Abril 22, 2018 0

Obituario y cierre y cierre

Por Javier en General

Ahora, sí.

(La foto, la mejor foto del partido, es de David Ramos, de Getty Images).

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Abril 7, 2018 4

Obituario y cierre

Por Javier en General

Mi abuela María murió un Domingo de Ramos, pero nada ha cambiado y a nadie o a casi nadie le ha importado: las personas siguen yendo a trabajar si pueden, hacen la compra, salen de vacaciones, se congratulan o malhumoran, llueve sin descanso. Exactamente igual que antes. lngenuo de mí. Pensaba que una noticia de tal calibre —la muerte de mi abuela— podía parar el mundo. Ahora ya sé que cuando yo muera todo se reducirá —en el mejor de los casos— a un obituario que quizá escriba mi hija. Y, al día siguiente, a otra cosa mariposa.

Llevo dos meses sin escribir en este blog. Siento íntimamente que se va muriendo. Un hilo de vida le queda: éste. Dije lo que quise decir. Lo sufrí, lo disfruté. Dediqué muchas horas. Fui yo mismo. Resultó que hubo algunos interesados. Publiqué un libro con una selección de entradas, quizá publique otro con una selección del resto…

Mi abuela se ha ido. Con ella se va el blog y otras cosas. Es momento de cerrar una etapa —ahora sí— y ver a dónde lleva la que parece que despunta. Si es que lleva a alguna parte, ojalá sí. El 15 de marzo de 2018, poco antes de morir de mi abuela, Larry Buchanan, editor gráfico de The New York Times, eligió ‘Joy’ como título para su charla en la Cumbre Mundial de Infografía Malofiej 26. Una delicia de sesión, una obra maestra. Que cerró con esta frase: “Joy at a time when we are all down and disgraced”. Cerrar. Alegrarse. De repente, creo, entendí todo.

Tengo en mis manos un señor libro de Ursula K. Le Guin. Se titula ‘Contar es escuchar’ y lo edita Círculo de Tiza. Confiesa Le Guin: “Escuchar es un acto de comunidad que requiere un lugar, un tiempo y silencio. Leer es una manera de escuchar”. Quiero ponerme a ello. Y ya veremos…

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Abril 7, 2018 0

Obituario

Por Javier en General

Ya casi al final, postrada en una cama del hospital San Juan de Dios, entregada y apagándose, seguía siendo ella. La guapa y orgullosa María Jesús. “¿Es su hijo?”, le preguntó una enfermera refiriéndose a mí. Siempre la misma pregunta desde hace cincuenta años, desde que a los 40 enviudó y, poco después, fue jovencísima abuela: a mi madre, si era su hermana; a mí, si yo era su hijo. Y ella encantada, claro.

Era el primer día de su última etapa. “Sabía que iba a acabar aquí. Pero estoy tranquila”, me confesó con un hilo de voz después de comer apenas cuatro cucharadas de puré. Luego, en seguida, volvió a quedarse adormilada y yo la miré un buen rato. Sí, ahí estaba María Jesús Goñi Arregui a sus 96 años: ni una arruga en la frente, el mismo fulgor en los ojos y una agilidad mental asombrosa. A punto para el comentario con retranca o, directamente, el misil. Con mi abuela, digan lo que digan, uno se reía casi siempre.

Hija de Vicente, conserje del Casino Principal, y de Celsa, era la segunda de cuatro hermanos, de los que sólo sobrevive la pequeña, Socorrito. (El mayor, Fernando, fue un conocido médico endocrino, autor de originales textos científicos y filosóficos como ‘La cara oculta del mundo físico’, y primer presidente de la Federación Navarra de Ajedrez). Nació en la calle de Santo Domingo, junto a casa Marceliano. Su familia se trasladó pronto a un cuarto piso de la calle Chapitela y de ahí, antes de la Guerra Civil, a las recién inauguradas viviendas sobre la antigua estación de autobuses. El 11 de noviembre de 1936 una bomba de la aviación republicana impactó contra la manzana y derrumbó de cuajo el techo del salón donde habitualmente comían. No ese día, por fortuna. La guerra… La joven María Jesús vivía todo aquello como si se tratase de una película de aventuras, con Clark Gable, cómo no, de protagonista: le encantaba contar que durante la contienda subía a la Plaza del Castillo y que allí paseaba arriba y abajo para que los soldados italianos la miraran.

Y además cantaba muy bien. Remigio Múgica se fijó en ella en la clases de solfeo que tomaba en una academia de música local. El histórico director del Orfeón Pamplonés convenció Vicente para poder hacerle una prueba. En otoño de 1938, con 16 años, entró en el coro. Al año siguiente, de vuelta de un viaje a Bilbao para cantar en el Coliseo Albia, conoció en el tren a José Múgica, hijo de don Remigio y bajo solista, que ya la tenía ‘fichada’ de los ensayos. Fue un flechazo ferroviario. Se casaron en 1941 y se instalaron en el número 17 de la Plaza del Castillo, justo donde ahora han aparecido los restos de la fortaleza de Luis el Hutín, aunque las ventanas de casa daban a Espoz y Mina y a Estafeta. En los cincuenta se mudaron al final de la calle Olite, a un séptimo piso del número 46 desde donde sólo se veían los campos de cereal de Mutilva y Tajonar.

Funcionario de la Diputación en el servicio de contabilidad, fumador empedernido, José Múgica falleció abruptamente en 1962 por un cáncer de pulmón. Tenía 53 años. En ese momento se acaba la película de aventuras de María Jesús, su particular ‘reality’. La desaparición de Pepe no formaba parte del guión. Tuvo que despertar a la amarga realidad de una viuda joven con cinco hijos: José Daniel, médico; María Jesús, licenciada en Filosofía y Letras y profesora; Fernando, periodista, fallecido en 2016; Rosa Mari, decoradora, y Carlos, también periodista. Desde ese día de diciembre, no dejó de pensar en su marido ni un solo día, detestó como es lógico el tabaco que antes tanto admiraba, y administró metódicamente su pensión. No sé si llegó a imaginar entonces que dejaría dieciséis nietos y 26 bisnietos.

Como tantas mujeres de su generación, se sentía más cómoda con los hombres. Los toros y, sobre todo, los toreros le apasionaban. De niña trató a los mayorales que aparecían por casa y a los 86 fue por última vez a la plaza de Pamplona a pesar de las advertencias de sus hijos. De impecable blanco, con su abanico. ¡Cómo disfrutó! Era creyente y practicante a machamartillo, pero no santurrona. Su otra religión se llamaba Gardel. El sueño de pasear por Buenos Aires se cumplió a los 82. Antes había viajado por toda Europa, visitado Tierra Santa y llegado hasta Nueva York, donde el corazón le flaqueó por primera vez. Mi primer viaje al extranjero lo hice con ella: París, Luxemburgo, Bélgica y Holanda. Disfrutó también muchos años el sol de la playa: San Sebastián y Salou. Allí se sentía guapa y se tostaba sin remilgos. En la playa, pero en Ibiza (y no en Hendaya, como escribí por error), tuvo una de sus intervenciones más gloriosas. Se le acerca una pareja de nudistas: “Señora, ¿qué hora es?” A lo que ella contesta ni corta ni perezosa: “La hora de vestirse”. Mundial. Madridista más bien sobrevenida, le mataba Madrid: que la sacaran por la capital, y luego contarlo. En Madrid pasó su último verano y parte del otoño. De cada uno de esos viajes era capaz de recordar fechas, compañía y mil anécdotas.

La abuela María también tenía sus cosas, como todo el mundo. Cosas, por cierto, es una palabra que usaba mucho cuando quería decirlo todo sin decir nada. “Por cosas”, me volvió a decir en la cama del hospital cuando le pregunté por un tema que no viene a cuento. Hablaba poniendo caras: “Yo… oír, juzgar y callar”, solía decir. Aunque luego murmuraba. Porque callar era algo superior a sus fuerzas. No dejaba indiferente a nadie.

Hasta Navidad leyó regularmente, hizo su crucigrama diario y vio las novelas de la sobremesa. Estaba al tanto de la calle. Capaz de descubrir una cáscara minúscula en el suelo o una araña invisible en la pared de la habitación, los últimos días rezó todo el tiempo y suspiraba por una cerveza furtiva. Se miraba los brazos, repletos de moraduras y manchas como quemazos. No podía mover las piernas. “He perdido hasta la vergüenza”, se lamentaba presumida. Hablé con ella por última vez el sábado 17. Estaba postrada y sin apetito. Pero con ganas de hablar y hasta de bromear. Yo me iba a Nueva York al día siguiente. “Ponle una vela a San Patricio por mí”, me dijo. Le di la manica y un beso en la frente. Ve tranquila, abuela, ya la puse.

PD. María Jesús Goñi Arregui nació en Pamplona el 26 de diciembre de 1921 y falleció también en Pamplona el 25 de marzo de 2018. Este obituario se publicó en Diario de Navarra el jueves 28 de marzo de 2018. La foto que acompaña esta entrada la tomó su hijo Fernando Múgica en los Sanfermines de 2010: fue la última corrida de toros a la que asistió mi abuela.

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Enero 30, 2018 0

Pecas

Por Javier en General

Las tres pecas de mi mano izquierda son cada vez más visibles. Miro mi mano de viejo. Dice tanto de mí. A su manera, sin palabras, es un periódico. Ahora que oigo hablar a cada rato de visualización de datos y de formatos narrativos innovadores, mi mano izquierda con sus tres pecas es la más sincera crónica visual de una vida. Un gráfico fácil de entender e inigualable por su potencia. Conjuga rigor y alma, como los de Jaime Serra.

Antes de fin de año cumplí 51. (Mi padre, 80 y mi madre, 75). Lo dijo en su momento el calendario de Grassa Toro. También el otro, el de la cocina. El calendario es una sombra que llevo cosida al pie, como las pecas van cosidas a la mano. Me acompaña todos los días. Camina ágil, sin esfuerzo. Como ese hijo o amigo que un día sale a correr contigo: habla y te espera y te anima, mientras tú vas con la lengua fuera. Durante años he buscado la manera de desembarazarme de él, hoy ni lo intento. Si es necesario, hasta lo pespunteo, no vaya a perdérseme. Igual que hace Peter Pan cuando por fin recapacita.

51, sí, y sin embargo me sigo enfadando por las mismas tonterías, no recapacito…

Más o menos cuando cumplía 51, un diseñador de postín —hoy en The New York Times Magazine— explicó algunos de sus proyectos editoriales. En su charla, a la que yo asistía con Cristina, criticó con displicencia el diseño anterior de una publicación que él, naturalmente, había corregido para bien. Resulta que ese diseño ‘anterior’ era nuestro. Y no uno cualquiera sino uno de mis preferidos de siempre. Escuchaba al divo y sus argumentos a posteriori. Cristina, a mi derecha, se moría de risa viéndome gesticular. Criticar en público un proyecto anterior para justificar el de uno es una práctica ventajista, y además casi siempre injusta. Cada proyecto tiene su momento, sus razones. Desde el piso 17 de una rutilante mole acristalada, mientras el diseñador se gustaba, veíamos Londres a nuestros pies. Londres abrochado como una sombra, como mi calendario. Aquel The Independent que habíamos rediseñado en 2011 era un proyecto pletórico. Buscaba una voz propia para el más débil de los diarios británicos de calidad. Quería huir conscientemente de la elegancia y del equilibrio, que para eso ya estaba el Guardian de Mark Porter. Con muchísimo atrevimiento, el conferenciante denostó nuestro proyecto y tuvo el arrojo de decir que el suyo era lo que el diario necesitaba para superar un paréntesis oscuro. El final de The Indepedent lo conocemos todos.

Este mes de enero ha salido a la calle el nuevo Guardian en formato tabloide. Como a casi todo en la vida, a los diarios rediseñados también hay que dejarlos reposar. Deben acomodarse, encontrar su sitio, y desde allí crecer o estancarse o lo que sea. The Guardian ha sido rediseñado tres veces en tres décadas. Los proyectos de David Hillman, en 1988, y de Mark Porter y Simon Esterson, en 2005, están considerados cimas del diseño periodístico. Referencias absolutas por su calidad. Está por ver éste de Alex Breuer, que parte con la desventaja del formato y la sombra de esos dos proyectos anteriores: son sus pecas, su calendario.

The Guardian ha tenido una influencia terrible en el diseño de diarios, tanto impresos como digitales. Terrible tiene dos acepciones. Se dice de algo o de alguien que es ‘terrible’ cuando causa terror, pero también en sentido coloquial cuando es muy grande e intenso. Se lo dije una vez a Porter: “Los diarios no pueden ser todos iguales”. Era en otra conferencia, con otro público. Le acusé entre bromas de ser el culpable de una epidemia homogeinizadora, aburridísima. Él, cartesiano de tomo y lomo, sonrió. Luego, me ha dado la razón e incluso ha reconocido que aquello le hizo pensar mucho.

Yo no sé si el nuevo Guardian es mejor o peor que el anterior. Poco importa si me gusta más o menos. Lo cierto es que todos estamos hablando de él, estudiándolo en cada pliegue. Breuer y Katharine Viner han presentado su Guardian, un Guardian diferente al de Porter y Alan Rusbridger. 2018 en poco se parece a 2005, como 2005 en poco se parecía a 1988, cuando mi mano izquierda aún no tenía pecas. Que el rediseño de un diario impreso, bien que menguante, haya generado conversación es una noticia estupenda. Y es, además, la confirmación de una superioridad: jamás un rediseño digital provocará tantos comentarios.

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Postdata contradictoria. El formato tabloide es en el fondo una terrible renuncia, una maldita premonición. En pequeño, The Guardian ha perdido majestuosidad, aunque esto es no decir nada. Decir algo es que la cabecera me parece desproporcionada. En realidad, a mí me gustaba la de Hillman. La portada es ahora una portadita. Decir algo es que la Guardian Headline me parece menos personal que la Egypt. No le veo la ganancia, al contrario. Decir algo es que el diario, en general, luce más enérgico, aunque también más ruidoso y enredado. Hay bastante de moda en sus guiños y recursos, como si olvidara su maravillosa intemporalidad anterior. Y yo creo que un diario, cosa muy temporal, debe contar siempre intemporalmente las noticias.

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Enero 7, 2018 1

Periódicos impotentes

Por Javier en General

Ha acabado la Navidad. Ha nevado como cuando nevaba…

Hemos comprado un sofá y un lavavajillas. He terminado ‘Berta Isla’. Es el cumpleaños de Miguel. Cristina regresa a Londres. Urabayen nos dejó y mañana le homenajearemos.

No encuentro nada de esto en el periódico: ni en uno ni en otro. Pienso tristemente que los diarios luchan contra un imposible. No es tecnológico ni generacional; cuando brillaban, también eran incapaces. Los diarios —los periodistas— jamás podremos contar lo que pasa, lo que pasa de verdad.

“Eso es lo que suele pasar con las vidas que, como la mía y también la suya, en realidad como tantas y tantas, solamente están y esperan”. Así cierra Marías su última novela y me sugiere que, ante tanta impotencia y otras incertidumbres y desorientaciones, quizá lo único que les queda a los periódicos es procurar no perder la conciencia de su misión abocada al fracaso.

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Enero 4, 2018 2

Miguel

Por Javier en General

A su manera, Miguel Urabayen era un hombre del Renacimiento: mostraba curiosidad por cosas que aparentemente nada tenían que ver entre sí. No es que fuera un sesudo investigador ni un académico ortodoxo. Tampoco lo sabía todo, pero a todo le sacaba punta y, en cuanto te descuidabas, tas, tas, como decía: desbrozaba el terreno, dibujaba en el aire, encontraba el lugar y el momento justos. O el error en el que nadie había reparado antes.

Era también Miguel un hombre de difícil encaje. Un poco como Fernando Pérez Ollo, como Baroja, como su propia familia, los Urabayen, su tío Félix, el novelista, o su padre Leoncio, catedrático y pionero de la geografía humana en Navarra, vaya saga: no revolucionarios, aunque sí de izquierda, republicanos y agnósticos; nada complacientes ni aduladores, al contrario, reservados, pudorosos, más bien secos para el elogio o el abrazo; y tercos como mulas. Como buenos cuencos.

Ninguno de estos rasgos sobra para conocer y entender la trayectoria de Miguel Urabayen, conocido por el público en su faceta de crítico de cine y apasionado de la Segunda Guerra Mundial, aunque no tanto por ser precursor de la enseñanza del diseño y la cultura de la imagen en las facultades españolas de periodismo. No exagero. La Society for News Design le concedió en 2009 el Life Achievement Award, su más importante galardón, “en reconocimiento a su labor divulgadora no sólo de la infografía periodística sino de la imagen como herramienta clave para contar noticias”. De la mano de su padre, el joven Miguel había crecido entre mapas y soberbias revistas ilustradas. Francesas, sobre todo: ‘Science et Monde’ o ‘L’Illustration’. También ‘The Illustrated London News’, británica, su favorita. Ni leer sabía y ya se zambullía en aquellas páginas que lo sacaban de la gris Pamplona de posguerra. Ahí está el germen de la asignatura de prensa comparada, con la que algunos comenzamos a oír hablar de Le Monde o Libération cuarenta años después.

De la línea de tiempo que resume la larga vida infográfica de Miguel Urabayen, destacaría tres fechas. Las presento en estricto orden cronológico porque sé que es como a él le hubiera gustado.

La primera es un día sin precisar de 1970. Iba a decir antes que Miguel Urabayen, que vio y juzgó insobornablemente miles de gráficos, no hizo uno en su vida. Pero no sería exacto, y él no me perdonaría la imprecisión. Hizo uno. Fue ese año y se publicó en este periódico. Miguel pertenecía al grupo impulsor del aeropuerto de Noáin. Tenía el plano del proyecto y en la redacción no disponían de otra cosa. Recurrieron a él. “Dibujé a mano una cosa sencillísima, nada que valiera la pena”, contaba. Encontrar ahora ese gráfico es misión obligada.

La segunda es un día de 1982, cuando apareció por la redacción del diario ‘Tiempo Argentino’, en Buenos Aires. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus ex alumnos en la Universidad de Navarra. Nada más llegar, se puso a ojear el periódico. ¿Quién ha hecho esto?, exclamó de pronto al encontrar un mapa que ocupaba casi una página completa. Gesticulaba de pura admiración. En un rincón, con su caballete, sus plumines y sus hojas de calco, trabajaba Alejandro Malofiej, cartógrafo. Miguel se le acercó admirado, aunque no tardó en señalarle un error: el acorazado ‘New Jersey’ estaba representado en el mapa con la silueta de un crucero. Se hicieron amigos al instante. Después, no volverían a verse, pero sí mantuvieron el contacto por teléfono o correo. Y, sobre todo, Urabayen hizo que el trabajo de aquel desconocido cartógrafo trascendiera y que su nombre calificara algunos años más tarde el congreso y los premios de infografía periodística más importantes del mundo: los Malofiej, que cada año se celebran en Pamplona. Pero los focos se los llevaban siempre otros, más avispados para la fama y el dinero, y eso a Miguel, creo, como al propio Alejandro Malofiej, también de la estirpe de los de mal encaje, le dejó en el fondo una pizca de amargura. “Tengo la sensación de haber llegado tarde siempre a todas partes”, me dijo una vez.

La tercera fecha es el viernes 15 de marzo de 2013. Miguel Urabayen recibió ese día en su casa de la calle Castillo de Maya a Nigel Holmes y a John Grimwade, dos de las leyendas vivas de la infografía mundial. Ambos estaban en Pamplona con motivo de la edición número 21 de los Malofiej. A esas alturas, el viejo profesor ya no bajaba a la universidad. Holmes y Grimwade habían picado algo antes en el Savoy para hacer tiempo. A las tres y media en punto, pues bueno era Miguel con la puntualidad, llamaban al timbre. Quien abrió la puerta no era un hombre acabado sino un niño de 87 años ávido de información. Los hizo pasar. No se entretuvo con preámbulos ni cortesías. Había preparado varios libros y una batería de preguntas, una por volumen. ‘The Outline of History’, de H.G. Wells; ‘The Best of Eagle’, editado por Marcus Morris; un ejemplar de 1966 del Sunday Times Magazine; y ‘Tank, a History of the Armoured Fighting Vehicle’, de Kenneth Macksey y John H. Bachelor. Tenía media hora para sacar el jugo a aquel talento reunido milagrosamente en su domicilio. Y eso sucedió: Miguel volando de mapa en mapa y los dos visitantes británicos mirándolo admirados. Y tratando de pasar el examen con dignidad.

En estos casi cinco años transcurridos desde entonces Urabayen ha escrito algunas decenas de artículos más en Diario de Navarra y ha seguido contribuyendo puntualmente en el anuario Malofiej de infografía, que edita la Society for News Design. La víspera de Nochebuena dejó un mensaje en mi contestador. Con un hilo de voz, me convocaba a su casa para explicarme la idea que tenía para el próximo libro, que presentaremos en marzo. No le contesté, preferí dejar pasar estos días siempre intensos. Dejar pasar es algo que Miguel nunca hubiera hecho.

Post Data
Cuando termino esta entrada, leo que la Universidad de Stanford ha reconstruido por primera vez el enorme mapamundi de otro cartógrafo, Urbano Monte, milanés, que lo realizó en 1587. Es el mapa del mundo más grande del siglo XVI. Nadie lo había visto completo en cuatro siglos. Está compuesto por 60 láminas. Monte dejó instrucciones precisas de cómo componer el rompecabezas. A los expertos les sorprende el acierto con que representa el oeste de América del Norte, un territorio inexplorado en aquel momento. Con Japón, sin embargo, comete graves inexactitudes. Pero a Miguel le hubiera encantado. Sobre todo, por su proyección: el Polo Norte ocupa el centro del mapamundi. Estos puntos de vista sorprendentes, que nos sacan de nuestra zona de confort y nos obligan a mirar las cosas de otra manera, los aplicó magistralmente Richard Edes Harrison en los años cuarenta. Urabayen, que adoraba a Harrison, insistía en esto una y otra vez. La obra de Urbano Monte no acaba ahí: da además testimonio de un momento histórico y de la relación de poderes existente entonces entre las grandes potencias, con la España de Felipe II a la cabeza. Incluye monstruos de toda clase, algo al parecer habitual en la cartografía de la época. No me cabe duda de que Miguel, que no ha alcanzado a leer esta noticia, anda ahora discutiendo con Monte algunos pormenores.

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La foto que encabeza esta entrada la hizo Miguel Ángel Barón en 2016. En ella se ve a Miguel Urabayen en el pasillo de su casa de Pamplona. Vivía literalmente sepultado en libros y revistas.

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Diciembre 18, 2017 0

Que no paren las máquinas

Por Javier en General

Hoy en El País han parado las máquinas, y no ha sido por una exclusiva.

“La oscuridad no se puede combatir”, le decía hace unos días el escritor italiano Andrea Camilleri a Daniel Verdú en ese mismo periódico, todavía con tinta y en papel propios. Camilleri, de 92 años, ha sobrevivido a todos sus amigos, pero se ha quedado ciego. Lo peor, explicaba, es la pérdida de los colores. Sin colores, sólo cabe “agarrarse a la memoria”.

En las rotativas de El País se ha apagado la luz. No hay cosa más triste que una rotativa parada, nada más triste que un periódico sin papel. El diario ahora lo imprimirán otros, con otros colores que no serán los mismos. No sé si notaré la diferencia, confío al menos en que El País no se quede ciego.

Porque en este otoño oscuro El País ha sido valiente. Yo me he sentido defendido, reivindicado, cívicamente orgulloso. He tenido una referencia. No he estado solo. Conmigo estaban Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Félix de Azúa, sus editorialistas… A todos les estoy agradecido.

Periódicos y periodistas extranjeros de postín —sobre todo, los anglosajones— no han estado en cambio a la altura. Se han referido a nuestra oscuridad injustamente. Siguen hablando de nosotros —España y los españoles— en unos términos inaceptables. Patético, dañino, insufrible John Lee Anderson. Tremendo también Marc Herman en la revista Columbia Journalism Review sobre la salida de John Carlin de El País, como si todo se debiera a un contubernio y no a las horas bajas del reportero. Modestamente, hacía años que no leía un reportaje de Carlin que valiera la pena, reconvertido en columnista deportivo y en opinador de ocasión. Pero Herman, que vive en Barcelona, no habla de esto y sí de “Madrid”, referente en el que de nuevo cabe todo lo peor, incluso lo que ya no somos hace muchas décadas.

Han parado las máquinas, sí, pero antes, con El País del domingo, el último de verdad, con su papel y sus tintas, este fin de semana he montado el belén. Belén significa esperanza. También para esto sirve un periódico.

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Noviembre 24, 2017 0

Piloto de drones, conductor fúnebre

Por Javier en General

Estos días de primavera austral salimos del hotel y en seguida doblamos a la derecha. Es un paseo agradable bajo plátanos frondosos que ocultan altísimas torres de viviendas y no menos altos edificios acristalados de oficinas. De camino al diario, por Los Militares, cruzamos calles de nombres paradójicos: La Gloria no lo es tanto, pero sí Flor de Azucena, Urano o Warren Smith, donde ahora vive Marcelo. Esta calle tiene nombre de espía estadounidense, le repito cada mañana a Miguel Ángel. ¿Quién sería Warren Smith? ¿Cómo se pone nombre a las calles?

(La tentación es más fuerte que la imaginación. Busco en Google. Smith fue piloto, y no cualquiera. Cruzó 1.600 veces los Andes con la Panam. En 1939 contribuyó a evacuar a más de 700 personas tras el terremoto que ese año devastó Santiago de Chile. Murió en Miami en 1962).

Por Los Militares, algunas mañanas charlamos animados; otras caminamos en silencio. Los seres humanos se congregan en pedazos de césped y hablan con los perros. Les dedican arrumacos y carantoñas. Mudamos en nada de la esperanza al abatimiento, y viceversa. He pensado últimamente que una ciudad es sólo una gran capa de asfalto y hormigón que sepulta al planeta y lo aplasta, y que éste solo supura a través de grietas como las de los plátanos o las jardineras o, más al fondo, por donde la cordillera.

De pronto, siento una fuerte opresión en el pecho. Sí, los diarios también viven aplastados, me digo. Ya casi ni supuran. Los aplastaron la codicia, la autocomplacencia y algunos habladores. Levanto la vista. Busco aire. Del otro lado de la cordillera llegan vientos de un importante congreso de periodismo digital, ese tipo de citas que se autoasignan el elixir sanador. Allí han dicho que los nuevos perfiles profesionales que se necesitan en una redacción son estos: director y editor de redes sociales, community manager, desarrollador de audiencias, gestor de comunidades, moderador de comentarios, responsable de SEO, responsable de SEM, bloguero, curador de contenidos, editor de newsletter, diseñador visual interactivo, infografista multimedia, videoperiodista, editor de realidad virtual, editor de realidad aumentada y… ¡piloto de drones!

Llegamos al diario. Entramos en la redacción. Son pocos. Todos tienen su nombre, claro, y un mote. Incluso nosotros, según nos enteramos después. Nadie se libra. Miguel Ángel es el profesor Rosa y yo el gato con botas. Es gente estupenda. Ocurrente. Ruidosa. La víspera del lanzamiento han hecho un funeral de cuerpo presente a su sección estrella, símbolo de otra época. También hay pilotos, pero no de drones: cada día, para trabajar, Claudia atraviesa al volante una ciudad imposible, dos horas de ida y dos vuelta. Miro al profesor Rosa, me calzo las botas. Nos ponemos con ellos a hacer el periódico del día siguiente.

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Noviembre 23, 2017 0

Teobaldos

Por Javier en General

Los premios Teobaldo reconocen cada año a los mejores periodistas navarros. Los convoca con entusiasmo la Asociación de Periodistas de Navarra. Su nombre se debe a Teobaldo I, rey de Navarra entre 1234 y 1253, conocido como el Trovador y uno de los primeros cronistas del reino. Los medios de la comunidad tienden a ignorar estos premios, ellos sabrán por qué.

Antes de la cena y de la ceremonia de entrega de los premios en Olite, los organizadores invitaron este año a los asistentes a la inauguración de la nueva iluminación de la portada de la iglesia de Santa María la Real. La iglesia, adyacente al palacio, es una maravilla gótica del siglo XIII. Se encuadra en el denominado Gótico Radiante. Su portada presenta claras conexiones con la catedral parisina de Notre Dame. Es un conjunto escultórico extraordinario.

Esa noche de final de octubre resulta estupenda. El arquitecto Leopoldo Gil Cornet hace un relato pormenorizado de la portada. Primero, el gran titular: la imagen central de María con el Niño. Alrededor, aún dentro del tímpano, algunos de los pasajes bíblicos más importantes: la anunciación, el nacimiento de Jesús, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto, el bautismo. Noticias importantes. En el dintel, en una escala inferior, un hombre encaramado sobre una encina comparte escenario con un ser híbrido que toca la cornamusa. Se distinguen también un cuadrúpedo grotesco y otros seres fantásticos, hombres cazando, dos saltimbanquis… En las jambas se mezclan el Antiguo y el Nuevo Testamento, escenas de la vida cotidiana y otros motivos decorativos. Y vides, como es natural en tierra de vino: una exuberante decoración vegetal se dispone en ocho arquivoltas. A ambos lados de la puerta aguardan obedientes apóstoles y reyes. ¡Cuántas noticias!

Escucho al arquitecto y caigo en la cuenta de que la idea de la Asociación de Periodistas de Navarra es muy pertinente: estamos no ante una simple iglesia sino ante una señora portada. Una primera página riquísima que incluye los titulares de la época. A la espera de Gutenberg y de los primeros diarios impresos, los talleres y sus maestros medievales tallaban en piedra no sólo la fe —los anhelos— del momento sino también muchos detalles de la vida diaria y hasta del poder político, económico y social. La portada era el periódico.

Estas portadas góticas tienen vigencia secular. No amarillean: nos siguen informando. Siglos después, las portadas de los diarios impresos han tenido su vigencia, diaria al menos. Fijaban el tiempo y, por si acaso, admitían visitas tardías. En ellas nos reconocíamos. Las portadas digitales, en cambio, no valen para nada porque se disuelven como un azucarillo. No son inolvidables, no son verdaderas portadas. Confunden con su estúpida ansiedad.

Carmen Echarri es navarra, valiente y directora de El Faro de Ceuta. Y humilde y transparente, como deben ser los que trabajan con la palabra, según dice Francisco Javier Irazoki, que no es cualquiera. Para ella fue el Teobaldo más importante del año. Según el jurado, su trabajo representa la esperanza que aún muchas personas depositan en los periódicos. Frente a abusos y atropellos de todo tipo, como la portada de la iglesia de Santa María la Real de Olite, esa esperanza es radiante. Está esculpida en piedra. Permanece, no se disuelve. Leopoldo Gil Cornet seguía hablando y por un momento me pareció distinguir a Carmen asomarse entre la hojarasca de la portada. No, no era el hambre.

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Octubre 10, 2017 0

Cataluña

Por Javier en General

Estaba cavando, sí, ¿recordáis?, hasta el centro y más allá, y resultó que no era un sueño. Salí en las antípodas, como corresponde, pero con los pies por delante, y me dispuse a vivir cabeza abajo, lo cual no deja de ser un contrasentido porque vivir con los pies por delante es como vivir muerto. Qué palabra tan fascinante, antípodas, pensé. Pie opuesto: tal y como vivían en ese lugar. Lógico que nadie se entendiera. Al cabo, la sangre se agolpaba ya en mi cerebro. Sentí cómo éste se hinchaba y me nublaba la vista. Me pregunté: ¿cuánto tardará en explotar? De niño, temí siempre el instante previo a la explosión del globo; de mayor, también. Vivir al revés es algo muy pesado. La gravedad pesa más en las antípodas. No sé cuánto pesa una explosión. Vi muchas cabezas hidrocefálicas. Iban explotando de a poco: una aquí, otra allí. Me asusté más.

Decidí regresar y vivir con los pies en el suelo, en el país añorado de las cabezas pequeñas. Adiós a la pesadilla hemisférica. Me adentré en el agujero que atravesaba el planeta. Se supone que debía caer a toda velocidad, cruzar el núcleo y volver a salir por el lado opuesto, esta vez con la cabeza por delante, que era como empezó todo. Pero no, no acababa de caer. Caía hacia arriba. Me costó Dios y ayuda subir lo que bajaba. Pasó un buen rato; vi la luz al final del túnel. Sorpresivamente, salí de nuevo con los pies por delante. Como en las antípodas, vi a mi gente que también ahora caminaba de cabeza. La sangre acumulada aplastaba sus lenguas contra el paladar. Hinchados, nadie hablaba, nadie se entendía. ¿Para qué sirve entonces un cerebro tan grande?

Postdata.

He conseguido darme la vuelta. La sangre fluye de nuevo. Me quedo con esta estupenda portada de Liberátion. Creo que ya sé lo quiero escribir:

Que cuando arriba es abajo y abajo es arriba los periódicos no pueden limitarse a leer informes de laboratorio, contarlo de lejos, hablar de oídas o ponerse de perfil, y si lo hacen no son periódicos.

Que los periódicos, a pesar de lo que nos dijeron algunos maestros hipócritas, no son empresas cuya obligación ética primordial es ganar dinero sino herramientas imprescindibles de diálogo y construcción de sociedades democráticas adultas, y si no no son periódicos.

Que los periódicos no son ‘hooligans’ y, por tanto, jamás deben dejarse aconsejar por ‘hooligans’, y si lo hacen ya no son periódicos.

Que los datos son datos; las opiniones, opiniones; el insulto, insulto; y la mentira, mentira. Y que los periódicos tienen el deber de decirlo aunque se les arruine el titular. Y si no lo dicen no son periódicos.

Que en este tiempo líquido de redes sociales, o quizá por eso mismo, los periódicos tienen que renunciar a la instantaneidad empobrecedora, asumir frente al ruido su maravillosa lentitud, dejar de escuchar cantos de sirena, resistir y ejercer de una vez con orgullo su capacidad incalculable de influencia. Y, si no, que dejen de dar lástima y desaparezcan de una vez.

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