín, Joaquín Luqui, el inolvidable locutor de Caparroso, Navarra. Cómo trae a colación el autor a Luqui, el pueblerino sin complejos ni artificio, el del jersey de rombos, me parece magistral. Lo es también el encuentro pisciforme que describe Foster Wallace.

En la coda del libro (página 254), a propósito de una mudanza frustrada, Del Molino dice: “Nunca había pensado que el espacio fuera una necesidad (…). Yo leía ‘On the road’ y creía que el espacio estaba en las planicies, en las cunetas de las carreteras, en los vestíbulos de las estaciones de Greyhound. Leía ‘Lolita’ y soñaba con cazadores encantados y bragas puestas a secar en la ducha. Leía a Bruce Chatwin y me enamoraba la idea de que los humanos somos nómadas, que el sedentarismo es una perversión grosera de nuestro carácter natural. Hay una teoría antropológica que explica por qué el movimiento calma a los bebés. La quietud les angustia. El balanceo indica que la tribu se mueve. Si se para, queda a merced de los depredadores”.

Para un carlistón como yo, que busca la seguridad perdida en los “buenos viejos tiempos”, el nomadismo es una invitación al coraje y a la conciencia. A salir de la zona de confort. A nadar sabiendo que esto es agua. Un reto. 15 de julio. Se acabaron las fiestas. Después de las despedidas, me dispongo a cruzar apachemente la España vacía en busca de mar, luz y compasión al sur. Con ese equipaje ligero afrontaré después lo que venga.

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Julio 6, 2016 3

Red the News

Por Javier en General

Este año no he escrito sobre el esplendoroso verde de mayo y junio en Pamplona. Para cuando me doy cuenta el campo está ya amarillo y cosechado. Y la ciudad, preparada para el rojo, a punto de estallar.

Me miro las manos venosas, hoy como a los cuarenta. Me fatigo corriendo como nunca antes. Los médicos rondan. Husmean. “El cuerpo acaba manifestándose, siempre”, dice Carlos. No me tranquiliza. Son las tres de la mañana. Había escrito una entrada larga; la he perdido completica. Será por algo, pienso en lugar de desesperarme.

Reconocía en esa entrada, y ahora en este sucedáneo, a Victoria Prego por su adiós discreto y delicado, que dice mucho de ella y del diario (El Mundo) en el que ha trabajado los últimos dieciséis años. El adiós profesional más bonito que he leído nunca.

Reconocía también a Juan Carlos Laviana, uno de los fundadores de ese periódico, que no menos discreta ni menos delicadamente ha dado un paso al costado. Le echaremos de menos. Y a Rodrigo Sánchez, el mejor diseñador periodístico que conozco, y una de las personas más buenas en esta profesión, que de momento resiste. A Rodrigo le decía que no se fuera nunca. Que en este tiempo de desbandada él perseverara en su maravillosa locura: arriesgar, arriesgar, arriesgar.

Reconocía, en fin, en mi entrada perdida, y ahora en este sucedáneo, el papel del diario El Mundo, precisamente cuando vive su peor momento, o su momento más difícil. El Mundo, sí, tan despreciablemente despreciado por otros colegas que se arrogan el derecho de adjudicar la etiqueta de la calidad periodística. A ellos mismos, claro. El Mundo, con todos sus defectos, pero posiblemente el diario menos sectario, el más guerrillero e imprevisible de cuantos han existido en España en las últimas décadas. ¿Se puede decir algo mejor de un periódico?

Las noticias no dan respiro. La que me ha hecho sonreír estos días: en Pamplona impregnan las paredes del Casco Viejo con una sustancia repelente de orina que hará que los meones infractores se pongan perdidos. Tecnología sanferminera. Vamos a ver cuánto salpica. La que me recuerda mi fragilidad y el enigma de la vida: ha muerto en accidente de moto el comisario de la Policía Foral Mario Zunzarren, articulista y poeta, responsable durante años de la lucha contra la siniestralidad en las carreteras. La que me descoloca: el dichoso ‘brexit’, que ha dejado al Reino Unido temblando tras su órdago irresponsable. Humano pavor. La que me enoja: aquí, en cambio, los políticos no saben cómo se conjuga el verbo dimitir. ¡Qué difícil es decir adiós! ¿Verdad, Victoria?

En esa entrada que he perdido y que ya no voy a tratar de recuperar criticaba duramente la auditoría “creativa” (sic) de El País, más preocupado por aparecer en las revistas de arquitectura y decoración, con sus sofás y áreas de esparcimiento, que por hacer un periodico como Dios manda y servir así a sus sufridos e incomprendidos suscriptores. No, ya no hay papeleras ni impresoras en la redacción de El País, ya no se puede dejar nada encima de la mesa ni colgar un triste abrigo de la silla. ¡Te lo tiran! Por no haber, dicen, ya no hay ni puestos de trabajo fijos, aunque sí, naturalmente, el viejuno y previsible superdesk, aquí llamado ‘command center’ (y no es broma). ¿Es esto un periódico?

En Florida ha muerto en otro accidente Joshua Brown, dueño de un Tesla Model S, que funciona con piloto automático. El coche en el que Brown viajaba —que no conducía— se empotró contra un camión. Es la primera víctima en la carretera de la inteligencia artificial aplicada a vehículos. “Lo que compras no es lectura o cine, sino experiencias. Y el soporte es parte irremplazable de esa experiencia. Por eso sobreviven las salas de cine y los discos, y algunos periódicos y revistas, y los libros, porque son más que su contenido: son expresión material de afecto y afinidad. El hartazgo digital potencia lo presencial, lo directo, lo próximo, lo auténtico”, irrumpe en La Vanguardia Andrew Keen, director del Salón de Innovación de Silicon Valley.

Cumplimos diez años como estudio. Hemos vivido y sobrevivido un poco quijotescamente. Leo la mofa en las caras de muchos, su complejo de superioridad cada vez que pataleo. Lo reconozco: me cansé. He perdido. Ganaron los ventajistas del algoritmo, los prestidigitadores de la gran mentira. Ahora, tomando prestadas las palabras de Keen, tan sólo quiero disfrutar del afecto y de la afinidad de los míos, y de estos Sanfermines que comienzan. Y de los viejos diarios… el tiempo que les quede. Como lector siempre, impenitente, y con nuestra camiseta de aniversario, eso sí. Hemos perdido, pero está prohibido agachar las orejas. Salud.

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Junio 24, 2016 0

Locuras en papel 2

Por Laura en General, Ilustración, diseño

Qué será de mí es un libro ilustrado que cambia con el tiempo, está hecho a 2 tintas (ambas de color magenta) y una de ellas desaparece en un periodo de tiempo de entre 2 y 4 meses una vez sacado del envoltorio.

Su creador, Martin Satí, ha utilizado la tinta volatil para conseguir que las 70 ilustraciones que componen la obra sean auténticos poemas visuales que hablan del fin, de la fugacidad y del olvido.

Para Martin Satí lo interesante es ver, en un período relativamente corto, la susceptibilidad de las cosas con el paso del tiempo, la épica de la vida como un proceso evolutivo y transformador, y la huella que deja en la memoria antes de borrarse para siempre.

El resultado final es un registro fósil lleno de poesía gráfica. Un juego sin resolver, como el paso mismo de la vida.

Ficha
Impresión: 1 + 1 (tinta que desaparece ) serigrafiada.
Papel: Schoeller 220g de alta calidad.
Encuadernación: hecha a mano con 20 hojas cosidas con hilo blanco.
Cubierta: serigrafiadas y cosida a mano.
Páginas: 80 páginas.
Tamaño: 140×200 mm.
Tirada: Se ha hecho gracias a un crowdfunding una edición limitada de 50 copias.
Precio: 100€ (el autor reconoce el alto coste pero han sido cuatro años de trabajo, los libros están hechos a mano de la obra, por lo que el diseño final resulta en una pieza única y exclusiva).
Cada copia está firmada y numerada por el autor.

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Junio 13, 2016 0

Cadáveres exquisitos

Por Javier en General

Están a punto de cerrar la sala. He llegado tarde, como casi siempre. Avanzo deprisa entre decenas de volúmenes autoeditados. Hay de todo: mucha obra supérflua y prescindible. Onanismos editoriales, una de las plagas de hoy. Otras, en cambio, tienen su interés. Selecciono algunas publicaciones al azar, las hojeo, continúo. Casi al final, me sale al paso un catálogo de color verde caqui. Es de Txuspo Poyo, un viejo conocido, y se titula ‘Cadáveres exquisitos’, en rutilante Helvetica Condensada; lo que me atrapa, sin embargo, es el segundo título o apostilla al primero y principal: ‘Intervenciones sobre obituarios de periódicos’. Lo abro. Encuentro un tesoro. No hay tiempo para más. Apunto la referencia. Ya lo compraré en Amazon, me digo.

Llega el libro a los pocos días. Leo. ‘Cadáveres exquisitos’ con sus intervenciones cobija 122 dibujos a bolígrafo realizados sobre otras tantas páginas de diarios que informaron del fallecimiento de personajes públicos de todo el mundo entre 2001 y 2014: Adolfo Suárez y Farrah Fawcett, Chavela Cargas y Emilio Botín, Alain Resnais y Diana de Gales, Ingmar Bergman y Margaret Thatcher, Lauren Bacall y Miliki, J.D. Salinger y Louise Bourgeois, Oscar Niemeyer y Sara Montiel… La serie arranca con un obituario que, estrictamente hablando, no es un obituario, aunque sí el primero por orden cronológico: la destrucción de la estación espacial MIR el 23 de marzo de 2001. Poyo incluye en la relación otro ‘obituario’ no personal: el de la banda terrorista ETA tras anunciar un alto el fuego definitivo. Convaleciente de una colitis ulcerosa en el otoño de 2004, el artista navarro comienza entonces a recopilar páginas. Encontramos a los españoles El País, El Mundo, ABC, El Correo, Deia, Gara, La Vanguardia y Expansión; a los franceses Libération, el diario de los obituarios inigualables, y Le Monde; a los británicos The Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mirror y The Sun; al alemán Süddeutsche Zeitung; a los estadounidenses The New York Times, New York Post, New York Daily News y Newsweek; al brasileño O Estado de S. Paulo. En total, diecinueve diarios y una revista. Sobre ellos, garabatea y tacha de manera intuitiva, automática.

Lo reconozco: nunca había oído hablar de ‘cadáveres exquitos’. Ángela sí, claro: “Surrealistas”, me dice sin dudar. Fueron André Breton, Paul Éluard y Tristán Tzara los que idearon en 1925 esta técnica de escritura —y creación— coral, anónima, intuitiva, espontánea, lúdica y casi automática. Su nombre se debe a la primera oración que alumbró el método surrealista: “El cadáver exquisito beberá el vino joven”. Sigo leyendo. Cadáveres exquisitos se basaba en realidad en un viejo juego de mesa llamado “consecuencias” en el que los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura y después la pasaban al siguiente jugador, que sólo podía ver el final de lo que había escrito el jugador anterior.

“Nadie sabe qué es el ser humano ni las posibilidades que tiene. Todos somos fragmentos”, le confesaba esta semana el dramaturgo Peter Brook a Aurora Intxausti. En las últimas semanas he visto morir a Fernando Múgica y a Miguel de la Quadra Salcedo; a Esteban, el padre de Bea, y a Javier, el padre de Luis. Simultáneamente, se bautizaba Gonzalo, hacía su primera comunión Pablo y se acaba de casar Marta. Fragmentos todos de este juego absurdo de cadáveres exquisitos en el que andamos inmersos. Carne de obituario.

El obituario es un género periodístico de primera magnitud, uno de los más difíciles, bellos e importantes, aunque la prensa española lo ha ignorado durante décadas. Todo lo contrario que los diarios anglosajones, para los que estas piezas llegan a constituir maravillosas joyas incluso literarias. “Los problemas profundos que tenemos son los mismos que tenían al principio de la humanidad”, remacha Brook. Nuestros diarios, en cambio, se empeñan en inventar nuevos y ridículos problemas, y sobre todo pagan dinerales por nuevas y ridículas soluciones. Cierro el libro de color verde caqui y pienso si Txuspo Poyo no ha tenido valor para anticipar y completar su relación de cadáveres exquisitos con el obituario más importante, aún por venir, quién sabe si mañana mismo: el del periódico, ese que con tanto entusiasmo andan elaborando al alimón los principales directivos de medios de nuestro país.

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Mayo 26, 2016 1

Por qué todavía te preguntas si deberías bailar swing

Por Ángela en General

La ola de recuperación del swing surgió en la California de los años 80. Calor, sol, playa. Gente joven y despreocupada dando palmas a buen ritmo y haciendo acrobacias. Bailaban lindy hop. Lejos de menguar, la fama de esta disciplina se extendió en las siguientes décadas invadiendo calles y plazas de ciudades de medio mundo. ¿Qué tiene este baile para que cada año su número de adeptos crezca sin parar y, sobre todo, para que tú todavía te preguntes si deberías aprender a bailar swing?

— ¿Oiga? ¿Es ud. Frankie Manning el bailarín?
— No, soy Frankie Manning el cartero.

Se equivocaba. Sí era Frankie Manning el bailarín. Cuarenta años antes, tras revolucionar el mundo del swing en la década de los 30 y los 40, Manning se alistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez terminada la contienda, y frente al avance del bebop y el rock ‘n’ roll, decidió hacerse cartero hasta que fue redescubierto y lideró la oleada de neoswing que hoy vivimos.

Los Whitey’s Lindy Hoppers con Frankie a la izquierda del todo.

El origen del lindo hop —la variante más famosa del swing—, tal y como lo conocemos hoy en día, se encuentra, para ser precisos, en una madre diciéndole a su hijo que nunca llegaría a ser bailarín. Era la madre de Frankie Manning, el protagonista de esta historia, que consideró a su hijo, cuando éste era pequeño, demasiado rígido y poco flexible como para dedicarse al baile. Nunca sabremos si fue la terquedad o un complejo de Edipo lo que le ayudó a revertir el curso de su historia. El caso es que, de adolescente, Frankie comenzó a frecuentar los clubs de Harlem, donde residía, y no salió de ellos hasta convertirse en una de las figuras clave del movimiento swing de la época.

Uno de estos clubs, el mítico Savoy Ballroom, rinde hoy homenaje al artista en su página web. “Frankie se inspiró en George “Shorty” Snowden y Leroy “Stretch” Jones, la primera generación de lindy hoppers. Con el propósito de enfrentarse a estos dos grandes bailarines en las intensas competiciones celebradas en el Savoy Ballroom, desarrolló su propio y único estilo. Él es el responsable de las muchas innovaciones en pasos y estilo del lindy, incluyendo bailar en un ángulo agudo con el suelo como un corredor, en lugar de en la posición de salón vertical y rígida de sus predecesores”. Fue en una de esas competiciones en las que Frankie asombró al público, compuesto de más de dos mil personas, con el primer lindy airstep de la historia, que realizó junto a su pareja de baile Frieda Washington. Él mismo recuerda aquellas sesiones en este vídeo.

En 1935 un empresario organizó a los mejores bailarines del Savoy en una compañía profesional que llamaron Whitey’s Lindy Hoppers, en la que Manning se erigió como coreógrafo además de desempeñar su papel como bailarín. De ahí pasaron a Broadway y llegó el  éxito, que se confirmó con sus intervenciones en varias películas como Radio City Revels (1937), Big Apple (1939), Hellzapoppin (1941) o Hot Chocolates, con Duke Ellington (1941).

Giró por todo el mundo con los mejores músicos de jazz: Ethel Waters, Ella Fitzgerald, Bill ‘Bojangles’ Robinson, Duke Ellington, Billie Holiday, Count Basie o Cab Calloway. En 1937 llegó a actuar para el rey Jorge VI de Inglaterra y en 1941 protagonizó un reportaje de la revista Life en la que destacaban sus creaciones y su estilo acrobático.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la compañía se desintegró, ya que varios de sus componentes, igual que Manning, se alistaron en el ejército. Al terminar la contienda, en 1946, Frankie formó su propia compañía, The Congaroo Dancers, con la que giró con Dizzy Gillespie, Sarah Vaughan o Nat ‘King’ Cole. Pero las modas tienen sus tiempos y no se entretienen en darlos por cumplirlos. Así que a medida que el bebop y el rock ‘n’ roll fueron calando en la década de los 50, Frankie comenzó a tener menos trabajo. Se casó, encontró un empleo estable en el servicio postal, fundó una familia y se retiró del mundo del espectáculo.

Más de treinta años después, en 1985 Al Minns, un ex miembro de Whitey’s Lindy Hoppers, comenzó a dar clases de swing en el Sandra Cameron Dance Center de Nueva York. Tres años después falleció. Fue por aquel entonces que la New York Swing Dance Society (NYSDS), otra de las grandes impulsoras de este fenómeno, fue creada y jóvenes y mayores comenzaron a volver a los salones para bailar swing de manera más intensa que en los esporádicos eventos que habían tenido lugar hasta entonces. El mismo Frankie cuenta en sus memorias que lo vio claro en una de las sesiones de baile organizadas por la NYSDS en el Cat Club de Harlem. “Vale, ahora sí está volviendo”, pensó.

A través de Bob Crease —un miembro de la NYSDS—, dos de los alumnos californianos de Al Minn, Erin Stevens y Steven Mitchell, supieron que Frankie Manning seguía vivo. Cuando se quedaron sin profesor, decidieron coger la guía telefónica y llamar a todos los Manning que hubiera en ella. Fue así como sucedió aquella curiosa conversación que Manning relata en sus memorias y en la que negó, sin querer, ser él mismo.

— ¿Oiga? ¿Es ud. Frankie Manning el bailarín?
— No, soy Frankie Manning el cartero.
— Pero, ¿solía bailar?
— Sí, pero ya no lo hago más.

Roto un supuesto escepticismo inicial, y gracias a la persistencia de Erin (con quien después haría decenas de tutoriales en Youtube), Frankie aceptó verles y continuar instruyéndoles. En California, Stevens y Mitchell impulsaron la nueva ola de swing que sigue creciendo hoy en todo el mundo. Con ella Manning volvió a escena como bailarín e instructor de numerosos talleres y seminarios por todo el planeta. Uno de los más conocidos, por su pionerismo y también por su intensidad —dura hasta cinco semanas— es el de de Herräng, en Suecia, al que asistió como instructor desde el año 89 hasta su muerte.

En ellos apareció ocasionalmente acompañado de Norma Miller, su pareja de baile de antaño, con quien viajó a aquellos lugares que visitó durante sus exitosas giras de los años 30 y 40. Con 75 años, Maninng coreografió el musical de Broadway ‘Black and Blue’, por el que recibió en 1989 un premio Tony. Y en 2000 se le concedió la beca Arts National Heritage Fellowship de la agencia estadounidense National Endowments of the Arts —una agencia independiente del gobierno que financia proyectos artísticos—.

Durante toda ésta última época era habitual verle en artículos en GQ, la revista People o incluso protagonizando un reportaje en uno de los programas en horario de máxima audiencia de la cadena ABC. El frenesí llegó a tal punto que bailarines de todo el mundo estuvieron celebrando su cumpleaños con talleres y bailes multitudinarios durante años. Incluso se organizaron galas en Japón y cruceros para la celebración de sus 89 y 90 cumpleaños.

Un mes antes de cumplir los 95, Manning murió en su casa de Manhattan. Sin embargo, el 26 de mayo siguiente más de 2.000 bailarines de 33 países diferentes celebraron su cumpleaños en Nueva York durante cinco días, con concursos y eventos especiales. Entre ellos está el multitudinario Shim Sham —número tradicional en los bailes sociales desde los años 80, implantado por Manning y la NYSDS— que se celebró en el Central Park y que ganó un récord Guinness por su gran afluencia. Cinco años más tarde, en la celebración número 100 del cumpleaños de Frankie, la comunidad internacional de lindy hoppers decidió instaurar el 26 de mayo como el Día Mundial del Swing.

Hoy, su reconocimiento es tal que hasta Google le dedica un doodle. Además, Manning es uno de los artistas que integran el National Museum of Dance’s y sus fans le siguen visitando en el cementerio de Woodlawn de Nueva York. Los que le conocieron dicen que su deslumbrante sonrisa y un ritmo corporal tan trepidante y alegre como el de la misma música, hacían su baile enormemente contagioso. “He tenido una vida fascinante, realmente maravillosa”, aseguró numerosas veces antes de morir. Ahora, ya sabes. Quizás Manning tenga algo que ver en que todavía te preguntes si deberías bailar swing.
Y para los que ya lo hacen… ¡Feliz día mundial del Swing!

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Mayo 23, 2016 1

Crónica del fin de semana

Por Javier en General

Hay mucha gente a la salida del funeral, y también ausencias.
¿Qué es la verdad?, ¿dónde está?, preguntaba el oficiante.
Se echa la noche de luz naranja: no es el atardecer, son las farolas del casco viejo.
Compartimos banco, cervezas, confidencias.
Es un encuentro familiar extraño.
Posiblemente, el último en Pamplona.
Se habla de Kafka, de Dinamarca o del futuro, la cosa va por grupos.
Tiene algo de irreal este viernes.
El sábado, temprano, me corto el pelo.
Hago la compra, la recojo.
Otros esparcen cenizas en Santoña.
Es el día de Cristina, se gradúa.
Comemos en el centro, muy elegantes.
Brindamos contentos y cariacontecidos.
Después, ante doscientos estudiantes y sus familias, Manuel Martín Algarra llama a humanizar la tecnología.
Dice que los ingenieros son como las tuberías.
Lo mismo transportan agua potable que epidemias gravísimas.
Qué llevan las tuberías, ésa es la madre del cordero.
Mi hijo, ingeniero, no está muy de acuerdo.
Comunicarse, construir.
El discurso de la delegada de Periodismo aventaja a los otros dos (Publicidad, Audiovisual) por mucho.
Un amigo presente confirma que siempre es así.
Normal, pienso.
Las tres delegadas, por cierto, son mujeres.
Un amigo presente confirma que casi siempre es así.
¿Normal?, me pregunto.
La decana habla finalmente de Paco Sancho y del fotógrafo Nachtwey.
A James Nachtwey, que se hizo fotógrafo de guerra por Goya, le han dado el Princesa (antes Príncipe) de Asturias de Comunicación y Humanidades; la facultad ya le había concedido su premio Brájnovic.
Nadie menciona a Fernando Múgica, ex alumno, el Nachtwey de Pamplona.
El acto no se hace largo, la organización es impecable.
Desfilan los muchachos, recogen sus diplomas.
También, Cristina.
Lloro fugaz, discretamente, muy orgulloso.
Fuera, es noche de verano en mayo.
Pamplona surreal.
En el café de la plaza, más allá de los corros, se sienta a la mesa una presidenta de gobierno.
Conversa animada, parece.
Es periodista, últimamente política, pero hoy, en familia, sobre todo es ella.
La miro.
Se van todos, caminamos sin prisa.
Cojeo.
Me han salido ampollas en los pies.
¡Llevo los zapatos de mi boda!
En el bar, antes de la cena, saludo al director de un periódico.
Le doy las gracias por publicar el obituario de Fernando.
Caen unas gotas.
El domingo se traducen en viento furioso y lluvia racheada.
Mayo sin caretas.
Desayuno piña que ha cortado Elena y fresas sobrantes.
Leo que David Beriáin ha dado con el ejército perdido de la CIA, los ‘hmong’, 41 años después.
Qué tipos estos de Artajona.
‘La fotografía ha muerto’, reza la Colección Alcobendas en el museo.
Paseo, pues, entre la muerte y la autoedición antes de tomar el aperitivo.
El responsable del bar, muy exitoso, saca el pincho y me anuncia: lo dejo.
Cambio de rumbo.
Está cansadísimo, pero contento.
Le admiro y le envidio.
Quiero imitarle.
No ha acabado el domingo.
Cocino borrajas en la olla, me salen buenas.
Salgo a correr por la tarde.
Gana la Copa el Barcelona, Iniesta juega un (otro) partidazo.
Ahora sí se ha acabado el domingo.

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