Julio 19, 2016 0

Nómadas

Por Javier en General

Regreso de un viaje apasionante por la España vacía y descubro con Sergio del Molino que periodísticamente soy un poco carlistón. Del Molino, antiguo compañero en Heraldo de Aragón, cita en la página 208 de su último libro al historiador Francisco Javier Caspistegui, antiguo compañero de mili, quien se refiere al carlismo como una “melancolía colectiva” con “moral de derrota” cuyo objetivo fue destruir la ciudad y recuperar así lo mejor de los “buenos viejos tiempos”. El escritor asegura que el movimiento atrajo no sólo a ultras sino también a sensibilidades románticas inclasificables como Valle Inclán. Menos mal: si Valle fue a su manera carlistón, me quedo un poco más tranquilo.

Sergio del Molino urge a caer en la cuenta, y a hacer algo con esa conciencia. Su mirada sobre España es compasiva. Compasión es una palabra admirable. No es mojigata ni resignada. Exige conciencia (y consciencia). Vivir con compasión: ésa fue también la recomendación nada moralista que hizo David Foster Wallace a los graduados de la Universidad de Kenyon, Estados Unidos, en 2005. “Atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. Ésa es la auténtica libertad (…). Nada tiene que ver con la moralidad ni con la religión ni con las grandes y elaboradas preguntas sobre la vida después de la muerte. La verdad con uve mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte. Tiene que ver con llegar a los treinta, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza. Tiene que ver con el verdadero valor de una verdadera educación, que pasa en gran medida por la simple conciencia”, sostiene Foster Wallace en esa intervención, titulada ‘Esto es agua’.

Sumido en una profunda depresión, el autor de ‘La broma infinita’, considerada una de las grandes novelas del siglo XX, no se disparó en la cabeza: se ahorcó el 12 de septiembre de 2008, a los 46 años. ‘Esto es agua’ fue el único discurso que pronunció en su vida. Comienza así: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: ‘¿Qué demonios es el agua?”

Me resulta curiosa esta coincidencia. La de Del Molino y Foster Wallace, que han caído en mis manos estos días previos al verano. Sus viajes, su invitación a tomar conciencia.

Fago, las Hurdes, La Mancha, el Moncayo… son el agua de Sergio del Molino. Por ‘La España vacía’ transitan Marañón y Almodóvar, Cervantes y David Lynch, el general Custer y Julio Llamazares, Bécquer y Joaquín Reyes, Antonio Machado y otro Joaquín, Joaquín Luqui, el inolvidable locutor de Caparroso, Navarra. Cómo trae a colación el autor a Luqui, el pueblerino sin complejos ni artificio, me parece magistral. Lo es también el encuentro pisciforme que describe Foster Wallace.

En la coda del libro (página 254), a propósito de una mudanza frustrada, Del Molino dice: “Nunca había pensado que el espacio fuera una necesidad (…). Yo leía ‘On the road’ y creía que el espacio estaba en las planicies, en las cunetas de las carreteras, en los vestíbulos de las estaciones de Greyhound. Leía ‘Lolita’ y soñaba con cazadores encantados y bragas puestas a secar en la ducha. Leía a Bruce Chatwin y me enamoraba la idea de que los humanos somos nómadas, que el sedentarismo es una perversión grosera de nuestro carácter natural. Hay una teoría antropológica que explica por qué el movimiento calma a los bebés. La quietud les angustia. El balanceo indica que la tribu se mueve. Si se para, queda a merced de los depredadores”.

Para un carlistón como yo, que busca la seguridad perdida en los “buenos viejos tiempos”, el nomadismo es una invitación al coraje y a la conciencia. A salir de la zona de confort. A nadar sabiendo que esto es agua. Un reto. 15 de julio. Se acabaron las fiestas. Después de las despedidas, me dispongo a cruzar apachemente la España vacía en busca de mar, luz y compasión al sur. Con ese equipaje ligero afrontaré después lo que venga.

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Julio 6, 2016 3

Red the News

Por Javier en General

Este año no he escrito sobre el esplendoroso verde de mayo y junio en Pamplona. Para cuando me doy cuenta el campo está ya amarillo y cosechado. Y la ciudad, preparada para el rojo, a punto de estallar.

Me miro las manos venosas, hoy como a los cuarenta. Me fatigo corriendo como nunca antes. Los médicos rondan. Husmean. “El cuerpo acaba manifestándose, siempre”, dice Carlos. No me tranquiliza. Son las tres de la mañana. Había escrito una entrada larga; la he perdido completica. Será por algo, pienso en lugar de desesperarme.

Reconocía en esa entrada, y ahora en este sucedáneo, a Victoria Prego por su adiós discreto y delicado, que dice mucho de ella y del diario (El Mundo) en el que ha trabajado los últimos dieciséis años. El adiós profesional más bonito que he leído nunca.

Reconocía también a Juan Carlos Laviana, uno de los fundadores de ese periódico, que no menos discreta ni menos delicadamente ha dado un paso al costado. Le echaremos de menos. Y a Rodrigo Sánchez, el mejor diseñador periodístico que conozco, y una de las personas más buenas en esta profesión, que de momento resiste. A Rodrigo le decía que no se fuera nunca. Que en este tiempo de desbandada él perseverara en su maravillosa locura: arriesgar, arriesgar, arriesgar.

Reconocía, en fin, en mi entrada perdida, y ahora en este sucedáneo, el papel del diario El Mundo, precisamente cuando vive su peor momento, o su momento más difícil. El Mundo, sí, tan despreciablemente despreciado por otros colegas que se arrogan el derecho de adjudicar la etiqueta de la calidad periodística. A ellos mismos, claro. El Mundo, con todos sus defectos, pero posiblemente el diario menos sectario, el más guerrillero e imprevisible de cuantos han existido en España en las últimas décadas. ¿Se puede decir algo mejor de un periódico?

Las noticias no dan respiro. La que me ha hecho sonreír estos días: en Pamplona impregnan las paredes del Casco Viejo con una sustancia repelente de orina que hará que los meones infractores se pongan perdidos. Tecnología sanferminera. Vamos a ver cuánto salpica. La que me recuerda mi fragilidad y el enigma de la vida: ha muerto en accidente de moto el comisario de la Policía Foral Mario Zunzarren, articulista y poeta, responsable durante años de la lucha contra la siniestralidad en las carreteras. La que me descoloca: el dichoso ‘brexit’, que ha dejado al Reino Unido temblando tras su órdago irresponsable. Humano pavor. La que me enoja: aquí, en cambio, los políticos no saben cómo se conjuga el verbo dimitir. ¡Qué difícil es decir adiós! ¿Verdad, Victoria?

En esa entrada que he perdido y que ya no voy a tratar de recuperar criticaba duramente la auditoría “creativa” (sic) de El País, más preocupado por aparecer en las revistas de arquitectura y decoración, con sus sofás y áreas de esparcimiento, que por hacer un periodico como Dios manda y servir así a sus sufridos e incomprendidos suscriptores. No, ya no hay papeleras ni impresoras en la redacción de El País, ya no se puede dejar nada encima de la mesa ni colgar un triste abrigo de la silla. ¡Te lo tiran! Por no haber, dicen, ya no hay ni puestos de trabajo fijos, aunque sí, naturalmente, el viejuno y previsible superdesk, aquí llamado ‘command center’ (y no es broma). ¿Es esto un periódico?

En Florida ha muerto en otro accidente Joshua Brown, dueño de un Tesla Model S, que funciona con piloto automático. El coche en el que Brown viajaba —que no conducía— se empotró contra un camión. Es la primera víctima en la carretera de la inteligencia artificial aplicada a vehículos. “Lo que compras no es lectura o cine, sino experiencias. Y el soporte es parte irremplazable de esa experiencia. Por eso sobreviven las salas de cine y los discos, y algunos periódicos y revistas, y los libros, porque son más que su contenido: son expresión material de afecto y afinidad. El hartazgo digital potencia lo presencial, lo directo, lo próximo, lo auténtico”, irrumpe en La Vanguardia Andrew Keen, director del Salón de Innovación de Silicon Valley.

Cumplimos diez años como estudio. Hemos vivido y sobrevivido un poco quijotescamente. Leo la mofa en las caras de muchos, su complejo de superioridad cada vez que pataleo. Lo reconozco: me cansé. He perdido. Ganaron los ventajistas del algoritmo, los prestidigitadores de la gran mentira. Ahora, tomando prestadas las palabras de Keen, tan sólo quiero disfrutar del afecto y de la afinidad de los míos, y de estos Sanfermines que comienzan. Y de los viejos diarios… el tiempo que les quede. Como lector siempre, impenitente, y con nuestra camiseta de aniversario, eso sí. Hemos perdido, pero está prohibido agachar las orejas. Salud.

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Junio 24, 2016 0

Locuras en papel 2

Por Laura en General, Ilustración, diseño

Qué será de mí es un libro ilustrado que cambia con el tiempo, está hecho a 2 tintas (ambas de color magenta) y una de ellas desaparece en un periodo de tiempo de entre 2 y 4 meses una vez sacado del envoltorio.

Su creador, Martin Satí, ha utilizado la tinta volatil para conseguir que las 70 ilustraciones que componen la obra sean auténticos poemas visuales que hablan del fin, de la fugacidad y del olvido.

Para Martin Satí lo interesante es ver, en un período relativamente corto, la susceptibilidad de las cosas con el paso del tiempo, la épica de la vida como un proceso evolutivo y transformador, y la huella que deja en la memoria antes de borrarse para siempre.

El resultado final es un registro fósil lleno de poesía gráfica. Un juego sin resolver, como el paso mismo de la vida.

Ficha
Impresión: 1 + 1 (tinta que desaparece ) serigrafiada.
Papel: Schoeller 220g de alta calidad.
Encuadernación: hecha a mano con 20 hojas cosidas con hilo blanco.
Cubierta: serigrafiadas y cosida a mano.
Páginas: 80 páginas.
Tamaño: 140×200 mm.
Tirada: Se ha hecho gracias a un crowdfunding una edición limitada de 50 copias.
Precio: 100€ (el autor reconoce el alto coste pero han sido cuatro años de trabajo, los libros están hechos a mano de la obra, por lo que el diseño final resulta en una pieza única y exclusiva).
Cada copia está firmada y numerada por el autor.

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Junio 13, 2016 0

Cadáveres exquisitos

Por Javier en General

Están a punto de cerrar la sala. He llegado tarde, como casi siempre. Avanzo deprisa entre decenas de volúmenes autoeditados. Hay de todo: mucha obra supérflua y prescindible. Onanismos editoriales, una de las plagas de hoy. Otras, en cambio, tienen su interés. Selecciono algunas publicaciones al azar, las hojeo, continúo. Casi al final, me sale al paso un catálogo de color verde caqui. Es de Txuspo Poyo, un viejo conocido, y se titula ‘Cadáveres exquisitos’, en rutilante Helvetica Condensada; lo que me atrapa, sin embargo, es el segundo título o apostilla al primero y principal: ‘Intervenciones sobre obituarios de periódicos’. Lo abro. Encuentro un tesoro. No hay tiempo para más. Apunto la referencia. Ya lo compraré en Amazon, me digo.

Llega el libro a los pocos días. Leo. ‘Cadáveres exquisitos’ con sus intervenciones cobija 122 dibujos a bolígrafo realizados sobre otras tantas páginas de diarios que informaron del fallecimiento de personajes públicos de todo el mundo entre 2001 y 2014: Adolfo Suárez y Farrah Fawcett, Chavela Cargas y Emilio Botín, Alain Resnais y Diana de Gales, Ingmar Bergman y Margaret Thatcher, Lauren Bacall y Miliki, J.D. Salinger y Louise Bourgeois, Oscar Niemeyer y Sara Montiel… La serie arranca con un obituario que, estrictamente hablando, no es un obituario, aunque sí el primero por orden cronológico: la destrucción de la estación espacial MIR el 23 de marzo de 2001. Poyo incluye en la relación otro ‘obituario’ no personal: el de la banda terrorista ETA tras anunciar un alto el fuego definitivo. Convaleciente de una colitis ulcerosa en el otoño de 2004, el artista navarro comienza entonces a recopilar páginas. Encontramos a los españoles El País, El Mundo, ABC, El Correo, Deia, Gara, La Vanguardia y Expansión; a los franceses Libération, el diario de los obituarios inigualables, y Le Monde; a los británicos The Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mirror y The Sun; al alemán Süddeutsche Zeitung; a los estadounidenses The New York Times, New York Post, New York Daily News y Newsweek; al brasileño O Estado de S. Paulo. En total, diecinueve diarios y una revista. Sobre ellos, garabatea y tacha de manera intuitiva, automática.

Lo reconozco: nunca había oído hablar de ‘cadáveres exquitos’. Ángela sí, claro: “Surrealistas”, me dice sin dudar. Fueron André Breton, Paul Éluard y Tristán Tzara los que idearon en 1925 esta técnica de escritura —y creación— coral, anónima, intuitiva, espontánea, lúdica y casi automática. Su nombre se debe a la primera oración que alumbró el método surrealista: “El cadáver exquisito beberá el vino joven”. Sigo leyendo. Cadáveres exquisitos se basaba en realidad en un viejo juego de mesa llamado “consecuencias” en el que los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura y después la pasaban al siguiente jugador, que sólo podía ver el final de lo que había escrito el jugador anterior.

“Nadie sabe qué es el ser humano ni las posibilidades que tiene. Todos somos fragmentos”, le confesaba esta semana el dramaturgo Peter Brook a Aurora Intxausti. En las últimas semanas he visto morir a Fernando Múgica y a Miguel de la Quadra Salcedo; a Esteban, el padre de Bea, y a Javier, el padre de Luis. Simultáneamente, se bautizaba Gonzalo, hacía su primera comunión Pablo y se acaba de casar Marta. Fragmentos todos de este juego absurdo de cadáveres exquisitos en el que andamos inmersos. Carne de obituario.

El obituario es un género periodístico de primera magnitud, uno de los más difíciles, bellos e importantes, aunque la prensa española lo ha ignorado durante décadas. Todo lo contrario que los diarios anglosajones, para los que estas piezas llegan a constituir maravillosas joyas incluso literarias. “Los problemas profundos que tenemos son los mismos que tenían al principio de la humanidad”, remacha Brook. Nuestros diarios, en cambio, se empeñan en inventar nuevos y ridículos problemas, y sobre todo pagan dinerales por nuevas y ridículas soluciones. Cierro el libro de color verde caqui y pienso si Txuspo Poyo no ha tenido valor para anticipar y completar su relación de cadáveres exquisitos con el obituario más importante, aún por venir, quién sabe si mañana mismo: el del periódico, ese que con tanto entusiasmo andan elaborando al alimón los principales directivos de medios de nuestro país.

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Mayo 26, 2016 1

Por qué todavía te preguntas si deberías bailar swing

Por Ángela en General

La ola de recuperación del swing surgió en la California de los años 80. Calor, sol, playa. Gente joven y despreocupada dando palmas a buen ritmo y haciendo acrobacias. Bailaban lindy hop. Lejos de menguar, la fama de esta disciplina se extendió en las siguientes décadas invadiendo calles y plazas de ciudades de medio mundo. ¿Qué tiene este baile para que cada año su número de adeptos crezca sin parar y, sobre todo, para que todavía te preguntes si deberías aprender a bailar swing?

— ¿Oiga? ¿Es ud. Frankie Manning el bailarín?
— No, soy Frankie Manning el cartero.

Se equivocaba. Sí era Frankie Manning el bailarín. Cuarenta años antes, tras revolucionar el mundo del swing en los años 30 y 40, Manning se alistó en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez terminada la contienda, y frente al avance del bebop y el rock ‘n’ roll, decidió hacerse cartero hasta que fue redescubierto y lideró la oleada del neoswing que hoy vivimos.

Los Whitey’s Lindy Hoppers con Frankie a la izquierda del todo.

El origen del lindy hop, tal y como lo conocemos hoy en día, se encuentra, para ser precisos, en una madre diciéndole a su hijo que nunca llegaría a ser bailarín. Era la madre de Frankie Manning, el protagonista de esta historia, que consideró a su hijo, cuando éste era pequeño, demasiado rígido y poco flexible como para dedicarse al baile. Nunca sabremos si fue la terquedad o un complejo de Edipo lo que le ayudó a revertir el curso de su historia. El caso es que, de adolescente, Frankie comenzó a frecuentar los clubs de Harlem, donde residía, y no salió de ellos hasta convertirse en una de las figuras clave del movimiento swing de la época.

Uno de estos clubs, el mítico Savoy Ballroom, rinde hoy homenaje al artista en su página web. “Frankie se inspiró en George “Shorty” Snowden y Leroy “Stretch” Jones, la primera generación de lindy hoppers. Con el propósito de enfrentarse a estos dos grandes bailarines en las intensas competiciones celebradas en el Savoy Ballroom, desarrolló su propio y único estilo. Él es el responsable de las muchas innovaciones en pasos y estilo del lindy, incluyendo bailar en un ángulo agudo con el suelo como un corredor, en lugar de en la posición de salón vertical y rígida de sus predecesores”. Fue en una de esas competiciones en las que Frankie asombró al público, compuesto de más de dos mil personas, con el primer lindy airstep de la historia, que realizó junto a su pareja de baile Frieda Washington.

En 1935 un empresario organizó a los mejores bailarines del Savoy en una compañía profesional que llamaron Whitey’s Lindy Hoppers, en la que Manning se erigió como coreógrafo además de desempeñar su papel como bailarín. De ahí pasaron a Broadway y el éxito, que se confirmó con sus intervenciones en varias películas como Radio City Revels (1937), Big Apple (1939), Hellzapoppin (1941) o Hot Chocolates, con Duke Ellington (1941).

Giró por todo el mundo con los mejores músicos de jazz: Ethel Waters, Ella Fitzgerald, Bill ‘Bojangles’ Robinson, Duke Ellington, Billie Holiday, Count Basie o Cab Calloway. En 1937 llegó a actuar para el rey Jorge VI de Inglaterra y en 1941 protagonizó un reportaje de la revista Life en la que destacaban sus creaciones y su estilo acrobático.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la compañía de desintegró, ya que varios de sus componentes, igual que Manning, se alistaron en el ejército. Al terminar la contienda, en 1946, Frankie formó su propia compañía, The Congaroo Dancers, con la que giró con Dizzy Gillespie, Sarah Vaughan o Nat ‘King’ Cole. Pero las modas tienen sus tiempos y no se entretienen en darlos por cumplirlos. Así que a medida que el bebop y el rock ‘n’ roll fueron calando en la década de los 50, Frankie comenzó a tener menos trabajo. Se casó, encontró un empleo estable en el servicio postal, fundó una familia y se retiró del mundo del espectáculo.

Más de treinta años después, en 1985 Al Minns, un ex miembro de Whitey’s Lindy Hoppers, comenzó a dar clases de swing en el Sandra Cameron Dance Center de Nueva York. Tres años después falleció. Fue por aquel entonces que la New York Swing Dance Society (NYSDS), otra de las grandes impulsoras de este fenómeno, fue creada y jóvenes y mayores comenzaron a volver a los salones para bailar swing de manera más intensa que en los esporádicos eventos que habían tenido lugar hasta entonces. El mismo Frankie cuenta en sus memorias que lo vio claro en una de las sesiones de baile organizadas por la NYSDS en el Cat Club de Harlem. “Vale, ahora sí está volviendo”, pensó.

A través de Bob Crease —un miembro de la NYSDS—, dos de los alumnos californianos de Al Minn, Erin Stevens y Steven Mitchell, supieron que Frankie Manning seguía vivo. Cuando se quedaron sin profesor, decidieron coger la guía telefónica y llamar a todos los Manning que hubiera en ella. Fue así como sucedió aquella curiosa conversación en la que Manning negó, sin querer, ser él mismo.

— ¿Oiga? ¿Es ud. Frankie Manning el bailarín?
— No, soy Frankie Manning el cartero.
— Pero, ¿solía bailar?
— Sí, pero ya no lo hago más.

Roto un supuesto escepticismo inicial, y gracias a la persistencia de Erin, Frankie aceptó verles y continuar instruyéndoles. En California, Stevens y Mitchell impulsaron la nueva ola de swing que sigue creciendo hoy en todo el mundo.

Con ella Manning volvió a escena como bailarín e instructor de numerosos talleres y seminarios por todo el planeta —uno de los más conocidos, también por su pionerismo, es el de Herräng, en Suecia, al que asistió como instructor desde el año 89 hasta su muerte—. En ellos apareció ocasionalmente con Norma Miller, su pareja de baile de antaño, con quien viajó a aquellos lugares que visitó durante sus exitosas giras de los años 30 y 40. Con 75 años, Maninng coreografió el musical de Broadway ‘Black and Blue’, por el que recibió en 1989 un premio Tony. Y en 2000 se le concedió la beca Arts National Heritage Fellowship de la agencia estadounidense National Endowments of the Arts —una agencia independiente del gobierno que financia proyectos artísticos—.

Durante toda ésta última época era habitual verle en artículos en GQ, la revista People o incluso protagonizando un reportaje en uno de los programas en horario de máxima audiencia de la cadena ABC. El frenesí llegó a tal punto que bailarines de todo el mundo estuvieron celebrando su cumpleaños con talleres y bailes multitudinarios durante años. Incluso se organizaron galas en Japón y cruceros para la celebración de sus 89 y 90 cumpleaños.

Un mes antes de cumplir los 95, Manning murió en su casa de Manhattan. Sin embargo, el 26 de mayo siguiente más de 2.000 bailarines de 33 países diferentes celebraron su cumpleaños en Nueva York durante cinco días, con concursos y eventos especiales. Entre ellos está el multitudinario Shim Sham —número tradicional en los bailes sociales desde los años 80, implantado por Manning y la NYSDS— que se celebró en el Central Park y que ganó un récord Guinness por su gran afluencia. Cinco años más tarde, en la celebración número 100 del cumpleaños de Frankie, la comunidad internacional de lindy hoppers decidió instaurar el 26 de mayo como el Día Mundial del Swing.

Hoy, su reconocimiento es tal que hasta Google le dedica un doodle. Además, Manning es uno de los artistas que integran el National Museum of Dance’s y sus fans le siguen visitando en el cementerio de Woodlawn de Nueva York. Los que le conocieron dicen que su deslumbrante sonrisa y un ritmo corporal tan trepidante y alegre como el de la misma música, hacían su baile enormemente contagioso. “He tenido una fascinante vida, realmente maravillosa”, aseguró numerosas veces antes de morir. Ahora, ya sabes. Quizás Manning tenga algo que ver en que todavía te preguntes si deberías bailar swing.
Y para los que ya lo hacen… ¡Feliz día mundial del Swing!

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Mayo 23, 2016 1

Crónica del fin de semana

Por Javier en General

Hay mucha gente a la salida del funeral, y también ausencias.
¿Qué es la verdad?, ¿dónde está?, preguntaba el oficiante.
Se echa la noche de luz naranja: no es el atardecer, son las farolas del casco viejo.
Compartimos banco, cervezas, confidencias.
Es un encuentro familiar extraño.
Posiblemente, el último en Pamplona.
Se habla de Kafka, de Dinamarca o del futuro, la cosa va por grupos.
Tiene algo de irreal este viernes.
El sábado, temprano, me corto el pelo.
Hago la compra, la recojo.
Otros esparcen cenizas en Santoña.
Es el día de Cristina, se gradúa.
Comemos en el centro, muy elegantes.
Brindamos contentos y cariacontecidos.
Después, ante doscientos estudiantes y sus familias, Manuel Martín Algarra llama a humanizar la tecnología.
Dice que los ingenieros son como las tuberías.
Lo mismo transportan agua potable que epidemias gravísimas.
Qué llevan las tuberías, ésa es la madre del cordero.
Mi hijo, ingeniero, no está muy de acuerdo.
Comunicarse, construir.
El discurso de la delegada de Periodismo aventaja a los otros dos (Publicidad, Audiovisual) por mucho.
Un amigo presente confirma que siempre es así.
Normal, pienso.
Las tres delegadas, por cierto, son mujeres.
Un amigo presente confirma que casi siempre es así.
¿Normal?, me pregunto.
La decana habla finalmente de Paco Sancho y del fotógrafo Nachtwey.
A James Nachtwey, que se hizo fotógrafo de guerra por Goya, le han dado el Princesa (antes Príncipe) de Asturias de Comunicación y Humanidades; la facultad ya le había concedido su premio Brájnovic.
Nadie menciona a Fernando Múgica, ex alumno, el Nachtwey de Pamplona.
El acto no se hace largo, la organización es impecable.
Desfilan los muchachos, recogen sus diplomas.
También, Cristina.
Lloro fugaz, discretamente, muy orgulloso.
Fuera, es noche de verano en mayo.
Pamplona surreal.
En el café de la plaza, más allá de los corros, se sienta a la mesa una presidenta de gobierno.
Conversa animada, parece.
Es periodista, últimamente política, pero hoy, en familia, sobre todo es ella.
La miro.
Se van todos, caminamos sin prisa.
Cojeo.
Me han salido ampollas en los pies.
¡Llevo los zapatos de mi boda!
En el bar, antes de la cena, saludo al director de un periódico.
Le doy las gracias por publicar el obituario de Fernando.
Caen unas gotas.
El domingo se traducen en viento furioso y lluvia racheada.
Mayo sin caretas.
Desayuno piña que ha cortado Elena y fresas sobrantes.
Leo que David Beriáin ha dado con el ejército perdido de la CIA, los ‘hmong’, 41 años después.
Qué tipos estos de Artajona.
‘La fotografía ha muerto’, reza la Colección Alcobendas en el museo.
Paseo, pues, entre la muerte y la autoedición antes de tomar el aperitivo.
El responsable del bar, muy exitoso, saca el pincho y me anuncia: lo dejo.
Cambio de rumbo.
Está cansadísimo, pero contento.
Le admiro y le envidio.
Quiero imitarle.
No ha acabado el domingo.
Cocino borrajas en la olla, me salen buenas.
Salgo a correr por la tarde.
Gana la Copa el Barcelona, Iniesta juega un (otro) partidazo.
Ahora sí se ha acabado el domingo.

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Mayo 13, 2016 10

Fernando Múgica

Por Javier en General

Fernando (en la foto superior, al fondo, sacando fotos) nos trajo de Vietnam la gorra de un soldado muerto. Un Vietcong. Ajenos a la guerra, mi hermano Dani y yo jugamos con aquella gorra ni sé cuántos años. Un día desapareció. No dejó rastro. Pero no nos pudimos olvidar de ella.

Soy periodista porque mi padre traía todos los días el diario a casa -eso lo he descubierto después- y porque Fernando, mi tío, sacaba fotos y enviaba sus crónicas desde cualquier lugar remoto y peligroso para que mi padre y otros las leyeran, y para que yo les viera leerlas y quisiera imitarlos: Egipto, Líbano, Nicaragua, Sarajevo… Y porque nunca se dio importancia a pesar de ver tantas cosas terribles. Y porque jamás pasamos miedo pensando dónde estaría. Y porque nos trajo aquella gorra. Fernando desaparecía como la gorra del Vietcong, sin dejar rastro, pero al cabo reaparecía tan campante y reía, reía mucho, siempre me gustó cómo sonaba su risa. Aunque entonces miraba al interior de sus ojos cristalinos y me daba cuenta de que por dentro no reía tanto, ¡había tantas cosas de las que no quería hablar!

Sí, quise ser como él. No me atreví.

Fernando Múgica Goñi (Pamplona, 1946-Madrid, 2016) pertenece a esa generación deslumbrante de reporteros que viajaban para contarnos lo que los demás no podíamos ver porque sucedía muy lejos. Que es la misma generación afortunada criada en diarios necesarios y musculosos que podían permitirse esos viajes, y a nosotros entender mejor el mundo. Manu Leguineche, Ramón Lobo, Arturo Pérez-Reverte, Gervasio Sánchez… Aunque él siempre admiró a los reporteros franceses. A Michel Laurent, por ejemplo, que murió precisamente en Vietnam. Moribundos periódicos, desaparecida generación. Titulado en Periodismo por la Universidad de Navarra, se estrenó profesionalmente en La Gaceta del Norte, aquel trasatlántico periodístico del final del franquismo, y comenzó pronto a viajar. Jovencísimo, con apenas 23 años. Junto a Juan José Benítez, de su misma promoción, con quien ya había compartido pupitre en el colegio de los Maristas, después alguna novia, desde Bilbao innumerables viajes a América del Sur en busca de “reportajes imposibles”, y finalmente una profunda y duradera amistad.

Lo que hacía especial a Fernando es que escribía y hacía fotos. Dos por uno. Con las cámaras andaba desde los 16, por lo menos. “Lo dejaba todo perdido en casa”, cuenta su madre, que es mi abuela. Tercero de cinco hermanos, nació en el número 17 de la Plaza del Castillo, junto al Casino Eslava. Nacer en la Plaza del Castillo y divisar la legendaria Estafeta con sus toros no debe de ser ninguna tontería porque hasta el último momento soñó con que algunos íntimos arrancaran la placa con el número del portal de su anclaje y se la llevaran al hospital o a casa, donde estuviera él. Faltó valor para la gamberrada. Y él no dejó de recriminárselo entre risas… mientras tuvo fuerzas para reír.

Hijo de José Múgica Gorricho, funcionario de Diputación y tenor solista del Orfeón Pamplonés, fallecido en 1962, y de María Jesús Goñi Arregui, que conserva una cabeza prodigiosa a sus 94 años, Fernando se iba lejos con sus cámaras y no daba muchas explicaciones. Nunca le gustó darlas. Era más bien de apariciones fulgurantes. En octubre pasado, cuando la venta del piso familiar de la calle Olite, descubrimos en una caja de zapatos decenas de postales que había ido enviando desde cada uno de sus destinos. Las primeras son de los últimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado. No habla de nada especial en ellas, no cuenta nada sobresaliente. Más bien están llenas de lugares comunes. Pero llama la atención su regularidad, como si de ese modo hubiera querido tranquilizar a la madre o salvaguardarla de las calamidades que veía. “Cuando se iba por esos mundos de Dios no me decía nada. Le preguntábamos, le pedíamos que nos contara, pero él respondía que para contar hay que estar allí. Se lo guardaba todo dentro. ¡Claro que me preocupaba, pero al mismo tiempo pensaba que si le pasaba algo moriría como Gary Cooper, con las botas puestas”, aseguró más recientemente María Jesús Goñi. Así era Fernando: guardaba las cosas para sus crónicas. Había que leerlas.

El 29 de abril de 1975, con el ejército norvietnamita rodeando ya Saigón, en la emisora de las fuerzas estadounidenses suena ‘White Christmas’: es la señal para comenzar la evacuación. Siete reporteros españoles permanecen aún en la ciudad; dos de ellos, navarros: Juan Ramón Martínez y Fernando, que consigue escapar subiéndose a uno de los helicópteros que aterrizan en la azotea de la embajada de Estados Unidos. Aquellas imágenes son legendarias. La operación dura diecinueve horas y permite a siete mil personas alcanzar los portaaviones fondeados en el Mar de China. En el viaje de regreso, a bordo del ‘Blue Ridge’, Múgica enferma de hepatitis. Además de una larga convalecencia, sobre todo se trajo a Pamplona el nombre de un país remoto y fabuloso que me hablaría de él para siempre. “Vietnam era lo máximo para un reportero, la libertad absoluta”, confesó años después.

A principios de los setenta, durante su etapa bilbaína, contrajo matrimonio con Mari Carmen Serna. Fue padre de las tres niñas más guapas que uno pueda imaginar. Las tres viven hoy fuera de España con sus respectivas familias, y aún así han estado acompañándolo sin desmayo desde que la enfermedad se manifestó virulenta a mediados de julio, al final de unas vacaciones gaditanas que se torcieron imprevistamente… o no tanto. Porque algunos cercanos sospechan que Fernando sabía de su cáncer y que por eso, antes de volverse a vivir a Madrid en junio de 2015, regaló varios tesoros. Por ejemplo, una de las Leica a Iván, hijo de su compadre Benítez. Fundada o infundada la sospecha, no me cabe duda de que Fernando no las tenía todas consigo. Sus ojos azules le delataban una vez más.

La carrera profesional de Fernando Múgica fue rica y no acabó con Vietnam, ni con la guerra del Yom Kippur, ni con la caída de Somoza… De La Gaceta del Norte saltó al proyecto fundacional de Deia en 1977. En él se enrolaron también nombres como Alfonso Ventura, Ignacio Iriarte o Alberto Torregrosa. Decepcionado tras comprobar que aquella era una operación de partido, al poco dejó el diario nacionalista y marchó a Madrid. En la capital y entonces arranca la segunda etapa profesional de Fernando: dirige fugazmente una revista para la tercera edad (Senior), hace su incursión en la televisión (en el programa de TVE ’300 Millones’), trabaja en otra revista semanal de actualidad (Panorama, del grupo Zeta) y ficha finalmente por Diario 16, donde se cruza con Pedro J. Ramírez, un personaje clave en su carrera posterior. Creo que no me equivoco si digo que Pedro J. confió en él como en pocas personas, y que a pesar de algunas idas y venidas, incluso de desencuentros, el hoy director de El Español siempre lo respetó y lo consideró uno de sus incondicionales. Con él estuvo Fernando cuando fundaron El Mundo en 1989 y —ya jubilado— el día de febrero de 2014 en que se despidió de la redacción. Se le puede ver al fondo en el vídeo de su alocución. Sacando fotos, claro; discretamente, claro. Esas fotos son otro tesoro más que Dios sabe en qué cámara o disco duro reposan. Hizo tantas que no le dio la vida para clasificarlas. Muchas, muchísimas se han perdido por el camino. Como las de Vietnam: apenas conservaba dos. “Soy un desastre”, repetía.

Aunque de repente venía y te regalaba una joya: yo, tocando una trompeta de juguete con cuatro o cinco años; en Oronz, con mi padre de espaldas, en el verano de 1976, preparando lo que parece que es una fogata; con mis cuatro hermanos en su Plaza del Castillo el 7 de julio de 2013… Rescatar ahora ese archivo antes de que se pierda, ordenarlo y darlo a conocer en forma de libro, exposición o cualquier otro soporte es un acto de justicia y reconocimiento que algunos nos hemos echado ya sobre los hombros. Se hará.

Extraordinariamente generoso y desprendido, optimista en el fondo a pesar de haber visto tanto, audaz, guapo a rabiar, como se ha referido a él Juanjo Benítez y también su madre, Fernando Múgica empezó dibujando viñetas en prensa y al final de sus días volvió a retomar fugazmente esa afición en un diario digital navarro de nuevo cuño. Adoraba la batería y el jazz, la revista Life y Corto Maltés, el personaje creado por Hugo Pratt. Es lógico. La biografía apócrifa de Maltés dice que nació en La Valeta de madre gitana y marinero de Cornualles; que pasó su infancia en Córdoba, donde se inició en el estudio de la Cábala y el Talmud; que con doce años viajó a Egipto y con trece a Manchuria; que después navegó por el Amazonas; que una amiga de su madre le leyó la mano y, al decirle que no tenía línea de la fortuna, se la hizo él mismo con una navaja… Yo quería ser como Fernando y Fernando quería ser como Corto Maltés. “Amaba la vida con las bolas blancas y también con las bolas negras”, dijo su hija Marta en la entrega del Premio Teobaldo, que concede cada año la Asociación de Periodistas de Navarra. Se lo dieron en octubre de 2015 por toda una vida periodística. Le hacía una enorme ilusión recogerlo, y recogerlo además de manos del presidente de la asociación y amigo del alma y de algunas correrías, Miguel Ángel Barón. Pero, aunque luchó a brazo partido, la enfermedad se lo impidió. Aquel día se dijeron cosas importantes de él delante de su madre, que lloraba.

En 1994 a Fernando Múgica le proponen dirigir un diario nuevo que se va a lanzar en Pamplona. Romántico, soñador empedernido, ingenuo en su estar de vuelta, quizá pensando que era un buen momento para volver después de años de trotamundos, dice que sí. A Pamplona viene con Paloma Sánchez, su segunda mujer, periodista, con quien tendría otros dos hijos: Laura y Fernando. Pero la aventura pamplonesa de Diario de Noticias dura apenas un año para él. Un año intenso, eso sí, con el estallido del ‘caso Urralburu’ y una dolorosa escisión en Unión del Pueblo Navarro, el partido gobernante, entre otros asuntos de actualidad que nos tuvieron en vilo. No pudo ser profeta en su tierra. No encajaron sus formas; tampoco yo encajé con él. Reintegrado en El Mundo tras el paréntesis navarro, empieza la cuarta gran etapa en la vida profesional de Múgica, que tras el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid se lanza a investigar sus ‘agujeros negros’ y se convierte en uno de los periodistas que más saben del caso. El reportero de guerra se sumerge durante años en los bajos fondos políticos, policiales y terroristas. De esos años amargos y tantos reportajes a fondo, queda un libro, ‘A Tumba Abierta’ (La Esfera de los Libros, 2004), que recoge el testimonio de Francisco Javier Lavandera, testigo clave de los hechos.

El segundo matrimonio de Fernando tampoco salió adelante y, por motivos que no vienen al caso, en 2011 decide mudarse de vuelta a Pamplona con sus dos hijos pequeños. En estos cuatro años, de 2011 a 2015, los últimos, recorre las calles de la ciudad y lo fotografía todo: la vida diaria, la fiesta, la gente, los lugares… En blanco y negro y con un objetivo de 50 mm, “porque con él no puedes mentir”. Autoedita algunos libros con una selección de ese material y se le ve contento impartiendo en casa clases de fotografía gratis a alumnos de Periodismo. En enero de 2015 la Asociación de la Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona le propone hacer de rey Melchor. Completa un recorrido multitudinario y acaba de madrugada en nuestra casa con su comitiva, para pasmo de mayores y pequeños. No lo olvidaremos nunca. Nieto de Remigio Múgica, posiblemente el director más importante de la historia de la agrupación musical, el Orfeón Pamplonés le había encargado poco antes el libro de su 150 aniversario, que escribió encantado. Ahora sí: siente por fin que Pamplona le ha querido un poco.

Pero casi no va a tener tiempo de disfrutarlo. Lleva el ‘bicho’ dentro. Y el ‘bicho’ se manifiesta en julio de 2015. “Así que no voy a vivir más”, pregunta Fernando al enésimo médico que visita durante estos meses, después de múltiples intervenciones a vida o muerte. Un miércoles de abril: le acaban de confirmar que el final es inminente. La incertidumbre a la que se aferraba con entereza se convierte en conciencia descarnada de extinción. Y se derrumba… momentáneamente. “No temo morir sino dejar de vivir”, dijo François Mitterrand en una entrevista postrera que se publicó a su muerte, en 1996, en la contraportada de Diario de Noticias, ese diario en el que por una vez, la única, aunque fuera efímeramente, coincidimos quien me inoculó el periodismo y yo. No sé por qué me ha venido ahora a la memoria. Veinte años justos después, con un miedo atroz imposible de disimular, resistiéndose hasta el final con una fuerza vital de no creer, el veterano reportero pamplonés está a punto de iniciar la cuarta y definitiva etapa de su trayectoria. Vamos que nos vamos…

Donde quiera que le lleve ya este viaje que ha iniciado, estoy seguro de que no ha olvidado su cámara. Y que hará lo posible por seguir contándonos lo que otros no podemos ver.

(Fernando Múgica falleció en Madrid el jueves 12 de mayo de 2016),

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Mayo 10, 2016 0

Cuarenta

Por Javier en General

Cuarenta es un número importante.

A los cuarenta dejé de jugar al fútbol porque los chavales me pasaban por encima, siempre llegaba tarde y no salía de mi asombro. Entonces me miré las manos, con sus venas y sus pecas: ya empezaban a parecerse a las de mi padre. Arrancó la aventura del estudio, y llegaron Ana y los demás. Pasaron cosas, muchas cosas… Ahora que estoy a punto de alcanzar los cincuenta, me doy cuenta de que en efecto ésta que se va ha sido una década exhuberante, plena de energía, inolvidable. Y que empiezo a quedarme más solo que la una.

Por eso, salgo decepcionado de la exposición con la que El País celebra sus cuarenta años. No hay verdadero cariño puesto en ella, y mucho menos convicción. No es inolvidable. Ni cien pantallas ni la tontería de las gafas de realidad virtual para provocar algunas colas: a mis hijos les ha aburrido soberanamente. En la proyección de bienvenida, a la portada del número uno le siguen son la del sobredimensionado Wikileaks y la del debate electoral televisivo por internet del pasado diciembre. Me digo con pena que es una (otra) oportunidad perdida para mostrar a la gente lo importante que es el periodismo inmersivo de verdad, que desde luego no es 360º ni (machaconamente) autorreferencial. No encontré auténtico periodismo en Cibeles.

Y, sin embargo, la muestra ha sido tres o cuatro veces veces consecutivas portada del diario en sus distintas plataformas, también en la edición impresa… No he podido evitar el bostezo al ver la tarta de cumpleaños y el soplavelas, me sorprende el papelón de los cinco directores, me han indignado las constantes y desvergonzadas alusiones a la libertad, de cualquier tipo, como si sólo fuese patrimonio del diario. ¡Precisamente, ahora que éste se utiliza como escudo o ariete de intereses personales!

Miro distraído la estantería de casa y descubro por casualidad el libro de los veinte años, con sello de Chillida. Aunque está bien protegido de la luz, amarillea un poco. Qué deriva, qué tristeza, pienso.

Y tú, tanto hablar, ¿qué harías?, me preguntan algunos con razón.

Cojo carrerilla y les digo:

No ser cínico ni engreído, no engañar jamás al lector.

No usar nunca el diario como arma para defender otros asuntos ajenos a los periodísticos, y menos aún disfrazar esas maniobras con la bandera de la libertad de expresión.

Mimar por encima de todas las cosas al suscriptor, enviarle un regalo a casa, el primer ejemplar de 1976, por ejemplo, darle la gracias por su fidelidad, hacerle sentir esencial, invitarle a una cena más importante que la de autoridades, o con ellas.

Reconocer que los millones de usuarios de las plataformas digitales que me atribuyo no son míos sino compartidos con otros muchos medios, y sobre todo infieles y de poco valor.

Dejarme de globalidades sin sentido y atender como corresponde al mercado que me más aporta y al que más aporto: el español.

Regresar las impresoras y las papeleras (y las cervezas) a la redacción, dejar que se cuelguen abrigos de las sillas, no castigar a un lado a quienes hacen la edición impresa, ahuyentar a toda la casta tecnológica y antiperiodística, incluidos (o singularmente) los expertos en seo, analistas y demás visualizadores, poner una bomba en los ridículos puentes de mando.

Quitarme los grilletes, rechazar cualquier publicidad esclavizante: hablar, contar, jugarme la vida.

Subir significativamente el precio del diario.

Sacar la máquina de escribir de la urna de Cibeles.

Resetear.

¡Viva los cincuenta!

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Abril 24, 2016 1

Despistado

Por Javier en General

De Suecia a Perú. De Dubai a Canadá. De Taiwán al Reino Unido. Portugal, Francia, Alemania, Italia, Suiza, Noruega… Brasil y El Salvador. The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times. Naturalmente, los diarios de Minneapolis. Incluso The Wall Street Journal, que ya me diréis qué tiene que ver. En enero fue la infanta Cristina que se comió a Bowie. Esta semana es cualquier nadería política que se come a Prince. ¿Están despistados los diarios españoles o soy yo quien no se entera?

Abril 23, 2016 2

Día del Libro

Por Javier en General

Mi hija presenta en pocos días su proyecto fin de carrera: una estupenda revista sobre fotografía y fotógrafos. No es una publicación estrictamente fotoperiodística sino que más bien abre sus páginas a la narrativa y a la creación fotográficas en el más amplio sentido de ambos términos. Está repleta de metáforas visuales y sugerencias. Es limpia, elegante. El prototipo lo protagoniza Patxi Úriz, reciente ganador de un Goya por el documental ‘Los hijos de la tierra’. Aunque si tuviera que elegir, me quedaría con un reportaje sobre México: fascinante, prolijo y barroco, como corresponde. Bravo.

El proyecto de Cristina y su grupo no tiene nombre. Tan sólo una almohadilla, #, que precedería a cada número trimestral (#01, #02, etcétera) en el caso improbable de que la revista se llevara a efecto. La almohadilla presenta un problema grave: ¿cómo nos referiríamos a la revista para pedírsela al quiosquero? No podría ser déme #, porque # no suena, no se pronuncia, no es nada. Tendríamos que añadir: ya sabe, esa revista nueva sobre fotografía… Como símbolo gráfico de acompañamiento al número de cada edición funciona, como marca comercial no. Se lo advertí a mi hija, pero no me ha hecho caso. Es muy cabezota.

Lo importante, sin embargo, es que Cristina y sus compañeros han decidido que su revista no tendrá extensión digital. Por toda página web, sólo un sitio sencillito para vehicular suscripciones. Nada más. (Juro que no he tenido nada que ver). No quieren que los contenidos de #01 ni los de los siguientes números estén disponibles gratis en la red. Eso lo tienen claro. No tanto que el tribunal que les va a juzgar esté de acuerdo con su estrategia. He procurado tranquilizar a mi hija y me he brindado a estar presente durante la defensa, por si hay que echar una mano.

La otra semana nos topamos en San Francisco con ‘Swan Oyster Depot’, un legendario establecimiento gastronómico especializado en marisco. Uno puede entrar y comprar, como si se tratara de una pescadería, o también quedarse a comer. Lo recomiendan todas las guías. Pero lo que me llamó la atención al asomarme fue un modesto cartelito escrito a mano y pegado en la pared, bien alto, al otro lado de la barra, para que se vea. Ese cartel advierte sin complejos que ‘Swan Oyster Depot’ no tiene página web; aún más, que si alguien encuentra en internet cualquier cosa sobre ‘Swan Oyster Depot’ sepa que no es contenido autorizado. “Preferimos el trato personal”, concluye. Con un par.

Hoy es 23 de abril, día del libro. Acabo de salir de la única librería del centro de Santo Domingo: un oasis. He comprado ‘Bajo el agua’, un ensayito de David Foster Wallace; ‘Ursúa’, de William Ospina; ‘Gratitud’, la coda de Oliver Sacks a su impresionante ‘En movimiento’; y una edición nueva de ‘Pedro Páramo’. Hace mucho calor afuera. Salgo reconfortado. Vuelvo a comprender que no es lo mismo tener una biblioteca en casa que un ebook de mierda y las paredes vacías. Intuyo claramente que el hilo argumental de nuestra especie no es frenético ni actualizable sino flotante, tembloroso, circular. Está ahí siempre. Discreto, pero abrumador. Paciente, invencible. Une siglos y afanes. Se podía masticar en la librería.

La vida es mancharse, sí. De tinta o de marisco. Impresa, no digital.

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