Noviembre 25, 2016 0

Fusión animal

Por Javier en General

Zetland es la criatura que resulta del sexo exitoso entre una cebra macho y un pony hembra. Una fusión fascinante.

Zetland es la criatura danesa que resulta del flirteo exitoso entre 17 periodistas y los espectadores que justo antes abarrotaban un teatro donde había tenido lugar un espectáculo en vivo durante 90 minutos protagonizado por esos mismos periodistas. Un novísimo diario fusión, de pago y lento, que trata de replicar digitalmente lo que sucede en el escenario y después del escenario.

Confundadora y directora de Zetland, Lea Kosgaard es la criatura que resulta de la masturbación exitosa entre la reportera que viene de Politiken y una actriz magnética: ella consigo misma. Una asombrosa periodista fusión.

La primera vez que visité Dubai me encontré en el periódico a un tipo cuya tarjeta de empresa decía: ‘fusionista’. Iba a ser nuestro enlace. Nunca supe qué hacía. Bueno, sí, en realidad no hacía nada. Todo lo contrario que Lea Kosgaard, que es una fuerza de la naturaleza. Su sesión de 35 minutos en el reciente congreso ÑH en Madrid resulta un torbellino.

Antes que ella, Arne Depuydt asegura que ha erradicado las premaquetas o ‘templates’ en De Morgen, el diario belga, uno de los mejor diseñados del mundo. Después de ella, Rob Wijnberg, fundador y director de DeCorrespondent en Holanda, explica que en su diario digital no hay links que distraigan, no hay comentarios sino ‘contribuciones’, no tienen departamento de márketing ni anuncios, y que lo que más les gustaría es romper con Facebook: “Somos un antídoto a la avalancha de noticias”. (DeCorrespondent nació tras un crowfunding de récord y hoy es un proyecto vigoroso con 55 personas en plantilla y 50.000 suscriptores).

Pero yo me quedo con Lea, no me la puedo quitar de la cabeza. En ‘Zetland Live’, sobre el escenario, que es el origen de todo, puede suceder cualquier cosa. Siempre, eso sí, relacionada con la actualidad y con el objetivo de comprender mejor el mundo: una entrevista, un monólogo, una teatralización, humor, documentales, música en vivo… Ella lo cuenta así: “Es muy raro hoy que mil personas estén concentradas y con sus teléfonos móviles apagados. ¡Pero esto tan importante para la democracia! Estar presentes. Ser conscientes. Estar reunidos y compartiendo como comunidad”.

Presencia, conciencia. Para Lea Kosgaard y para Zetland, tan periodismo son las cinco historias que suben diariamente su plataforma a las cinco de la mañana como lo que acontece bajo los focos o, aún más, el contacto posterior entre cervezas —join us for a conversation!— que permite al público asistente interesarse, preguntar, profundizar, conversar con los periodistas. “Estar interesados por lo que verdaderamente preocupa a nuestros lectores: eso es más periodismo que el producto”, defiende moviendo los brazos y soltando una risotada. La miro y me da envidia: qué bien se lo pasa, qué serio es lo que está haciendo. (Me ha venido a la cabeza Gunilla Herlitz, la directora de Dagens Nyheter en Estocolmo, que el día del rediseño del diario en 2011 andaba repartiendo periódicos en la estación de tren como una canillita más).

Indudablemente, este ÑH 2016 ha tenido ímpetu animal y fusionista. La mañana la cerró ‘Funny Farm’, una luminosa granja zoológico —con sus historias y relaciones complicadas— nacida de otro buenísimo sexo: LZF Lamps, Isidro Ferrer y hasta Grassa Toro. ¡Vaya trío! Me queda claro que el futuro del periodismo sólo puede ser divertido, erótico y monstruoso.

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Noviembre 15, 2016 Off

Si hoy te Trump, mañana me Cohen (o de diarios y prejuicios)

Por Javier en General

La mejor portada del día después no vino de América ni de ninguno de los grandes diarios del mundo sino de Granada.

(No me gustan las portadas-cartel, tan de moda: están en todas partes, me cansaron. La influencia de la gráfica popular llegó hace mucho tiempo a los periódicos. Llegó y campa a sus anchas. Serios o amarillos, sábanas o tabloides, comprometidos o mediopensionistas, de pago o gratuitos, las herramientas de la despreciada prensa popular son hoy una ‘commodity’. Los periódicos se desatan, compiten desaforados y hasta puede que pierdan el foco con tal de llamar la atención. Carrera, por otra parte, abocada al fracaso. Misión imposible cuando todo es grito. Lo malo es que por ahí los diarios —todos sin distinción— se repiten, caen en juegos de palabras manoseados, ¡incluso reproducen memes en primera página como hallazgo o gran aporte a la hemeroteca! Me aburro mucho).

La mejor portada tras el cataclismo Trump fue —decía— la de un regional, el granadino Ideal, del grupo español Vocento, que sin juzgar un ápice dio a mi juicio en el clavo: el día, los pronósticos, el resultado, las ganas, los mercados… ¡todo salió al revés!

El mejor comentario del día después tampoco vino de América ni de ninguno de los millares de comentaristas que hiperpoblaron los diarios del mundo, unos facilones, otros arribistas, casi todos fúnebres y catastrofistas. Vino de una amiga colombiana que, con sencilla lucidez, me dijo por whatsapp lo que apenas insinuó después The New York Times en una carta a sus lectores: “Y aún seguimos sin darnos cuenta de que la mayoría no piensa como nosotros”. Qué gran reflexión.

Según The Economist, más diarios estadounidenses que nunca apoyaron a los demócratas: 53 se manifestaron a favor de Hillary Clinton, sólo uno iba con Trump. A mí, que por lo general me gusta llevar la contraria, es decir, mirar un poco del revés, la situación al día siguiente me pareció divertida. Aún me sigue pareciendo divertida hoy. O, mejor, provocadora. Sobre todo, me hace pensar en el papanatismo con el que discurren casi siempre los medios, da igual que sean globales o locales, en su mirada estrecha de casta ensimismada, en su seguidismo atemorizado o vago, en tanto cliché que abunda —nunca mejor dicho— a diestra y a siniestra. No me sustraigo: me temo que yo discurro igual.

Por eso, mi segunda portada favorita del día después ha sido la del lisboeta Diario de Noticias: “Ganó Trump, la vida sigue’, decía. Y no abriendo ni a voz en grito sino más serenamente, en un nivel inferior. Es exactamente así: la vida continúa. Claro que el mundo debe contener el aliento, como anunciaban en la previa todos esos medios del mundo. Pero no por Trump y su machismo, ni por su supuesta xenofobia, comunes en tanta gente que se las da de lo contrario, dicho sea de paso. Sino porque hay verdaderas razones para morirnos de miedo. Son otras y muy poderosas. Tienen que ver con nosotros, con cada uno. Mientras no nos reconozcamos en los clichés, nada va a cambiar. La vida seguirá…

Leonard Cohen dijo que si ganaba Trump él se iba de Estados Unidos. Se ha ido muy lejos. Qué pena. Pero incluso sin él la vida sigue. Elena me copia el discurso que Cohen pronunció en 2011 al recibir agradecido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es lorquiano y delicioso.

“He venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de gratitud (…). La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo. Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia”. Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda (…). Todo lo que ustedes encuentren favorable en mis canciones, en mi poesía, está inspirado por esta tierra, y por tanto les agradezco enormemente esta hospitalidad que me han mostrado y que han mostrado por mi obra, porque es suya, y me han permitido poner mi firma en el final de la última página.”.

Sí, la madera nunca muere del todo y las comparaciones son odiosas. Javier Cercas me ha llamado mediocre por no estar de acuerdo con el Nobel a Bob Dylan. ¡Ay! De dónde le viene la autoridad para hablarme así no sé; sí sé que esa afirmación desliza más clichés preocupantes: no pienso como él, luego soy un mediocre. Me preocupa que un tipo como Cercas escriba eso. Como me preocupa leer estos días tanta letra previsible porque eso quiere decir que los diarios no me ayudan a superar prejuicios.

Leonard Cohen, que sí era un buen escritor, además de un extraordinario músico y bastante desprejuiciado, escribió ‘Beautiful Losers’ el año que yo nací. Era un pesimista de libro. No sé si es sólo una coincidencia, pero suelo decir que las mejores historias son las de los perdedores. Todos los somos a fin de cuentas. Y así hoy no me interesa Trump, pero sí Hillary, cuya cara de perdedora es de las que no se olvidan nunca.

Bajo el diluvio de Medellín, procuro mirar a Botero con otros ojos. Resulta que en seguida comienzo a ver mucho más que gordos y gordas. Descubro, por ejemplo, que mi cuerpo tiene algo de Botero: unos muslos desproporcionadamente gruesos. Que América del Sur, tan desparramada, no deja de cautivarme. Que no vale la pena intentar poner orden en la vida. Que, como decía Grassa Toro la otra semana, en el fondo soy más del Barroco que del Renacimiento. Antes hubiera procurado saber si eso es bueno o malo, acomodando las cosas al cliché del prestigio o la reputación; hoy, sin embargo, estoy tratando de aprender a que me dé lo mismo: a aceptarme barroco o lo que sea.

Cuando todos se iban por el expresionismo abstracto, Botero decidió abrazar su figuración. En el tiempo digital, el restaurante Swan Oyster Depot de San Francisco, una meca del marisco que visitamos en abril, reivindica su desconexión y no tiene sitio web ni cuenta en redes sociales. Botero y el Swan Oyster Depot decidieron vivir del revés. Yo sigo despistado y perplejo como ayer, pero al menos Cohen fue portada. Incluso en la prensa española, que antes —este mismo año— ignoró a Prince y a Bowie.

Mirar y vivir del revés, sin clichés: ¿puede un periodista mirar y vivir de otra forma? Pensaba en todo esto y en la nueva versión del acuerdo de paz colombiano, que me ha sorperendido aquí.

So long!

Noviembre 11, 2016 0

Portadas-meme

Por Pablo en General

Noticias grandes y gordas como la que llama a la puerta estos días se reviven con el paso del tiempo con más detalles de lo habitual. Se suele recordar con quién las viviste y también dónde, y suelen aparecer esos pequeños detalles que le dan al recuerdo una sensación más intensa y verosímil, que un día nos hace decir que parece que fue ayer.

Así pues, la madrugada en la que Donald Trump sale elegido Presidente de los Estados Unidos me encuentro durmiendo solo, en la pequeña y sencilla habitación con puerta de cristal de una posada en Morata de Jalón, cerca de Chodes, cerca de La Cala (donde ocurren cosas), en Aragón, junto a Miguel Angel y Javier, que también estarán, digo yo, durmiendo.

En ese momento llega la noticia en forma de vendaval repentino, sin motivo ni explicación física. Se mueve todo objeto de pie en la casa. Escucho el sonido de llaves, de jarrones del patio y plantas. Se me quedan pequeñas las sábanas: ha debido de ganar el pelirrojo, pienso. Se ha estado riendo de nuestras caras al otro lado de la pantalla desde hace dos años.

Confirmo la noticia de viva voz, cuando me levanto y bajo a desayunar: Miguel Angel responde a mi temblorosa pregunta al fondo del pasillo, a contraluz, con voz grave y en caja alta: Ha ganado TRUMP.

El vendaval y la voz de Miguel Ángel llegan a mis oídos mucho antes que la noticia a las rotativas. Los diarios no la van a llevar a la primera, no hoy. Compraré el periódico mañana para el tren de vuelta a casa, y haré como si este miércoles se hubiera apagado internet.

Pero las horas del día pasan y las noticias llegan. Breves y repetidos, ingeniosos titulares, comentarios, tuits, opiniones, sms, notificaciones que entran sin parar en el teléfono, las bolsas, ¡las bolsas!, dice Javier, ¿y a quién le importan?. Avisos que llegan mientras trabajas, en el baño, mientras escribes, mientras hablas, se cuela entre tus labios y lo escupes como a una mosquita. Abres la boca y, sin quererlo, Trump estaba ahí.

Y así llega la tarde, comemos, caminamos hasta una vía de tren, visitamos un pueblo que leído al revés se llama DEBOT donde los niños son los únicos habitantes, como en la película de Chicho Ibañez Serrador. Todo me parece apropiado para este día.

Con la puesta de sol empiezan a llegar los memes. La estatua de la Libertad se tapa la cara. Un robot con la cara de Hillary proyecta rayos destructores sobre un Gozilla Trump que escupe fuego. Concurso de belleza entre hijas de presidente y candidata. Tiriqui Trump!

Y tengo en un momento del día una sensación algo terrorífica. El día de la ‘coronación’ del Presidente de los Estados Unidos, a pesar del muro de contención de La Cala, de Chodes, de una preciosa fachada morisca, de un pueblo que se llama Tobed, de Carlos Grassa, de ensayar el ensayo y anestesiar la lengua con cerveza, amontillado y vino tinto… no consigo evitar que parezca un día normal.

Me acuesto inquieto. En la habitación hay una leve brisa que se cuela por alguna rendija.

El día en que revivamos esta noticia nos resultará difícil recordar qué fue la portada y qué el meme.


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Noviembre 9, 2016 3

50

Por Javier en General

Acabo de cumplir 50. Tranquilo, todavía estás en la meseta, me dice una cuñada. No la creo. Lo llevo mal. Mal es mal. En argentino, siempre tan plástico, dirían re: remal.

Ha comenzado a pesarme el cuerpo. Siento, escucho mortalmente cómo me pesa. Hasta ahora el cuerpo no me pesaba; era mi aliado. He engordado. Me preocupa. De repente, me siento prisionero en mi cuerpo. No me sigue como era costumbre. Tiende a retarme. Y hasta me juega malas pasadas. Mudé la piel no sé bien cuándo ni cómo. La otra semana tropecé en la calle mientras corría. Me di un trompazo nocturno, de película. Caí con el hombro y después el pómulo se incrustó en la acera. Dolió mucho. Pero aún dolía más por dentro. Nadie me vio. Creo que no hay nada roto. Solo lo creo. Sigue doliendo y la zona está hinchada. Antes nunca me hubiera caído.

Así he celebrado los 50: perplejo. Con un despiste monumental. Con pocos proyectos a la vista. Con sensación de término. Agotado. ¿Fracasado? Al menos, en familia y con vino. Una señora botella de 1966. Me la regalaron Miguel y Montse. La descorchamos el domingo sin pensarlo. ¡Cuándo si no! Cincuenta son muchos, muchos años. Bebí un vino que tiene mi edad, otros más jóvenes también lo bebieron. Qué extraño debe de ser tragar algo más viejo que uno. Después pensé en colgar una L de la luna trasera del coche. Y decir que manejo en prácticas, sí, tal y como discurre mi vida.

La revista dominical de El País también ha cumplido años. 40. Con motivo del número especial de aniversario, me he cruzado algunos mensajes con Diego Areso, su director de Arte. Diego defiende con uñas y dientes la portada de esa edición. Un guiño a las redes, un intento de hacerla viral. Yo más bien —se lo dije— creo que es una dejación de responsabilidades. Un signo de los tiempos. Como cuando Time nos eligió a usted, lector, y a mí como personajes del año y puso una pantalla de ordenador en su portada con aquel enorme ‘You’. ¿Que me haga la fotito con la careta de Javier Jaén y la comparta en redes? No, hombre. Además, no es esto lo que espero de mi diario. No es así como pienso que los diarios van a volver a ser imprescindibles.

Un gran periódico no debe desperdiciar nunca el espacio. Ni para agujerearse ni para contarme con alarde cómo afrontará una cobertura electoral, con qué despliegue de periodistas y corresponsales, por muy importante que sea la cita. Eso es provinciano. En cambio, no debe descansar para traerme una y otra vez historias únicas que aporten lucidez al mundo y a mis 50. He leído dos desgarradoras recientemente, y eso me reconcilia un poco: la del banquero Francisco Luzón, atrapado por una terrible esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y la de la escritora china Sanmao, seudónimo de Chen Ping, fenómeno de culto en su país y a quien no conocía.

Sanmao nació en 1943 y se ahorcó en 1991 al serle detectado un cáncer. Su familia había huido de China tras la revolución comunista. Luego, viajó por todo el mundo. Se enamoró de un español, José María Quero, al que primero rechazó por jovencito y con quien volvió y se casó después en 1973 en El Aaiún tras el suicidio de una pareja anterior. Enamorada locamente del buzo español, lo siguió en el Sáhara español y en Canarias. Sanmao sobrevivió a duras penas a aquella primera tragedia amorosa, pero aún le esperaba una segunda: Quero murió ahogado en 1979 en una de sus inmersiones. Destrozada, sin fuerzas para vivir, Sanmao decidió regresar a Taiwan. Allí escribió ‘Diarios del Sáhara’ sobre sus años españoles. La editorial Rata ha traducido esa obra por primera vez a un idioma occidental, al español. Buscaban “autores que escribieran desde el corazón, las tripas y la necesidad”, según su editora. ¡Ah, desde las tripas!

A mis perplejos 50, recién llegado de un estupendo congreso sobre revistas independientes en Londres, andamos estos días entre cámaras y entrevistándonos. Hablando con el corazón, con las tripas, desde una profunda necesidad: ¿y ahora? Preguntando, respondiendo o dudando, buscando en cualquier caso, escuchando, interesándonos. Como perfectos periodistas, sugiere Grassa Toro, que no deja de soltar bombitas. Como habrían de vivir los diarios siempre, pienso yo. A ver si el secreto va a estar en la entrevista…

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Octubre 26, 2016 0

Neutral

Por Javier en General

Cristina me pasa por whatsapp una fotografía que ha tomado en su nueva universidad londinense. La imagen muestra el pomo de la puerta de un baño. Debajo del pomo, un cartel dice: “Baño de género neutral”.

Busco en el diccionario de la Academia. Neutral: que no participa de ninguna de las opciones en conflicto.

Vuelvo a la fotografía confundido. No sé si entiendo. Tengo muchas preguntas. Las comparto:

¿Hay algún ser humano de género neutral? ¿Cómo son los humanos neutrales? ¿Qué característica física o psíquica distintiva tienen? Si los hubiera, ¿cómo acreditar esa neutralidad? ¿Con un carné, con un certificado, enseñando ese rasgo diferenciador de alguna manera? ¿O se refiere el cartel a hombres y mujeres neutrales, es decir, a los que no les importa orinar o lo que sea delante de personas del otro sexo, como en la serie ‘Ally McBeal’? ¿Es eso lo que quiere decir género neutral? Y, por extensión, los que sí prefieren orinar discriminadamente, ¿están por eso en conflicto con el otro sexo al no ser neutrales? Aún más: ¿cómo se orina en un baño neutral: de rodillas, haciendo el pino, colgándose uno de alguna tubería? ¿Habrá urinarios estrambóticos, váteres nunca vistos que se pierden los que frecuentan los baños de hombres y mujeres? En definitiva: ¿quién puede entrar y quién no puede entrar en este tipo de baños?

Yo, de natural, tiendo a no ser neutral. No sé si es una virtud o un defecto. Tomo partido rápido. Las equidistancias no van conmigo. Todo hay que decirlo, también reculo con frecuencia, y hasta cambio de bando. Eso suele ocurrir una vez sopesados con mayor calma todos los argumentos. Con el Nobel a Bob Dylan, por ejemplo, me posicioné en seguida: un disparate. No me he movido. Sigo firme, y más después de leer una exquisita columna de José María Romera. ¿Francisco Rico o Arturo Pérez Reverte? Aquí sí tengo más dudas. El combate epistolar entre los dos académicos ha sido cruel, a la yugular, delicioso. Entre el autor del Quijote y el alatristemente célebre, creo que me quedo con Pérez Reverte. La culpa la tiene Javier Marías, que incluye habitualmente al profesor Rico en sus novelas y lo describe altivo, engreído, distante. Demasiado culto. Ojo, estoy abierto a cambiar de opinión.

¿Periódicos impresos o digitales? ¿Sitios web gratuitos o de pago? ¿Diarios impertérritos o un poco más calentitos? ¿Necesarios o arrevistaditos? ¿Con Facebook y Google o contra ellos? ¿Información pura y dura o desayunos bancarios y branded content? Sopeso y sopeso, pero no consiguen que me mueva mucho. En periodismo, como al mear, es imposible ser neutral.

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Octubre 17, 2016 1

Papeles

Por Javier en General

Marc Vidal es consultor tecnológico, así lo presentaba el periódico. Recientemente, Vidal afirmó en un desayuno de trabajo que vivimos un “momento histórico”: la cuarta revolución industrial. La robotización, la automatización y la disminución o anulación de intermediarios propias de este momento van a hacer del nuestro “un mundo mejor”, dijo. Y añadió: “Cuantas más máquinas rodeen nuestra vida, cuanta más tecnología nos quite tiempo de trabajo, más humanos vamos a ser. En lugar de pensar que nos va a quitar trabajo, lo que tenemos que pensar es que nos dará tiempo para nosotros”.

Me aburren, me indignan los charlatanes que se dedican a largar rollos sabidos con el viento a favor. Esos personajes que apenas hacen balance y repican clichés de manual y congreso antes de meterse al bolsillo unos jugosos cuartos, y que con esas perogrulladas escriben luego libros de autoayuda para empresarios, directivos o profesionales en pánico. Qué lástima que los medios los inviten y organicen con ellos —y con algún banco que pone la guita, no faltaba más— desayunos que ocupan dos, tres o cuatro páginas patrocinadas. Es lo que hay. Con estos mimbres hacemos los diarios ahora. ¿Cómo podríamos siquiera aspirar a que nadie pague por nuestros diarios?

Vino poco después el cineasta Roland Joffé. Al escucharle en las antípodas me cambió el humor: “Comunicar tiene que ver con descubrir quién eres y transmitirlo, y descubrir a los demás y comprenderlos”, les dijo a varias decenas de universitarios el director de ‘La misión’ y ‘Los gritos del silencio’. Empatía. ¿Habría en el aula algún directivo de medios escuchándolo?

Ahora, le acaban de dar el Nobel de Literatura a Bob Dylan y otra vez me he cabreado. Los que me quieren me suelen decir que me tomo todo muy a pecho, y que por ahí malgasto demasiada energía. Puede que estén en lo cierto, pero, se pongan como se pongan, para mí Dylan no es un escritor de altura; ni siquiera es un escritor. Y quiero decirlo a pesar de que no se lleve. Sus letras, copiadas en un libro, sin música, sin recitales, no hubieran vendido más allá de unas decenas de ejemplares. Honestamente, tampoco son para tanto. El de Duluth lo intentó de hecho con una novela en los sesenta, ‘Tarántula’. No la he leído, pero la crítica la pone de vuelta y media. No quedará. Argumentan los que han apoyado el fallo que lírica viene de lira y que la literatura hunde sus raíces en la oralidad. Que si Homero y todo eso. Yo, más bien, me río. Hace mil, dos mil, tres mil años todo era oral, o primordialmente oral. Dylan es un músico magnífico, un tipo al que nadie niega un influjo decisivo en la evolución de tantos grupos y géneros. Uno de los más grandes. El Grammy para él, el Príncipe de Asturias de las Artes, cualquier galardón musical de primera: sin problema. Literatura es otra cosa. Como los periódicos, el comité de los Nobel ha pecado de mirada corta. Se ha dejado atrapar por el márketing. Dichoso márketing que todo lo devora.

En el estudio, acabamos de imprimir unas pegatinas nuevas en negro y plata. Dicen: “Facebook y Google son nuestros enemigos” (periodísticos, se entiende). Son una mala tarjeta de presentación si uno quiere conseguir clientes. Qué le vamos a hacer. Otras de color verde que ya tienen un par de años decían: “Que vuelvan el ruido, el humo y las cervezas a la redacción”. Yo estoy orgulloso de esas pegatinas. De lo que significan. Y convencido de que el camino que me interesa es ése. Requerido por un colega, he hecho algo de contabilidad estos días. En 2012 pasé 184 días fuera de casa; en 2013 fueron 128 días; en 2014, 170; en 2015, 108; y en lo que va de 2016, 119. Estos años de vida un poco nómada me han servido, sobre todo, para pensar más bien como Joffé: el único valor de un medio es su gente. Da lo mismo si esa gente amontona papeles, como en un diario donde he trabajado últimamente, o si mantiene la redacción impoluta; si se organizan en torno a una mesa central galáctica o si tienen que andar subiendo y bajando escaleras, o repartidos a la antigua por cuarticos. Es la gente, estúpidos, no la digitalización. La gente es la verdadera revolución pendiente en nuestras redacciones.

PD. Hoy, domingo, no he comprado el periódico por primera vez en mucho tiempo. No he sentido culpa ni tampoco he echado de menos nada. Qué raro.

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Octubre 7, 2016 1

De otra pasta

Por Pablo en General, Premios

Hoy nos han dado la noticia de que Javier, que casi siempre escribe en este blog, va recibir en unos días el premio al periodista Navarro. Un premio que el año pasado recibió su tío Fernando y que imagino que le llenará de emoción entre otras razones por eso.

A mí me ha alegrado mucho. Es importante saber que la profesión da su apoyo a alguien que se preocupa y pelea por ella, quien a veces ha dicho o escrito cosas que a la propia profesión tiene que resultar difícil escuchar o leer.

Es gracioso pensar que el periodista navarro que recibe el premio no trabaja en una redacción, como un periodista al uso. Pero sí tiene una silla en muchas de ellas. Me gustaría que todas las redacciones de diarios del mundo tuvieran una silla para Javier. Quizá que voy a patentar una; la silla ‘J’. Quiero que sea ligera, sencilla y cómoda, de lamas de madera, que Javier tiene el culo cuadrado.

Cuando tienes el privilegio de trabajar un día entero con él, tu cabeza empieza a decir basta un par de horas antes de que se acabe el día. A menudo recuerdo y echo en falta esas largas jornadas en la redacción… Me acuerdo de una redacción en concreto. Salir de allí por la noche, recorriendo el enorme edificio a oscuras de Eiffel, impresionaba y era divertido a la vez.

Con esa sensación de alegre agotamiento, salíamos hace unos años la medianoche del jueves. Sophie (diseñadora), y Michael (infografista) se apuntaban a cenar. Por tercer día consecutivo, a las 11 y media de la noche entrábamos en el mismo lugar: el salón del pequeño restaurante de Mateo*, auténtico dandy italiano con un pasado interesante, de militar retirado de la Otan**. El ritual tenía mucho encanto. Y con la risa floja nos plimplábamos por ese orden y sin ninguna prisa, una cerveza fría, un plato de tomate y mozzarella, un plato de pasta y el vino. Después (había que ir) a dormir cada uno como pudiera. A mí me costaba horrores.

Si quieres saber de qué pasta está hecho Javier Errea, ya te lo digo yo: de pasta italiana.

Felicidades, Javier.

(*) Nombre inventado.

(**) O a mí eso me pareció entender.

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Septiembre 26, 2016 Off

La corbata

Por Javier en General

Deslumbrados, Balboa y los demás soñaron siglos el canal de Panamá. Demasiada realidad, diría Grassa Toro, señor de La Cala.

El vapor ‘Ancón’ lo inauguró oficialmente el 15 de agosto de 1914. Es una obra de ingeniería prodigiosa que se conserva intacta. Las mismas compuertas de acero de 33 metros de altura, el mismo sistema de llenado por gravedad. Resulta difícil imaginar cómo, además de las esclusas, ingenieros y operarios de la época excavaron durante seis años el corte Gaillard o Culebra, el río artificial que une la vertiente del Pacífico con el lago Gatún. Y cómo llenaron éste para facilitar la conexión entre los dos extremos. Durante un tiempo el Gatún fue el lago artificial más grande del mundo.

‘The World’, el diario de Joseph Pulitzer, publicó el 31 de enero de 1904 el mejor gráfico que se ha hecho nunca sobre el canal de Panamá. Preside majestuoso esta entrada. Es otro prodigio de rigor artesano que me dejó boquiabierto la primera vez que lo vi y que todavía hoy hace que me frote los ojos. ‘The World’ es el periódico que inventó las secciones de fin de semana y los dominicales a todo color, el primero que desarrollo auténtica investigación periodística, el que creó la primera sección de deportes, el que descubrió el cómic como género narrativo, el que publicó el primer crucigrama, el que se empeñó en contratar mujeres para la redacción… Pulitzer lo agarró bajo mínimos y en pocos años llegó a vender un millón y medio de ejemplares. Ah, qué envidia.

Me acuerdo ahora de ‘The World’ y de la humildad periodística, que escasea. Lo hago mientras miro absorto cómo el ‘Mazowsze’, un carguero con bandera de Bahamas, atraviesa las esclusas de Miraflores y enfila las de Pedro Miguel, antes de adentrarse en el corte Culebra en busca del Atlántico. A cola del ‘Mazowsze’ aguarda el ‘Apollon’, otro carguero, éste de bandera panameña, con su emocionante canasta de baloncesto a popa. El tránsito es de sur a norte (Pacífico a Atlántico) por la mañana y de norte a sur por la tarde. Recorrer los casi 80 kilómetros del canal puede tomar a una embarcación entre ocho y diez horas. Los barcos más grandes, los que utilizan las nuevas esclusas inauguradas este año, pagan hasta un millón de dólares, y aún así compensa no tener que circunvalar América del Sur por el cabo de Hornos. De 35 a 40 barcos cruzan el istmo diariamente. No hay tiempo para más. Hay aplicaciones que permiten conocer el origen y el destino de todos esos barcos con sus marinos a bordo, a los que uno dice adiós desde Miraflores con nostalgia sobrevenida: nos encontramos en este punto y en este momento estelar, jamás nos volveremos a ver.

Hace mucho calor. Es un calor pegajoso, lo habitual aquí. Estoy asomado a la barandilla de la cuarta planta del edificio-graderío que se construyó en 2000. El lugar está lleno de visitantes. El canal es la gran atracción turística de Panamá y, sobre todo, su sustento y casi su razón de ser. Panamá es un estado afortunadamente atravesado, pienso. La persona que está a mi izquierda se retira y su lugar lo ocupa otro turista. Otro más. No le presto atención. Sigo a lo mío. Ahí está el ‘Apollon’ encajado ya en la esclusa, que se llena en sólo cinco minutos: cien millones de litros de agua la nutren desde el fondo gracias a un sistema de tuberías gigantes. Agua que, por cierto, se pierde luego en el océano. Todo el sistema del canal de Panamá depende de las lluvias y de los ríos que alimentan el Gatún. Si hubiera una sequía tremenda, se jodió el canal.

En esto, no sé por qué, miro a mi izquierda. No puedo resistirme: es una presencia imantada, fortísima. Se trata de una mujer pequeña, morena, muy guapa. Viste de negro y lleva el pelo recogido en un pañuelo rojo estampado. Sus ojos…

Carolina dejó La Cala hace tres años. Se fue con su belleza a Medellín, se llevó tanta dulzura. La Cala siempre ha sido un lugar diferente, y lo sigue siendo sin Carolina. Pero es diferente de diferente manera. ¡Carolina!, casi le grito, atónito. Ella se gira y me mira. En este punto y en este mismo momento estelar, precisamente. Ni un piso más abajo ni un minuto antes o después. ¡Carolina! ¡No puede ser, eres Carolina!

La esclusa está llena, la compuerta delantera se abre, el ‘Apollon’ se dispone a salir. Carolina me dice que el día anterior había comprado un regalo a Grassa Toro. Su madre, que anda con ella, se lo reprochó: hija, ¿y cómo se lo vas a hacer llegar? Algún amigo aparecerá, zanjó Carolina. A Carolina se le humedecen los ojos. El encuentro es de una intensidad fuera de lo normal. Su hijita protesta un poco. Tienen que irse rápido. Espera, no te vayas, por favor, tengo el regalo en el auto, suplica Carolina, que desaparece. Regresa al poco y me entrega una bolsita de plástico azul y, dentro, una corbata. No cualquier corbata. Es muy de Carlos, explica y yo entiendo lo que me quiere decir porque conozco a Grassa Toro. Nos volvemos a abrazar. Cuando en noviembre pase por Medellín te llamo, le prometo. Adiós, Carolina.

Todavía temblando, saco el móvil y escribo un mail a Grassa Toro. Le digo: Amigo Carlos, tengo una bonita historia que contarte y un regalo que me han dado para ti. Estoy viendo cruzar barcos en el canal de Panamá. Regreso esta tarde. Te cuento mañana. Grassa Toro contesta casi de inmediato: No sé si voy a dormir (sonrisa). Hasta mañana. Qué vale un ‘scoop’: mi historia es un tesoro precioso. Necesito contarla, sólo quiero compartirla.

Aunque la historia no acaba aquí.

Con tanta emoción y las últimas fotos al ‘Apollon’, el móvil se me resbala. Cae al vacío. Desde una altura de unos dos pisos. Afortunadamente, un toldo amortigua la caída. Me abalanzo escaleras abajo. Lo recupero. Todo bien: funciona. En el taxi, de vuelta del canal, sigo excitadísimo. Rompe a llover. A cántaros. Me acomodo en el asiento trasero y busco a tientas, muy contento, la bolsita azul. Pienso de nuevo en Balboa y en el sueño del canal, en Lesseps, en Pulitzer, en los marineros del ‘Apollon’ que jugarán baloncesto esta tarde, en el fulgor de Carolina, en el ¿azar?

Y, en esto, otra vez en esto, mi cara es un poema. ¿Qué pasa?, inquiere el colega que me acompaña. ¡La corbata! ¡No tengo la corbata!, le confieso alarmado. ¡Tengo que regresar! Necesito otro taxi. Pero… ¿cómo?, acierta a decir él. Yo ya no estoy.

Al nuevo taxista le ruego que se apremie. Le explico. A la vez, rebobino. Ha debido de ser cuando se me cayó el móvil. Visualizo: tiro el café y todo a la papelera antes de salir pitando en su busca. Malditos móviles. El viaje de regreso a la esclusa se me hace eterno. Llegamos finalmente. Subo las escaleras de dos en dos. Tropiezo. Me incorporo sin dejar que nadie me ayude. Entro. Jadeando. El funcionario de la boletería, que antes me habló del Barça, me mira extrañado. Señor, he perdido algo muy importante. ¿Me deja mirar dentro de la papelera? Por favor… ¿Qué busca?, inquiere. Una corbata, le digo. Ni contesta: señala una encimera . Ahí está, sí, desplegada: la corbata de Carolina, la corbata de Grassa Toro.

Me abrazo con él. Le digo adiós. También al ‘Apollon’ con su canasta, al que todavía alcanzo a ver. Bajo despacio. Agarro la bolsa azul con las dos manos y la cobijo en mi regazo, como un tesoro. El taxista ni pregunta. Está tan contento como yo, aunque en seguida se larga a hablar de los políticos latinos, a los que crucifica indiscriminadamente. Le interrumpo para pedirle que, por favor, pare y me deje sacar una foto a la señal de peligro, cocodrilos en la acera.

Tres horas más tarde, deslumbrado como Balboa y los demás, abrumado ante la demasiada realidad, digo adiós a América, que me empuja a escribir esto sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

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Septiembre 22, 2016 1

Maneras de decir adiós

Por Javier en General

Digo adiós al verano, que es más difícil que decir adiós al invierno. Decir adiós al verano y sentir que uno se adentra en la angostura son la misma cosa. El aire se adensa y enrarece, se cuelan, agobian las prisas. Al verano le suelo decir adiós de soslayo. Concentrado en lo por venir. Muriendo un poco.

Digo adiós también a Cristina, que marcha a Londres por dos años. Hace uno inauguraba el resto de su vida, aún protegida; ahora le toca volar sola, sola, sola. A Cristina le digo adiós muy deprisa, entre risas, evitándolo. Sin llorar llorando. Luego le dejo una nota en la cama. Y muero otro poco.

A Álvaro le han dicho adiós sin decírselo, que es decir adiós sin el cariño debido, de malas maneras. Vaya tropa.

Carlos Boyero nos dijo adiós hace dos sábados. Con bastante delicadeza para ser él. Saqué una foto a la página del diario con el móvil y la envié al grupo de whatsapp que tenemos los cinco hermanos. Cundió el desánimo. Se van yendo los mejores. ¡Cuánta orfandad padecen los periódicos! Aunque sólo Boyero tiene los huevos de despedirse en El País citando con admiración a Pedro J. Ramírez… Hace unos meses me atreví a enviarle un ejemplar de ‘El diario o la vida’. De llanero solitario a llanero solitario: ojalá lo lea. En su articulito, a Boyero le entendí que se iba y que se iba. Que nos quedábamos sin su ración de hostias cinematográficas, y de las otras. Sin su mirada amarga a “esa cosa tan inclasificable llamada vida”. Que, “con infinito tiempo”, pasaba a dedicarse a “echarles miguitas a los pájaros y observar el paisaje urbano desde un banco”. Pero no: Boyero sólo se despide —por el momento— de su columna semanal en las páginas de televisión. Anda en San Sebastián, escribiendo sobre el Festival de Cine. Repartiendo. Menos mal. Afortunadamente, ha sido un adiós amagado, a medias.

Nerea nos copia la historia del profesor uruguayo Leonardo Haberkorn (el de la foto de arriba), que dice adiós a su facultad de Periodismo porque se cansó. Vale la pena leerlo: “Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo. Cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo a gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado. Este año, proyectando la película ‘El Informante’, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook. ¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que aguantarme las lágrimas! También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador. Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo, repleta de una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: “¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!” Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación. Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando su Facebook. Todo el año estuvo igual. Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables. Silencio. Silencio. Silencio. Ellos querían que terminara la clase. Yo también”.

(ver la entrada completa aquí: http://leonardohaberkorn.blogspot.com.es/2015/12/con-mi-musica-y-la-fallaci-otra-parte.html)

Ha dicho adiós Pepe, el padre de José Ángel, tantos años anfitrión en Los Alfares y de Miura en Pamplona. Falleció ayer. Calladamente. Le despedimos. ¿Dónde irá? ¿Irá? Ya veis que sigo enredado con ‘Necesario, pero imposible’, de Javier Gomá, que me tortura.

En fin, decimos adiós a Ángela y a Miriam lo mejor que sabemos y podemos. Nunca se sabe ni se puede lo suficiente. Todo irá bien, compañeras. No lo dudéis.

Vivir es decir adiós todo el tiempo. Si el periodismo es contar la vida, nuestro oficio debe de ser desgarrador necesariamente.

Qué difícil y puñetero es decir adiós. Sobre todo, si hoy es 21 de septiembre.

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Septiembre 15, 2016 0

La belleza es tu cabeza

Por Ángela en General

‘La belleza es tu cabeza’ es un mensaje que soportan muchas fachadas y aceras de Barcelona, e incluso parte de su mobiliario urbano. Una vez me contaron que su autor era un chico italiano o alemán, no recuerdo. Después de vivir allí varios años y dejar constancia de ello por toda la ciudad, decidió marcharse… Pero antes, como despedida, pasó días arrancando y tirando las hojas de sus cuadernos por las azoteas de distintos edificios y regando la ciudad con una lluvia de dibujos, poemas y pensamientos. También oí que, en una fiesta final, hizo guirnaldas con más hojas y, antes de irse, las regaló a los asistentes.

En Errea llevamos unos días dándole vueltas al Design Thinking. Nerea nos ha hecho mirarnos (distinto) y dibujarnos (bonito), y estos son algunos de los resultados.

En la segunda edición de PUMK! descubrí Bonito editorial, con el libro Indigo. Sus autoras se lo dedican entre ellas, y a quienes les “educaron y enseñaron a mirar con ojos de otros”. El libro comienza con el texto ‘He vivido ochenta vidas’ y el tema principal es la empatía.

También encontré los dibujos de efímero bruno, el autor de la casita que más me gusta. ¡Por fin lo he conocido! Cuando entras a su web, lees esto:


Bruno también tiene una editorial que se llama Macuto Heyoka. En sus fanzines, nada es lo que parece. Sus personajes comienzan soplando una cometa y acaban volando por el universo (recordemos que es: 1. brujo; 2. satélite inorbitado).

No tiene límites. En su cabeza, hasta las cucarachas se enamoran (de los granos de café). En fin. No puede ser más bonito.