Abril 19, 2014 0

Periodismo sin opción

Por Javier en General

En Barranquilla desagua al mar Caribe el poderoso Magdalena. Hace cinco siglos lo remontaban incautos los españoles, en busca del oro; sólo les condujo a la demasiada realidad.

En la capital de la costa caribe colombiana fundaron entusiastas caballeros liberales El Heraldo un 28 de octubre de 1933. Enrique A. de la Rosa, Alberto Pumarejo, Juan B. Fernández y otros lo fundaron en una casona de la calle Ancha, hoy Paseo Bolívar. Imprimían en una vieja prensa del Diario del Comercio, que compraron para la ocasión. Le pusieron ese nombre, El Heraldo, tras convocar un concurso popular y llevarse el gato al agua la joven Alicia Pacheco Hoyos, de la que no puedo dar más detalles, aunque me encantaría.

En 2008 llegué ojoplático a Barranquilla, a El Heraldo, que ya entonces ocupaba el solar de la calle 53B, números 46 a 25. Encontré una redacción patas arriba, el más bello suplemento literario y de pensamiento en leguas y, al mando, el correspondiente desbroce genealógico de los De la Rosa, Pumarejo y Fernández. Tercera y cuarta líneas sucesorias a partir de los fundadores, si las cuentas no me fallan. Un liazo. La presentación del proyecto tuvo lugar en la vieja casa de la calle Ancha. Arrebujados bajo el zumbido de los abanicos y el fuego cruzado de los herederos. Como la cola de puerco sólo aparece a la de siete, me tranquilicé. Di buena cuenta del agüita de limón. Respiré hondo y proseguí. Al final, Shakira saludó el rediseño con un bonito autógrafo. Muchos años después, frente al pelotón de críticos desmemoriados, Milan recordaría cuando su madre cantaba el waka-waka y hasta se envolvió en la senyera…

Después de aquello y de aplastar a Rusia en semifinales, mi regreso a España tocaba precisamente el 29 de junio de 2008. Ese día tomé el taxi temprano. Quería cruzar inmigración rápido, acomodarme delante de cualquier televisor en la terminal y ver la histórica final de la Euro. Incauto español. La aduana se abre dos horas antes del vuelo, señor. ¿Dónde hay un televisor en la zona de preembarque?, pregunto educado, pero con apremio. No hay televisores en el aeropuerto, señor, sólo en las cafeterías de la zona de embarque, pero ya le digo que no abren aún. Y yo: ¡pero es que tengo que ver la final!, ¿no lo entiende? Tiene que dejarme pasar. Ni entendían nada ni me dejaron pasar, claro. Aquella tarde recorrí incrédulo cada palmo del aeropuerto. Visité todos los cafés, todas las tienditas. Imploré. ¡Nanay! En el único aeropuerto de la Tierra sin un maldito televisor, a punto de arrojar la toalla, escucho un rumor de locución al otro lado de una puerta modesta que dice ‘Seguridad’. Toco con los nudillos. Tímido primero, sin dudas a continuación. Alguien masculla cualquier cosa. La puerta se entorna. Distingo al fondo una pantalla minúscula y, dentro, un césped verde deslumbrante. ¿Qué se le ofrece, señor? Mire, soy español… Y así, 75 años después de fundarse El Heraldo, Torres marca un gol que nos saca del hielo y yo me fundo en un abrazo macondiano con los dos guardias del aeropuerto. Les prometo que ni siete ni setenta veces siete generaciones de Errea olvidarán lo que ellos hicieron por mí. Recordarían.

Gabriel García Márquez se hizo periodista en El Heraldo de Barranquilla, cerca de Aracataca: del 5 de enero de 1950 al 27 de julio de 1951, en una primera etapa, y del 12 de marzo al 9 de diciembre de 1952, en una segunda. En su columna ‘La Jirafa’ intentaba “dar consistencia a las circunstancias virtuales y ocultas para explicar lo inexplicable de los hechos”. Firmaba no con su nombre sino con el seudónimo Séptimus, tomado de Septimus Warren Smith, el personaje alucinado de Virginia Woolf en ‘La señora Dalloway’. Era un espacio diferente. Paul Baudry, en su texto ‘Claves para una poética de lo anecdótico en La Jirafa’, lo explica así: “Donde terminaban encallando aquellas noticias que exceden lo catalogable, que se mofan de la gravitas periodística, a la espera de su transformación imaginaria cuando el columnista las reescriba”. ¿Cómo hubiera escrito Gabo la crónica anunciada de aquel 29 de junio de 2008?

En Libération proclaman —estos meses más que nunca— que ellos son un diario y que la información es un combate. The Guardian y The Washington Post ganan un Pulitzer para recordar ahora y siempre, delante de cualesquiera pelotones de pacotilla. Y un tal García Márquez no duda en señalar que el periodismo es la profesión que más se parece al boxeo: “Con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla: no hay opción de rendirse”.

PD. Las páginas que acompañan esta entrada corresponden al maravilloso especial que ayer publicó El Heraldo de Barranquilla, que generosamente comparte Fabián Cárdenas.

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Abril 1, 2014 0

Inocentada

Por Javier en General

¡Si ya decía yo que en Tampere pasaban cosas raras! Aamulehti, el gran diario de la ciudad, se ubica en Siberia y todo eso. Pero hay más: ya no nieva en Siberia, es decir, en Tampere (al menos, no este invierno), y el día de las inocentadas es el 1 de abril, es decir, hoy.

Aamulehti viene anunciando desde hace meses que el 1 de abril deja el formato sábana y se convierte en tabloide. Hay conmoción en la zona, claro: fue fundado en 1881. 130 años son muchos. Ayer, víspera del día de autos, trabajamos en la redacción con jornada latina. En mitad del trajín, me dio por pensar: ¿y si todo es una broma? Tan extraño puede ser Tampere. Fuimos de madrugada a la rotativa y el bicho estaba dale que te pego escupiendo ejemplares. Hasta la planta se habían acercado los mandamases de Alma Media, el grupo editor, el director, todos. Aún así, no las tenía todas conmigo.

Hoy me he levantado —bastante molido, por cierto— y he bajado deprisa a desayunar. 1 de abril y allí estaba el nuevo Aamulehti. Pequeñajo y pulcro. Con su página de mentiras, la que todo el mundo busca. ¡Qué pena!, me he dicho con retranca. Desde luego, hubiera sido una gran noticia amanecer asabanado y con cara de póker.

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Marzo 30, 2014 1

Patos, datos y Malofiej

Por Javier en General

Se le ocurrió a Ángela: asociar la vigésimo segunda edición de los Malofiej a dos patitos (22), y por ahí indagar y caer en la cuenta de que justo hace 22 años, el 10 de enero de 1992, y ya es casualidad, una tormenta sorprendía a un carguero que cruzaba el Pacífico cargado con 28.800 patos de goma… aunque no exactamente.

La historia es conocida. (Yo no la conocía). La embarcación había zarpado de Hong Kong rumbo a Tacoma, en el estado de Washington, en la costa oeste estadounidense. El temporal se cebó sobre ella a la altura de las islas Aleutianas. Doce contenedores de la empresa china First Years Inc. cayeron por la borda. Uno se abrió y 7.200 envases con animales de goma salieron a flote y formaron una enorme marea de color. No sólo patos amarillos: castores rojos, ranas verdes y tortugas azules. ¡Vaya naufragio! Cada año, por cierto, entre 2.000 y 10.000 contenedores caen al agua en todo el mundo.

Un oceanógrafo y cazador de juguetes náufragos, Curtis Ebbesmeyer, encontró el punto exacto del accidente y pudo estudiar el llamado giro oceánico del Pacífico Norte, entre Japón, Alaska y las propias Aleutianas. Descubrió que un objeto tarda tres años en completar el giro. Al cabo de los años, algunos de estos patos arribaron incluso a las costas británicas y otros aún prosiguen su deriva, lo que ha dado para trazar un mapamundi de corrientes. Y para mostrar cómo y por qué la marea de animalitos fue diseminándose.

Gracias a la imaginación y al olfato de Ángela, la que hace preguntas, la historia de los patitos se convirtió en el reclamo de estos Malofiej 22 que justo han terminado. A Ángela también se le ocurrió el eslogan: ‘Sailing in the Big Data’, que no puede ser más ajustado. Tanta es la información disponible, tantos los datos acumulados, que la navegación en esos océanos inextricables de estadísticas se ha convertido casi en una quimera. En esas aguas procelosas naufragan con frecuencia infografistas y medios, olvidando su función primordial, que no es sino aportar luz. Es preciso, sí, navegar en ese magma implacable y encontrar la corriente justa, la que nos saca del atolladero. Pero eso…

Ángela alertaba del laberinto en su llamado y apuntaba a Malofiej como oportunidad luminosa: ‘Malofiej a la vista’, ha venido avizorando. Nada es casual. Ni que los patos derivaran en bucle o alcanzaran el Atlántico ni que estos días se cumpla el centenario del nacimiento de Octavio Paz. Ni que recién se hayan publicado dos libros imprescindibles de la nueva estrella de la filosofía alemana, un coreano llamado Byung-Chul Han.

Paz fue un incómodo poeta a la vanguardia que, sin embargo, acabó diciendo lo que sigue: “Como ser de deseos, como ser que desea, como ser que fabrica imágenes de su deseo que son un presentir, que son también un recordar, el hombre no es un sujeto de progreso sino de regreso”. El Nobel mexicano, según leo en Babelia, dictó en 1975 seis conferencias nunca publicadas. Una de ellas la dedicó a la relación entre poesía y progreso. “El impulso de regreso es la fuerza de gravedad del amor. La persona amada nos exalta, nos hace salir de nosotros y, simultáneamente, nos hace volver a nosotros. El culto al progreso es la creencia básica del hombre moderno, pero esta subreligión o superstición se opone a una de las tendencias centrales del hombre: el amor, la poesía, la contemplación. El amor y la poesía son experiencias antiproductivas, y han sido y son negaciones del mundo moderno. Hoy, la creencia en el progreso continuo se bambolea. Los poetas pueden ahora ofrecer una respuesta al progreso: el regreso”. Primer arponazo al exhibicionismo vacuo.

Byung-Chul Han (‘La sociedad del cansancio’ y ‘La sociedad de la transparencia’) coincide punto por punto con Octavio Paz en una magnífica entrevista que firma Francesc Arroyo. Analiza el pensador germanocoreano los males de nuestro tiempo y sin pestañear señala el narcisimo: el hombre contemporáneo ya no sufre de ataques virales procedentes del exterior sino que se corroe a sí mismo en busca del éxito. Este recorrido narcisista le aboca a la depresión, consecuencia de rechazar la existencia del otro: “El mundo digital es un camino hacia la depresión porque en el mundo virtual el otro desaparece”. A juicio de Han, que admira como yo la película ‘Melancolía’, de Lars von Trier, la única solución está en el amor, es decir, en aceptar la existencia del otro. “El eros es la consecuencia previa del pensamiento. Es necesario haber sido amigo, amante, para poder pensar. La falta de relación con el otro es la principal causa de depresión. Esto se ve agudizado hoy día por los medios digitales y las redes sociales”, afirma. Y concluye criticando el exceso de transparencia que casi dictatorialmente impera en nuestras sociedades: “La acumulación de información no es capaz de generar verdad”. Segundo y definitivo arponazo..

Octavio Paz y Byung-Chul Han están hablando de desconectarse para empatizar. El regreso para el progreso.

El fenómeno conocido como ‘big data’ responde en buena parte a una moda y la fascinación que provoca casi nunca es clarificadora: a ver quién es el guapo que pone orden entre los 2,5 trillones de bytes que se generan anualmente (datos de 2012, según contaba Ángela en malofiejgraphics.com). Por eso, si algo dejan para el recuerdo estos Malofiej 22 —más allá de las medallas y la inevitable polémica que provoca cierta frustración por no ganarlas— son algunas buenas historias de patos. Historias. La del risueño Alvim encaramado como por ensalmo al Cristo del Pan de Azúcar, en Río. La del impecable e impertérrito Corum, con su rigor de escala humana a prueba de bombas. La de Josemi Benítez y sus superhéroes, con la emoción al fondo de las víctimas del terrorismo. La del funambulista Losowski y su fábrica de ideas, comprometido hasta el final con la ética, y ahora también con un kit para comunicadores en situaciones de emergencia. Naturalmente, la del fino e hilarante Grimwade, que ante la preguntita de marras “what’s next?” se saca de la chistera mucho más que 22 visiones de 22 expertos: otras tantas coñas marineras, ya que andamos de travesía oceánica.

Con ellas, con estas maravillosas historias de patos, conseguimos salir del cascarón. Surcar el Pacífico norte (o el Índico sur, según). Descubrir al otro y, de paso, descubrirnos a nosotros mismos. Navegar por entre el oleaje, encontrar el rastro de los patos y tocar el corazón. De eso trata este maravilloso oficio llamado periodismo que algunos tratan de enterrar.

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Marzo 13, 2014 0

Una redacción con cortinas

Por Javier en General

Ésta que veis aquí arriba no es la salita de estar de mi abuela ni tampoco el comedor de Rita, la vecina del primero. Podrían serlo, pero no. Cortinas de blanco moteado a medio recoger, estores venecianos de imitación, clásico escay en sillas y butacas, inevitable paisaje al óleo, lámpara acristalada colgante, una luz ténue y macilenta… Sobre todo, la luz: tan almodovariano es todo que casi imagino a Carmen Maura irrumpiendo por un costado a todo gritar. Hoy he estado media tarde trabajando allí. En esta misma mesa que podía ocupar cualquier piso de estudiantes. La mar de a gusto.

Este cuartico era el despacho del anterior director del periódico. Ahora es sala de reuniones. Aquí, en el sur de Suecia: donde en la terminal del aeropuerto también se arraciman mesas de hule, los techos tienen la altura de los de mi casa y se sale del aparcamiento apenas por una vereda. O quizá por eso. Pensaba hoy que según sea el aeropuerto de una ciudad, así son sus diarios (aunque esto no es siempre verdad). En Suecia se puede contar lo que le pasa a la gente porque la gente está cerca. Ni los diarios ni los aeropuertos intimidan.

Si se compara con las espaciales redacciones multimedia que impulsan esos gurús de pacotilla, ésta de Barometern en el centro de Kalmar es un juguete. En poco meses tirarán el edificio por dentro, me cuentan. Como el triángulo que llama a tapa en La Nación o la pareja griega que nos cebaba con asados y otros manjares en Atenas, por recordar dos mudanzas legendarias, lo importante es aquí que se salven las cortinas.

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Marzo 8, 2014 1

Innovación

Por Javier en General

“Cuando me dicen que no entienden mi proyecto estoy contentísimo. Si algo se entiende es que no es muy nuevo”, decía Ferran Adriá el otro domingo en El País Semanal. Jesús Rodríguez retrataba a un hombre obsesionado con la innovación. Como es sabido, Adriá pensó que corría el riesgo de repetirse y en 2011 cerró el primer restaurante del mundo. Lo cerró en la cresta de la ola, arriba del todo. Porque no era feliz y para no ser previsible. “Ferran, hemos creado un monstruo y va a devorarnos”, cuenta el cocinero que le dijo su hermano Albert dos años antes.

Leo con muchísima atención todo lo que dice y hace este formidable cocinero. Le sigo. Tuve la suerte de cenar en elBulli el año de su cierre. Una experiencia extraordinaria. No soy quién para juzgar una decisión de ese calibre, la de cerrar el restaurante. Hace falta coraje para tomarla. ¡Vaya si hace falta coraje! No sé si yo lo tendría, no creo. Siento, sin embargo, que todo lo que ahora desarrolla Adrià es puro marketing. Y recelo. Los dibujos de Adrià en el Drawing Center de Nueva York no me dicen nada. Las complicadas infografías (desarrolladas por Bestiario) que pretenden exponer sus teorías gastronómicas, tampoco. Me parece pretencioso. Incluso el subrayado afán de compartir, enseñar, perdurar. Yo le quiero a Adrià en la cocina, que es donde nos hacía felices.

Adrià decía también en ese estupendo reportaje que elBulli era “una máquina de decepcionar” por atender sólo seis mil de las más de dos millones de peticiones que recibían cada temporada. Tampoco estoy de acuerdo. La máquina de decepcionar se ha puesto en marcha cuando nos ha abandonado. No me interesan sus documentalistas, logistas o expertos en nuevas tecnologías y en exposiciones, que de esos hay cientos, miles, sino sus antiguos cocineros, sus camareros, sus sumilleres, que eran únicos. No me interesa la Bullipedia, ni elBulli Foundation, ni elBulli1846, ni su no-museo. Telefónica, MIT, IESE… Demasiado aderezo artificioso. Too much! Yo pagaría porque elBulli tan sólo abriera sus puertas como era y volver a cenar allí. Con Íñigo y Guillermo, con el bueno de Jose Larraza. Con los amigos cordobeses. Y hablar de Iñaki Ochoa de Olza, de Horia Colibasanu, de Iniesta. Reír, disfrutar la naturalidad de los camareros. Hablar de hamburguesas con un desconocido en el baño. Cogernos una de espanto y pagar la vomitona más cara de la historia.

Innovación es una palabra que me pone los pelos como escarpias. Innovar no es darle la vuelta al calcetín sino hacer bien lo de siempre, que es lo difícil. Estar donde hay que estar, en palabras del padre de Álvaro. Puyol piensa que ya no puede estar donde está: renuncia a 14 millones de euros, convoca una rueda de prensa de minuto y medio, y se pira. Eso es estar donde hay que estar, eso es innovar. Los diarios tendrían que hacer como Puyol. Por hacer como Adriá —pienso modestamente— están donde están.

Daba vueltas a todo esto al salir de la exposición de Juan Berrio en el Museo ABC de Madrid. Si fuera director de un diario, le pagaría desde mañana por su ‘Cuaderno de frases encontradas’. ¡Qué columna sería! Una deconstrucción de la vida. Sin tecnología punta ni artificio. Sin pajas mentales. Fácil de entender. ¿Nueva novísima? Una lección de periodismo.

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Marzo 3, 2014 4

En la rotativa

Por Javier en General

En las pantallas de televisión pasan en vivo la ceremonia de los Oscar. Gana una majestuosa Blanchett. Me alegro. Luego, sube al escenario a recoger su estatuilla y el encanto de ‘Blue Jasmine’ se desvanece. Lástima. Siempre lo he pensado: los actores me emocionan en su papel, pero cuando se quitan la careta se convierten en uno más. Y entonces tienden a cargarme. Mal que les pese, nadie les ha dado vela en otros entierros… Pierde Di Caprio, un actorazo. No me alegro. Como no sube a hablar, el encanto permanece. De eso sí me alegro.

Cerramos el periódico con los Oscar de fondo y media hora de retraso. No está mal dadas las circunstancias. Hoy lunes llegará despolillado, nuevecito a las casas. Y a las luces —semáforos—. Y a los quioscos. Ha sido un día de locos. ¡Cómo me gustan estos días! No importan los fallos ni cuántos lanzamientos ha vivido uno: se repite siempre —siempre— el mismo misterio, idéntico agrado.

Mientras montaban las planchas, en la rotativa, me he dado cuenta de tres cosas importantes. Y cuando quiero decir que me he dado cuenta quiero decir que me he dado cuenta.

Una: la producción de un diario es algo verdaderamente arcaico. La rotativa es una mole de otro tiempo. Un artefacto mecánico que emociona de puro decadente. Como aquellos ordenadores de los años sesenta que entonces eran la repera. Vale, no he descubierto la pólvora. Sólo he abierto los ojos. Mis ojos. Con todo y antiguo, qué gozosa experiencia recoger un ejemplar impreso de los que acaban ser escupidos por la máquina. Esos periódicos de tinta aún fresca son únicos. Las noticias no son de verdad hasta que no las trae entintadas el periódico.

Dos: esta profesión se va a ir al carajo. En la rotativa sólo estábamos cuatro periodistas. Literal. Hace pocos días, en otro lugar y en otro lanzamiento, no hubo ninguno. Ni el director. Para qué hablar de directores generales, gerentes de publicidad y mercadeo… Estos suelen malmeter mucho, pero luego cumplen escrupulosamente horario y libranza de fin de semana. Aunque eso no es lo peor. Lo malo es que no vibran los periodistas. Cuando llega la hora del cierre y se supone que la curiosidad debe desbordar, la cosa en los rediseños últimos —sin distinción de país— viene siendo más o menos así: gente que acaba su tarea, recoge los bártulos y se larga a casa. Sin alterarse. Cero emoción. Cero celebración. Nada, aquí no ha pasado nada.

Tres: el olor a tinta me excita.

Vuelvo a la redacción. No queda nadie. No gana la de Scorsese. Me voy a dormir.

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Febrero 27, 2014 0

Esperar

Por Javier en General

“Para la fotografía, hay que saber experimentar el placer de esperar. La esencia muchas veces está en las curvas, en las vueltas que das, no en la línea recta”, le decía Sebastião Salgado a Jesús Ruiz Mantilla en El País Semanal del domingo.

Jose Arregi, un franciscano que ya no lo es aunque sigue siéndolo, escribía recientemente sobre la espera y me ha hecho pensar, mucho: “Esperar no es estar a la espera. Esperar es una forma de vivir. Esperar es ser fiel al dinamismo profundo de la vida, dejarse llevar simplemente por el espíritu que nos habita. Esperar como manera de vivir que lo transforma todo. No necesitamos razones para esperar. Necesitamos esperar sin razones, como respiramos, como vivimos”.

A mí me parece que Salgado y Arregi hablan de lo mismo. Que los dos se alejaron para acercarse. Y que los dos viven esperando.

Pablo me hablaba de la espera y de Salgado anteayer. Hoy me dice muy contento que Teresa y él han sabido esperar también. Y que gracias a que han sabido esperar Lili ha nacido sin cirugía y ya resplandece.

Esperar… ¿Qué podemos esperar?

Noticias buenas, pocas. En medio de una molesta incertidumbre y de una pesada culpa, cada cual las suyas, los tres diarios españoles de mayor circulación acaban de sustituir a sus directores: La Vanguardia, El Mundo, ahora El País. Mala coincidencia. Leo los dos diarios de mi ciudad y no entiendo nada: acuden a una misma comisión de investigación, escuchan los mismos testimonios, describen dos mundos opuestos. Hay más: los redactores de uno de los diarios de mi rincón favorito han decidido no firmar sus notas como medida de protesta —y de presión, supongo— ante la empresa editora, con la que no llegan a un acuerdo. Y hasta se han manifestado con pancarta. Echo la vista atrás. No tanto. Me tengo que pellizcar.

¿Qué esperan los grandes diarios nacionales al cambiar de director? ¿Qué esperan los dos diarios de mi ciudad al contarnos una realidad bipolar, esquizofrénica? ¿Qué esperan esos colegas, muchos de ellos amigos, al borrar de los textos sus firmas?

Ha muerto Paco de Lucía en México, donde casualmente estoy esta semana. Duelo y pesar hondo en Algeciras. Adiós, hasta siempre, maestro. En el Puerto, tan cerca, no hay duelo ninguno sino jubiloso, hondo apoteosis de la vida: una niña llega y resplandece. ¿Qué puede esperar Lili? De momento, ya ha puesto patas arriba la vida de Pablo, gorgorista y guitarrero, otro renovador perpetuo.

En el Pompidou de Metz, en Francia, se acaba de inaugurar una muestra titulada ‘Paparazzi!’. Sebastião Salgado nunca fue un paparazzi. Aunque un poco sí: esperando como uno de ellos, se ha robado unas cuantas fotos del fin del mundo. Hoy, gracias al móvil, todos somos paparazzis… y a la vez todos somos estrellas. Como me cuesta horrores esperar, le robo la foto del whatsapp a Pablo y le digo hola sin píxeles a Lili, que aún no ha salido en los periódicos, pero ya sí en Google, ¡y bien posicionada! Qué noticia su nacimiento. No sé si la vida le reserva la condición de estrella, pero sí estoy seguro de que va a vivir con buena estrella. Ojalá nunca desespere. Ojalá separa esperar.

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Febrero 19, 2014 1

La guerra contra las mujeres

Por Nerea en General, oído, visto, vivido

Veo en La noche temática Los ojos de la guerra, un documental que nos acerca a los conflictos armados a través del testimonio, la mirada, las opiniones, los temores y las grabaciones de distintos reporteros de guerra.

En hora y media de cinta recibo una sobredosis de imágenes de bombardeos, trágicas historias locales, historias actuales, osarios, horrores pasados. En la boca, regusto de la polvareda que se levanta en las escenas de las aldeas de Irak. Escucho, leo los labios y mastico con atención de taquígrafa cada palabra de lo que dicen los reporteros, solos frente a la cámara, enmarcados en ese espacio rectangular que limita la pantalla. Francos, como en la intimidad de un confesionario en el que parece que solo te hablan a ti. La aspereza de Reverte, la suavidad de Gervasio, la cercanía de Mikel Ayestarán, la “tozudez navarra”, dicen, de David Beriáin. Los “escucho” con lupa, porque muchos son referentes de periodismo y fotoperiodismo, porque a otros los conocí en los años de facultad.

De todas las historias, me sobrecoge la que cuenta Hernán Zin desde el hospital Panza de RD del Congo. Allí, Denis Mukwege es responsable de la reconstrucción del aparato reproductor de cientos de mujeres que han sido y son sistemáticamente violadas. “En el Congo es tan salvaje lo que se está haciendo, tan brutal… La limpieza étnica y el control de los yacimientos de oro y de coltán pasa por echar a la población civil, y ¿cómo echas a la población civil?, violando a las mujeres, que son la base de la sociedad. Se las viola, se les mete bayonetas, palos, botellas rotas en la vagina para realmente destruir su aparato reproductor”.

Destruir. Zas. Destruir, destruir, destruir. Beriáin habla del “orgasmo de matar”. ¿Existe también el orgasmo de violar, de mutilar? El mental, el que otorga poder absoluto sobre el otro.

Violación como arma de guerra. Lo leí por primera vez allá por 1993, mientras estaba estudiando y en la facultad crecíamos profesionalmente paralelos a la guerra de los Balcanes. Antes había sucedido y después siguió y sigue sucediendo. Lo cuenta de modo extenso Zin en el documental La guerra contra las mujeres: Leila, Florence, Jane, Rahima, Bakira, que ponen cara a Congo, Ruanda, Bosnia…

Lo contaba también recientemente Ander Izagirre en La nadadora entre los tigres, sobre la violencia sexual en Colombia: “La violencia sexual contra las mujeres es una estrategia de guerra. Así lo detalla el informe Colombia: memorias de guerra y dignidad, del Centro Nacional de Memoria Histórica, de 2012. Los combatientes la utilizan para destruir a las mujeres líderes, a las que encabezan movimientos políticos, comunidades indígenas, asociaciones de víctimas (…). También torturan, violan y vejan a las esposas, novias, hijas y otras familiares de los enemigos, porque entienden que es otra manera de castigarlos y humillarlos a ellos.”

Aquí sentada, en estas horas en las que amamanto a mi hijo, me siento redonda, de brazos largos, cálidos, mullidos, henchida de chispa, llena de afluentes, dadora de vida desde el estómago hasta el pecho, hasta las puntas de mis dedos. Por eso, cuando hace rato que han pasado los créditos, parpadean en mi retina todavía los flashes del documental, y en mi bajo vientre los ecos secos que me unen al dolor de unas mujeres de úteros desgarrados torpe y bestialmente por zarpazos metálicos y enhiestos. Esos que se llevan la carne y con ella los cimientos de lo que esa mujer es y de todo lo que sostiene sobre sus hombros.

Leila, una muchacha de edad indeterminada, piel fina pero dientes destrozados, decenas de veces violada desde los quince años durante la guerra en la ex Yugoslavia, cierra la cinta de Zin:
“Ahora te voy a decir por qué tuve hijos”. Se para, inclina la cabeza a un lado, esboza una semi sonrisa como de quien sabe un secreto bonito que tú no sabes. Espera un momento.

“Porque quería traer gente buena a este mundo. Por eso quería tener a mis niños”.

Afirma segura con la barbilla, sonríe de nuevo.

Leila. "La guerra contra las mujeres", de Hernán Zin

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Febrero 18, 2014 1

Génesis

Por Javier en General

Sebastião Salgado ha invertido ocho años, 32 viajes y 245 fotografías con el único objetivo de alejarse. En busca de lo intacto. Qué importante alejarse para acercarse. Para mirar. Y ver.

Pero, ¡oh, sorpresa!: en el confín, al sur del sur, el brasileño de 70 años se topó con Benidorm. Resulta que pingüinos, focas, leones marinos hace siglos que tienen por allí sus playas atestadas, donde no cabe un alfiler. Pasean, conversan, lucen palmito. Solícitos, hasta posan para la cámara con suficiencia. Diría incluso que al fondo se distingue un chiringuito marsupial. Nosotros, que no nos hemos alejado jamás, sin enterarnos.

‘Génesis’ (hasta el 4 de mayo en CaixaForum, en Madrid) sí es un documento gráfico de primerísima magnitud. En ‘Génesis’ sí se revelan exclusivas extraordinarias, de las que permanecerán para siempre. Que existe Benidorm al sur, por ejemplo.

Salgo de la muestra con el alma encogida. No tengo ganas de reír, menos aún de bromear. Se me ha metido en los huesos un frío sagrado. Pesa un quintal la desolación. Una inexplicable sintonía esencial me recorre el espinazo: con las mujeres mursi de Etiopía, las que se meten los platos en la boca; con los Zo’e de la amazonía venezolana, que se atraviesan la barbilla con estacas; con los korowai de Papúa Occidental y con los mentawai de Sumatra; con los dinka sudaneses y con los nenets, que cruzan a reno el Círculo Polar Ártico. Quiero dejarlo todo y ponerme en marcha. Quiero alejarme para acercarme. Mirar. ¿A qué espero?

“Se hacen más fotos que nunca, pero sue usa mucho menos la fotografía. Ésta ha dejado de tener significado, se ha convertido en una ficción”, le decía Salgado a Pedro Vallín en La Vanguardia. Pobres diarios, se acercaron tanto que andan lejísimos. Se les olvidó mirar y por eso no ven nada. Por eso, venden como fotos manchones con gota de agua que ni mi padre disparando en Benidorm… del norte.

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Febrero 15, 2014 0

Sin marcas de agua

Por Pablo en General, visto

Aquí estamos ante una imagen de verdad —sin marcas de agua—que parece muchas cosas que no son.

No es un grupo de personas que se han levantado de la siesta para fotografiar un eclipse solar. No es una escena cotidiana. No es una foto que podríamos hacer cualquiera con nuestro teléfono móvil.

Si no, no creo que hubiese ganado el World Press Photo. La hizo John Stanmeyer y la publicó National Geographic.

Lo que sí es: es un grupo de emigrantes somalíes que busca cobertura en sus teléfonos, en la costa de Yibuti, para llamar a su familia. Hoy leía en ABC que en la capital de Somalia, Mogadiscio, las violaciones están a la orden del día. Que las mujeres y las niñas viven atemorizadas y que el gobierno, aunque dice, no hace nada por arreglarlo.

La apariencia de ser cotidiana –los gestos, los teléfonos–, y la ausencia de referencias que otras veces aparecen en fotos que presentan dramas humanos nos lleva a todos a ese lugar extraño y tranquilo. Pero es una imagen envenenada. Entra suave y amablemente por la retina, y cuando lo hace te carcome por dentro.

Corre el peligro de pasar desapercibida, como tantas y tantas historias que ocurren por ahí.

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