Enero 13, 2016 1

¿Bowie o la infanta?

Por Javier en General

Nicholas Negroponte, 72 años, cerebro del MIT y gran augur tecnológico, regala estos días dos titulares con mayúsculas: “Podremos aprender idiomas con sólo tomar una pastilla” y “Todos los grandes dilemas del planeta se benefician de la conectividad y la computación”. Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, añade este otro: “En 20 años ampliaremos nuestra expectativa de vida indefinidamente”. Se me pone la piel de gallina, y eso que justo empezamos la cuesta de enero. Sí, 2016 ha nacido transhumano.

En 2016 nuestro estudio, en cambio, cumple diez años sólo humanamente.

Nació en 2006, como la T4 de Barajas y Ciudadanos, el partido de Albert Rivera. Ese año murió Pinochet. Y se publicaron las caricaturas de Mahoma en el diario danés Jyllands-Posten, una sequía extrema azotaba Somalia, Gas Natural y E.ON lanzaron sendas OPA sobre Endesa, Zara desembarcó en China, las mujeres votaron por primera vez en Kuwait, Evo Morales alcanzó la presidencia de Bolivia, el serbio Milosevic fue encontrado muerto en su celda, el Barça ganó su segunda Champions y la selección española de baloncesto su primer Mundial, Zidane se retiró del fútbol con un sonoro cabezazo, Nintendo presentó la consola Wii, Google compró YouTube y hasta se registró un imponente eclipse total de sol. Un año da para mucho.

Al principio, éramos Ana y yo. Ana tuvo el coraje de dejar su periódico y una nómina fija y venirse a la aventura —cualquiera lo diría— a Pamplona. Sus padres, pobres, temblaban. Diez años después, seguimos entre periódicos. A Ana, como a mí, le encantan. También las revistas del corazón y los chismes. Está puestísima siempre… Aunque lo importante es que en el estudio Ana me lleva muchas veces la contraria y se queda tan ancha. Raro es el día en que no hay debate. Hoy, por ejemplo, lo han acaparado David Bowie y la infanta Cristina: como era de esperar, no nos hemos puesto de acuerdo.

Es una lata que Bowie se haya muerto el mismo día en que una infanta de España ocupa el banquillo de los acusados. La prensa española no ha tenido dudas: la foto de portada, para la infanta. Ana está de acuerdo; yo, no. Contra toda lógica periodística, supongo. No sé muy bien por qué. Conozco apenas la obra de Bowie. Sí su par de ojos, claro. Poco más. A partir de aquí, la fascinante nebulosa del camaleón. Ana está como yo, o peor.

Pero ayer y hoy, de repente, lo he leído todo. Lo he escuchado todo. Escucho ahora, de noche, solo, ‘Lazarus’. Veo el videoclip de Johan Renck varias veces. Balbuceo estupefacto, sobrecogido. Presiento que se ha ido alguien muy importante y que los diarios de mi país no han estado a la altura y sí pegados a un espectáculo poco edificante y aún en fase preliminar.

¿Quién es Bowie?, se preguntan en las redes. No lo sé bien. Pero sí sé que no quiero aprender sus canciones con una pastilla, y que tampoco quiero viajar sin viajar, ni tener sexo sin tocarte, ni escribir sin escribir: sin escribir a mano. Yo lo que quiero son periódicos de mirada ancha y conscientes de lo importante que son las referencias en común, ésas que lo sostienen todo sin necesidad siquiera de decirlo, Francisco Rico dixit. Periódicos —como personas— que tiemblen y que admiren y que rindan homenaje y que sueñen. Periódicos que se equivoquen, humanamente. Sí, a pesar de que Ana diga lo contrario, y mira que le doy mente, hoy hubiera sido europeo: me hubiera ido en portada con David Bowie. Hasta su cielo lleno de cicatrices. Para celebrar este 2016 de nuestra década.

Lazarus

Look up here, I’m in heaven
I’ve got scars that can’t be seen
I’ve got drama, can’t be stolen
Everybody knows me now
Look up here, man, I’m in danger
I’ve got nothing left to lose
I’m so high it makes my brain whirl
Dropped my cell phone down below
Ain’t that just like me?
By the time I got to New York
I was living like a king
Then I used up all my money
I was looking for your ash
This way or no way
You know, I’ll be free
Just like that bluebird
Now ain’t that just like me?
Oh I’ll be free
Just like that bluebird
Oh I’ll be free
Ain’t that just like me?

Mira aquí arriba, estoy en el Cielo.
Tengo cicatrices que no pueden ser vistas.
Tengo drama, no puedo ser hurtado.
Todos me conocen ahora.
Mira aquí arriba, hombre, estoy en peligro.
No tengo nada más que perder.
Estoy tan alto, esto hace mi cerebro girar.
Dejé caer mi celular abajo.
¿No es él igual que yo?
Para cuando llegué a Nueva York
estaba viviendo como un rey.
Luego empleé todo mi dinero.
Estaba en busca de tu ceniza.
Esta vía o no hay vía.
Ya sabes, seré libre.
Igual que ese azulejo.
Ahora, ¿no es él igual que yo?
Oh, seré libre.
Igual que ese azulejo.
Oh, seré libre.
¿No es él igual que yo?

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Enero 7, 2016 3

El calendario

Por Javier en General

Todos los 1 de enero descuelgo de la pared de la cocina el calendario del año que acabó y coloco el del año entrante. Antes, metódicamente, he copiado los cumpleaños de familiares y amigos y algún aniversario importante que no debo olvidar. El traspaso me lleva un buen rato que invierto con gusto. Siempre suelen registrarse novedades, altas y bajas, pero sobre todo altas porque me cuesta dar de baja a la gente. Éste del calendario es un rito que me acerca a los míos: a los que son y a algunos que fueron y ya no son, o no son tanto. Por ejemplo, sigo anotando los cumpleaños de mi abuela Sole y de mi suegro, ambos fallecidos, el de algún ex de mi hija, el de un amigo al que no he visto hace siglos, el de otro amigo con el que desgraciadamente no me llevo ya.

El calendario está en un rincón de la cocina lejos de los diarios, aunque es un diario en sí mismo. Gracias al calendario, sé de mi gente más querida, la saludo y nos hablamos, me pongo al día puntualmente, y así damos carrete a nuestro afecto, seguimos compartiendo un año más. Ahora que se acercan los Malofiej, pienso que si coloreara todos los días marcados con cumpleaños y aniversarios y los desplegara juntos tendría una estupenda visualización de mis relaciones. La gran infografía onomástica de los míos. He hecho recuento: en 2016, año bisiesto, están señalados 159 de sus 366 días. Es decir, el 43,44%. Casi uno de cada dos. No está mal, pienso; no estoy tan solo en el mundo.

En casa sonríen cuando me ven aplicado en esta tarea de escribano antiguo. No entienden que no tenga los cumpleaños en el móvil. Ni que siga comprando mi agenda Moleskine y anotando en ella, a mano, viajes y reuniones, contraseñas de acceso a zonas restringidas de algunas publicaciones, las del wifi de muchos diarios… “Sólo puedes entender tu propia época desde un cierto anacronismo”, le decía esta semana Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, a Ferran Bono en El País. Algo de eso procuro, me digo asustado ante el futuro posthumano y las profecías del transhumanismo, que no entiende de agendas ni calendarios porque los llevaremos incorporados. “Habrá un salto evolutivo. Los niños del futuro serán más inteligentes, pero también habrá más disléxicos, tendrán problemas de atención y no podrán escribir a mano”, asegura la filósofa Rosi Braidotti, que se confiesa esperanzada a pesar de todo.

Yo, en cambio, me confieso desesperanzado. No hay que esperar al futuro, cualquiera que éste sea: los niños de hoy ya no escriben. No escriben a mano, quiero decir. No escriben nunca de su puño y letra. Cortan y pegan, sí, o teclean a dos manos en sus teléfonos, que echan humo. Pero no sienten el calor de la escritura, ese que baja como un latigazo del corazón a la yema de los dedos y por extensión al bolígrafo. Los niños de hoy viven con la cabeza gacha. Se están perdiendo la vida.

Copiar a mano el calendario hace más íntimo mi compromiso con la gente que quiero, ratifica mi fidelidad. Es un interés, o un importar, o un querer corporal, cordial, que no es lo mismo que el chivato metálico del móvil. Y así cada mañana levanto la mirada y encuentro el calendario. Él está siempre ahí, contándome al oído. Nunca falla. Mientras el móvil hace que los niños mantengan la mirada baja, el calendario hace que yo la levante. Con la cabeza erguida, uno entiende mejor el mundo.

Es como deberían manejarse los diarios, ¿no? Como los calendarios: cordialmente. Escritura cálida, mirada larga. Como los periodistas del Boston Globe, que el pasado fin de semana suplieron personalmente las graves carencias del distribuidor y aseguraron que el diario llegara a las casas: lo llevaron ellos. Los mejores proyectos que hemos hecho en el estudio nacieron de un cuaderno con sus bocetos y anotaciones a mano. Mis mejores entrevistas o reportajes, si es que los hubo buenos, nunca se grabaron. Ante tanto vaticinio tenebroso sobre el ser humano y nuestros queridos diarios, propongo una vez más para el año nuevo la humana, cordial, discreta e invencible rebeldía del papel.

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Diciembre 17, 2015 2

Olor a tinta

Por Alvaro en General

Resulta gratificante ver cómo se imprime un trabajo, estar a pie de máquina cuando escupe los pliegos, comprobar cómo se va ajustando hasta que queda perfecto… Siempre me ha gustado. Quizá porque antes de tomar la decisión más importante de la vida —elegir mi profesión o dejar que te elija—, tuve contacto con las planchas, los fotolitos, el papel, la tinta, los clichés de estampación, los troqueles… La primera experiencia profesional siempre marca, deja huella. Además de descubrir el mundo de las imprentas, encontré buenos compañeros, Fidel, Marauri, Ángel, José, José Manuel, Julián, Álvaro, Manolo, José Luis, Javi, Mariví, Verónica… o un jefe exigente, como los de antes. Entonces Argraf era uno de los líderes, ahora es un gigante. Y siguen la estela de don Lucio, Martín y compañía.

En realidad, creo que es el olor a tinta o, más bien, el olor a papel recién impreso lo que me ‘pone’. Revisar una memoria, un folleto, un díptico, un cartel impreso —siempre impreso— para un cliente es parte de nuestra profesión, pero cuando un trabajo es propio la cosa cambia un poco. Más que como a un hijo, se le quiere como a ese sobrino gracioso que nos roba el corazón y nos hace reir con sus papanatas. Y si se trata de la felicidad, Javier bien podía haber dedicado su libro a Iniesta, porque nos hizo inmensamente felices. ¡Menudo mes de julio de 2010! Once días después de desbordar de felicidad, nació mi hija Macarena.

Muchos apreciaréis el olor a tinta, otros igual lo detestáis. Es cuestión de gustos, manías o rarezas. De todas formas, la mayoría estaréis de acuerdo con que ‘El diario o la vida’, que presenta hoy Javier en Pamplona, huele a periodismo. 92.609 palabras, 178 entradas seleccionadas, 694 personas citadas. ¡Enhorabuena, jeque!

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Diciembre 14, 2015 1

500 euros

Por Javier en General

Abro el periódico y me encuentro una tele. ¡Qué raro!, pienso. Me froto los ojos. Vuelvo a empezar por si me he equivocado y en lugar de ir a mi rincón me he sentado en el sofá. Últimamente, ya me lo dicen, olvido cosas. Ando confundido.

Pero no: mi periódico dice a página completa que el día de las elecciones ofrecerá “cobertura televisiva”. Lo explica con todo lujo de detalles. Cinco horas de televisión, nada menos. Desde la redacción del diario, con ocho cámaras instaladas en un plató rutilante, todo un director adjunto al frente, dos mesas de comentaristas, productores, realizadores, un set satélite en el Círculo de Bellas Artes, conexiones a diez puntos informativos… Sin olvidar, claro está, “un intenso seguimiento en las redes sociales”.

Es realmente extraño. Me suscribo a mi periódico, pongo en él mi dinero porque confío en que me va a ofrecer la mejor información para yo entender el mundo, lo guardo en mi rincón cuando estoy de viaje, lo quiero, procuro no doblarlo y menos deshojarlo, hablo bien de él, me parto la cara por él. Y mi periódico me recompensa con una “cobertura televisiva” e “intenso seguimiento en redes”. Nada dice en cambio de lo que me va a ofrecer en su edición del lunes, ni de lo que me ofrecerá después el martes o el miércoles poselectorales. Ni del equipo que va a destinar a la cobertura, ni del número de páginas que dedicará a la misma…

Mi periódico ya no es un periódico. Creía andar espeso y olvidadizo, pero es él quien se ha trastornado.

Ahora entiendo lo que anunciaron y repiten sus directivos: que la edición impresa es apenas un complemento, algo verdaderamente secundario, casi anecdótico. ¿Para qué sirve estar suscrito a un periódico entonces? Creo que me voy a dar de baja. Total, para ver la tele y estar en redes no me hace falta pagar 500 euros.

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Diciembre 5, 2015 2

Branded content

Por Javier en General

El escritor Manuel Rivas citaba a René Char al comienzo del Festival Eñe 2015, que tuvo lugar recientemente: “Tienes prisa por escribir / como si fueras con retraso respecto de la vida”. Me vienen Rivas y Char a la cabeza estos días que camino con Henning Mankell sobre arenas movedizas…

El penúltimo chute paliativo de los diarios se llama ‘branded content’. Aunque quizá ya es el antepenúltimo y no me he enterado. ‘Branded content’ es una muy cuidada (y cínica) manera de evitar la palabra maldita: publicidad. A mí en la facultad —y siempre— me enseñaron que la información y los anuncios son como mucho compañeros de piso y mal avenidos, pero nunca de cama. Eso, claro, cuando las facultades eran y se llamaban de periodismo; ahora que se llaman de comunicación es otro cantar.

Porque el corazón de las facultades de comunicación no es periodístico sino corporativo, el ‘branded content’ campa a sus anchas. Sofisticadamente, eso sí. Todo esto, en el fondo, no es sino una muestra más de eso que los diarios llaman puertas giratorias… para señalar a otros. No caen o no quieren caer en la cuenta de que el presentador lee muy serio las noticias y, sin solución de continuidad, y no menos serio, anuncia de pronto la irresistible oferta de una telefónica. No me extraña que a Gerva (Gervasio Sánchez) se le lleven los demonios.

En fin, a los diarios les pasa como a las facultades. A falta de anuncios, venden sus páginas a los bancos y las disfrazan de foros de debate donde se habla, en el mejor de los casos, del sexo de los ángeles. En esos foros con mantel surtido se da cita lo más selecto de la sociedad local o nacional, todos y todas bien peinados para la foto. Al día siguiente, al pobre lector se le castiga con seis u ocho páginas repletas de obviedades, estúpida crónica social y largos pies de foto para que no falte nadie. El diario llena sus páginas y el banco las paga, discretamente. Todos contentos. ¿Todos contentos?

Uno de los diarios de mi rincón ha estado dando la lata durante semanas con ‘su’ debate electoral. Han sido decenas de páginas autorreferenciales, bien en forma de contenido pseudoeditorial bien en forma de abierta publicidad. Con una excusa dizque “histórica”: el primer debate que tiene lugar en internet en España.

No leí las previas, no seguí el debate del lunes. Compré el diario el martes. Me encontré…

• una portada de excepción, monográfica, con la sola excepción de una nota una columna sobre la cumbre del cambio climático de París;
• un titular en portada a cinco columnas y dos golpes, tan grande que cuando vi el diario en el quiosco lo primero que pensé es que se había producido un nuevo atentado yihadista… o que había resucitado Emilio Botín;
• este (pretenciosísimo) titular: “El debate de El País consolida las opciones de cambio el 20D”;
• este (pretenciosísimo) artículo editorial: “Gracias al debate de El País, internet se asienta en las campañas electorales españolas”;
• en el interior, diez páginas, diez, de cobertura;
• la firma de veinte periodistas, veinte, entre reporteros (16) y columnistas (4);
• la misma foto del escenario con los candidatos tomada por tres fotógrafos diferentes desde ángulos diferentes, mostrando siempre, como era de esperar, el atril vacante de Rajoy: a cinco columnas en portada, a ocho columnas en la apertura de sección, y a tres, cinco y dos columnas y media, respectivamente, a continuación;
• una ilustración y dos gráficos.

No sé cuántas personas más, al margen de los firmantes, estuvieron de uno u otro modo en la cobertura del debate.

No hice recuento de la cobertura en internet: abrumadora.

No entiendo por qué los diarios acaban hablando de sí mismos, incluso esos que antaño hacían gala de que se nunca se convertirían en protagonistas de la información y miraban con desdén a los que venían haciéndolo.

No encontré en el diario del martes una sola línea sobre la muerte de Pío Caro Baroja, hermano de Julio, el último de la dinastía irrepetible de Itzea. Caro Baroja murió en Málaga el lunes 30, el mismo día del debate. Tenía 87 años. Era un ‘bon vivant’. Administraba a su manera el legado de la familia, y lo administraba bien: a diferencia de don Julio, él prefirió dar a conocer las novelas faltantes de su tío Pío, las de la guerra civil.

Pero los periodistas del diario de mi rincón andaban demasiado ocupados en disfrazar periodísticamente un nuevo y versallesco ejercicio de ‘branded content’. Nuestras arenas movedizas…

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Noviembre 21, 2015 1

Cinco años

Por Javier en General

El maravilloso edificio de Alvar Aalto en el corazón de Turku no lo habita ya Turun Sanomat sino un restaurante venido a menos y despachos y oficinas varios. Hace tiempo que el diario y sus gentes marcharon al extrarradio, un lugar precioso entre bosques bálticos, pero frío como el demonio y sobre todo lejano. No hay personas alrededor. Me tratan de maravilla, la redacción es un lujo, pero se me hiela el alma.

Turun Sanomat sigue siendo al menos un diario sábana, que es ser más diario que uno tabloide. Por lo general, los diarios asabanados que abrazan el elixir tabloide se vuelven livianos. Buscan aire (y ahorrarse una pasta) y pierden peso. Y un diario tiene que pesar. Mucho. A los amigos finlandeses les digo que resistan la tentación, que no sucumban. Son los últimos de Filipinas en Finlandia, que también empieza por efe. No creo que me hagan caso.

Por eso me gusta El Mundo estos meses: porque va contra corriente. El espíritu rodrigosánchez de Metrópoli ha bajado del torreón y ya se enseñorea de las estancias nobles del periódico. ¡Ha conquistado incluso la portada! La ha hecho grande y poderosa los domingos. Otros días va y pinta —como hoy— la cabecera. Creen. Y eso está muy bien.

Este blog cumple ahora cinco años. Mi hijo Javier, hijo de un 20N, veinte. Cuarenta exactos hace de la muerte de Franco, que sucedió cuando yo tenía nueve, salía de casa como cada mañana y alcancé a leer la portada del diario en el felpudo de Amparo, la querida vecina. Un diario sirve también para saber cuándo toca vacaciones. Alcanza el centenario en México El Universal. Y llega a ciento diez Turun Sanomat. ¡La de cosas que caben en cinco, veinte, cien o ciento diez años! ¿Cabrían en una portada tabloide, en una sábana?

En Finlandia muchos diarios, tabloides y sábanas, no tienen portada. Les pasa como a los diarios digitales, que tampoco la tienen mal que les pese (o, ya que hablamos de peso, por que no pesan). Es un señor problema éste de Finlandia. Los anuncios copan las portadas todos los días y los diarios deben trasladar su primera página a la página 3. En España y en otros países también pasa de vez en cuando; allí es un día sí y otro también. Lo malo es que ante semejante ocupación los diarios comienzan a seguir la estrategia del líder Helsingin Sanomat, que ha decidido apostar por un gran índice-muestrario desplegado en páginas 2 y 3. Y se me dirá: ¿qué mejor que una portada doble? A lo que contesto muy convencido: eso no es una verdadera portada. Una portada es una portada. Una sola página: icónica, poderosa, memorable. Para enmarcar y visitar, como se hace con la gente y con las cosas importantes.

Me gustaría celebrar como se merecen todos estos aniversarios y el hecho de estar vivos, pero sobre todo el quinto año de nuestras erreadas. Se me ocurre una: hacer miles de copias e instalar en todos los periódicos del mundo el lector impenitente de bronce que exhibe El Universal en su recibidor. Exportar del corazón de Reforma y contagiar a cuantos colegas existan no pantallas táctiles ni proyecciones deslumbrantes sino tan sólo este lector de bronce discreto y fiel. Y, por qué no, de paso llevarlo también a todos los confines de la Tierra: a los atestados aeropuertos y a las populosas canchas de fútbol, a escuelas y hoteles de ejecutivos, o de turistas, a galerías comerciales, a ciudades del norte y poblados del sur, a playas, desiertos y selvas, a islas perdidas, a Groenlandia o a la cima del Everest.

Como regalo de cumpleaños, pediría que los diarios volvieran a ser sábanas, que las redacciones volvieran al centro de las ciudades y que nunca, nunca nos fallen nuestros lectores. Ah, y que nosotros los sepamos buscar y nos los merezcamos.

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Noviembre 13, 2015 3

El diario de mis sueños

Por Javier en General

El diseñador Javier Mariscal está arruinado y ‘vende’ calculadamente su ruina. Lo siento, no me creo tanta ruina. Pienso en las decenas de pequeños estudios de diseño y comunicación que han tenido que cerrar anónimamente estos años. Con ellos sí está mi crédula solidaridad. Nada tengo en contra de los grandes y famosos del diseño o de lo que sea por el hecho de serlo; tengo todo en contra de los abusadores y de los campeones, de los que van dando lecciones a todo el mundo, con más frecuencia y saña si somos de provincias.

Los diarios se han hecho eco del caso Mariscal. No lo negaré: es (o parece) una buena historia. Una historia: la materia prima más valiosa que un periodista puede y debe buscar con todas sus fuerzas. Aquello sin lo que ningún artificio de ningún tipo puede sacar pecho. El chef peruano Jorge Muñoz dirige en Barcelona el restaurante Pakta, que con su fusión peruano-japonesa acaba de obtener una estrella Michelín. Lo encuentro en el diario. Me viene de perlas. Muñoz aprueba o rechaza los platos que le presentan para su aprobación de la siguiente manera: “No me gusta, no cuenta una historia”. Gastronomía y periodismo. ¡Estamos en lo mismo! Además, resulta que, como sabemos, las historias (la vida misma) son por definición imperfectas. Así que no soy sólo yo quien defiende la imperfección —los diarios imperfectos—; leo que los más importantes cocineros del mundo la persiguen con ahínco especial para descubrir por ahí sabores, significados: ¡historias!

Un estudio desarrollado por The Washington Post y el MediaBrain Lab de la Missouri School of Journalism asegura que una página —impresa o en pantalla— bien diseñada ayuda al cerebro a prestar más atención a las noticias —las historias— y, por tanto, a entenderlas mejor. Los autores de la investigación se refieren, claro, a páginas limpias, sin demasiados elementos que distraigan la atención. Su tesis es un torpedo en la línea de flotación de los que han venido defendiendo los diarios para escanear más que los diarios para leer. Ésta es, por cierto, otra buena historia que habría que publicar: la de los consultores-impostores sin escrúpulos, esos que se han hecho de oro llevando a los diarios a la ruina, y la de quienes tontamente se dejaron engañar. La historia de tantos diarios que vendieron su alma periodística a las escuelas de negocios.

El diseño limpio, que es lo mismo que decir diseño sencillo, es ése que no se esconde detrás de fuegos de artificio. Cuando la materia prima es de calidad, lo único que los lectores pedimos a los diarios es que no la salpimenten demasiado. Que no la cubran de especias ni salsas. Que expongan su tesoro con la mayor sencillez posible, y poder así encontrarlo y disfrutarlo. Esto es particularmente relevante en el mundo digital, que hasta la fecha ha sido más un laberinto de puertas abiertas, un autoservicio de confusas interactividades, un delta de mil brazos, que un caudal sereno de entendimiento. El periodismo es experto y unidireccional o no es.

Escucho la palabra caudal y me doy de bruces con ‘Greenland is Melting Away’ (‘Groenlandia se desvanece entre ríos helados’, según traduce la versión digital latina del propio medio), un fascinante reportaje multimedia publicado por The New York Times que se puede ver aquí. Desde la remota capa de hielo de Groenlandia, Coral Davenport, Josh Haner, Larry Buchanan y Derek Watkins cuentan una historia que arranca así: “El sol seguía brillando a la una de la mañana sobre la resplandeciente expansión de glaciares de Groenlandia. Brandon Overstreet, un estudiante de doctorado en hidrología de la Universidad de Wyoming, se abrió camino a través del paisaje congelado, sujetó su arnés de alpinismo a un ancla en el hielo y caminó hasta el borde de un río que corría hacia un enorme socavón. De caerse, “la tasa de mortalidad es del cien por ciento”, dijo el amigo y colega de Overstreet, Lincoln Pitcher. Pero la tarea de Overstreet, recopilar datos importantes del río, es esencial para entender uno de los impactos más significativos del calentamiento global. Los datos científicos que él y otros seis investigadores reúnen aquí podrían proporcionar información novedosa sobre la tasa a la que la capa de hielo de Groenlandia, uno de los glaciares más grandes sobre la Tierra, aumentará los niveles de mar en las siguientes décadas. El deshielo total de los glaciares de Groenlandia podría aumentar los niveles marítimos en más de seis metros”.

El reportaje del Times hace uso de la tecnología más sofisticada: emplea un dron para grabar planos secuencia inverosímiles e incluye un gráfico interactivo portentoso que es un gigantesco zoom que viaja desde un satélite hasta detenerse a apenas unos metros de altura sobre los puestos de investigación científica. Pero lo importante a nuestros efectos no es el despliegue tecnológico, apabullante, sino la apabullante claridad con la que el diario cuenta un historión. El lector sólo tiene que hacer ‘scroll down’ y dejarse llevar. ¡Ah, dejarse llevar!

Al final de un jueves de noviembre, me encaramo a la bicicleta estática dispuesto a sudar algunos malos humores. Anudo una toalla al cuello para que absorba el sudor, coloco el periódico sobre el manillar y pedaleo. Me dejo llevar. Pienso en Mariscal, en el estudio sobre el buen diseño, en el frío de Groenlandia, en todo lo que me da un diario cada día… Sin moverme de las dos primeras páginas, el periódico me regala ¡cuatro! historias. Caigo en la cuenta de que se exponen sin artificio y que encajarían dentro de lo que el estudio norteamericano dice que es buen diseño. Sobre todo, justifican el euro con cuarenta céntimos que cuesta y me permiten seguir diciendo: a este oficio no hay quien le tumbe.

Son éstas:

La primera cuenta que un 18% de los internautas españoles no usa las redes sociales. Aunque 14 millones sí lo hace, un estudio de IAN Spain y numerosos psicólogos certifican que se está produciendo un movimiento creciente de ‘desconexión’, ahora que se lleva la palabrita. Definitivamente, la vida está afuera.

La segunda es una reflexión del comisario europeo de Inmigración: “El papel de los líderes es guiar a los ciudadanos, no ir corriendo tras los acontecimientos”. Es exactamente el papel de los periodistas y de los periódicos. Lo que deberíamos hacer.

La tercera es una columna cromática y deslumbrante, ‘Bodegón’, que firma Julio Llamazares: “Lo verdaderamente duradero no es nuestra vida ni nuestras obras, sino ese color fugaz que el sol pinta al atardecer sobre una colina, ese mugido animal en la lejanía ya en sombra al anochecer, ese aroma a vino nuevo, a hierba húmeda, a humo de encina seca en la chimenea que el viento lleva hacia el horizonte, ese bodegón frutal (granadas, membrillos, madroños rojos como la sangre, limones, todos dispuestos sobre la mesa humilde de la cocina) que es el mismo que han pintado a lo largo de la historia todos los grandes pintores y que seguirán pintando los que les sucedan. Las noticias, en cambio, hoy tan graves y sombrías, tan duraderas y tan solemnizadas, se habrán perdido en el tiempo, como sus protagonistas”.

La cuarta es otra columna, de Jorge M. Reverte, que concluye para quien quiera oír que la prensa escrita es insuperable: es la única que puede capturar un acontecimiento y enmarcarlo para la posteridad en una portada, con todo lo que eso significa.

Muy contento y agradecido, me ducho y me acuesto. No me da tiempo a pensar. Caigo rendido. No sé si sueño. Algún día se inventará el diario de los sueños.

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Noviembre 10, 2015 1

Esta entrada puede herir su sensibilidad

Por Javier en General

Cuando apareció el niño ahogado en la playa de Bodrum hubo diarios que publicaron la fotografía descarnada de Nilufer Demir y otros que optaron por la del policía llevando en brazos el cadáver del niño Aylan, semioculto. A la conmoción por la tragedia humana siguió un acalorado debate periodístico: ¿se debía o no publicar la foto de un niño de tres años muerto, tendido boca abajo en la playa?

Arcadi Espada escribió entonces ‘El lector pixelado’ (El Mundo, 5 de septiembre de 2015, página 15), una columna tan descarnada como la imagen de la polémica. Llamó remilgados y pusilánimes a los diarios que eligieron la versión ‘light’, criticó por extensión el abuso de los píxeles en los medios y concluyó con toda la razón del mundo que la primera función del periodismo es “herir la sensibilidad del lector”.

El Mundo sí publicó la foto de Demir. No así El País. Precisamente en El País Gustavo Martín Garzo escribió ‘El portador compasivo’ (7 de septiembre, página 11). Nada tiene que ver esta columna con la de Espada, aunque me interesa igual, si no más: no se fija en el niño ni en la pusilanimidad de muchos periódicos sino en el policía, que “representa a todos los adultos que, llevando a los niños en sus brazos, tratan de protegerles de los peligros de la vida”. Como el gigante San Cristóbal, añade, que ayudaba a los caminantes a cruzar el río. El niño Aylan, dice el autor, “nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en brazos hasta la cama para que no se despierten”.

El texto de Martín Garzo, como todos los suyos, es bellísimo. Recoge una leyenda judía que dice que en cada época aparecen en la tierra 36 justos. Su misión, aunque ellos no lo saben, es sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. Al final de sus vidas, estos justos están literalmente muertos de frío tras haber dado tanto y Dios ha de cobijarles en su regazo durante mil años para devolverles el calor perdido. Abrir un espacio de esperanza incluso en el lugar más siniestro y oscuro: eso es lo que hacía el polícia turco sin saberlo, “como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección”. Aylan no despertará jamás, pero la delicadeza compasiva de ese policía hace que el firmante se pregunte: “El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero… ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?”

Hoy, el Parlamento de Cataluña ha aprobado una enloquecida declaración de independencia que incluye el desobedecimiento de la ley y de las instituciones del Estado. En los últimos tres días los editoriales de La Vanguardia, el diario catalán de referencia, han abordado los siguientes temas: los manteros en las calles de Barcelona y las elecciones de Birmania (lunes, 9 de noviembre); las relaciones China-Taiwan y el envejecimiento de la población española (domingo, 8 de noviembre); y Juan José Omella, nuevo arzobispo de Barcelona, y Ramón Llull, el gran inventor, filósofo, poeta y matemático catalán del siglo XIV. La Vanguardia, como es de suponer, no publicó en portada la fotografía de Aylan tendido en la playa.

Yo también creo que la primera obligación de los diarios es herir la sensibilidad de sus lectores. No sucumbir a la tibieza, no ser timoratos. Llamar a las cosas por su nombre, aunque duela o escueza, o aunque te partan la cara por ello. Buscar el pacto y la concordia, sí, como el bueno del editor colombiano Pablo Emilio Mancera, pero sin malditas equidistancias. España, por ejemplo. Juan Cruz escribe del tema descarnadamente: “España es una palabra, un territorio sentimental, en el que caben quienes la digan… e incluso los que se niegan a decirla”. No, este país nuestro no se llama Estado sino España, que no es una palabra franquista ni de la que haya que avergonzarse. Yo me avergüenzo de los que se avergüenzan y de los medios cuando no tienen el valor de cumplir su función. Por ese camino de pusilánime funambulismo se van haciendo más y más prescindibles.

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Noviembre 3, 2015 0

Entrevista

Por Javier en General

De entre las 350 candidaturas de 20 países, un nuevo récord de participación, los Premios Ondas —que concede la Cadena Ser desde 1954— han reconocido este año a tres grandes entrevistadores, cada uno a su manera: Carlos Alsina (Onda Cero), Ana Blanco (TVE) y Javier del Pino (Ser). Juan Cruz desgrana sus tres maneras de preguntar en una estupenda columna, que me ha parecido muy oportuna.

De Alsina dice Cruz que no avasalla ni con su conocimiento ni con sus certezas, y que pregunta con suavidad “para saber y no para incentivar el morbo del que espera esgrima con sangre”. De Blanco, que “ennoblece la pantalla” y que tranquiliza a la gente porque es de fiar: pregunta con buena educación y con profesionalidad, que no es lo mismo que complacencia. De Del Pino, que interroga “con una pericia antigua: como si estuviera delante de un misterio y no quisiera desvelarlo del todo”.

A mí las entrevistas me horrizaban. Cada vez que me asignaban una en el diario, se me hacía un enorme bolo en el estómago y no conseguía dormir. Me faltaba el aire. Aquello era lo más parecido a un duelo: el entrevistado y yo, nada con lo que poder ocultarse o guarecerse o mitigar al menos tanta inseguridad. Desasosegante y dificilísimo género éste de la entrevista en el que además uno no templado no sabe bien dónde acaban el rigor y el respeto, y dónde empiezan el cuestionario facilito, el altavoz asustado y pelota, la alfombra roja. O dónde están los límites para adornarse y parecer lo que uno no es o no ha sido capaz de hacer a su debido tiempo.

Muerto de miedo, sí, acudía a aquellas citas. Y, sin embargo, ¡cómo me atrapaban! ¡Cómo me sigue atrapando una buena entrevista! Recuerdo que durante la campaña electoral de 1991 me tocó entrevistar a Juan Cruz Alli, candidato a la presidencia del Gobierno de Navarra por Unión del Pueblo Navarro. Alli era el peor interlocutor posible para un reportero joven e inexperto, y yo por tanto carne de cañón para el político. Al día siguiente de publicarse, llamaron de la oficina de prensa del partido para felicitarme por la entrevista. El subdirector del diario me comunicó en persona la felicitación. Ya me daba la vuelta y salía ufano, feliz, de aquel despacho cuando escuché a mi espalda una frase que no puedo olvidar: “Si un entrevistado te felicita por tu entrevista, sobre todo si es político, es que la entrevista no es buena. Por no decir mala”.

Leo que la entrevista fue un género despreciable en sus inicios. La primera de la que hay registro fue publicada en el New York Tribune el 20 de agosto de 1859. Su autor, Horace Greeley (en la foto superior de esta entrada), retrató a Brigham Young, líder de los mormones. Christopher Silvester, ex periodista y profesor de Historia en Cambridge, lo cuenta en el prólogo de su libro ‘Las grandes entrevistas de la historia’, donde recopila 61 piezas publicadas entre 1859 y 1992, las que considera más interesantes del género: Karl Marx, Theodore Roosevelt, Henry Stanley, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Thomas Edison, Bismarck, Rudyard Kipling, Émile Zola, Oscar Wilde, Henrik Ibsen y León Tolstoi, entre otros del siglo XIX; y Greta Garbo, Sigmund Freud, George Bernard Shaw, Adolf Hitler, Benito Mussolini, Stalin, Francis Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Gandhi, Beckett, John F. Kennedy, Marilyn Monroe, Mao Zedong, John Lennon o Margaret Thatcher, entre los del siglo XX.

Hugh Sherwood, autor de ‘La entrevista’, uno de los manuales universitarios de referencia, asegura que para alcanzar el éxito como entrevistador “es necesario escuchar con un tercer oído”. Sol Alameda, que ha sido una de las más destacadas entrevistadoras que ha habido en el periodismo español, tenía claro lo que buscaba: “Después de leer mucho sobre una persona, quiero saber aún más, pero sin mala intención. Yo no quiero sacarle las muelas a nadie. Todo lo contrario, quiero entenderle lo mejor posible”. De la manera de entrevistar de Alameda, fallecida en 2009, su compañero en El País Juan Cruz escribió en uno de sus obituarios imprescindibles: “Dejaba que el tiempo le acompañara, que su mirada y la de la persona que tenía delante confluyeran en un grado de intimidad suficiente como para hacer preguntas cuya delicadeza hubiera necesitado circunloquios. Como ella esperaba, y esperaba con dignidad y con compasión, ese momento terminaba por llegar, y ya la conversación fluía como si se produjera en medio del silencio de un monasterio”.

Endurecerse, pero sin perder la ternura. También entrevistaba así, dejándose la vida, Inés Artajo, la gran entrevistadora navarra de las últimas décadas. Algunos de sus textos publicados en Diario de Navarra —el periódico que dirige ahora— están recogidos en el volumen ‘Entrevistas con Navarra al fondo’, que vuelvo a hojear de cuando en cuando en busca de algunas claves. De ella recuerdo lo que me enseñó, que fue mucho, y también lo que me hizo sufrir, muchas veces. Y que, cuando entregaba su original, los diagramadores se llevaban siempre las manos a la cabeza: volcaban el texto en páginas centrales y allí no quedaba espacio ni para el titular. ¡Pero ella prefería que le cortaran la mano antes que cortar ni una línea del texto!

En todo esto pensaba a raíz de los Premios Ondas y de la columna de Juan Cruz. También pensaba que hoy, en los diarios, faltan buenos entrevistadores. Y que no soporto a los entrevistadores impostados, los de las preguntas-estrella, tan preparadas y artificiales, esos que quieren brillar más que aquellos a quienes entrevistan, a los que enredan y confunden, normalmente en última página o en posición ‘premium’. Y pensaba, por último, tras leer al catedrático Manuel Fraijó en El País (‘Avatares de la creencia en Dios’), que no todas las preguntas tienen respuesta, menos aún las más importantes, las que importan de verdad.

“Mucha gente cree que el nuevo periodismo es dar tus propias opiniones, mezclarlas con la historia que estás contando, convertir esa historia en algo personal, escribir impresiones. Para mí, jamás fue eso. De hecho, nunca utilicé la primera persona del singular, a menos que tuviera un papel en la historia. ¿Por qué voy a tener que utilizar el yo si lo único que soy es un observador? ¿A quién le interesan las impresiones de un periodista?”, le dijo una vez Tom Wolfe a José Manuel Calvo, hoy subdirector de El País. A lo que Juan Cruz contesta ahora en su columna: “Un periodista no es un actor, ha de aparecer como es y no como no es. No es común en el oficio encontrar gente que acepte que sabe poco, pues el periodismo está hecho de sabihondos que arrojan las preguntas o los comentarios como si los hubieran cosechado en una mina de oro sólido. La forma más periodística de la conversación, la entrevista, debe procurar naturalidad, sosiego, respeto por lo que el otro dice, no por lo que uno mismo dice”.

¿Para qué sirve una entrevista?, se preguntaría Grassa Toro, ahora que La Cala acaba de cumplir diez años sin que un solo periodista se haya acercado a hacérsela a él. Para sacar de los personajes las personas que llevan dentro, respondería. Una buena pregunta, como las que hace Ángela. Y una buena respuesta. Esta noche no tengo más.

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Octubre 30, 2015 0

Super Smart

Por Pablo en General, campaña, iphone, visto, vivido

Tenemos Teresa y yo una rutina que consiste en ver todos los días media hora del programa de Wyoming, porque tiene mucho espacio para la publicidad. Nuestro juego consiste en contar las veces que aparece un teléfono móvil, tablet o similar en cada uno de los anuncios. De los 15 o 20 anuncios que vemos, normalmente dos o tres se libran. Pero en el resto de anuncios el teléfono suele ser no ya el objeto sino el protagonista de la historia.

Tengo que decir que como protagonista es un soso. Repite siempre el mismo papel. Siempre vestido igual, siempre plateado y no se mueve del centro de la pantalla. Todo gira entorno a él en cámara lenta y sus diálogos se reducen a un globito luminoso emergente de vez en cuando. Si me das a elegir entre un teléfono móvil o Keanu Reeves, pues no sabría qué decirte. Sé que no le puedes pedir muchas cosas a un aparato que apenas tiene brazos, aunque cuando va atado a un brazo, dentro de una de esas fundas deportivas entonces puede ser aún peor.

No es el primer actor no humano que protagoniza los anuncios de la tele, desde luego. Si hasta la propia televisión fue la protagonista, antes que el ordenador personal o las videoconsolas, habitantes de nuestras casas a los que ahora añoramos. No es manía, no puede serlo, es sólo eso, que como actores me quedo más con los de carne y hueso.

El smartphone me parece uno de los mejores inventos en lo que llevamos de siglo, pero como actor me quedo claramente con Maxwell Smart. Y su zapatófono daba bastante más juego.

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