Febrero 18, 2017 0

Clichés

Por Javier en General

(Un grupo del último curso de Periodismo me envía una selección de portadas que se han publicado en las últimas semanas con Donald Trump como protagonista y me pide que escriba un artículo de opinión para su proyecto. Se supone que tengo que valorar el grafismo de esas portadas. Ayer, se hizo pública la sentencia del caso Nóos. Hubo quien manifestó que los Borbones se libran de sus delitos lo mismo en la dictadura que en la democracia. Antes de conocer esto último, escribí lo que sigue).

Una de las peores cosas que puede sucederle a un comunicador —a cualquiera, en realidad— es caer en el cliché. Hay muchos tipos de clichés: verbales, visuales, gestuales, incluso —y sobre todo—de pensamiento. El denominador común de todos ellos es lo manido: algo ya empleado más o menos profusamente antes, y por tanto gastado, previsible, poco sorprendente. Estrecho.

Hace unas décadas era difícil incurrir en clichés. No porque no los hubiera sino porque la capacidad de difundirlos o compartirlos y conocerlos era mínima, y en todo caso aplazada, nunca instantánea. Es decir, era casi imposible que se advirtieran. El plagio, que tiene mucho de cliché, también era mucho más sencillo entonces: una tesis, un hallazgo, unos versos, una imagen… capturados lo suficientemente lejos solían valer como originales. ¡No había forma como cazar al plagiador!

El advenimiento de la era digital y la reciente eclosión de las redes sociales hacen que ser original hoy sea una proeza. De una u otra manera, todos vemos y escuchamos las mismas cosas. Hablamos de lo mismo. En tiempo real. Hasta tal punto que uno ya no sabe discernir si lo que le ronda por la cabeza es de cosecha propia o, como es más probable, proviene de fuera, cualquiera que este ‘fuera’ sea. Este problema es particularmente grave en la esfera creativa. ¿Queda alguna metáfora visual por descubrir?

En todo caso, los clichés verbales y visuales —los que tienen que ver con la comunicación, que es lo que nos compete— son sólo consecuencia de clichés previos y mucho más hondos y arraigados. Sin darnos cuenta, hombres y mujeres discurrimos por el mundo aferrados a unas pautas de pensamiento y compartimiento que nos proporcionan referencias, seguridad. Algunas son heredadas, otras las modelamos. Por eso, uno de los grandes retos que tenemos los seres humanos es confrontar nuestras pautas íntimas con otras ajenas. No caminar por la vida con una venda ni buscar en todo momento la confirmación de lo que pensamos en los círculos de confort conocidos sino tener la anchura suficiente para reconocer que pautas hay muchas, y muchas válidas o tan válidas como las nuestras. Y que de todas ellas podemos aprender y enriquecernos.

Los medios de comunicación ya denominados ‘tradicionales’ (‘legacy media’) viven con estupor un profundo cambio de paradigma. No es que su rol haya cambiado —¿o sí?— sino que la sociedad cuestiona ese rol y les vuelve la espalda. Los periódicos (la radio, la televisión…) no son el único suministrador de noticias, ni siquiera el principal ni el más confiable. A esta nueva situación se añade que internet tampoco está respondiendo a la promesa formulada al principio, cuando se vaticinaba un mundo más abierto. Al contrario, las redes sociales contribuyen hoy a mirar el mundo estrechamente. No a cuestionar ni a cuestionarnos, sino a corroborar lo ya sabido. Y, por tanto, a radicalizar posturas. La supuesta bondad digital se ha diluido como un azucarillo, pero no parece importarnos.

Donald Trump es un personaje que tiende como tantos a la simplificación: para él, las cosas son blancas o negras. Eso, en el mundo actual, que es el mundo de las redes sociales, funciona bien. Pero las redes no son un ente maquiavélico que domina nuestras mentes; es crucial entender que las redes sociales no serían ni red ni social sin nuestro concurso decisivo. El de cada uno. Trump es, pues, uno más de nosotros. ¿O no es verdad que tendemos a verlo todo con nuestro prisma? ¿O no justificamos a los amigos y denostamos a los que nos caen mal? ¿O no recelamos por lo general de lo desconocido y parapetamos nuestras pertenencias, nuestro mundo, nuestras seguridades? La paja, la viga, los ojos…

Nada hay peor que un medio de comunicación previsible. Bueno, quizá sí: uno que se cree en posesión de la autoridad democrática o uno que se considera tan importante como para señalar quién es intachable y quién es despreciable. Al final, diarios y revistas caen en los mismos defectos que señalan a Trump. Y, sobre todo, en el de la simplificación, que lleva a la radicalización y no al debate sosegado. Desgraciadamente, los quioscos —impresos y digitales— están estas semanas llenos de clichés.

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Febrero 12, 2017 0

Secretos de portada

Por Javier en General

Antes de fin de año un diario de circulación nacional llegó a los quioscos con una portada que causó razonable perplejidad a Miguel Ángel Jimeno. Con su proverbial pausa, Jimeno lanzó una pregunta inquietante en su cuenta de Twitter: ¿puede ser el coche del año asunto único de una portada periodística?

Esa pregunta tenía y tiene mucha miga. La respuesta parece obvia, aunque quizá no lo es tanto. O no en estos momentos de extrema debilidad. Abres tu navegador, haces ‘scroll’ y en cascada desfilan lo mismo informaciones duras que publicidades disfrazadas, sitios de terceros con misión anabolizante que recomendaciones ‘big brother’ según tu perfil. Y todo con la misma apariencia, no vaya a ser que Google se enfade. Qué atinada y odiosa es la palabra ‘cookie’, galleta en inglés, que viene de ‘cook’, cocinar: hace tiempo que los diarios perdieron su descarnada frescura para convertirse en peligrosos platos ‘precocinados’ quién sabe dónde y con qué ingredientes.

Comparto la perplejidad de mi amigo. En realidad, la moda de las portadas-cartel acentúa los riesgos que entraña nuestra debilidad. No me canso de aconsejar a estudiantes universitarios y a otros colegas de que se resistan a ella, a esa moda, y que defiendan con uñas y dientes las portadas normalitas, las que traen noticias: las de verdad. Porque no todo es especial. Uno sólo se desmelena cuando toca; si se desmelena todos los días, lo especial deja de serlo y pasa a ser lo habitual. Y ya se sabe que la rutina es capaz de ahogar la más ardiente calentura.

La epidemia de las portadas-cartel es una muestra de cómo el periodismo popular ha influido en el llamado serio o de prestigio. Una portada-cartel, monográfica, supone necesariamente una simplificación de la realidad con el ánimo de llamar la atención. (También un título es una simplificación, y por eso se ven los títulos que se ven). La consecuencia es fácil de adivinar: afloran los clichés, se publican primeras páginas idénticas. Este problema lo padecen sobre todo aquellos diarios cuyo modelo de portada es precisamente la portada-cartel, aunque no sólo. Ni siquiera se libra Libération. Libé es conocido por su portadas-obituario (necro), seguramente las mejores del mundo, y por algunas primeras páginas de antología. Pero no todos los días se muere una leyenda ni uno tiene siempre las musas rondando. Emplear recursos de la cartelería un día normal suele dar pésimos resultados.

Una portada es algo muy serio. Mucho. Sobre todo, en los medios impresos. Tanto en estos como en las ‘homepage’ digitales, hay personas que no cruzan jamás su umbral. Se quedan apenas con lo que enuncia la portada. Una de las cosas más fascinantes en cualquier diario es asistir a la reunión donde se gesta su primera página. He presenciado reuniones eternas con café y medialunas. Otras, escandinavamente de pie. He asistido a bochornosas exhibiciones dictatoriales. A lecciones de periodismo, y también de pseudoperiodismo. A soberanos aburrimientos. He observado meros ejercicios de escribano y secretaría. He participado en juntas tipo ‘cookie’, previamente cocinadas. En simulacros de junta. He sido testigo de humillaciones, desprecios, llantos. También de defensas heroicas, de arrebatos majestuosos, de admirable coraje. Incluso, alguna vez, me he sentido orgulloso de nuestro oficio.

Sí, siempre he creído que la portada de un diario es una cosa importante. (A lo mejor no es tan importante como creo, como casi nada en la vida, y en el fondo se trata de tomarse las cosas con más humor, pero ese es otro tema). Parecería pues que hacer una portada debería estar a la altura de su seriedad. Pues bien, muchos no creerán la manera frívola con que a veces ser resuelven portadas de un plumazo. O los motivos que runrunean por detrás, que poco o nada tienen que ver con el interés o la trascendencia o el alcance. Ni siquiera —y ya es decir— con el impacto. Esta semana no se trataba del coche del año sino de una marca de camisetas y de un rifirrafe estrictamente local que ha llegado a los tribunales. ¡Y que ha merecido una foto a cuatro columnas en la portada de otro diario de circulación nacional! Un diario puede descubrir, sorprender, inducir al diálogo y a la reflexión. Un diario está para eso. Y eso es bueno. Pero nada hay peor que un diario que genera perplejidad, uno que hace preguntarse por los motivos últimos de una portada. Desconfiar de tu diario es una cosa muy molesta.

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Febrero 9, 2017 0

La vespa

Por Javier en General

Hace 25 años, el 30 de julio de 1991, yo tenía (casi) 25 años y viajaba de paquete en una vespa —mi vespa 200 negra— que conducía Mónica. Íbamos siguiendo de cerca a un mocetón de Villava llamado Miguel Induráin, flamante ganador del Tour de Francia, su primer Tour. Había que apuntarlo todo, hasta la última chichimocha, vocablo con el que en el rico y plural argot de la redacción nos referíamos a las anécdotas que aportaban color a una cobertura. La de aquella victoria de Induráin no era una cobertura cualquiera sino la cobertura; desde arriba nos reclamaban chichimochas por docenas.

La fotografía que acompaña estas líneas la publicó el diario el lunes pasado en una sección semanal que dedica a las nostalgias. Tampoco es una foto cualquiera. Ese día, y eso que era julio y en julio Pamplona está muerta, miles de personas se echaron a la calle para aclamar a su campeón, como se puede apreciar. Pero si nos fijamos un poco más descubrimos en la imagen a un jovencísimo y satisfecho Echávarri, el director del equipo; al propio Induráin de sonrisa franca con una mata portentosa de pelo; y, a su izquierda, en un segundo plano imposiblemente discreto, al también ciclista navarro Javier Luquin, que contempla la algarabía como si fuera ciencia ficción. Justo delante de nuestra vespa circula una señora moto. En ella viajan dos colegas del diario de la competencia en el que al cabo de unos años yo acabaría trabajando: los fotógrafos Javier Bergasa y Patxi Cascante. Me cuesta reconocerlos casi tanto como reconocerme a mí. Y sin embargo yo soy yo. Los mismos ojos, los mismos miedos. La foto aún guarda otra sorpresa: de la puerta del vehículo que protege la retaguardia del descapotable principal asoma Mario Zunzarren, agente de la policía autonómica y escritor. El policía Zunzarren, un gran tipo, publicaría desde esa fecha varios libros y decenas de columnas periodísticas. Falleció trágicamente en un accidente de moto en 2016.

50 es el doble exacto de 25, aunque en 50 caben dos de 25 y hasta tres. Quién me lo iba a decir. Quién se lo iba a decir a Echávarri y a Induráin. Quién a Mónica, que luego se casaría con Oroz. Quién a Javier y a Patxi, con el que hablé brevemente el otro fin de semana en el frontón Labrit y nos dio para ponernos al día. Quién al bueno de Mario Zunzarren, que tanto escribió sobre la prudencia en la carretera.

Con 25 marché a Estados Unidos, con 25 me casé, con 25 cometí un delito de tráfico tontísimo y casi acabo en una cárcel del condado de Pinellas, con 25 juré decir toda la verdad y nada más que la verdad, y también no volver a hacer una de esas en el país de Trump, con 25 no supe sacar jugo al Poynter y a la aventura americana porque sólo quería volver al periódico, ay, tonto, con 25 miraba estrechamente la vida y no sé si he aprendido tanto, con 25 tuvimos un accidente, sin consecuencias, y de vuelta descubrimos un pueblo inaudito llamado Rocky Mount con su librería de viejo, con 25 conocimos a Homero y a su mujer Sonia, y a los 50 me volví a cruzar con Homero en Panamá, con 25 mi sueño era mi periódico, musculoso e influyente, una meca, y ahora los periódicos no saben pobres si saldrán adelante… Con 25 no imaginaba siquiera qué era tener 50.

He leído hoy en El Mundo una interesantísima entrevista a Sherry Turkle, investigadora del MIT, que acaba de publicar un libro donde asegura que la conversación se muere (‘En defensa de la conversación’, Ático de los Libros). Turkle no se anda por las ramas: la tecnología ha hecho que perdamos la capacidad de hablar cara a cara y que no soportemos estar a solas con nosotros mismos. Esto, añade, pone en riesgo asuntos tan fundamentales como la empatía, la educación o la democracia, es decir, aquello que nos distingue de las otras especies, lo que nos hace específicamente humanos. Su conclusión no es otra que una llamada urgente al coraje para recuperar la conversación sin dispositivos. Tosca. A pelo. Cara a cara.

Quién nos iba a decir hace 25 años, cuando la foto, que la conversación correría peligro y que su futuro acabaría siendo tan negro como el los diarios. Y que después de tanto viaje daríamos en llamar ‘Desnuda Lengua’ a un proyecto periodístico en casa que a lo único a lo que aspira, curiosa, modestamente, es a suscitar el diálogo, y con él el respeto y el entendimiento mutuos. Un reto empático. “Comprender al enemigo significa descubrir en qué nos parecemos a él”, escribió Tzvetan Todorov, fallecido el martes, en ‘Memoria del mal, tentación del bien’. Por cierto, hace años que no uso la vespa negra, matrícula NA-L. Nunca me deshice de ella: la tengo a buen recaudo en el garaje. Quién sabe si la pongo a punto, al final me lío la cabeza y, como ese chalado reciente, me doy en ella un garbeo tosco y conversacional. Para reinventarme.

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Febrero 1, 2017 1

En secreto

Por Javier en General

Carrie Fisher sufrió un infarto cuando volaba de Londres a Los Ángeles. Quedó inconsciente. Ya no despertó. Murió cuatro días después. Tenía 60 años, sólo diez más que yo. Su madre, la también actriz Debbie Reynolds, la sobrevivió un día. Estaba organizando el funeral de su hija, se sintió mal repentinamente: embolia. Se apoderó de ella la demasiada tristeza. Tenía 84 años.

“Escribir es defender la soledad en que se está”, dice María Zambrano en ‘Por qué se escribe’. Ahora que los hijos salen de casa (primero Cristina, mañana Javier), mastico este texto de la escritora malagueña. Lo hago resonar en las paredes del estómago. Quiero que se retuerza en el laberinto intestinal, que se exprima y filtre por los capilares. ‘Por qué se escribe’ vio la luz en junio de 1934 en ‘Revista de Occidente’. Fue el primer ensayo de Zambrano, que tenía entonces 29 años. “Hay en el escribir un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas”, continúa. No, no es lo mismo hablar que escribir.

Cuando murió John Berger, la revista ‘Granta’ publicó un relato inédito del británico titulado ‘Go Ask the Time’. Es la historia de un joven que lo deja todo y se lanza a tumba abierta a buscar el lugar donde nadie muere. La vida es como las palabras (o, mejor, es palabra): la escribimos porque no queremos soltarla. “Lo que pasa es que tú tienes miedo y por eso te aferras al pasado”, me espeta Cristina, que desde que está en Londres anda consciente y fértilmente por los cerros de Úbeda. “Morir es el momento supremo de la vida”, leí este fin de semana no sé dónde. ¡Ay, qué lío!

Me gustaría apresar este momento, no desprenderme de él. No soltarlo nunca. No tengo la menor idea de qué quiero escribir, pero sé que quiero escribirlo. Dije una vez que me gustaría escribir como los ángeles; en el fondo, lo que quería decir es que daría cualquier cosa por saber escribir lo que quiero escribir porque sólo se puede escribir de una, de esa manera. Y vencer con las palabras. “La victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, en las mismas palabras”, anuncia María Zambrano.

Ricardo Pérez ha escrito un libro que se titula ‘La publicidad tiene la palabra’. Es el publicista que en los ochenta concibió spots y eslóganes inolvidables, casi tonadillas: “el que sabe, Saba”, “voy a comer con Don Simón”, “Calvo, claro” o “el Reig de las camas”. Se ganó todos los premios. Hoy, la publicidad le da la espalda. “Los spots de mi época se centraban en lo esencial, no en amar las flores y el campo y poner una marca al final”, protesta Pérez, y yo con él. No se llevan lo esencial ni la claridad. De momento, vamos perdiendo, María.

Recién inaugurada la era Trump, escuché en Madrid a Martin Baron, director de The Washington Post. Sentí sana envidia de un periodismo esencialmente sano. Ni un insulto salió de su boca, tan sólo datos: con ellos —y con la palabra justa, sin cargar tintas, sin ideas preconcebidas— contará su periódico lo que hace o deja de hacer el nuevo presidente estadounidense. Exactamente, al revés que el periodismo español, que primero de todo escribe el titular y después articula una historia que no lo arruine. Dicen que se avecina una nueva edad de oro para el periodismo. Que ya han aumentado las suscripciones a algunos periódicos. Que vuelve el interés por las noticias. Que con Trump nos podemos frotar las manos. Dicen, dicen. Ya veremos.

“Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién? Quiere decir el secreto, lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. Hay cosas que no pueden decirse, y es cierto. Pero esto que no puede decirse es lo que se tiene que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo son los dos acicates que mueven al escritor”, concluye María Zambrano.

Agradezco a Cristina (y a Alberto) que me hayan compartido este texto mayúsculo que deberían leer en algunas redacciones. En minúsculas, y en secreto, escribo esto porque me gustaría retener a Javier, contarle lo que no he podido decirle. Él se ha desprendido, ya vuela. Viaja con mis palabras.

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Enero 20, 2017 1

Pasado, presente, futuro

Por Javier en General

Puedes trabajar años en un edificio y no verlo. También puedes convivir años con una persona y no verla. El 24 de diciembre, en vísperas de la Nochebuena, The Economist publicaba una maravillosa nota sobre su edificio-sede de los últimos 52 años, en el 25 de St. James’s Street, en el corazón de Londres. Ha sido la última navidad de The Economist en ese lugar y en ese edificio. Uno siempre acaba ‘viendo’, es decir, valorando, es decir, poniendo en valor, es decir, haciendo justicia.

La torre que The Economist va a dejar en pocos meses no es ni mucho menos la primera sede de la revista británica, que antes pasó por Bouverie Street y Ryder Street. Pero sí la más legendaria, la que ha visto crecer y consolidarse a una marca que es sinónimo de prestigio periodístico (y de control de la vanidad). Alison y Peter Smithson apenas habían firmado antes nada significativo, pero la propiedad quedó fascinada con su propuesta ‘brutalista’, que hoy forma parte del patrimonio arquitectónico londinense del siglo XX. En pocas palabras: el brutalismo en arquitectura es sinónimo de franqueza y claridad; en un edificio brutalista el acero se parece al acero, el hormigón se parece al hormigón. Estaba leyendo la nota y pensaba que en periodismo debería ser igual: los diarios no querer ser dispositivos raros sino parecerse a diarios, las salas de redacción no soñar con volar como los platillos sino desplegarse sencillamente, mesas y sillas. A lo mejor The Economist ha llegado a ser The Economist porque su sede era brutalmente eso: un edificio sin dobleces, un edificio que creía en el periodismo.

La historia de The Economist en la torre de los Smithson está salpicada de anécdotas, pero sobre todo llama la atención el apego profundo de sus habitantes, que la han defendido con uñas y dientes contra modas y raros intentos de aggiornamiento. Es bonito enterarse de que en las cuatro plantas destinadas a las redacción, en la parte superior del edificio, las soberbias vistas no se reservan para las oficinas de los directivos sino que son compartidas democráticamente porque así lo quisieron los arquitectos. Y que en lugar de los clónicos espacios diáfanos que hoy se han puesto de moda —al parecer, fomentan el trabajo equipo, ¡ja!— en el 25 de St. James’s Street las oficinas se concibieron como cubículos de a dos para favorecer la conversación. De esta manera, además, se explicó en su momento, si sonaba el teléfono y el destinatario de la llamada estaba ausente, siempre había otra persona que podía responder y dejar recado. Muchas, muchas portadas de The Economist han surgido de la fecunda cohabitación de editores. También se cuenta que, por la propia configuración del edificio, siempre ha sido difícil mantener largas, masivas reuniones, lo cual ha evitado perder toneladas de tiempo. Y que, ahora que llega la mudanza y se ha preguntado a los trabajadores qué querrían en su nueva sede, la respuesta no ha sido una sala de redacción abierta ni llena de pantallas sino que la cosa se parezca lo más posible a lo que había hasta la fecha. ¡Ah, y que se disponga una sala de yoga y que haya lugar para aparcar las bicicletas!

The New York Times acaba de hacer público este mes de enero Journalism That Stands Apart, un documento firmado por su 2020 Group. El 2020 Group lo forman siete profesionales del diario que han recogido inquietudes y anhelos de sus periodistas, y desde ahí avizorado el futuro. “This is a vital moment in the life of The New York Times”, comienza el documento. Como era de esperar, el texto no ha tardado en dar la vuelta al mundo. A mí, sin embargo, me decepciona. Por autorreferencial y tópico. No es elegante, y sí muy vanidoso, repetir cien veces que The New York Times es el mejor periódico del mundo, el mejor posicionado, el que saca la cabeza al resto, aunque sea verdad. Tampoco revela gran cosa —al contrario, suena a leído, a cliché de consultor— poner el énfasis en lo visual y en lo técnico, fiarlo todo o casi todo a la presentación de las noticias, a formatos narrativos novedosos —no sé bien qué quiere decir esto— y a una nueva y más original organización. Y es descorazonador y esquizofrénico comprobar cómo, al final, se acaba culpando de todo a la edición impresa. “Necesitamos reducir el rol dominante que el diario impreso todavía tiene en nuestra organización, y a la vez hacer un diario impreso mejor”, concluye con una pirueta el informe (http://www.nytimes.com/projects/2020-report/).

En Navidad recibí una llamada inesperada. Era un antiguo compañero del colegio a quien no veía hacía por lo menos diez años. Había revuelto Roma con Santiago para dar conmigo. Me había visto en el periódico, le hizo muchísima ilusión el premio que me concedían y tan sólo quería verme y ponernos al día. Quedé con él esta semana. Encontré una persona sencilla, franca, entrañable. Me hizo bien hablar con él de a dos. Esta semana también he recibido un email de Alberto. Me contaba que ha estado en Madrid con su clase, de visita a varios medios. Que las ostentosas macrosalas de redacción le han dejado frío. Y que, sin embargo, no deja de dar vueltas a lo que le dijo en una de ellas un reportero que ha viajado por medio mundo: “El futuro del periodismo está en su pasado”. Brutal.

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Enero 15, 2017 1

Suscriptor

Por Javier en General

A diferencia del experimento fallido de The New Day, editado por Trinity Mirror, que pese a la inversión realizada apenas sobrevivió unas semanas en 2016, The New European ha sabido recoger el descontento por el brexit y desde junio pasado se ha estabilizado en torno a los 25.000 ejemplares. Dice Matt Kelly, su artífice, que el éxito de The New European no está en el modelo de negocio sino en su actitud. Lo leo en el periódico.

Leo también en el periódico que en esta era de la posverdad Facebook lanza un proyecto para combatir noticias falsas. La red social de Zuckerberg apuesta —dice— por el periodismo de calidad y se alía para ello con nueve medios. Me sorprende un poco que el diario etiquete como “medios de calidad” al sensacionalista alemán Bild, al portal de chismes y famoseo BuzzFeed y al canal de televisión estadounidense Fox, al que normalmente ha situado en posiciones ultraconservadoras. Y que su director adjunto publique sin sonrojarse una columna titulada “Golpe a la mentira”, como si ya estuviera todo solucionado. El periódico y su directivo siguen sin ver —o sin querer ver— que Facebook es el enemigo y que su estrategia nada tiene que ver con el oficio. Aliarse con Facebook revela un miedo atroz. Ausencia de ideas, impotencia, entreguismo cortoplacista. Tiene razón Matt Kelly: es un problema de actitud.

Sigo hojeando… El escritor francés Michel Houellebecq, pesimista impenitente, acaba de publicar ‘En présence de Schopenhauer’ sobre su gran maestro, y habla sin pelos en la lengua: “Es irritante vivir en una época de mediocres”. Justo lo contrario de lo cuentan Kiko Llaneras y Nacho Carretero en ‘El mejor de los mundos’, y de lo que opina otro pensador francés, Michel Serres, que le dice a Borja Hermoso que la humanidad, pese a todo, progresa adecuadamente y que hay una contradicción entre la realidad y la percepción que tenemos de la realidad. Para Serres, la edad digital es un nuevo Renacimiento.

Sin salir del periódico, Jordi Soler escribía ayer un estupendo artículo titulado ‘La inteligencia colectiva’. El autor utiliza la metáfora del bosque para hablar de redes y relaciones sociales, de nuestro mundo. Alguna duda razonable vierte sobre este ‘renacimiento’ digital: “Quien está al margen de la red está también al margen de la sociedad, que ya vive irremediablemente interconectada. Esa es su fortaleza y debilidad, como les pasa a los árboles del bosque. El bosque nos ha enseñado, desde el principio de los tiempos, que es más difícil sobrevivir solo, pero… ¿era necesaria esta interconexión invasiva, promiscua, que no da tregua? (…) ¿Es la red, de verdad, nuestra inteligencia colectiva? De momento, parece la inteligencia que unos cuantos imponen a la colectividad. Si cayera una plaga en el bosque y se interrumpiera esa vida que palpita en el subsuelo, ¿no sería el árbol solitario el que al final sobreviviría?”

Ha muerto a los 91 años Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, el mayor denunciante del individualismo, de la desigualdad y de eso que bautizó como ‘modernidad líquida’. El periódico dice que Bauman decía: “Se ha acabado el compromiso mutuo”. Y también: “No hay líderes sino asesores”.

No sabía quién era Winy Mass; ahora sé por el periódico que es el autor de la mole agujereada de Sanchinarro en Madrid, ese edificio como un arco de triunfo que intimida al de mi hermano, colindante, y a todos los que pasamos por la zona. “Ahora todos trabajan con miedo, alguien tendrá que pensar a lo grande”, asegura frente a la moda de la arquitectura silenciosa. Qué carácter.

En el periódico me encuentro también con Friedrich Georg Jünger, hermano de Ernst, y autor de ‘La perfección de la técnica’. Página Indómita reedita esta obra de 1946 en la que Jünger descarga su ira contra las máquinas y sus mitos. Según el crítico Luis Fernando Moreno Claros, para el autor no es verdad que la máquina simplifica la vida del hombre sino que, al ser insaciable, le carga de obligaciones y lo encadena. Tampoco es verdad que proporciona tiempo de ocio sino sólo “descansos momentáneos cronometrados y la angustia de que terminen”.

Poco antes, o poco después, ya no sé, Javier Rodríguez Marcos le entrevista a Eduardo Mendoza. El flamante premio Cervantes reconoce que cuanto más vive fuera más se da cuenta de lo poco que sabe, y que lo único que puede llegar a vislumbrar —”ni siquiera entender”— y de lo único de lo que puede hablar es de su ciudad, Barcelona.

Joan Fontcuberta ha escrito ‘La furia de las imágenes’, una reflexión crítica sobre la nueva función de la fotografía, según reseña el periódico. Y Shirley Collins, dama del folk inglés, le cuenta a Iker Seisdedos que ha recuperado la voz y que publica por fin ‘Lodestar’, su primer disco en 38 años. La voz la había perdido al día siguiente de un aniversario de boda. Su marido le dijo ese día que la dejaba por otra. Disfonía: muda de amor o de tanto llorar.

Jhumpa Lahiri, escritora estadounidense de origen indio, publica ‘El intérprete del dolor’, una colección de relatos que abundan sobre la imposibilidad de entendimiento en la pareja. En uno de ellos, sus dos protagonistas, Shoba y Shukumar, sólo se entienden en las noches en que hay cortes de luz, cuando tienen que prender una vela y volver a comunicarse casi como extraños. Sólo una profunda ternura puede salvar su relación. Lo trae el periódico.

Hasta Millás, que cuando no habla de política ni descarga bilis previsible es fabuloso: ¿en qué parte de su cuerpo vive usted?, disfruto y comparto en la última página.

¡Cuántas cosas caben en un periódico delgadito! Qué historias tan increíbles encuentro y leo. Qué bien las contiene, qué prodigiosamente hace que vayan desfilando, cada una a su tiempo, sin avasallar. Cómo viajo pasando sus páginas, de atrás adelante o de adelante hacia atrás, cuánto me hace pensar.

Y vengo pensando desde hace un tiempo…

Qué importa que tenga miedo y que, aterrado, se alíe con el enemigo: en eso es igual que yo, humano, miedoso. Qué más me da que regale sus historias gratis digitalmente a todo el mundo: ¡si yo las tengo para mí! Al diablo con el orgullo. Donde dije digo digo Diego: esta semana llamo al diario y pido que renueven cuanto antes mi suscripción. Ser suscriptor, sobre todo y con todo, es una cuestión de actitud.

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Enero 7, 2017 0

El Roscón

Por Javier en General

‘El Roscón’ es una modesta publicación anual que escribimos, ponemos en página e imprimimos para su distribución casera cada 5 de enero desde hace doce años. Es el anuario de la familia. Nuestro periódico. Se entrega a todos —padres, hermanos, hijos y sobrinos— la noche de Reyes. Incluye las noticias y fotos más importantes, algunos chascarrillos, anécdotas inolvidables, bromas blancas y un punto de dulce acidez marca de la casa. Lo inventó Cristina: con ‘El Roscón’ recaudaba unos fondos que luego le venían de perlas. Ahora que tiene la cabeza en otras cosas y nadie se ofrece voluntario, he asumido yo el papel de chafardero familiar. Sin ver un chele.

Hacer ‘El Roscón’ no es ninguna tontería. Implica una cierta mecánica de carpetas y clasificación durante el año y, ya en Navidad, organizar un planillo, determinar jerarquías (ya sabéis: aperturas, secundarias, breves), ponerse a escribir, buscar fotos que no aparecen, elegir y editar, maquetar… Y pasarlas canutas para cumplir con el cierre. ¡Con decir que la noche del 4 al 5 dormí tres horas y media!

‘El Roscón’ de este año se distribuyó finalmente puntual y además gordito. 24 páginas, todo un récord en tiempos de penuria impresa; 25 ejemplares, uno por cabeza en la mesa y algún sobrante para allegados. Pero con un montón de erratas y hasta con algún dato equivocado. Lo cual me ha hecho pensar otra vez en el papel impagable de editores y correctores. Sin ellos, los diarios son siempre imprecisos, frágiles, descuidados. Hay que recuperarlos cuanto antes.

Qué cosas, ‘El Roscón’ me ha hecho pensar también en los diarios del futuro. En afirmaciones que he hecho más de una vez. En los periódicos que leo más a gusto. En por qué prefiero unos a otros. Cristina me dijo antes de Navidad que ella, después de diez años, había cumplido una etapa como editora familiar, y que o experimentaba con ‘El Roscón’ o lo dejaba. Un trimestre en Central St. Martin’s, en Londres, da como para que tu cabeza sea de repente un torbellino. Te animan a mirar de otra manera, y eso está muy bien. Pero a fin de cuentas, y eso lo compartí con ella, un diario familiar debe ser y parecerse a eso: un diario familiar. Modestito, lo más completo posible, justo en el reparto de papel, capaz de hacerte sonreír. Una cosa normal, con sus titulares y fotos y sus columnas de texto. Sin más parafernalia ni pretensiones. Algo que todos los comensales, desde el abuelo al más crío, entiendan y se puedan llevar y guardar en su casa como oro en paño, que es lo que hace mi madre.

No sé si Cristina, en plena ebullición creativa, es capaz de entender esto ahora. Aunque me contradigo. Recuerdo cómo en una ocasión le eché en cara al mismísimo Mark Porter ser culpable de que todos los diarios quieran ser como The Guardian. Esto es: serenos, racionales, ordenados. Fríos y sin alma. Muy distintos de cómo es la calle, las ciudades y sus personas, incluso en Dinamarca. Él se rió. Yo reivindicaba otros modelos de diarios, humanos y por tanto imperfectos. Más caminos posibles. Me consta que a Porter le interesó el comentario. Al acabar la charla, conversamos un buen rato sobre la cuestión. Más recientemente, el jurado que elegía el diario mejor diseñado del año de España, Portugal y América Latina, el pasado noviembre en Medellín, discutió durante media mañana si el premio lo merecía La Nación de Buenos Aires o El Mundo de Madrid. El orden y la pulcritud en todo momento o la sorpresa, el cambio de ritmo cuando menos te lo esperas. El debate fue interesantísimo. Se expusieron argumentos en favor de uno u otro, y todos con mucho sentido. Mientras les escuchaba, pensaba —y pienso ahora a cuenta de ‘El Roscón’— que la creatividad de El Mundo es imbatible, pero que a mí me cuesta leer las páginas de EM2 y en el fondo muchos de sus suplementos. Me incomodan, por ejemplo, las calles tan amplias entre columnas, me descolocan algunas presentaciones exageradas, más para mirar que para leer. Siempre que las veo me vienen a la cabeza Mallarmé y el simbolismo. ¿Le acabaré dando la razón a Porter o es cosa de mis 50?

Se acaba de morir John Berger. Tenía 90 años. Siempre estuvo con los desheredados. En noviembre, con un hilo de vida, hablaba con Juan Cruz para El País y le decía que “el contador de historias es ante todo uno que escucha”. También decía esto otro que a Cristina le ha llegado al alma: “Damos por sentada la mierda del mundo e intercambiamos historias sobre cómo, a pesar de todo, sobrevivimos”. He corrido a comprarme libros de Berger. También he leído una soberbia entrevista de Antonio Lucas a la filósofa Marina Garcés en El Mundo. Garcés no tiene pelos en la lengua y ya sólo por eso vale la pena leerla. Dice sobre el momento actual: “Una vez más sucede algo muy decepcionante y propio de España: el miedo a cambiar las cosas sin tener previamente cerrado su final. ¿Qué sucede si hablamos de que podemos ser otra cosa de otra manera? ¿Y qué si España no es exactamente lo que algunos creían que era? ¿Por qué el pavor ancestral al cambio?”

En este arranque de año, ando convenciéndome de que es tiempo de cambiar el paso. De dejar en la cuneta tantos miedos, excusas, prejuicios. De acercarme a los desheredados, a los que no piensan como yo. De no repetirme. De seguir haciendo el periódico familiar y otros periódicos del mundo, pero con la mirada ancha. A lo mejor, Cristina tiene razón.

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Diciembre 23, 2016 0

Belenes

Por Javier en General

Lo que más me gusta de un belén navideño es siempre lo que no se ve. Cuantas más escenas en un segundo plano, semiocultas o simplemente sugeridas, mejor es el belén. Los focos están puestos en el nacimiento, pero yo me agacho y retuerzo, escudriño afanosamente, busco más allá. Imagino, por ejemplo, lo que acontece al doblar la esquina por donde ya asoma una figurita. Me pregunto qué se dirá y vivirá tras las ventanas, en las otras grutas, al final de las callejas empinadas. Ahora caigo: son los secundarios los que sostienen el belén, como en el cine. Como los breves en los diarios, como las noticias arrumbadas en el fondo de la página.

Un periódico sirve para envolver cajones de madera y pintar murales muy grandes. Fernando Pagola siempre empleaba el Frankfurter Allgemeine porque era asabanado y gris. Un periódico sirve también para forrar el baúl o la estantería, y que el musgo húmedo no los estropee. Y para que la buena noticia corra, vuele. Hoy, me he parado a disfrutar de un belén alargado y precioso que no conocía. Me he quedado de piedra: en la otra punta del portal no uno sino dos secundarios están leyendo interesadísimos el periódico en la calle. ¡Leen el Frankfurter!

Apuesto a que lo que con tanto interés leen las figuritas no tiene nada que ver con el futuro de los diarios, que es de lo único de lo que sabemos hablar y escribir últimamente. Nicola K. Smith reunía hace un par de semanas los pronósticos de Lorraine Candy, del Sunday Times, Bob Franklin, profesor de la Universidad de Cardiff, Simon Fox, primer ejecutivo de Trinity Mirror, Lucie Green, directora del grupo de innovación en Walter Thompson y Roy Greenslade, el experto de medios de The Guardian. La Universidad Miguel Hernández de Elche acaba de editar ‘Cómo innovar en periodismo’, una compilación de 27 entrevistas a otros tantos profesionales. Me aburren mucho. ¿Por qué me aburren tanto?

Nada aburrido y sí muy revelador es el artículo de Pedro G. Cuartango sobre las memorias de Juan Luis Cebrián: sincero, elegante, generoso. Dice mucho del director de El Mundo y de su periódico, y, sobre todo, muestra con sencillez apabullante por dónde anda ese futuro que tanto buscamos y en qué consiste de verdad la innovación.

Todo insinúa que 2017 va a ser un año distinto: belenes con periódicos, competidores encarnizados que hablan bien del rival y la niña Nicole, que cantó el Gordo de la Lotería de Navidad y sueña con ser periodista.

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Diciembre 13, 2016 1

Hablar, entendernos

Por Javier en General

Lo que Jordi Évole y Juan Luis Cebrián hicieron el otro domingo en ‘Salvados’ no es hablar porque en realidad no se escuchaban. Uno y otro no se salieron un milímetro de sus posiciones: preguntar-condenando Évole, responder-acusando o responder-mintiendo (dicen) o lo que fuera Cebrián. Al ataque el conductor del programa, a la defensiva el presidente del grupo Prisa, omnipresente estos días por la publicación de sus memorias periodísticas, convenientemente amplificadas. No hubo, ya digo, la más mínima posibilidad de diálogo entre ambos. Tampoco en la audiencia ni después en el vomitorio de las redes, posicionado todo el mundo de inicio, a favor o en contra, según correspondiera, sin resquicios.

Esto es lo que produce Facebook: una generación acrítica y, por tanto, débil. Que sólo escucha y lee lo que quiere escuchar o leer, lo que refuerza sus posiciones predeterminadas. Lo otro no sólo no interesa sino que no llega siquiera a ser procesado. No existe de tanto que nos hemos autoconvencido antes. Hablar es hoy imposible.

El caso de la niña Nadia es lo mismo. ¿Que el error se ha producido al otro lado de la trinchera? Entonces, a degüello. Sin piedad (ni vergüenza). Contra el periodista, contra el periódico. Una y otra vez. Que duela, que duela mucho. Que nadie en nuestra trinchera —de nuevo, con la cobertura de fuego amigo— se quede sin saber que al otro lado sólo hay despojo profesional y que nosotros, en cambio, somos un dechado de virtudes. No importa que hace no tanto cometiéramos un error fotográfico de bulto o que ignoremos ahora una importante investigación sobre el fraude fiscal de deportistas de élite, qué más da incluso si el del otro lado ha reconocido su error y pedido disculpas. La sentencia ha sido dictada antes y todas las piezas del tablero se disponen después en fila para apuntalarla. Los argumentos no valen, sólo cuenta que el otro está al otro lado. Precisamente. Así, desde luego, es imposible hablar.

No queremos hablar porque hablar no es cómodo. Hablar exige. Hablar interpela. Hablar —pero hablar de verdad— cuestiona, provoca dudas, hace pensar. Hablar hace visible al otro, le concede un espacio. Y resulta que es únicamente hablando, es decir escuchando, ‘viendo’ al otro, dándole su lugar, como los medios pueden salir del abismo viral en el que se han desplomado y re-encontrar su función profunda. Re-encontrarse. Sólo se puede hablar desprejuiciadamente.

Con motivo del reciente premio Cervantes a Eduardo Mendoza, Javier Cercas escribió algo atinadísimo y que viene al pelo: “Es todavía mejor escritor de lo que parece. En vez de hacer lo posible por exhibir todo lo que sabe, como suelen hacer los que no saben nada, Mendoza hace todo lo posible por esconderlo. El resultado son unos libros pudorosamente ricos, profundos y perspicaces, siempre transparentes”. Lo leí, y no hago otra cosa que repetírmelo y repetírmelo y repetírmelo: ser yo mismo y dejar que el otro también lo sea. Y desde ahí hablar, darnos una oportunidad real, quizá entendernos.

He decidido incluir todo eso en la carta a los Reyes Magos, apartado periódicos y periodistas. Con mis mejores deseos. Ojalá llegue a tiempo.

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Diciembre 9, 2016 0

Una vida

Por Javier en General

Cuando nací ya estaba ahí Fidel, como el dinosaurio. Estaban el muro de Berlín y la Guerra Fría, los Beatles, estaba Franco y también el alcalde que inventó Benidorm, que era un personaje, según leo. Sólo quedaba Fidel (es un decir, McCartney es una momia) y Fidel se ha ido. Quedo yo, de momento: soy el dinosaurio de mi sobrino Gonzalo y el de Bea, que nació trece o catorce años después de ‘La chica de ayer’.

La noticia me llega de El Salvador. Norma lleva años imaginándolo: el instante de pulsar el botón de la rotativa. Me envía aviso y foto por whatsapp. Despierto al día siguiente, los periódicos impresos europeos no traen nada. Fidel murió muy tarde para los viejos diarios. Los especiales digitales no surten el mismo efecto. Los leo, pero no quedan. No tienen portada, no tienen alma. Al día siguiente del día siguiente, no hay periódico que no lo traiga. Ahí está, entonces sí, Fidel con sus cosas.

Pero Fidel es como los demás. Medio siglo de revolución irreductible merece un día en los periódicos. Una portada. Al día siguiente del día siguiente del día siguiente, la portada vuelve a ser para Rajoy o el PSOE, las batallitas. Cuando murió mi abuela Sole, que era también un personajazo, no hubo portada para ella. Solo días más tarde se publicó su obituario. Largo y sentido. Afortunada fuiste, abuela. La mayoría de las personas, sus vidas con sus afanes, no constan para los diarios. Ni en portada ni en páginas interiores. Y yo me pregunto, justo antes de este 2017 que viene cargado de interrogantes: ¿qué es una vida?, ¿cómo se cuenta?

Corta o larga, con barba o sin ella, bajo los focos o calladamente, una vida es una cosa demasiado importante. No hay vida que quepa en un periódico. Ni la de Fidel ni ninguna. Los periodistas deberíamos reconocer con modestia nuestra incapacidad y desde ahí empezar la reconstrucción del oficio, que no es otra cosa que contar vidas.

Angela Brady, presidenta del Real Instituto Británico de Arquitectos, ha dicho algo muy interesante al respecto: “Se pueden actualizar las raíces, pero negarlas es absurdo. ¿Por qué llevar abrigo si solo necesitas una camiseta? Tiene tan poco sentido globalizar la arquitectura como globalizar el vestir”. Traducido al periodismo, los periódicos no tienen que parecerse unos a otros, nada hay peor que ser clónicos o copiar recetas.

Reiner Stach ha dedicado diecinueve años de su vida a saberlo todo de la de Kafka. Ahora, publica en dos tomos una obra monumental que revela que el escritor checo escribía sin un plan. Me gusta ese Kafka impulsivo que lo fía todo a la intuición, hoy a pleno rendimiento y mañana Dios dirá. Contar la vida como viene, que casi siempre viene sin plan. Porque, más preguntas, ¿quién ha nacido con un plan estratégico debajo del brazo? Traducido al periodismo, sólo así podrían los diarios ser verdaderamente temperamentales, imprevisibles, de carne y hueso. Y recoger y reflejar, como ‘Jericó’, conversando, el infinito vuelo de los días.

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