Agosto 28, 2015 0

Pedro Jeff

Por Javier en General

Periodismo al servicio… y al rescate. ¡Toma ya! Como si fuéramos menores de edad, ciudadanos desprotegidos y temerosos.

Un dizque gurú lenguaraz y reincidente de apellido Jarvis —al que increíblemente seguimos poniendo la grabadora para que píe— va y suelta que esto no va de contar historias sino de servir, y que la tecnología es la clave de bóveda desde la que reinventar el periodismo. “Hablar de contenido nos limita. Es una idea que pertenece a la era de Gutenberg. El contenido rellena cosas, el servicio las consigue”. Con un par.

Un ex director de periódico y campeón de las vanidades de apellido Ramírez vuelve a proclamar aburrida, cansinamente que su novísimo e inigualable proyecto llega al servicio de los indefensos de este pobre país nuestro. Aburre a un muerto y a bastantes universitarios este Robin Hood del dizque nuevo periodismo que, para llevarlo a cabo, contrata a golpe de talonario y crea una redacción elefantiásica. ¿Lo nunca visto? ¡Ja!

Líbreme yo de tanto salvapatrias. ¡Si lo único que quiero es leer el periódico!

A todos ellos les digo lo que este fantástico cartelito que descubrimos el domingo en Tilcara, provincia de Jujuy: continúen, no se detengan, ¡no estacionen aquí, carajo!

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Agosto 27, 2015 0

Apunados

Por Javier en General

En Jujuy, hermosísimo topónimo argentino, aprendí que hay ocho tipos de maíz (chulpi, pisingallo, negro, tresmesino, morocho, garrapata, amarillo ocho rayas, blanco o diente de caballo, rosado y overo), que las tiendas de regalos se llaman regalerías y que los coches se apunan, es decir: que sufren también del mal de altura.

La cuesta de Lipán, saliendo de Purmamarca, serpentea interminable. Más que cuesta es cuestón, un puertazo, al menos si lo medimos con parámetros europeos. Arriba del todo, a 4.171 metros, se acurruca un baquiano —lugareño— que pasa las horas acurrucado sin hablar con nadie. Sólo escucha silbar el viento. Vende esculturitas de sal y otras bagatelas. Le compro una llama por treinta pesos. No me dice nada.

La puna es un territorio geográfico concreto y además un pequeño agujero negro ambulante, un vacío de oxígeno que se da a cierta altura y que provoca la inmediata fatiga del motor. Una vez dentro, apunado, pisas a fondo el acelerador, pero el auto no responde. Y así transitamos por la ruta unos pocos aventurados, adelantándonos con cara afilada a treinta kilómetros por hora.

Pura lógica física, asegura Yamile. Pero no deja de asombrarme, pobrecito ignorante europeo. Yamile maneja feliz y los demás nos ponemos en sus manos. Nos regala oportunas explicaciones de todo. Dice que se siente bien en esa tierra: “Es mi lugar en el mundo”. Periodista atenta y delicada, culta, de las que escucha: no parece periodista. Es una formidable contadora de historias. (Al regresar a casa pienso que yo también tengo mi lugar en el mundo. Se llama Pamplona y no tiene nada de oclusiva, pese a las malas lenguas. Sonrío).

Pero hay más cosas de este viaje que me ponen contento. Supe que hay o hubo un diario en Jujuy llamado ‘Pregón’ y confirmo que hay otro diario en la Argentina que quisiera incorporar definitivamente a mi rincón. Fue el diario de Tomás Eloy Martínez, es el diario de Jorge Fernández Díaz y de otros, a veces me encuentro en él a Juan Cruz. En este maldito tiempo de ruinas y achique suicida, vuelvo sabiendo que en el mundo es posible un diario majestuoso, uno que nos devuelve el orgullo y la capacidad de creer, el mejor diario escrito en español hoy.

La Nación, en Buenos Aires, representa todo lo que modestamente defiendo y la prueba del algodón de que jamás lo digital superará al gran diario impreso. Antes en el centro y ahora en zona norte, la gente de La Nación se la pasa no acurrucada como el baquiano de Jujuy, aunque sí escuchando silbar el viento: reinventándose. Vigilan al poder, olfatean tendencias, buscan caminos, se enriquecen cada día. Van de ida. No descansa La Nación y, sin embargo, proporciona sosiego. Es un gozo. Espero que el proceso de integración en el que anda inmerso no empobrezca el diario.

En Jujuy, decía, aprendí lo del maíz y lo de los autos que se apunan, y también que todavía existen lugares donde se arreglan máquinas de escribir. No, señor Jarvis, no es la tecnología la que nos hará reinventar el periodismo sino volver al tiempo en el que en los periódicos cada cual hacía lo suyo. Ni más ni menos. El taller, componer las galeradas e imprimir el diario; los periodistas, simplemente, salir a la calle y contar lo que veían. Es la tecnología la que apunó el periodismo.

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Agosto 19, 2015 4

Recetas

Por Javier en General

Contaba Javier Rodríguez Marcos el domingo en El País (muy recomendable su poemario ‘Vidas secretas’: “Las palabras son material explosivo”, asegura) que en 1981 la RAI —la televisión pública italiana— pidió a Italo Calvino una receta para afrontar el siglo XXI. Antes incluso que la Universidad de Harvard. El autor de la inolvidable ‘Si una noche de invierno un viajero’ se descolgó no con una sino con tres recetas: aprender poemas de memoria, desconfiar de la facilidad y ser conscientes de que décimas de segundo pueden dejarnos sin nada de lo que tenemos. La literatura, en definitiva, como gran propuesta para el tercer milenio. El mejor antídoto contra un uso cada vez más pobre del lenguaje. La inmediatez y los automatismos diluyen los significados y achatan la expresión, dice Rodríguez Marcos que decía Calvino sobre el presente. Parece hoy y han pasado 34 años.

Tengo un amigo periodista metido de lleno desde hace meses en cambiar de arriba abajo la manera de trabajar en una redacción, que por extensión es en la empresa entera. Dificilísimo empeño. Camino de espinas e incomprensiones mutuas. El mundo gerencial contra el mundo periodístico. La gallina de los huevos de oro de tanto consultor de pacotilla… Almorzamos el otro día. La conversación arrancó con alegre salmorejo y derivó hacia una sobremesa sin postre y algo pesimista. Vislumbrando nuestras propuestas, sometiéndolas a debate microscópico, el meollo de la cuestión no era tanto la inevitabilidad de un oficio insustituible, cosa en la que coincidimos sin fisuras, sino su viabilidad económica, presente y futura. Nada original: es lo que está volviendo locos a teóricos y prácticos del periodismo, sin que nadie dé con el elixir. Mi amigo, gran reportero y editor, vino a decir de alguna manera que no hay lugar para los medios impresos y generalistas.

Y yo me opuse. No acepté ninguno de los dos obituarios. Negué el pronóstico. No por romanticismo, le dije, o no sólo por romanticismo; sino convencido de que existe una oportunidad de negocio para ambos. Hay veces en que romanticismo y rentabilidad pueden darse la mano. Estoy convencido de que ésta es una de ellas.

Trataré de explicarme.

A mi juicio —quizá ingenuo, aunque no lo creo—, los medios generalistas son los únicos capaces de articular el diálogo que vertebra sociedades democráticas adultas. Sin diálogo, no compartimos nada y de nada podemos hablar. Sin ellos, sin los medios generalistas, no hay temas de conversación comunes. Y entonces… avanzaríamos hacia una nueva Edad Media: ‘Mad Max’ o ‘Matrix’, su versión contemporánea. No y no. Hay que resistir. Sobran demasiadas revistas snob, ahora que se habla de ‘boom’ de las publicaciones minoritarias, y faltan verdaderos periódicos. Ya sólo por eso, los generalistas son y han de ser imprescindibles.

Pero es que, además, los diarios impresos —el papel— son los únicos capaces de generar la necesidad de tener, ésa que jamás lo digital ofrece. Creo en el objeto: lo que se puede tocar, lo que se puede guardar, coleccionar, regalar. En términos emocionales, lo digital no sirve, o sirve menos. Esa ansiedad por lo único o exclusivo —yo lo tengo, tú no lo tienes— puede proporcionar al impreso jugosos ingresos si los profesionales dan con la tecla. Una tecla a la que jamás llegarán si no ponen sobre la mesa una oferta de contenidos sublime en fondo y forma. Y, en consecuencia, cara. Hoy por hoy, la mayoría de los diarios no acaban de dar con la tecla; al contrario, están empeñados en su empobrecimiento para garantizar una supervivencia de luces cortas que a medio plazo es obituario seguro.

Esta mañana me han dicho en el aeropuerto que ya no venden periódicos. Puedes tomarte un café, comerte un cruasán, comprarte una camiseta de recuerdo, encontrar una pared solidaria…, pero no un diario. ¿Mi propuesta para el nuevo milenio periodístico? Ansiedad y salmorejo. A mi colega le deseo toda la suerte del mundo.

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Agosto 18, 2015 0

Carlos

Por Javier en General


 
Antes de recibir al Esca, el Aragón traza una curva a izquierdas y le da la espalda con suficiencia. En ese punto el Esca es apenas un hilo modesto, nada que ver con el río roncalés y trepidante aguas arriba. Ese y otros prodigios deja ver el estío: tierras agrietadas aún húmedas, lodos en estratos diversos, troncos ennegrecidos, mares de ramas enredadas, hasta una pelusa verde de hierbajos que vista de lejos parece flotar sobrenatural. Lo que oculta el embalse la mayor parte del año deviene ahora, descubierto, un festín de ocres chocolateros. Uno tiene la inquietante sensación de estar pisando terreno prohibido y que las grietas, los lodos, los troncos y las ramas, incluso la pelusa verde van a cobrar vida en cualquier momento y no sólo afearme sino castigarme implacablemente por ello. Cualquier cosa puede suceder aquí.

Da miedo Yesa en verano; da miedo el embalse siempre. El embalse succiona, engulle. Está en su naturaleza, no puede evitarlo: pueblos y comarcas en la que fue vega, quién sabe qué pobres criaturas en los desagües de la presa. (Qué bien lo suele contar Julio Llamazares, aunque este verano ni a él ni a Navia les luce mucho).

Elena anda con su cámara y su proyecto; yo la sigo a mi aire, extrañamente ocioso. Hemos dejado el coche y los periódicos del domingo junto a una gasolinera. Los periódicos dan cuenta del estado comatoso de Entrepeñas y Buendía, que transitamos con Carlos antes del verano. Dan cuenta también del polémico tránsito de aguas a la cuenca del Segura y del fulminante de Rafael Chirbes. No recogen, sin embargo, el viaje de Carlos a América, ni sus lágrimas que eran mías, ni su ausencia que dura ya mil años. No hubo noticia más desgarradora ayer. Me pregunto cómo es posible que la ignoren. No se enteran los diarios de las historias mínimas, no tienen sensibilidad, no es extraña tanta desafección.

¿Y si inventáramos uno, un periódico que sólo se ocupara de los tránsitos o que los convirtiera en el corazón de todo? Nacimientos, bienvenidas, cumpleaños, exámenes y oposiciones, nombramientos, contrataciones, despidos, matrimonios, separaciones, dilemas, holas y adioses, inventos, descubrimientos, malditas muertes… Pero no en forma de nota escueta, ni en listas o registros rutinarios, aburridos. No. Un diario a la escandinava que contara cómo ha sido la cuenta atrás de Carlos, su intensísimo verano, la fecha lejana amenazante, la procesión por dentro, la víspera de primos en la Warner, esa última noche desvelada, el abrazo eterno. O uno que, al otro lado del océano, describiera el viaje de nueve horas y media; al funcionario glacial de inmigración; la nueva familia, la no-cena; no entender una palabra; la negrísima amargura del primer día; las ganas locas de volver. Ese sí sería un señor diario. Un diario lleno de vida y de vidas. Un diario con alma. Un diario en el que todo es posible, como los embalses en verano: que destapara sin hacer strip-tease. Incorporaría ese diario a mi rincón sin vacilar.

En estas tonterías ando ensimismado mientras transito por el fondo de Yesa. Tan ido que entre las grietas creo ver —asomándose— la cara risueña de Carlos. Me pregunto si será otro prodigio del estío. Por si acaso atrapo la imagen y prometo escribir algo. Contarlo antes de que el agua suba y oculte todo. Este invierno va a ser muy largo.

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Agosto 10, 2015 0

Apariciones

Por Javier en General


 
La vida son apariciones en medio de la mediocridad. Destellos apenas. Fogonazos. A veces deslumbran, a veces queman. ¡Y de qué manera! La vida es irse despidiendo cada día, o de cada día. Hay que aprender a decir adiós. Nadie sabe cómo retener las apariciones. Por eso, los diarios recogen la vida como nadie sabe hacerlo: nacen y se despiden, deslumbran o queman, y en seguida pasan a la categoría de inservibles, con permiso de Grassa Toro, que de hacer servir a las cosas (en papel) sabe un rato.

El verano circula a la velocidad del rayo. Ayer anocheció más temprano, mucho más temprano, y me di cuenta. Por primera vez este verano me di cuenta de que se va, de que ya casi se ha ido. Sería una gran noticia de portada. Ahora sé lo que va a durar este verano, como mi sobrino Miguel sabe ya lo que duran diez minutos: estoy jodido, como él, o a lo mejor es el verano el que está jodido, o ambos, o los tres.

Estas semanas de atosigante canícula he saboreado apariciones muy significativas. Algunas, en realidad, no las he saboreado tanto sino que han sido como un puñetazo en la boca del estómago: con forma anónima (cobarde, por tanto), mal educada y leonina, a modo de comentario, o con forma de tumor maldito que empañó el mar de Cádiz en julio. La mayoría fueron —afortunadamente— estrellas fugaces que me han hecho mejor persona, espero:


 
Vi limpísimos gráficos de barras en DiverXo: tiras de carne de distinta maduración que se sobreponían a cerdos volando y a camareros de buzo, en fin.

Me topé con Guillermo Nagore, de repente, que ha vuelto de Nueva York y se establece en la Fundación Juan March de Madrid.

Con Paul Strand, de quien ya he hablado antes, se hizo el silencio.

Cené en la Taberna der Guerrita, en Sanlúcar, con Miguel y Montse y los demás: delicadamente escondida desde 1978.

Después de la brutalidad alcohólica de Juan Gracia, volví por un momento a Ángel González…

Irrumpieron Matisse y los (sus) demás en Martigny, Suiza, apenas 17.000 habitantes, al final del periplo ciclista de cada año: en un lujo de fundación llamada Pierre Gianadda, ¡qué envidia!

Encontré la edición dominical del diario NZZ, con el aroma inconfundible de Mark Porter, y de paso el primer número de ‘Avaunt’, una revista espléndida que quiero ver despacio.

Con todo ese material se podría hacer un gran diario.

No he visto, sin embargo, el rayo verde ni nada destacable en los diarios de mi rincón este verano. Nada ha aparecido ni me ha deslumbrado, más bien al contrario, y eso me preocupa mucho. Porque ya va quedando poco verano y anochece más temprano. (Esta noche dicen que se podrán ver dos estrellas fugaces por minuto…).

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Agosto 5, 2015 0

Zapf

Por Javier en General


 
Muchos años después, Hermann Zapf recordaría que su primera creación tipográfica no fue, como se cree, Gilgengart, para la firma D. Stempel AG de Frankfurt, en 1938. Y que tampoco fueron Rudolf Koch con su libro ‘The Art of Writing’ ni Edward Johnston con el suyo ‘Writing and Illuminating and Lettering’ los que despertaron su interés por la caligrafía y las letras en Nuremberg hacia 1935, tras una gran exposición homenaje a Koch, que había fallecido el año anterior. No. El autor de Palatino (1948) y Optima (1958), sus dos tipos archiconocidos y requeteversionados, los más plagiados de la historia, según cuentan los que saben, caería entonces en la cuenta de que todo se gestó en el jardín de casa, con sólo doce años. Cuando ideó un alfabeto, mezcla de cirílico y germánico-gótico, que nadie salvo él y su hermano entendían. Ocultaban así lo que se traían entre manos secretamente: un sistema de radio detección para controlar los accesos y otros lugares del domicilio familiar. Las alertas saltaban debajo de las sábanas, que es donde se traman las cosas importantes, y los dos muchachos se relamían de gusto y en su lenguaje.

En realidad, Zapf quería ser ingeniero eléctrico. Nada sabía él de letras. Pero las malas relaciones de su padre con el régimen nazi cortaron de raíz cualquier sueño universitario y el joven Hermann, que tenía mano para el dibujo, acabó de aprendiz en una imprenta. El resto de la historia es conocida o se puede leer con sólo teclear Zapf en Google: Aldus, AMS Euler, Aurelia, Edison, Kompakt, Marconi, Medici Script, Melior, Michelangelo, Optima, Palatino, Saphir, Vario, ITC Zapf Book, ITC Zapf International, Sistina, ITC Zapf Chancery, ITC Zapf Dingbats, Zapf Renaissance Antiqua, Zapfino… hasta doscientas familias, además de docenas de libros y ensayos sobre el arte y la hondura tipográficos.

Mi cultura en este punto es exigua: no sabía —lo reconozco— que detrás de la futurista e inevitable Zapf Dingbats de 1978 se escondía un alemán de carne y hueso cuya segunda vocación fue descubriendo desde 1934 y durante cuatro años en aquel taller de Nuremberg: crear letras hermosas. Y no cualquier tipógrafo, por cierto, sino uno de los más importantes del siglo XX, para mi sonrojo. (Hermann Zapf, pionero de la tipografía digital con su simbólica Dingbats, falleció en junio, poco antes del verano, a los 96 años).


 
¿Tendrán las letras algo que ver con la biografía de sus progenitores?, me preguntaba al leer el obituario de Zapf. ¿Por qué dibujaría precisamente ésas y no otras? Hijo de sindicalista, ingeniero frustrado, empotrado en una unidad de cartografía del ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial, Zapf perseguía crear letras hermosas, aunque a mí Palatino y Optima no me lo parecen, más bien al contrario. (También me pregunto por qué: por qué no me gustan unas letras y sí otras, por qué unas letras me gustan unas veces y no otras, por qué siento con las tripas que una letra le va a este o a aquel periódico y ninguna otra…). El portugués Dino dos Santos, por ejemplo, que es un tipo silencioso, trabaja muy rápido y reconoce que le salen mejor los tipos con serif: los más delicados, los más contrastados, ¿los más femeninos?, y que sin embargo las ‘sans serif’ o de palo seco se le resisten. Otro portugués, Mário Feliciano, bullicioso él, avanza con parsimonia y se encuentra cómodo en las zonas medias. Destaca por sus tipografías neutras, tanto serif como ‘sans serif’, formidables como cuerpo de texto, de las más legibles del mundo. Y, sin embargo, no le pidas remates ni arabescos. Un misterio.

El periodismo es ese insustituible oficio de contar las historias —bellas o terribles— que pasan en el mundo. Los periodistas son los insustituibles contadores de esas historias. Usan para ello palabras e imágenes. Y los diarios, letras como las de Zapf, Dos Santos o Feliciano, entre otros muchos: hermosas o ásperas, delicadas o desafiantes, acogedoras o severas, serenas o nerviosas… Se pueden contar historias tristes con letras tristes y también historias tristes con letras optimistas, incluso festivas. No será lo mismo, pero poder se puede. Hay tantos tipos como estados de ánimo, por lo menos, y tantos estados de ánimo como tipos. En cualquier caso, un diario le debe mucho, mucho a sus letras. En la muerte de Hermann Zapf, me parecía importante reconocérselo. A él y a todos los tipógrafos del mundo, orfebres bailarines a quienes admiro y envidio profundamente.

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Julio 31, 2015 0

El diario del 31

Por Javier en General


 
Recorro la cartografía de la urbanización, bajo los pinares. Las calles tienen nombres de árbol: abedul, cerezo, sauce; de pájaro: alondra, colibrí, perdiz; de país: Australia, Bulgaria, Holanda. Busco su corazón, el lugar exacto donde se condense todo, el secreto de las vacaciones. No consigo encontrarlo, ni siquiera cerca de Andorra o Francia, calles de. A derecha e izquierda escucho voces, un cortacésped, chapotear en las piscinas. Ayer, cantos desafinados. Felicidad de veraneante. Ando detrás de ella, cada día desde hace quince, todos los años. Se escabulle.

Mañana recogeremos todo —quizá algún bañador—, cerraremos la puerta, enfilaremos el interior, al norte. Habrá por fin silencio en la casa. Llegará la nueva hornada agosteña, otras vidas, otras vacaciones, acaso con ellas la densidad que no alcanzo. Aunque no creo…

Cierro julio, cierro ‘La pecera’, de Juan Gracia; me adentro en agosto, me adentro en ‘El impostor’, de Javier Cercas. Todavía Johnny martillea mi cerebro. Pronto se irá Carlos. Mi sobrino Miguel, seis años, le pregunta a su padre: ¿cuánto falta para que dejes el móvil? Diez minutos. Yo le reto: ¿a que no sabes cuánto son diez minutos? Claro que lo sé, me contesta displicente, como siempre. Pienso para mí, desolado: ya estás jodido, chaval.

Diez minutos es lo que se tarda en leer —como mucho— un mal diario de verano (Este verano los diarios están malísimos en general). Los periódicos son como las vacaciones, como la puta vida en realidad: persiguen, porfían, pero no colman nunca. Novelas diarias de esta insatisfecha impostura.

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Julio 31, 2015 0

Quijote diario

Por Alvaro en General

Antes de que el sur vuelva al norte y el espejismo se convierta en realidad, descubro de la mano de Juan Cruz una interesante propuesta de El País para el mes de agosto. Un mes raro en Pamplona —y en estos tiempos de mudanza más todavía— que va al revés del mundo. Las vacaciones se cogen en julio. Así se disfrutan más o eso dicen.

Tras los pasos del Quijote nos llevarán dos maestros de la palabra y de la imagen, Julio Llamazares y José Manuel Navia. Cada uno aporta lo mejor que sabe hacer. A Navia tuve la suerte de conocer en la tercera edición del congreso ÑH, que se celebró en Burgos hace ya unos cuantos años (cómo pasa el tiempo… y vamos a por la edición 12). Una delicia de trabajo y de persona.

Una entrega diaria en el cuadernillo de verano del periódico impreso. No me importa que no sea un recorrido exhaustivo. Prometo disfrutarlo. Será por las cuentas pendientes en Argamasilla de Alba o en La Solana, quién sabe. Seguro que la idea no surgió de ningún laboratorio de innovación ni workshop creativo. Supongo que basta un poco de olfato periodístico. Por cierto, la palabra ‘pasión’ aparece cuatro veces en el texto.

Sólo por esto ya me apetece que llegue agosto.

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Julio 21, 2015 2

Espejismo

Por Javier en General


 
Vi agua, a mares, en Madrid. Tanto calor fotográfico me debió de confundir.

Me quemé con fuego latino en las catacumbas de Cibeles y encontré a Zurbarán no en el Thyssen sino en Gran Vía esquina Guatemala. Decía llamarse Luis González Palma y trabajar obras catóptricas. En Recoletos penetré oquedades, hallé bustos clásicos y el cuello infinito de Rebecca. ¿Cómo pudo olvidarlo Paul Strand? ¿Cómo pudo? China y Venezuela y la Alemania reconstruida y hasta Sunset Boulevard irrumpieron antes del almuerzo por la calle de Zorrilla construyendo mundos de hormigón como si tal cosa, ¡y a esas horas! En fin, olí una rosa roja, saludé cerdos volando y visualicé —como se dice ahora— infografías vacunas de 30, 60, 90 y hasta 120 días de maduración que conformaban diverxos lienzos en Chamartín. Ya digo, el calor…

Cádiz es Chile, estrecho y alargado. La Habana es Cádiz, su malecón… ¡qué más quisiera! Apenas un hilo de tierra une a Cádiz con San Fernando, la isla de Camarón, aunque de isla tiene lo que Pamplona. Por ese istmo donde caben apenas una carretera y una línea férrea ha desfilado media historia de España. Atrapado entre mar y mar, todavía puedo escucharla. Elegiría siempre ese lugar exacto.

Hoy he vuelto la cabeza: de la duna bajan a la playa unos veraneantes desconocidos. No son mis primos, ellos bajaron antes, desde el día 1 hasta ayer. Ya no están, ya se han ido, ya no son. Es otra gente. Miro las hamacas, la terraza de la casa abierta al mar y al rayo verde, que busco y no encuentro. Las mismas hamacas tumbadas por otras personas son hamacas distintas. Nostalgia convexa.

Camino del aeropuerto, por la mañana, todas las señales anuncian, prometen: San Fernando, Cádiz, El Puerto de Santa María, Jerez. Pero uno devora kilómetros y nunca llegan. Desfilan lateralmente San Fernando, Cádiz, El Puerto e incluso Jerez, escurridizos, pasan de largo pese a lo prometido, no hay destino, el viaje es relativo, no colma jamás. ¿Dónde están, dónde su esencia?

Fernando me trajo un día un gorro de un soldado caído del Vietcong y así crecí. Cayéndome, levantándome. Quise ser periodista. Quise seguirle. Nunca le llegué a la suela de los zapatos. Hasta ayer Fernando bajaba la duna, hoy el caído es él: en Chile esquina La Habana esquina Cádiz, puerta del mar, un hospital de mierda.

No sé qué estoy diciendo. Espejismos de verano. ¿Un delirio? Ojalá que sólo una deshidratada pesadilla.

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Julio 14, 2015 2

Obeliscos

Por Javier en General


 
Hay un pueblo en Granada que se llama Jun y que ha levantado un obelisco de 16 metros dedicado a Twitter. Jun tiene su Twitter Bulevar, una avenida de dos kilómetros que une la localidad con Granada capital. En el cemento fresco de Twitter Bulevar ya están dejando ‘impresas’ sus manos celebridades de la red social como Dick Costolo, director de la empresa del pájaro azul hasta hace unos días. Con la ayuda económica de Twitter, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) analiza la ‘twitteradministración’ puesta en marcha por el alcalde Juan Antonio Rodríguez para ver si se puede aplicar en Nueva York y otras grandes urbes estadounidenses. Leo en El País que uno de cada tres habitantes de Jun tiene cuenta en la red social y que todos los empleados municipales están comprometidos en la atención y el servicio permanentes de los 3.800 juneros. “Lo llamamos la sociedad del minuto. Aquí no existen las colas”, explica orgulloso Rodríguez. En fin, Jun tiene página web desde 1995, en 1999 declaró el acceso a internet como derecho de los ciudadanos y ha extendido la fibra óptica antes que muchas ciudades españolas.

A mí ese obelisco, la verdad, me da mucho miedo. Siento que me está vigilando o que me ha lavado el cerebro y me dicta cada paso que tengo que dar. ¡Dice tanto de nosotros! El obelisco de Jun es un estremecedor retrato de la estupidez humana, y el alcalde tan contento.

“Dejé Twitter y Facebook y mi vida es más tranquila”, le contesta sin contestarle, en la misma contraportada de El País, Kristine Billmayer, decana en la Universidad de Columbia. Una descarga constante de información es lo contrario de lo que hacían Joyce o Beckett, dice, que se pasaban horas juntos sin hablar para sentir confianza. O los apaches, que hablan de la pérdida de fe en las palabras. Fomentan, por eso, el silencio, estar callados semanas: cuando se enamoran, o cuando regresa un hijo después de mucho tiempo, o cuando alguien se acaba de morir. “Están días sin hablar para observar cómo han cambiado”, ellos y las cosas.

En México DF también hay un obelisco. Está coronado no por un pájaro sino por un ángel. Es el monumento a la independencia mexicana, en pleno Paseo de la Reforma. En esa ciudad inacabable ha vivido su enfermedad desde 2002 Francisco Gómez Antón, quien anticipó hace algunas décadas tanto el desembarco tecnológico en el periodismo como las tonterías que probablemente traería consigo. A él sólo le importaba enseñar a aprender y que amuebláramos la cabeza, y lo decía una y otra vez.

Artífice del legendario Programa de Graduados Latinoamericanos (PGLA), conversador exquisito, insuperable contador de historias, Gómez Antón fue mi profesor de Instituciones Jurídico-Políticas Contemporáneas en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra. Mis primeros apuntes en sus clases los tomé el 8 de octubre de 1986. En mayúsculas y apretando las líneas, una costumbre tomada de Alberto Erro. Las instituciones tienen mucho de obelisco: son lo que nos damos como sociedad para articular la convivencia. Pueden ser sólidas o frágiles, o las dos cosas al mismo tiempo, como los obeliscos. Exigen que se les cuide cada día, casi amorosamente, por muy firmes o poderosas que parezcan erigirse. Son, en cualquier caso, una referencia ineludible, no pueden pasar inadvertidas ni nadie saltárselas a la torera. Creo.

No volví a ver al mejor profesor de la carrera hasta un día de 1997, en Japón: al maestro Gómez Antón le preocupaba más su joven, inexperto y agripado ex alumno que toda la cohorte de editores de periódicos de aquel congreso. Removió Roma con Santiago hasta conseguir analgésicos. Se desvivió por mí. Me cuidó. Después, otro paréntesis hasta 2012: se enteró de que andaba en México y, a pesar de su postración, mandó llamarme para almorzar con él. Se acordaba de todo. Era el mismo Gómez Antón de siempre, rocoso y tierno. Vigilante de la estupidez. Ineludible. Un obelisco.
 

 
En memoria de Francisco Gómez Antón (Ordizia, 1930; Ciudad de México, 2015).

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