Enero 20, 2017 0

Pasado, presente, futuro

Por Javier en General

Puedes trabajar años en un edificio y no verlo. También puedes convivir años con una persona y no verla. El 24 de diciembre, en vísperas de la Nochebuena, The Economist publicaba una maravillosa nota sobre su edificio-sede de los últimos 52 años, en el 25 de St. James’s Street, en el corazón de Londres. Ha sido la última navidad de The Economist en ese lugar y en ese edificio. Uno siempre acaba ‘viendo’, es decir, valorando, es decir, poniendo en valor, es decir, haciendo justicia.

La torre que The Economist va a dejar en pocos meses no es ni mucho menos la primera sede de la revista británica, que antes pasó por Bouverie Street y Ryder Street. Pero sí la más legendaria, la que ha visto crecer y consolidarse a una marca que es sinónimo de prestigio periodístico (y de control de la vanidad). Alison y Peter Smithson apenas habían firmado antes nada significativo, pero la propiedad quedó fascinada con su propuesta ‘brutalista’, que hoy forma parte del patrimonio arquitectónico londinense del siglo XX. En pocas palabras: el brutalismo en arquitectura es sinónimo de franqueza y claridad; en un edificio brutalista el acero se parece al acero, el hormigón se parece al hormigón. Estaba leyendo la nota y pensaba que en periodismo debería ser igual: los diarios no querer ser dispositivos raros sino parecerse a diarios, las salas de redacción no soñar con volar como los platillos sino desplegarse sencillamente, mesas y sillas. A lo mejor The Economist ha llegado a ser The Economist porque su sede era brutalmente eso: un edificio sin dobleces, un edificio que creía en el periodismo.

La historia de The Economist en la torre de los Smithson está salpicada de anécdotas, pero sobre todo llama la atención el apego profundo de sus habitantes, que la han defendido con uñas y dientes contra modas y raros intentos de aggiornamiento. Es bonito enterarse de que en las cuatro plantas destinadas a las redacción, en la parte superior del edificio, las soberbias vistas no se reservan para las oficinas de los directivos sino que son compartidas democráticamente porque así lo quisieron los arquitectos. Y que en lugar de los clónicos espacios diáfanos que hoy se han puesto de moda —al parecer, fomentan el trabajo equipo, ¡ja!— en el 25 de St. James’s Street las oficinas se concibieron como cubículos de a dos para favorecer la conversación. De esta manera, además, se explicó en su momento, si sonaba el teléfono y el destinatario de la llamada estaba ausente, siempre había otra persona que podía responder y dejar recado. Muchas, muchas portadas de The Economist han surgido de la fecunda cohabitación de editores. También se cuenta que, por la propia configuración del edificio, siempre ha sido difícil mantener largas, masivas reuniones, lo cual ha evitado perder toneladas de tiempo. Y que, ahora que llega la mudanza y se ha preguntado a los trabajadores qué querrían en su nueva sede, la respuesta no ha sido una sala de redacción abierta ni llena de pantallas sino que la cosa se parezca lo más posible a lo que había hasta la fecha. ¡Ah, y que se disponga una sala de yoga y que haya lugar para aparcar las bicicletas!

The New York Times acaba de hacer público este mes de enero Journalism That Stands Apart, un documento firmado por su 2020 Group. El 2020 Group lo forman siete profesionales del diario que han recogido inquietudes y anhelos de sus periodistas, y desde ahí avizorado el futuro. “This is a vital moment in the life of The New York Times”, comienza el documento. Como era de esperar, el texto no ha tardado en dar la vuelta al mundo. A mí, sin embargo, me decepciona. Por autorreferencial y tópico. No es elegante, y sí muy vanidoso, repetir cien veces que The New York Times es el mejor periódico del mundo, el mejor posicionado, el que saca la cabeza al resto, aunque sea verdad. Tampoco revela gran cosa —al contrario, suena a leído, a cliché de consultor— poner el énfasis en lo visual y en lo técnico, fiarlo todo o casi todo a la presentación de las noticias, a formatos narrativos novedosos —no sé bien qué quiere decir esto— y a una nueva y más original organización. Y es descorazonador y esquizofrénico comprobar cómo, al final, se acaba culpando de todo a la edición impresa. “Necesitamos reducir el rol dominante que el diario impreso todavía tiene en nuestra organización, y a la vez hacer un diario impreso mejor”, concluye con una pirueta el informe (http://www.nytimes.com/projects/2020-report/).

En Navidad recibí una llamada inesperada. Era un antiguo compañero del colegio a quien no veía hacía por lo menos diez años. Había revuelto Roma con Santiago para dar conmigo. Me había visto en el periódico, le hizo muchísima ilusión el premio que me concedían y tan sólo quería verme y ponernos al día. Quedé con él esta semana. Encontré una persona sencilla, franca, entrañable. Me hizo bien hablar con él de a dos. Esta semana también he recibido un email de Alberto. Me contaba que ha estado en Madrid con su clase, de visita a varios medios. Que las ostentosas macrosalas de redacción le han dejado frío. Y que, sin embargo, no deja de dar vueltas a lo que le dijo en una de ellas un reportero que ha viajado por medio mundo: “El futuro del periodismo está en su pasado”. Brutal.

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Enero 15, 2017 1

Suscriptor

Por Javier en General

A diferencia del experimento fallido de The New Day, editado por Trinity Mirror, que pese a la inversión realizada apenas sobrevivió unas semanas en 2016, The New European ha sabido recoger el descontento por el brexit y desde junio pasado se ha estabilizado en torno a los 25.000 ejemplares. Dice Matt Kelly, su artífice, que el éxito de The New European no está en el modelo de negocio sino en su actitud. Lo leo en el periódico.

Leo también en el periódico que en esta era de la posverdad Facebook lanza un proyecto para combatir noticias falsas. La red social de Zuckerberg apuesta —dice— por el periodismo de calidad y se alía para ello con nueve medios. Me sorprende un poco que el diario etiquete como “medios de calidad” al sensacionalista alemán Bild, al portal de chismes y famoseo BuzzFeed y al canal de televisión estadounidense Fox, al que normalmente ha situado en posiciones ultraconservadoras. Y que su director adjunto publique sin sonrojarse una columna titulada “Golpe a la mentira”, como si ya estuviera todo solucionado. El periódico y su directivo siguen sin ver —o sin querer ver— que Facebook es el enemigo y que su estrategia nada tiene que ver con el oficio. Aliarse con Facebook revela un miedo atroz. Ausencia de ideas, impotencia, entreguismo cortoplacista. Tiene razón Matt Kelly: es un problema de actitud.

Sigo hojeando… El escritor francés Michel Houellebecq, pesimista impenitente, acaba de publicar ‘En présence de Schopenhauer’ sobre su gran maestro, y habla sin pelos en la lengua: “Es irritante vivir en una época de mediocres”. Justo lo contrario de lo cuentan Kiko Llaneras y Nacho Carretero en ‘El mejor de los mundos’, y de lo que opina otro pensador francés, Michel Serres, que le dice a Borja Hermoso que la humanidad, pese a todo, progresa adecuadamente y que hay una contradicción entre la realidad y la percepción que tenemos de la realidad. Para Serres, la edad digital es un nuevo Renacimiento.

Sin salir del periódico, Jordi Soler escribía ayer un estupendo artículo titulado ‘La inteligencia colectiva’. El autor utiliza la metáfora del bosque para hablar de redes y relaciones sociales, de nuestro mundo. Alguna duda razonable vierte sobre este ‘renacimiento’ digital: “Quien está al margen de la red está también al margen de la sociedad, que ya vive irremediablemente interconectada. Esa es su fortaleza y debilidad, como les pasa a los árboles del bosque. El bosque nos ha enseñado, desde el principio de los tiempos, que es más difícil sobrevivir solo, pero… ¿era necesaria esta interconexión invasiva, promiscua, que no da tregua? (…) ¿Es la red, de verdad, nuestra inteligencia colectiva? De momento, parece la inteligencia que unos cuantos imponen a la colectividad. Si cayera una plaga en el bosque y se interrumpiera esa vida que palpita en el subsuelo, ¿no sería el árbol solitario el que al final sobreviviría?”

Ha muerto a los 91 años Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, el mayor denunciante del individualismo, de la desigualdad y de eso que bautizó como ‘modernidad líquida’. El periódico dice que Bauman decía: “Se ha acabado el compromiso mutuo”. Y también: “No hay líderes sino asesores”.

No sabía quién era Winy Mass; ahora sé por el periódico que es el autor de la mole agujereada de Sanchinarro en Madrid, ese edificio como un arco de triunfo que intimida al de mi hermano, colindante, y a todos los que pasamos por la zona. “Ahora todos trabajan con miedo, alguien tendrá que pensar a lo grande”, asegura frente a la moda de la arquitectura silenciosa. Qué carácter.

En el periódico me encuentro también con Friedrich Georg Jünger, hermano de Ernst, y autor de ‘La perfección de la técnica’. Página Indómita reedita esta obra de 1946 en la que Jünger descarga su ira contra las máquinas y sus mitos. Según el crítico Luis Fernando Moreno Claros, para el autor no es verdad que la máquina simplifica la vida del hombre sino que, al ser insaciable, le carga de obligaciones y lo encadena. Tampoco es verdad que proporciona tiempo de ocio sino sólo “descansos momentáneos cronometrados y la angustia de que terminen”.

Poco antes, o poco después, ya no sé, Javier Rodríguez Marcos le entrevista a Eduardo Mendoza. El flamante premio Cervantes reconoce que cuanto más vive fuera más se da cuenta de lo poco que sabe, y que lo único que puede llegar a vislumbrar —”ni siquiera entender”— y de lo único de lo que puede hablar es de su ciudad, Barcelona.

Joan Fontcuberta ha escrito ‘La furia de las imágenes’, una reflexión crítica sobre la nueva función de la fotografía, según reseña el periódico. Y Shirley Collins, dama del folk inglés, le cuenta a Iker Seisdedos que ha recuperado la voz y que publica por fin ‘Lodestar’, su primer disco en 38 años. La voz la había perdido al día siguiente de un aniversario de boda. Su marido le dijo ese día que la dejaba por otra. Disfonía: muda de amor o de tanto llorar.

Jhumpa Lahiri, escritora estadounidense de origen indio, publica ‘El intérprete del dolor’, una colección de relatos que abundan sobre la imposibilidad de entendimiento en la pareja. En uno de ellos, sus dos protagonistas, Shoba y Shukumar, sólo se entienden en las noches en que hay cortes de luz, cuando tienen que prender una vela y volver a comunicarse casi como extraños. Sólo una profunda ternura puede salvar su relación. Lo trae el periódico.

Hasta Millás, que cuando no habla de política ni descarga bilis previsible es fabuloso: ¿en qué parte de su cuerpo vive usted?, disfruto y comparto en la última página.

¡Cuántas cosas caben en un periódico delgadito! Qué historias tan increíbles encuentro y leo. Qué bien las contiene, qué prodigiosamente hace que vayan desfilando, cada una a su tiempo, sin avasallar. Cómo viajo pasando sus páginas, de atrás adelante o de adelante hacia atrás, cuánto me hace pensar.

Y vengo pensando desde hace un tiempo…

Qué importa que tenga miedo y que, aterrado, se alíe con el enemigo: en eso es igual que yo, humano, miedoso. Qué más me da que regale sus historias gratis digitalmente a todo el mundo: ¡si yo las tengo para mí! Al diablo con el orgullo. Donde dije digo digo Diego: esta semana llamo al diario y pido que renueven cuanto antes mi suscripción. Ser suscriptor, sobre todo y con todo, es una cuestión de actitud.

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Enero 7, 2017 0

El Roscón

Por Javier en General

‘El Roscón’ es una modesta publicación anual que escribimos, ponemos en página e imprimimos para su distribución casera cada 5 de enero desde hace doce años. Es el anuario de la familia. Nuestro periódico. Se entrega a todos —padres, hermanos, hijos y sobrinos— la noche de Reyes. Incluye las noticias y fotos más importantes, algunos chascarrillos, anécdotas inolvidables, bromas blancas y un punto de dulce acidez marca de la casa. Lo inventó Cristina: con ‘El Roscón’ recaudaba unos fondos que luego le venían de perlas. Ahora que tiene la cabeza en otras cosas y nadie se ofrece voluntario, he asumido yo el papel de chafardero familiar. Sin ver un chele.

Hacer ‘El Roscón’ no es ninguna tontería. Implica una cierta mecánica de carpetas y clasificación durante el año y, ya en Navidad, organizar un planillo, determinar jerarquías (ya sabéis: aperturas, secundarias, breves), ponerse a escribir, buscar fotos que no aparecen, elegir y editar, maquetar… Y pasarlas canutas para cumplir con el cierre. ¡Con decir que la noche del 4 al 5 dormí tres horas y media!

‘El Roscón’ de este año se distribuyó finalmente puntual y además gordito. 24 páginas, todo un récord en tiempos de penuria impresa; 25 ejemplares, uno por cabeza en la mesa y algún sobrante para allegados. Pero con un montón de erratas y hasta con algún dato equivocado. Lo cual me ha hecho pensar otra vez en el papel impagable de editores y correctores. Sin ellos, los diarios son siempre imprecisos, frágiles, descuidados. Hay que recuperarlos cuanto antes.

Qué cosas, ‘El Roscón’ me ha hecho pensar también en los diarios del futuro. En afirmaciones que he hecho más de una vez. En los periódicos que leo más a gusto. En por qué prefiero unos a otros. Cristina me dijo antes de Navidad que ella, después de diez años, había cumplido una etapa como editora familiar, y que o experimentaba con ‘El Roscón’ o lo dejaba. Un trimestre en Central St. Martin’s, en Londres, da como para que tu cabeza sea de repente un torbellino. Te animan a mirar de otra manera, y eso está muy bien. Pero a fin de cuentas, y eso lo compartí con ella, un diario familiar debe ser y parecerse a eso: un diario familiar. Modestito, lo más completo posible, justo en el reparto de papel, capaz de hacerte sonreír. Una cosa normal, con sus titulares y fotos y sus columnas de texto. Sin más parafernalia ni pretensiones. Algo que todos los comensales, desde el abuelo al más crío, entiendan y se puedan llevar y guardar en su casa como oro en paño, que es lo que hace mi madre.

No sé si Cristina, en plena ebullición creativa, es capaz de entender esto ahora. Aunque me contradigo. Recuerdo cómo en una ocasión le eché en cara al mismísimo Mark Porter ser culpable de que todos los diarios quieran ser como The Guardian. Esto es: serenos, racionales, ordenados. Fríos y sin alma. Muy distintos de cómo es la calle, las ciudades y sus personas, incluso en Dinamarca. Él se rió. Yo reivindicaba otros modelos de diarios, humanos y por tanto imperfectos. Más caminos posibles. Me consta que a Porter le interesó el comentario. Al acabar la charla, conversamos un buen rato sobre la cuestión. Más recientemente, el jurado que elegía el diario mejor diseñado del año de España, Portugal y América Latina, el pasado noviembre en Medellín, discutió durante media mañana si el premio lo merecía La Nación de Buenos Aires o El Mundo de Madrid. El orden y la pulcritud en todo momento o la sorpresa, el cambio de ritmo cuando menos te lo esperas. El debate fue interesantísimo. Se expusieron argumentos en favor de uno u otro, y todos con mucho sentido. Mientras les escuchaba, pensaba —y pienso ahora a cuenta de ‘El Roscón’— que la creatividad de El Mundo es imbatible, pero que a mí me cuesta leer las páginas de EM2 y en el fondo muchos de sus suplementos. Me incomodan, por ejemplo, las calles tan amplias entre columnas, me descolocan algunas presentaciones exageradas, más para mirar que para leer. Siempre que las veo me vienen a la cabeza Mallarmé y el simbolismo. ¿Le acabaré dando la razón a Porter o es cosa de mis 50?

Se acaba de morir John Berger. Tenía 90 años. Siempre estuvo con los desheredados. En noviembre, con un hilo de vida, hablaba con Juan Cruz para El País y le decía que “el contador de historias es ante todo uno que escucha”. También decía esto otro que a Cristina le ha llegado al alma: “Damos por sentada la mierda del mundo e intercambiamos historias sobre cómo, a pesar de todo, sobrevivimos”. He corrido a comprarme libros de Berger. También he leído una soberbia entrevista de Antonio Lucas a la filósofa Marina Garcés en El Mundo. Garcés no tiene pelos en la lengua y ya sólo por eso vale la pena leerla. Dice sobre el momento actual: “Una vez más sucede algo muy decepcionante y propio de España: el miedo a cambiar las cosas sin tener previamente cerrado su final. ¿Qué sucede si hablamos de que podemos ser otra cosa de otra manera? ¿Y qué si España no es exactamente lo que algunos creían que era? ¿Por qué el pavor ancestral al cambio?”

En este arranque de año, ando convenciéndome de que es tiempo de cambiar el paso. De dejar en la cuneta tantos miedos, excusas, prejuicios. De acercarme a los desheredados, a los que no piensan como yo. De no repetirme. De seguir haciendo el periódico familiar y otros periódicos del mundo, pero con la mirada ancha. A lo mejor, Cristina tiene razón.

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Diciembre 23, 2016 0

Belenes

Por Javier en General

Lo que más me gusta de un belén navideño es siempre lo que no se ve. Cuantas más escenas en un segundo plano, semiocultas o simplemente sugeridas, mejor es el belén. Los focos están puestos en el nacimiento, pero yo me agacho y retuerzo, escudriño afanosamente, busco más allá. Imagino, por ejemplo, lo que acontece al doblar la esquina por donde ya asoma una figurita. Me pregunto qué se dirá y vivirá tras las ventanas, en las otras grutas, al final de las callejas empinadas. Ahora caigo: son los secundarios los que sostienen el belén, como en el cine. Como los breves en los diarios, como las noticias arrumbadas en el fondo de la página.

Un periódico sirve para envolver cajones de madera y pintar murales muy grandes. Fernando Pagola siempre empleaba el Frankfurter Allgemeine porque era asabanado y gris. Un periódico sirve también para forrar el baúl o la estantería, y que el musgo húmedo no los estropee. Y para que la buena noticia corra, vuele. Hoy, me he parado a disfrutar de un belén alargado y precioso que no conocía. Me he quedado de piedra: en la otra punta del portal no uno sino dos secundarios están leyendo interesadísimos el periódico en la calle. ¡Leen el Frankfurter!

Apuesto a que lo que con tanto interés leen las figuritas no tiene nada que ver con el futuro de los diarios, que es de lo único de lo que sabemos hablar y escribir últimamente. Nicola K. Smith reunía hace un par de semanas los pronósticos de Lorraine Candy, del Sunday Times, Bob Franklin, profesor de la Universidad de Cardiff, Simon Fox, primer ejecutivo de Trinity Mirror, Lucie Green, directora del grupo de innovación en Walter Thompson y Roy Greenslade, el experto de medios de The Guardian. La Universidad Miguel Hernández de Elche acaba de editar ‘Cómo innovar en periodismo’, una compilación de 27 entrevistas a otros tantos profesionales. Me aburren mucho. ¿Por qué me aburren tanto?

Nada aburrido y sí muy revelador es el artículo de Pedro G. Cuartango sobre las memorias de Juan Luis Cebrián: sincero, elegante, generoso. Dice mucho del director de El Mundo y de su periódico, y, sobre todo, muestra con sencillez apabullante por dónde anda ese futuro que tanto buscamos y en qué consiste de verdad la innovación.

Todo insinúa que 2017 va a ser un año distinto: belenes con periódicos, competidores encarnizados que hablan bien del rival y la niña Nicole, que cantó el Gordo de la Lotería de Navidad y sueña con ser periodista.

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Diciembre 13, 2016 1

Hablar, entendernos

Por Javier en General

Lo que Jordi Évole y Juan Luis Cebrián hicieron el otro domingo en ‘Salvados’ no es hablar porque en realidad no se escuchaban. Uno y otro no se salieron un milímetro de sus posiciones: preguntar-condenando Évole, responder-acusando o responder-mintiendo (dicen) o lo que fuera Cebrián. Al ataque el conductor del programa, a la defensiva el presidente del grupo Prisa, omnipresente estos días por la publicación de sus memorias periodísticas, convenientemente amplificadas. No hubo, ya digo, la más mínima posibilidad de diálogo entre ambos. Tampoco en la audiencia ni después en el vomitorio de las redes, posicionado todo el mundo de inicio, a favor o en contra, según correspondiera, sin resquicios.

Esto es lo que produce Facebook: una generación acrítica y, por tanto, débil. Que sólo escucha y lee lo que quiere escuchar o leer, lo que refuerza sus posiciones predeterminadas. Lo otro no sólo no interesa sino que no llega siquiera a ser procesado. No existe de tanto que nos hemos autoconvencido antes. Hablar es hoy imposible.

El caso de la niña Nadia es lo mismo. ¿Que el error se ha producido al otro lado de la trinchera? Entonces, a degüello. Sin piedad (ni vergüenza). Contra el periodista, contra el periódico. Una y otra vez. Que duela, que duela mucho. Que nadie en nuestra trinchera —de nuevo, con la cobertura de fuego amigo— se quede sin saber que al otro lado sólo hay despojo profesional y que nosotros, en cambio, somos un dechado de virtudes. No importa que hace no tanto cometiéramos un error fotográfico de bulto o que ignoremos ahora una importante investigación sobre el fraude fiscal de deportistas de élite, qué más da incluso si el del otro lado ha reconocido su error y pedido disculpas. La sentencia ha sido dictada antes y todas las piezas del tablero se disponen después en fila para apuntalarla. Los argumentos no valen, sólo cuenta que el otro está al otro lado. Precisamente. Así, desde luego, es imposible hablar.

No queremos hablar porque hablar no es cómodo. Hablar exige. Hablar interpela. Hablar —pero hablar de verdad— cuestiona, provoca dudas, hace pensar. Hablar hace visible al otro, le concede un espacio. Y resulta que es únicamente hablando, es decir escuchando, ‘viendo’ al otro, dándole su lugar, como los medios pueden salir del abismo viral en el que se han desplomado y re-encontrar su función profunda. Re-encontrarse. Sólo se puede hablar desprejuiciadamente.

Con motivo del reciente premio Cervantes a Eduardo Mendoza, Javier Cercas escribió algo atinadísimo y que viene al pelo: “Es todavía mejor escritor de lo que parece. En vez de hacer lo posible por exhibir todo lo que sabe, como suelen hacer los que no saben nada, Mendoza hace todo lo posible por esconderlo. El resultado son unos libros pudorosamente ricos, profundos y perspicaces, siempre transparentes”. Lo leí, y no hago otra cosa que repetírmelo y repetírmelo y repetírmelo: ser yo mismo y dejar que el otro también lo sea. Y desde ahí hablar, darnos una oportunidad real, quizá entendernos.

He decidido incluir todo eso en la carta a los Reyes Magos, apartado periódicos y periodistas. Con mis mejores deseos. Ojalá llegue a tiempo.

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Diciembre 9, 2016 0

Una vida

Por Javier en General

Cuando nací ya estaba ahí Fidel, como el dinosaurio. Estaban el muro de Berlín y la Guerra Fría, los Beatles, estaba Franco y también el alcalde que inventó Benidorm, que era un personaje, según leo. Sólo quedaba Fidel (es un decir, McCartney es una momia) y Fidel se ha ido. Quedo yo, de momento: soy el dinosaurio de mi sobrino Gonzalo y el de Bea, que nació trece o catorce años después de ‘La chica de ayer’.

La noticia me llega de El Salvador. Norma lleva años imaginándolo: el instante de pulsar el botón de la rotativa. Me envía aviso y foto por whatsapp. Despierto al día siguiente, los periódicos impresos europeos no traen nada. Fidel murió muy tarde para los viejos diarios. Los especiales digitales no surten el mismo efecto. Los leo, pero no quedan. No tienen portada, no tienen alma. Al día siguiente del día siguiente, no hay periódico que no lo traiga. Ahí está, entonces sí, Fidel con sus cosas.

Pero Fidel es como los demás. Medio siglo de revolución irreductible merece un día en los periódicos. Una portada. Al día siguiente del día siguiente del día siguiente, la portada vuelve a ser para Rajoy o el PSOE, las batallitas. Cuando murió mi abuela Sole, que era también un personajazo, no hubo portada para ella. Solo días más tarde se publicó su obituario. Largo y sentido. Afortunada fuiste, abuela. La mayoría de las personas, sus vidas con sus afanes, no constan para los diarios. Ni en portada ni en páginas interiores. Y yo me pregunto, justo antes de este 2017 que viene cargado de interrogantes: ¿qué es una vida?, ¿cómo se cuenta?

Corta o larga, con barba o sin ella, bajo los focos o calladamente, una vida es una cosa demasiado importante. No hay vida que quepa en un periódico. Ni la de Fidel ni ninguna. Los periodistas deberíamos reconocer con modestia nuestra incapacidad y desde ahí empezar la reconstrucción del oficio, que no es otra cosa que contar vidas.

Angela Brady, presidenta del Real Instituto Británico de Arquitectos, ha dicho algo muy interesante al respecto: “Se pueden actualizar las raíces, pero negarlas es absurdo. ¿Por qué llevar abrigo si solo necesitas una camiseta? Tiene tan poco sentido globalizar la arquitectura como globalizar el vestir”. Traducido al periodismo, los periódicos no tienen que parecerse unos a otros, nada hay peor que ser clónicos o copiar recetas.

Reiner Stach ha dedicado diecinueve años de su vida a saberlo todo de la de Kafka. Ahora, publica en dos tomos una obra monumental que revela que el escritor checo escribía sin un plan. Me gusta ese Kafka impulsivo que lo fía todo a la intuición, hoy a pleno rendimiento y mañana Dios dirá. Contar la vida como viene, que casi siempre viene sin plan. Porque, más preguntas, ¿quién ha nacido con un plan estratégico debajo del brazo? Traducido al periodismo, sólo así podrían los diarios ser verdaderamente temperamentales, imprevisibles, de carne y hueso. Y recoger y reflejar, como ‘Jericó’, conversando, el infinito vuelo de los días.

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Noviembre 25, 2016 0

Fusión animal

Por Javier en General

Zetland es la criatura que resulta del sexo exitoso entre una cebra macho y un pony hembra. Una fusión fascinante.

Zetland es la criatura danesa que resulta del flirteo exitoso entre 17 periodistas y los espectadores que justo antes abarrotaban un teatro donde había tenido lugar un espectáculo en vivo durante 90 minutos protagonizado por esos mismos periodistas. Un novísimo diario fusión, de pago y lento, que trata de replicar digitalmente lo que sucede en el escenario y después del escenario.

Confundadora y directora de Zetland, Lea Kosgaard es la criatura que resulta de la masturbación exitosa entre la reportera que viene de Politiken y una actriz magnética: ella consigo misma. Una asombrosa periodista fusión.

La primera vez que visité Dubai me encontré en el periódico a un tipo cuya tarjeta de empresa decía: ‘fusionista’. Iba a ser nuestro enlace. Nunca supe qué hacía. Bueno, sí, en realidad no hacía nada. Todo lo contrario que Lea Kosgaard, que es una fuerza de la naturaleza. Su sesión de 35 minutos en el reciente congreso ÑH en Madrid resulta un torbellino.

Antes que ella, Arne Depuydt asegura que ha erradicado las premaquetas o ‘templates’ en De Morgen, el diario belga, uno de los mejor diseñados del mundo. Después de ella, Rob Wijnberg, fundador y director de DeCorrespondent en Holanda, explica que en su diario digital no hay links que distraigan, no hay comentarios sino ‘contribuciones’, no tienen departamento de márketing ni anuncios, y que lo que más les gustaría es romper con Facebook: “Somos un antídoto a la avalancha de noticias”. (DeCorrespondent nació tras un crowfunding de récord y hoy es un proyecto vigoroso con 55 personas en plantilla y 50.000 suscriptores).

Pero yo me quedo con Lea, no me la puedo quitar de la cabeza. En ‘Zetland Live’, sobre el escenario, que es el origen de todo, puede suceder cualquier cosa. Siempre, eso sí, relacionada con la actualidad y con el objetivo de comprender mejor el mundo: una entrevista, un monólogo, una teatralización, humor, documentales, música en vivo… Ella lo cuenta así: “Es muy raro hoy que mil personas estén concentradas y con sus teléfonos móviles apagados. ¡Pero esto tan importante para la democracia! Estar presentes. Ser conscientes. Estar reunidos y compartiendo como comunidad”.

Presencia, conciencia. Para Lea Kosgaard y para Zetland, tan periodismo son las cinco historias que suben diariamente su plataforma a las cinco de la mañana como lo que acontece bajo los focos o, aún más, el contacto posterior entre cervezas —join us for a conversation!— que permite al público asistente interesarse, preguntar, profundizar, conversar con los periodistas. “Estar interesados por lo que verdaderamente preocupa a nuestros lectores: eso es más periodismo que el producto”, defiende moviendo los brazos y soltando una risotada. La miro y me da envidia: qué bien se lo pasa, qué serio es lo que está haciendo. (Me ha venido a la cabeza Gunilla Herlitz, la directora de Dagens Nyheter en Estocolmo, que el día del rediseño del diario en 2011 andaba repartiendo periódicos en la estación de tren como una canillita más).

Indudablemente, este ÑH 2016 ha tenido ímpetu animal y fusionista. La mañana la cerró ‘Funny Farm’, una luminosa granja zoológico —con sus historias y relaciones complicadas— nacida de otro buenísimo sexo: LZF Lamps, Isidro Ferrer y hasta Grassa Toro. ¡Vaya trío! Me queda claro que el futuro del periodismo sólo puede ser divertido, erótico y monstruoso.

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Noviembre 15, 2016 Off

Si hoy te Trump, mañana me Cohen (o de diarios y prejuicios)

Por Javier en General

La mejor portada del día después no vino de América ni de ninguno de los grandes diarios del mundo sino de Granada.

(No me gustan las portadas-cartel, tan de moda: están en todas partes, me cansaron. La influencia de la gráfica popular llegó hace mucho tiempo a los periódicos. Llegó y campa a sus anchas. Serios o amarillos, sábanas o tabloides, comprometidos o mediopensionistas, de pago o gratuitos, las herramientas de la despreciada prensa popular son hoy una ‘commodity’. Los periódicos se desatan, compiten desaforados y hasta puede que pierdan el foco con tal de llamar la atención. Carrera, por otra parte, abocada al fracaso. Misión imposible cuando todo es grito. Lo malo es que por ahí los diarios —todos sin distinción— se repiten, caen en juegos de palabras manoseados, ¡incluso reproducen memes en primera página como hallazgo o gran aporte a la hemeroteca! Me aburro mucho).

La mejor portada tras el cataclismo Trump fue —decía— la de un regional, el granadino Ideal, del grupo español Vocento, que sin juzgar un ápice dio a mi juicio en el clavo: el día, los pronósticos, el resultado, las ganas, los mercados… ¡todo salió al revés!

El mejor comentario del día después tampoco vino de América ni de ninguno de los millares de comentaristas que hiperpoblaron los diarios del mundo, unos facilones, otros arribistas, casi todos fúnebres y catastrofistas. Vino de una amiga colombiana que, con sencilla lucidez, me dijo por whatsapp lo que apenas insinuó después The New York Times en una carta a sus lectores: “Y aún seguimos sin darnos cuenta de que la mayoría no piensa como nosotros”. Qué gran reflexión.

Según The Economist, más diarios estadounidenses que nunca apoyaron a los demócratas: 53 se manifestaron a favor de Hillary Clinton, sólo uno iba con Trump. A mí, que por lo general me gusta llevar la contraria, es decir, mirar un poco del revés, la situación al día siguiente me pareció divertida. Aún me sigue pareciendo divertida hoy. O, mejor, provocadora. Sobre todo, me hace pensar en el papanatismo con el que discurren casi siempre los medios, da igual que sean globales o locales, en su mirada estrecha de casta ensimismada, en su seguidismo atemorizado o vago, en tanto cliché que abunda —nunca mejor dicho— a diestra y a siniestra. No me sustraigo: me temo que yo discurro igual.

Por eso, mi segunda portada favorita del día después ha sido la del lisboeta Diario de Noticias: “Ganó Trump, la vida sigue’, decía. Y no abriendo ni a voz en grito sino más serenamente, en un nivel inferior. Es exactamente así: la vida continúa. Claro que el mundo debe contener el aliento, como anunciaban en la previa todos esos medios del mundo. Pero no por Trump y su machismo, ni por su supuesta xenofobia, comunes en tanta gente que se las da de lo contrario, dicho sea de paso. Sino porque hay verdaderas razones para morirnos de miedo. Son otras y muy poderosas. Tienen que ver con nosotros, con cada uno. Mientras no nos reconozcamos en los clichés, nada va a cambiar. La vida seguirá…

Leonard Cohen dijo que si ganaba Trump él se iba de Estados Unidos. Se ha ido muy lejos. Qué pena. Pero incluso sin él la vida sigue. Elena me copia el discurso que Cohen pronunció en 2011 al recibir agradecido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es lorquiano y delicioso.

“He venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de gratitud (…). La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo. Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia”. Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda (…). Todo lo que ustedes encuentren favorable en mis canciones, en mi poesía, está inspirado por esta tierra, y por tanto les agradezco enormemente esta hospitalidad que me han mostrado y que han mostrado por mi obra, porque es suya, y me han permitido poner mi firma en el final de la última página.”.

Sí, la madera nunca muere del todo y las comparaciones son odiosas. Javier Cercas me ha llamado mediocre por no estar de acuerdo con el Nobel a Bob Dylan. ¡Ay! De dónde le viene la autoridad para hablarme así no sé; sí sé que esa afirmación desliza más clichés preocupantes: no pienso como él, luego soy un mediocre. Me preocupa que un tipo como Cercas escriba eso. Como me preocupa leer estos días tanta letra previsible porque eso quiere decir que los diarios no me ayudan a superar prejuicios.

Leonard Cohen, que sí era un buen escritor, además de un extraordinario músico y bastante desprejuiciado, escribió ‘Beautiful Losers’ el año que yo nací. Era un pesimista de libro. No sé si es sólo una coincidencia, pero suelo decir que las mejores historias son las de los perdedores. Todos los somos a fin de cuentas. Y así hoy no me interesa Trump, pero sí Hillary, cuya cara de perdedora es de las que no se olvidan nunca.

Bajo el diluvio de Medellín, procuro mirar a Botero con otros ojos. Resulta que en seguida comienzo a ver mucho más que gordos y gordas. Descubro, por ejemplo, que mi cuerpo tiene algo de Botero: unos muslos desproporcionadamente gruesos. Que América del Sur, tan desparramada, no deja de cautivarme. Que no vale la pena intentar poner orden en la vida. Que, como decía Grassa Toro la otra semana, en el fondo soy más del Barroco que del Renacimiento. Antes hubiera procurado saber si eso es bueno o malo, acomodando las cosas al cliché del prestigio o la reputación; hoy, sin embargo, estoy tratando de aprender a que me dé lo mismo: a aceptarme barroco o lo que sea.

Cuando todos se iban por el expresionismo abstracto, Botero decidió abrazar su figuración. En el tiempo digital, el restaurante Swan Oyster Depot de San Francisco, una meca del marisco que visitamos en abril, reivindica su desconexión y no tiene sitio web ni cuenta en redes sociales. Botero y el Swan Oyster Depot decidieron vivir del revés. Yo sigo despistado y perplejo como ayer, pero al menos Cohen fue portada. Incluso en la prensa española, que antes —este mismo año— ignoró a Prince y a Bowie.

Mirar y vivir del revés, sin clichés: ¿puede un periodista mirar y vivir de otra forma? Pensaba en todo esto y en la nueva versión del acuerdo de paz colombiano, que me ha sorperendido aquí.

So long!

Noviembre 11, 2016 0

Portadas-meme

Por Pablo en General

Noticias grandes y gordas como la que llama a la puerta estos días se reviven con el paso del tiempo con más detalles de lo habitual. Se suele recordar con quién las viviste y también dónde, y suelen aparecer esos pequeños detalles que le dan al recuerdo una sensación más intensa y verosímil, que un día nos hace decir que parece que fue ayer.

Así pues, la madrugada en la que Donald Trump sale elegido Presidente de los Estados Unidos me encuentro durmiendo solo, en la pequeña y sencilla habitación con puerta de cristal de una posada en Morata de Jalón, cerca de Chodes, cerca de La Cala (donde ocurren cosas), en Aragón, junto a Miguel Angel y Javier, que también estarán, digo yo, durmiendo.

En ese momento llega la noticia en forma de vendaval repentino, sin motivo ni explicación física. Se mueve todo objeto de pie en la casa. Escucho el sonido de llaves, de jarrones del patio y plantas. Se me quedan pequeñas las sábanas: ha debido de ganar el pelirrojo, pienso. Se ha estado riendo de nuestras caras al otro lado de la pantalla desde hace dos años.

Confirmo la noticia de viva voz, cuando me levanto y bajo a desayunar: Miguel Angel responde a mi temblorosa pregunta al fondo del pasillo, a contraluz, con voz grave y en caja alta: Ha ganado TRUMP.

El vendaval y la voz de Miguel Ángel llegan a mis oídos mucho antes que la noticia a las rotativas. Los diarios no la van a llevar a la primera, no hoy. Compraré el periódico mañana para el tren de vuelta a casa, y haré como si este miércoles se hubiera apagado internet.

Pero las horas del día pasan y las noticias llegan. Breves y repetidos, ingeniosos titulares, comentarios, tuits, opiniones, sms, notificaciones que entran sin parar en el teléfono, las bolsas, ¡las bolsas!, dice Javier, ¿y a quién le importan?. Avisos que llegan mientras trabajas, en el baño, mientras escribes, mientras hablas, se cuela entre tus labios y lo escupes como a una mosquita. Abres la boca y, sin quererlo, Trump estaba ahí.

Y así llega la tarde, comemos, caminamos hasta una vía de tren, visitamos un pueblo que leído al revés se llama DEBOT donde los niños son los únicos habitantes, como en la película de Chicho Ibañez Serrador. Todo me parece apropiado para este día.

Con la puesta de sol empiezan a llegar los memes. La estatua de la Libertad se tapa la cara. Un robot con la cara de Hillary proyecta rayos destructores sobre un Gozilla Trump que escupe fuego. Concurso de belleza entre hijas de presidente y candidata. Tiriqui Trump!

Y tengo en un momento del día una sensación algo terrorífica. El día de la ‘coronación’ del Presidente de los Estados Unidos, a pesar del muro de contención de La Cala, de Chodes, de una preciosa fachada morisca, de un pueblo que se llama Tobed, de Carlos Grassa, de ensayar el ensayo y anestesiar la lengua con cerveza, amontillado y vino tinto… no consigo evitar que parezca un día normal.

Me acuesto inquieto. En la habitación hay una leve brisa que se cuela por alguna rendija.

El día en que revivamos esta noticia nos resultará difícil recordar qué fue la portada y qué el meme.


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Noviembre 9, 2016 3

50

Por Javier en General

Acabo de cumplir 50. Tranquilo, todavía estás en la meseta, me dice una cuñada. No la creo. Lo llevo mal. Mal es mal. En argentino, siempre tan plástico, dirían re: remal.

Ha comenzado a pesarme el cuerpo. Siento, escucho mortalmente cómo me pesa. Hasta ahora el cuerpo no me pesaba; era mi aliado. He engordado. Me preocupa. De repente, me siento prisionero en mi cuerpo. No me sigue como era costumbre. Tiende a retarme. Y hasta me juega malas pasadas. Mudé la piel no sé bien cuándo ni cómo. La otra semana tropecé en la calle mientras corría. Me di un trompazo nocturno, de película. Caí con el hombro y después el pómulo se incrustó en la acera. Dolió mucho. Pero aún dolía más por dentro. Nadie me vio. Creo que no hay nada roto. Solo lo creo. Sigue doliendo y la zona está hinchada. Antes nunca me hubiera caído.

Así he celebrado los 50: perplejo. Con un despiste monumental. Con pocos proyectos a la vista. Con sensación de término. Agotado. ¿Fracasado? Al menos, en familia y con vino. Una señora botella de 1966. Me la regalaron Miguel y Montse. La descorchamos el domingo sin pensarlo. ¡Cuándo si no! Cincuenta son muchos, muchos años. Bebí un vino que tiene mi edad, otros más jóvenes también lo bebieron. Qué extraño debe de ser tragar algo más viejo que uno. Después pensé en colgar una L de la luna trasera del coche. Y decir que manejo en prácticas, sí, tal y como discurre mi vida.

La revista dominical de El País también ha cumplido años. 40. Con motivo del número especial de aniversario, me he cruzado algunos mensajes con Diego Areso, su director de Arte. Diego defiende con uñas y dientes la portada de esa edición. Un guiño a las redes, un intento de hacerla viral. Yo más bien —se lo dije— creo que es una dejación de responsabilidades. Un signo de los tiempos. Como cuando Time nos eligió a usted, lector, y a mí como personajes del año y puso una pantalla de ordenador en su portada con aquel enorme ‘You’. ¿Que me haga la fotito con la careta de Javier Jaén y la comparta en redes? No, hombre. Además, no es esto lo que espero de mi diario. No es así como pienso que los diarios van a volver a ser imprescindibles.

Un gran periódico no debe desperdiciar nunca el espacio. Ni para agujerearse ni para contarme con alarde cómo afrontará una cobertura electoral, con qué despliegue de periodistas y corresponsales, por muy importante que sea la cita. Eso es provinciano. En cambio, no debe descansar para traerme una y otra vez historias únicas que aporten lucidez al mundo y a mis 50. He leído dos desgarradoras recientemente, y eso me reconcilia un poco: la del banquero Francisco Luzón, atrapado por una terrible esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y la de la escritora china Sanmao, seudónimo de Chen Ping, fenómeno de culto en su país y a quien no conocía.

Sanmao nació en 1943 y se ahorcó en 1991 al serle detectado un cáncer. Su familia había huido de China tras la revolución comunista. Luego, viajó por todo el mundo. Se enamoró de un español, José María Quero, al que primero rechazó por jovencito y con quien volvió y se casó después en 1973 en El Aaiún tras el suicidio de una pareja anterior. Enamorada locamente del buzo español, lo siguió en el Sáhara español y en Canarias. Sanmao sobrevivió a duras penas a aquella primera tragedia amorosa, pero aún le esperaba una segunda: Quero murió ahogado en 1979 en una de sus inmersiones. Destrozada, sin fuerzas para vivir, Sanmao decidió regresar a Taiwan. Allí escribió ‘Diarios del Sáhara’ sobre sus años españoles. La editorial Rata ha traducido esa obra por primera vez a un idioma occidental, al español. Buscaban “autores que escribieran desde el corazón, las tripas y la necesidad”, según su editora. ¡Ah, desde las tripas!

A mis perplejos 50, recién llegado de un estupendo congreso sobre revistas independientes en Londres, andamos estos días entre cámaras y entrevistándonos. Hablando con el corazón, con las tripas, desde una profunda necesidad: ¿y ahora? Preguntando, respondiendo o dudando, buscando en cualquier caso, escuchando, interesándonos. Como perfectos periodistas, sugiere Grassa Toro, que no deja de soltar bombitas. Como habrían de vivir los diarios siempre, pienso yo. A ver si el secreto va a estar en la entrevista…

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