Octubre 10, 2017 0

Cataluña

Por Javier en General

Estaba cavando, sí, ¿recordáis?, hasta el centro y más allá, y resultó que no era un sueño. Salí en las antípodas, como corresponde, pero con los pies por delante, y me dispuse a vivir cabeza abajo, lo cual no deja de ser un contrasentido porque vivir con los pies por delante es como vivir muerto. Qué palabra tan fascinante, antípodas, pensé. Pie opuesto: tal y como vivían en ese lugar. Lógico que nadie se entendiera. Al cabo, la sangre se agolpaba ya en mi cerebro. Sentí cómo éste se hinchaba y me nublaba la vista. Me pregunté: ¿cuánto tardará en explotar? De niño, temí siempre el instante previo a la explosión del globo; de mayor, también. Vivir al revés es algo muy pesado. La gravedad pesa más en las antípodas. No sé cuánto pesa una explosión. Vi muchas cabezas hidrocefálicas. Iban explotando de a poco: una aquí, otra allí. Me asusté más.

Decidí regresar y vivir con los pies en el suelo, en el país añorado de las cabezas pequeñas. Adiós a la pesadilla hemisférica. Me adentré en el agujero que atravesaba el planeta. Se supone que debía caer a toda velocidad, cruzar el núcleo y volver a salir por el lado opuesto, esta vez con la cabeza por delante, que era como empezó todo. Pero no, no acababa de caer. Caía hacia arriba. Me costó Dios y ayuda subir lo que bajaba. Pasó un buen rato; vi la luz al final del túnel. Sorpresivamente, salí de nuevo con los pies por delante. Como en las antípodas, vi a mi gente que también ahora caminaba de cabeza. La sangre acumulada aplastaba sus lenguas contra el paladar. Hinchados, nadie hablaba, nadie se entendía. ¿Para qué sirve entonces un cerebro tan grande?

Postdata.

He conseguido darme la vuelta. La sangre fluye de nuevo. Me quedo con esta estupenda portada de Liberátion. Creo que ya sé lo quiero escribir:

Que cuando arriba es abajo y abajo es arriba los periódicos no pueden limitarse a leer informes de laboratorio, contarlo de lejos, hablar de oídas o ponerse de perfil, y si lo hacen no son periódicos.

Que los periódicos, a pesar de lo que nos dijeron algunos maestros hipócritas, no son empresas cuya obligación ética primordial es ganar dinero sino herramientas imprescindibles de diálogo y construcción de sociedades democráticas adultas, y si no no son periódicos.

Que los periódicos no son ‘hooligans’ y, por tanto, jamás deben dejarse aconsejar por ‘hooligans’, y si lo hacen ya no son periódicos.

Que los datos son datos; las opiniones, opiniones; el insulto, insulto; y la mentira, mentira. Y que los periódicos tienen el deber de decirlo aunque se les arruine el titular. Y si no lo dicen no son periódicos.

Que en este tiempo líquido de redes sociales, o quizá por eso mismo, los periódicos tienen que renunciar a la instantaneidad empobrecedora, asumir frente al ruido su maravillosa lentitud, dejar de escuchar cantos de sirena, resistir y ejercer de una vez con orgullo su capacidad incalculable de influencia. Y, si no, que dejen de dar lástima y desaparezcan de una vez.

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Septiembre 29, 2017 1

Periodismo de temporada

Por Javier en General

En el sur el verano es invierno. La obviedad no quita que viajar al sur en verano sea una lata. Al volverse el verano invernal, sientes como nunca que la tierra es redonda y que estás caminando cabeza abajo. Hasta el frío pesa más. Pienso: qué loco.

Una vez tuve una ocurrencia que nadie hasta la fecha ha sabido aclararme. Si uno cavara y cavara y cavara, alcanzaría el centro del planeta; y, traspasado el núcleo, si siguiera cavando, saldría por las antípodas con los pies por delante. ¿O no? Vaya ocurrencia hemisférica.

Uno de mis periódicos anuncia casi a los gritos: desde hoy, puede poner gratis aquí sus anuncios de compraventa de automóviles. En internet y en papel. Me entran ganas de ponerme a cavar inmediatamente.

En el sur entro en un diario que acaba de mudarse a un moderno edificio de oficinas. Se les nota contentos. Me conducen al séptimo piso. Es un espacio diáfano donde se disponen ortopédicas filas de mesas y se produce un gris trabajo paralelo. Pregunto a mi acompañante: la redacción, supongo. Pero me aclara: no, esto es el departamento comercial. Subo después a la planta 8, a la 9, a la 10… Paso del área comercial al diario serio, de la de finanzas al popular. Hace rato que no sé dónde estoy ni qué es qué. Sufro —como los diarios— una crisis de personalidad. Desorientado, echo de menos las viejas, inconfundibles y fecundas redacciones de los periódicos.

En Lima, en el congreso de la Sociedad Interamericana de Prensa para diarios populares, el director del peruano Trome salta a la palestra. El listón del pesimismo está por los suelos, pero él va a lo suyo: me gusta lo que hago, estoy agradecido, no hay muchos secretos, sólo vale el talento, siempre me rodeo de gente mejor que yo, y si es posible que sean buenas personas… Es tan raro escuchar nada parecido que me vuelvo a desorientar. Decido seguir mi camino, como él el suyo al frente del diario en lengua española de mayor circulación.

Ayer miércoles leí a Leila Guerriero (‘Irse así’) y hoy jueves salgo de una librería en el corazón del casco antiguo. Salgo con el periódico (¡sí, el periódico!) en la mano. No he acabado aún de leerlo. Lo haré después, como siempre, en la cama. Son las diez, pero la temperatura en la calle es fabulosa. No parece Pamplona. Afuera, ríos de jóvenes, cada cual con sus cosas, como el director de Trome, y todos con una cerveza. Me miran con extrañeza. Yo creo que es el diario. ¡Si supieran que hemos estado dos horas hablando de Dovstoievski y mirando al abismo con Yulia Dobrovólskaya, traductora al español de Svetlana Aleksiévich o Aleksandr Chudakov, entre otros! Pienso otra vez: qué loco.

Mientras algunos pierden el tiempo dándole vueltas a los presuntos nuevos formatos narrativos en periodismo, otros decidimos perderlo en el siglo XIX, en las profundidades de una pequeña librería. ‘Los hermanos Karamazov’ pronostica la revolución y muerte de Rusia, aventura Dobrovólskaya. Por qué se empeñan los medios y sus gurús en buscar fórmulas de empaquetado de temporada es algo que me produce perplejidad. Carlos Echeverry distinguió —también en Lima y con tino— entre diarios del tiempo y diarios de temporada. En Twitter muchos recomendaban hoy leer a Tristan Ferne, de la BBC. Yo creo que el mal del periodismo es esta insana y vacua obsesión por estar a la última.

Muy cerca de la librería hay una panadería que nunca había visto antes. Ayer, de rebote, me llamó la persona que la regenta. Quería unos pósters para promocionar sus cruasanes, sándwiches y tortas de txantxigorri. Hasta ahora los viene haciendo ella misma como buenamente puede. Los pega con cinta adhesiva a unos caballetes y saca estos a la calle. Quiero mejorar un poco, que cuando mires los pósters te entren unas ganas locas de comer el cruasán, me dice. Y yo: ¿cuántos carteles quieres hacer? Y ella: diez, ah, y plastificados, porque me duran más.

Una conocida que me cruzo por casualidad a la salida me dice que la panadera prepara unas tartas para chuparse los dedos. Después de un día decepcionante por cosas, como diría mi abuela, vuelvo a casa convencido de que el de la panadera es el encargo más bonito que va a llegar al estudio este trimestre. Y de que el mejor formato narrativo, diga lo que diga Ferne, es un caballete.

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Septiembre 4, 2017 0

La foto

Por Javier en General

Estaba echando una ojeada al diario en el móvil antes de apagar la luz. Ya saben, gratis y con el dedito, haciendo eso que universalmente se llama ya ‘scroll down’ y que no tiene equivalente satisfactorio en español. Es lo bonito del español o del francés, más precisos que el inglés, aunque con menos cintura, y obligados por ello al circulonquio.

Nada esperaba a esas horas. La cascada de noticias venía insípida… Hasta que aparecieron ellos. Eléctricos octogenarios: nostálgicos, cómplices, pícaros. Abrazados. Sentí un chispazo. Algo me decía que esa foto era importante. A pesar de todo, no le di mayor más vueltas y, como muchas noches, me quedé dormido con la luz encendida.

A la mañana siguiente, la edición impresa del diario traía en portada la foto de Robert Redford y Jane Fonda en la Mostra de Venecia. Me sentí muy orgulloso del periódico, de su altura y sensibilidad. La última vez que ambos habían actuado juntos fue hace 38 años, en ‘El jinete eléctrico’, de Sydney Pollack. Ahora, se han reencontrado en ‘Nosotros en la noche’. Redford dijo a la prensa que no quería morirse sin actuar una última vez con Fonda y ésta resumió la película en cuatro palabras: “Nunca es demasiado tarde”.

¿Cuáles son los mejores diarios del mundo?, suelen preguntarme con cierta frecuencia lo mismo amigos que profesionales que atienden congresos periodísticos. Mi respuesta no es nada excitante, y sí de perogrullo: los que leo. Esos son los mejores diarios, claro que sí.

Yo no leo The New York Times, ni The Washington Post, ni The Guardian. Podría hacerlo porque me defiendo en inglés. Pero la verdad es que no los leo, o sólo de Pascuas a Ramos. Muchos menos leo Libération, Le Monde o Die Zeit, y bien que quisiera: no hablo una palabra de francés ni de alemán. No leo La Reppublica de Roma, ni Dagens Nyheter de Estocolmo. Tampoco La Nación de Buenos Aires, El Comercio de Lima, El Tiempo de Bogotá o El Universal de México, y eso que todos ellos están escritos en castellano. Por no leer no leo ni El Correo de Bilbao, ni La Voz de Galicia, ni La Vanguardia de Barcelona. Sólo leo los de diarios mi rincón, y durante quince días de julio, además, Diario de Cádiz, que este año cumplió 150 años.

Mi rincón está ocupado estos meses por una cafetera estropeada que va camino de convertirse en escultura oxidada. Entre tanto, o por si acaso, dejo mis diarios en otro rinconcito más modesto y expuesto, siempre en la cocina, aunque cerca de la puerta, cosa que me inquieta. Allí voy acumulando los mejores diarios del mundo, los míos. Los que leo y me basta. En ellos he encontrado este verano historias como ‘Piedra, pueblo, mito: el paraíso pedido de Iñaki Perurena’, que firmaba en agosto Borja Hermoso, deslumbrante por ritmo y sonoridad, lo mejor sin duda del verano; o como ‘Cioran y Dios, juntos en las librerías’, que anteayer escribía también Hermoso con motivo de la publicación de ‘Lágrimas y santos’, traducido por fin directamente del rumano. Dice Fernando Savater que Cioran era un hombre de honda sensibilidad religiosa, aunque contrariada, y que “nunca le perdonó a Dios que no existiera”. “La creación del mundo no tiene otra explicación que el temor de Dios a la soledad”, escribe en ese libro un ya descreído Cioran. Nunca antes había pensado en la posible fragilidad de Dios.

Me río a carcajadas con Perurena, el levantador de piedras navarro; no me quito de encima la idea de un Dios necesitado, tan diferente al oficial; y me dejo arrullar (¿engañar?) por la magia del cine grande, con esos actorazos capaces de contar cuatro décadas de ausencia en un abrazo cósmico. De todo eso me entero por los periódicos de mi rincón, los mejores, los que me traen la foto más bella del verano, no por The New York Times. ¿Cómo no seguir comprándomelos?

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Septiembre 1, 2017 1

Luis se gana su entrada

Por Javier en General

Ayer me dejé el móvil en Tarragona, en casa de Luis y Marga. No ha sonado desde entonces o, mejor, si ha sonado no he podido escucharlo. Ojo, me encuentro bien. No tengo mono, no lo echo mucho de menos. Extraño más el periódico cuando el repartidor, perezoso, lo deja de cualquier manera en el suelo del portal, y no dentro del buzón. En esas ocasiones, se lo lleva el primero que llega. Ha pasado una, dos, tres veces este verano. Comprar, lo que se dice comprar periódicos, poca gente compra; ahora, cuando el periódico se pone a tiro…

El fin de semana anterior estuvimos con el móvil en Arles, en los Encuentros Fotográficos. Las fotos que acompañan esta entrada están sacadas con el teléfono. Nos alojamos en el mismo modesto hotelito que el Katusha y el United Arab Emirates. La Vuelta Ciclista a España partía ese día de Nimes. Los ciclistas, como los futbolistas, son ahora longilíneos y jovencísimos. Desfilan por la mañana muy obedientes. Más autómatas que deportistas, todo el tiempo atentos a sus métricas o al pinganillo, o a las dos cosas. Por sensaciones corría Induráin. Estos ciclistas no saben qué son las sensaciones. Me recuerdan a las ediciones digitales de los diarios, obsesionadas con el clic. Afuera, en el aparcamiento, los autobuses de los equipos ciclistas son autobuses y lavanderías y quién sabe qué más cosas tras sus cristales tintados. La noticia no está en Nimes, está en nuestro aparcamiento, pienso.

Por Arles el Ródano baja majestuoso a pesar de la sequía. Traza una curva de noventa grados y enfila el Mediterráneo. En España no tenemos ríos así. Nuestros ríos son como nosotros: impetuosos, torrenciales, impacientes, agrestes… y escuálidos. Un país es lo que son sus ríos, vuelvo a pensar. ¿Sus periódicos, sus periodistas?

Encontramos muchas cosas interesantes en los Encuentros de Arles. Y muchas cobijadas en antiguas iglesias hoy desacralizadas. Arles está llena de ellas. (Leemos que menos del 1% de la población francesa se declara católico practicante: pierdo una apuesta). En la de Frères Prêcheurs, por ejemplo, se expone el trabajo de Michael Wolf, uno de los pocos fotoperiodistas que han podido incursionar en el mundo de la fotografía creativa, según se aclara a la entrada. A mí me parece que Wolf nunca ha dejado de ser periodista. Vivió varios años en Hong Kong y su retrato de la ciudad es apabullante. Impresiona la mirada frontal a edificios de viviendas mastodónticos, casi colmenas: allí no hay nadie, o eso parece. Porque si te fijas mejor, comienzas a intuir muchísima vida: un osito de peluche apoyado sin vértigo en la repisa, una jaula con su pajarillo, una heroica plantita, pegatinas infantiles en algunas ventanas, escobas colgando, decenas de horribles aparatos de aire acondicionado… Y ropa interior de todos los colores. Es como si la ropa interior tendida contuviera y revelara a su manera los misterios de cada habitáculo.

Después de mirar por fuera, sigo leyendo, el autor pidió permiso para mirar por dentro. Así, le salió el proyecto ‘100×10’: cien ocupantes de otras tantas viviendas de a diez metros cuadrados, que es el espacio disponible en cada uno de esos bloques colosales de Hong Kong. Todos posan frontalmente, como los edificios antes, aunque no advierto orgullo en esa gente sino franca hospitalidad. ¿Dónde está la noticia?

Michael Wolf presenta también otros proyectos en Arles. Me llama la atención uno que emplea imágenes de Google Street View como punto de partida para reflexionar sobre la intimidad. Sobre esas imágenes aparentemente inocuas, el fotógrafo realiza varios aumentos y descubre, pese al píxel, a una señora de cuclillas entre una hilera de coches, evacuando; a una pareja que no es pareja besándose en un portal; a un motorista que, viéndose cazado por los sicarios de Mountain View, les dedica una peineta… ¡Hay tantas historias en los aparcamientos, es decir, a poco que miremos!

En Arles aprendo horrores de Colombia y de Irán, pero no de sus versiones folclóricas o estereotipadas. También, del egoísmo incurable de Masahisa Fukase. Y de Ucrania. Me impresiona ‘Look for Lenin’, una muestra del fotógrafo suizo Niels Ackermann y del periodista francés Sebastien Gobert que bucea en la memoria histórica. Cuando Ucrania proclamó su independencia en 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética, en el país se contabilizaban 5.500 estatuas de Lenin. Era por mucho el país con mayor proporción de monumentos dedicados al líder de la Revolución rusa. Una ley de 2015 ordenó destruirlas. Ackermann y Gobert estaban destacados como corresponsales en Ucrania cuando los sucesos del Maidán y el derrocamiento de Yanukovich en 2014. Unas semanas antes del golpe de Estado, el 8 de diciembre de 2013, Ackerman había sido testigo en la plaza Bessarabska de Kiev del derribo de la estatua de Lenin por una multitud enardecida. Sacó docenas de fotos. Pero al día siguiente, cuando regresó, ya no quedaba ni rastro del monumento. ¿A dónde había ido Lenin? Como los autores, que se pusieron manos a la obra durante un año en su busca, me pregunto por la memoria, esa palabra. Pienso en los lugares, donde habitamos y nos movemos, seguramente tan importante como las personas. Si los lugares desaparecieran, ¿qué sería de nosotros? Nos convertiríamos en otra cosa, nos diluiríamos, no seríamos nosotros. No, no son irrelevantes los lugares, ni los nombres de los lugares, ni las estatuas que dicen de lo que fuimos… y somos. Hay algo en esta ola actual de revisionismo que me incomoda. Como no nos gustamos, nos dedicamos a borrar de un plumazo. En lugar de integrar y crecer, repudiamos. Con franqueza, no me gusta ver a Lenin convertido en Darth Vader, ridiculizado ventajistamente. En el fondo, entre tanto periódico zaherido, yo también ando buscando a Lenin…

En Arles me topo con la primera Annie Leibovitz, la de los años de Rolling Stone, hasta 1983. Su exposición es modular y tan abrumadora como los rascacielos de Hong Kong. La fotógrafa ha pecado de incontinencia, es decir, no ha sido muy periodista esta vez. Lo ha sacado todo del baúl y lo ha colgado en la pared. Ahora, búscate la vida, trabaja tú, encuentra la foto buena, siento que me dice. Y no veo nada. No hay selección, o no parece que la haya. Uno no sabe dónde posar la mirada, en qué imagen detenerse y bucear. Como esas bases de datos disfrazadas de gráficos estadísticos, que nada dicen porque nada concluyen y te traspasan toda la responsabilidad. Me pregunto: ¿se le olvidó a Leibovitz de qué iba este oficio?

Nos despedimos de Arles en la abadía de Montemayor, cuyo origen se remonta al siglo X. Unos monjes benedictinos construyeron una pequeña iglesia sobre una roca, en medio de un marjal. En no mucho tiempo, aquello se convertiría en un conjunto monástico imponente y en uno de los centros abaciales más importantes de Francia. Desde este promontorio se controlaban otros 50 monasterios de la zona. En Montemayor nos esperan los autorretratos de Audrey Tautou, pero siento extrañamente el peso de la historia y las fotos de la actriz me parecen fruslerías. Pienso: en este instante la clepsidra habría marcado la hora sexta, los monjes habrían dejado sus labores y se habrían entregado a la oración. Pero Tautou, que anota en el margen de cada foto el día, la hora y el medio que la está entrevistando, pretende que me concentre en sus instantáneas egocéntricas y paranoicas… ¿Dónde está noticia, dónde?

Nos vamos cuarenta exposiciones después, yo medio aturdido. Convencido, pese a todo, de que los diarios hace rato que perdieron la fotografía y por ahí un poco de su alma. En todo caso, hemos podido despedir el verano como se merece. Luis, que me envía hoy el móvil por mensajero, se ha pasado el fin de semana en la cocina. Entre escabeches y brasas. Ha sudado varias camisetas, literalmente. Como los ciclistas. Es un artista y además se desvive por todos. El mejor anfitrión del mundo. Bromeamos con que su casa de la playa bien merecería una estrella Michelín. Él se conforma con que le mencione en el blog. Me acuerdo ahora de Carlos Arribas, que el 26 de julio de 2003, sábado, dedicó su crónica a Pablo Lastras tras ganar éste la decimoctava etapa del Tour de Francia de ese año. Lastras andaba envidiosillo porque el periodista de El País había escrito una crónica estupenda el día anterior a cuenta de la victoria de Juan Antonio Flecha. Se lo dijo a Arribas. Éste le contestó que para ganarse una crónica había que merecérselo. Lastras quería la suya y ganó la etapa. Modestamente, Luis, tú también te has ganado esta crónica, la última del verano.

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Agosto 14, 2017 0

Verano

Por Javier en General

Camino de Wimbledon, donde vamos a ver perder a Nadal, el metro se nos escapa por muy poco. Es temprano. El convoy cruje ligeramente y emprende su marcha. Uno de los vagones pasa rozándonos. Miro dentro. Está repleto. Algunas personas viajan sentadas, otras de pie, todas con la cabeza agachada. Se les ve apesadumbrados. Debe de pesarles la existencia, o tal vez es solo somnolencia, o las dos cosas. De repente, se me encoge el corazón. Siento un escalofrío. Reconozco en el metro los siniestros trenes cuyo destino eran los campos de concentración nazis. Condenados a muerte ellos… y nosotros. No hay gran diferencia entre unos y otros: viajeros de tristes trenes. Trato sin éxito de no pensar en ello.

Algunas semanas después, en el valle de Arán, nos damos un merecido festín de balneario. Hemos subidos unos cuantos puertos pirenaicos, duelen las piernas. En un momento del circuito, toca sauna. El grupo, más bien formalito para lo que suele ser habitual, ocupa entera la cabina y aguarda el tiempo que corresponde. Lo marcan dos relojes de arena clavados en la pared. Somos diez, diez cuarentones y este cincuentón. Con nuestros gorros de baño y algunas carnes desparramadas. Fuera ha quedado el undécimo ciclista, que en esto llega y mira al interior a través del ventanuco empañado. Entra finalmente. Nos dice: “Me he asustado. Parecíais prisioneros a punto de ser gaseados”. No digo nada.

Cádiz ha sido un visto y no visto. El diario local cumplía 150 años y este año, quizá por eso, me he dado cuenta de que estaba equivocado. Siempre había tenido la impresión de que el único que se iba a fin de mes era yo, que los demás permanecen todo el verano, incluso todo el año. Pero no. En la playa, paseando, bronceándose, la gente llega y se va. Nunca somos los mismos, aunque lo parece. Es la playa, parásita, la que chupa vida para seguir luciendo palmito. Las personas vamos cambiando, ella no. Como los trenes. No existe tampoco ese lugar central que con tanta ansiedad vengo buscando desde hace años: la existencia —el corazón de las vacaciones, el de la ciudad, el de la isla, el de mi casa…— no se concentra en ninguna parte, es pura ensoñación. Cuando crees haber llegado, se ha ido a otra parte. De vuelta, a 140 kilómetros por hora, la rueda delantera derecha explota. Me quema la vida.

En medio de la España vacía, reaparece La Cala. Hace tiempo que no hablo con Carlos. Le llamo y comentamos felices el reportaje de Sergio del Molino en El País. Andan pintando la casa. A renglón seguido, me suscribo al diario de 48 páginas —en realidad, semanario— que este verano edita Monocle en colaboración con algunos grandes periódicos europeos. Y compro el diario que Richard Turley ha diseñado para la plataforma Good Trouble, doce páginas en formato estándar que abordan las conexiones entre creatividad y protesta. Es la primera experiencia impresa creada por Roderick Stanley, editor de Dazed&Confused, en noviembre de 2016. Sigo buscando el secreto en el papel.

El próximo 21 de agosto la Tierra, el Sol y la Luna se alinearán y provocarán el primer eclipse total de sol en Estados Unidos en cien años. Será también el primero que únicamente pueda ser visto en ese país desde su declaración de independencia. Con ese motivo, The New York Times acaba de lanzar un suplemento especial sólo para su versión impresa que se suma a otros cuatro o cinco publicados en el último año. (Lo mejor que yo he visto nunca sobre un eclipse lo publicó Libération hace casi veinte años, en agosto de 1999. Tuve la fortuna de comprar aquellos dos ejemplares, el de antes y el de después del eclipse, que guardo como oro en paño). Es una estrategia iniciada, subrayan, para dar valor al periódico de papel. La Nación, en Argentina, anuncia también que se convierte al pago por contenidos. Me hace ¿gracia? leerlo. Los grandes diarios y sus cabezas pensantes descubren por fin que para que algo tenga valor hay que procurar no regalarlo. Me desanimo profundamente.

Recibimos a Octavio Pardo, que es el único tipógrafo navarro. Nos desayunamos con Ashler, Mazinger Z y el final de la era OpenType. Llegan las ‘variable fonts’, que impulsa —¡vaya por Dios!— Google. Octavio adivina lo que voy a decir: las ‘variable fonts’ son a la tipografía lo que las redes sociales al periodismo. La excusa es democratizar, o empoderar, como se dice ahora. La realidad es más prosaica y peligrosa: el asamblearismo demagógico sólo trae consigo empobrecimiento. ¡Y eso que Octavio pretendía animarme! Ya no sé si deprimirme o enrabietar.

El verano avanza, meciéndose. Los padres han envejecido, los hijos se van de casa. Cada vez me cuesta más escribir. Me he quedado sin ideas y sin ganas. Vivo, como los periódicos, un gigantesco despiste.

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Julio 10, 2017 1

La cordillera

Por Javier en General

Con esta sana desinhibición sanferminera, hoy me apetece volver a alzar la voz contra la mendicidad que la industria periodística practica, resignada e hipócrita, con los gigantes Google, Facebook o Amazon. Siento bochorno ante cosas como la alianza (sic) Digital News Initiative (DNI), creada por Google en 2015 “para desarrollar proyectos que muestren nuevas formas de pensar en la práctica del periodismo digital”. La realidad es que aquí no hay alianza alguna: Google nos tiene cogidos por las pelotas.

Triste es que esta estrategia mendicante disfrace de alianza lo que es pura pleitesía suicida. Que la presente a bombo y platillo el diario líder de un país, y que los demás se pongan en fila detrás, muy obedientes, integrantes de un ránking de proyectos financiados por Google que más bien recuerda al reparto anual de las subvenciones culturales de cualquier gobierno autonómico. Que este diario líder se ampare en otras cabeceras europeas de fuste para conferir a la limosna una pátina de estrategia y credibilidad. O que se le llene la boca con los clichés de moda que desvergonzadamente predican (con éxito) algunos maestros charlatanes: periodismo de alta calidad, innovación, formatos inmersivos, realidad virtual, 360, etcétera.

Pensaba un poco resacoso que Google es como la Gran Torre de Santiago y que los diarios, grandes o pequeños, se pelean apenas por encontrar oficina en una de sus plantas, al calor fálico. No tengo duda: la erección pasará. Los efectos del viagra no duran toda la vida. Y entonces… habrá que subir sí o sí la cordillera.

Buf. Creo que estoy demasiado desinhibido. Mejor me ato el pañuelico y vuelvo a la calle a no pensar, que este sábado va para largo.

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Julio 3, 2017 0

La torre

Por Javier en General

Salimos del hotel a pie ajenos al caos matinal de Santiago. La mañana está fresquita y el cielo todo lo azul que le deja el invierno. Es en invierno cuando se acentúa la perpetua contaminación de la capital de Chile, pero la neblina no se nota demasiado hasta el mediodía. Cruzamos el Mapocho por una pasarela, charlando. De pronto, irrumpe la Gran Torre de Santiago, que con sus 300 metros es el edificio más alto de América Latina. Algunos la llaman el falo de Paulmann (Horts Paulmann, de origen alemán, es el segundo hombre más rico del país y dueño del conglomerado Cencosud, que emplea a 150.000 personas en sus centros comerciales de Chile, Argentina, Colombia, Brasil y Perú. Dicen que con la torre el empresario quiso hacerse notar). Nos callamos.

Yo miro la torre con tristeza. Me viene a la cabeza el monolito de ‘2001: Una odisea del espacio’. Algo de monolito tiene esta mole obscena y subyugante. Pretende —y lo consigue— que alcemos la mirada y le rindamos pleitesía cada vez que aparece en el umbral, que es casi siempre, o eso siento yo esta mañana, y después todas las mañanas y tardes de esta semana.

Reviso brevemente el móvil y leo que Valverde se acaba de caer en la contrarreloj inaugural del Tour de Francia. Se retira con la rótula hecha añicos: adiós, planes. Su trompazo confirma que la Gran Torre de Santiago es un monumento a la estupidez humana.

Es sábado víspera de elecciones y de una final de fútbol que paralizará Chile. Y primero de julio: la gente bulle con las carteras rebosantes aún. Visitamos mercados populosos, recorremos las calles. Impresiona el trasiego. Hay colas en las carnicerías para el asado de mañana, los cajeros no dan abasto, en las terrazas toca armarse de paciencia hasta conseguir mesa. Pero no veo un solo periódico. ¿Dónde están los periódicos?

Hubo un tiempo en que los diarios también se irguieron fálicos y vanidosos. Ahora nadie o casi nadie les hace caso. ¿Por qué nos tendrían que hacer caso?, me pregunto antes de hincarle el diente a un congrio estupendo. Comparto mi inquietud con unos colegas que generosamente me han regalado su sábado para pasearme y aportar contexto. ¿Por qué?, vuelvo a preguntarme. En esa dificilísima búsqueda andamos. De momento, los tres nos encogemos de hombros y brindamos con pisco sour, un poco cariacontecidos.

Luego, salimos al solecito, nos perdemos entre la gente. Al fondo, sigue la maldita torre: como los viejos diarios soberbios que perdieron la cabeza; como los nuevos gurús digitales, deslenguados e irrespetuosos, igualmente fálicos. Voy a abrir la boca, y no precisamente para decir algo bonito, pero en seguida cambio de opinión. Detrás del monolito, silenciosa, nevada, imponente, se alza la cordillera. ¿Dónde está la torre?

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Junio 16, 2017 0

Paco ‘la roca’

Por Pablo en Aniversarios, Diarios, Fotografía, General, oído, visto

A veces pienso en El Puerto de Santa María no sólo como un departamento, sino como un contrapeso de la isla de Cádiz. Al otro lado de la bahía, a la sombra, como lo hacen los viejos contrafuertes de su iglesia prioral, que aún me pregunto cómo se las arregla para seguir en pie.

El Puerto es un muro sólido pero agrietado. Y en ese muro hay viejas —pero duras— rocas. Una de ellas se llama Paco y viene amenazando con jubilarse “para siempre” desde hace ya demasiado tiempo, aunque nunca lo haga. Sigue ahí, aguantando el tipo. Paco no llega al metro cincuenta y cinco y es canijo, encorvado y moreno, peinado hacia atrás con fijador. Pura fibra y pellejo, Paco deposita 7 euros con 70 en el mostrador de la librería Zorba. Todas las mañanas repite el ritual. María, la librera, al otro lado del mostrador, cuenta las monedas. Cuando las cuentas salen, Paco se da media vuelta y se marcha por donde ha venido sin decir palabra, en modo ahorro de energía.

Al final me he decidido a preguntar por el misterioso origen de esas monedas. María me lo explica: «7.70 euros es lo que cuestan los 7 diarios del reparto de Paco». Lleva 10 años haciéndolo, por lo menos desde que la librería se mudó allí, que es lo mismo que decir desde que María tiene memoria de librera. No sé si Paco La Roca se lleva algo a cambio de lo que hace, imagino que sí; pero eso ya es mucho preguntar.

Todos los días a las 7 de la mañana Paco accede al hueco que hay entre la puerta y la cancela en el que están ya depositados puntualmente los diarios, y se lleva unas docenas de ejemplares del Diario de Cádiz, además de uno o dos diarios deportivos. Siete de ellos los deja en el Bar Manolo, en el Bar Vega y en establecimientos de la calle Larga, su área de acción. En esta calle se lee el Diario de Cádiz. Y en sus bares se comentan las noticias locales con desparpajo. Merece la pena escuchar las conversaciones. Ahí te enteras de casi todo.

Hoy hace 7 años ya que aparqué en El Puerto de Santa María. Aquí sigo. Gran parte de lo que he llegado a conocer de aquí ha sido gracias a desayunar en estos bares, y también a este diario, fundado el 16 de junio de 1867 por Federico Joly, que hoy cumple 150 años de vida. Sus textos suenan diferente a oídos de un forastero como yo. Son a ratos más floridos y utilizan un vocabulario sabroso. Mi sección favorita es la de polis y cacos. No hay mucho que decir hoy por hoy sobre sus gráficos, que en otro tiempo existieron y deslumbraron. Entre sus fotografías, destacan las de Fito Carreto, porque Pablo Bernardo ya no está. Las de Fito son las fotos que nadie se atrevería o a nadie se le pasa por la cabeza hacer. Son fotos por lo general pensadas, con intención, que siempre te cuentan algo, y fácilmente identificables.

El periódico, dirigido hoy por David Fernández Mejías, no ha mostrado un aspecto muy diferente al de ayer, aparte de un homenaje gráfico a la primera portada. Pero sí ha colocado una exposición que recopila fotos publicadas a lo largo de la historia del periódico en el Muelle de Cádiz en las que cualquier gaditano se reconoce, o publicado hoy un suplemento especial titulado “1867-2017. El futuro que cuenta”. Y mira hacia mar abierto, otorgando el I Premio Joly a Anne Hidalgo, alcaldesa de París de sangre gaditana. Además, homenajea a una nueva y prometedora generación de gaditanos futbolistas, cocineros, escritores, emprendedoras, y mira con cierta nostalgia a su pasado.

Yo le invitaría al Diario de Cádiz a que no se olvide del otro lado, el que lo sustenta a la sombra, formado por personajes anónimos como Paco La Roca. Felicidades.

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Junio 10, 2017 0

Respirar

Por Javier en General

Faenza es una pequeña ciudad italiana pegada a Bolonia famosa por su cerámica, las agrupaciones de abanderados y ser sede de la escudería de fórmula 1 Toro Rosso, antes Minardi. El circuito de Imola está cerca, pero aquí todo el mundo se desplaza respetuosamente en bicicleta sin necesidad de haber hecho obras faraónicas. En Faenza nació Torricelli, insigne matemático que —seguro— se sorprendía como yo por la luz asombrosa de la tarde.

Desde hace seis años se celebra en Faenza el congreso Kerning de tipografía. Me recuerda mucho a los Malofiej por su ambiente como de familia. Ha venido gente hasta de Suráfrica y Nueva Zelanda. Las charlas tienen lugar en un viejo teatro; los descansos y cafés, en un claustro anejo. Al fondo, una familia regenta un taller de tipos. Lo he visitado con la boca abierta.

La cartelería promocional de Kerning 2017 dice: ‘Divina proportione’. El título se basa en el libro ‘De divina proportione’ que escribió Luca Pacioli en 1498. Se trata de un estudio de las mayúsculas clásicas a partir de la columna de Trajano. Pacioli y otros se han empeñado en descubrir proporciones matemáticas en las inscripciones. La bibliografía al respecto es extensa.

Antes de las charlas, hemos pasado dos días dibujando letras con lápices, plumillas y pinceles. Nos ha dirigido otro Luca, Luca Barcellona, un calígrafo de Milán con nombre de pinchadiscos. ‘Capital Importance’, como su nombre indica, ha sido un viaje iniciático al país de las mayúsculas. En línea con el título genérico del congreso. A mí las mayúsculas me han parecido por lo general bastante insípidas. Esta semana me he dado cuenta de que es sólo cuestión de ignorancia. Aunque lo mejor ha sido cuando conteníamos la respiración para trazar curvas imposibles con el pincel. De repente, ha estallado Barcellona (sí, con dos eles): “¡Hay que respirar!”

Vuelvo a casa y no puedo quitármelo de la cabeza. En Faenza hemos aprendido muchas cosas. Que un tipógrafo puede preparar la presentación menos legible de la historia de las presentaciones, por ejemplo. Que la tipografía clásica en realidad no tiene nada que ver con proporciones áureas, como algunos estudiosos han pretendido, y sí con seres humanos escribiendo o tallando letras. Y, sobre todo, que cuando van a suceder cosas importantes jamás hay que contener la respiración; al contrario, hay que respirar a fondo y sentir, sentirlo todo. Si la tipografía es un organismo vivo y las mejores tipografías están repletas de maravillosas imperfecciones, ¿no será que estamos haciendo periódicos sin respirar, acojonados?

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Junio 4, 2017 0

Retirar

Por Javier en General

Consulto en el diccionario la palabra retirar.
Encuentro catorce acepciones.

La primera: apartar o separar a alguien o algo de otra persona o cosa, o de un sitio. La segunda: apartar de la vista algo, reservándolo u ocultándolo. La tercera: obligar a alguien a que se aparte, o rechazarle. La cuarta: dicho de una persona, desdecirse, declarar que no mantiene lo dicho. La quinta: negar, dejar de dar algo. La sexta: dicho de una cosa, tirar, parecerse, asemejarse a otra. La séptima: apartarse o separarse del trato, comunicación o amistad. La octava: irse a dormir. La novena: irse a casa. La décima: dicho de un ejército, abandonar el campo de batalla. La undécima: abandonar un trabajo, una competición, una empresa. La duodécima: resguardarse, ponerse a salvo. La decimotercera: dicho de un militar, de un funcionario, etcétera, pasar a la situación de retirado. Y la decimocuarta: estampar por el revés el pliego que ya lo está por la cara.

Retirar.

Uno. Carlos se retira del colegio. Ha conseguido sacar el curso. Es un jubilado escolar.

Dos. Por primera vez en 45 años, el colegio no verá un Errea el próximo curso: somos una familia en retirada, y el colegio un colegio extraño o extrañado. Qué buena noticia.

Tres. Otras noticias no son tan buenas. No las diré. Tienen que ver con desdecirse y esas cosas. Procuro retirarlas de mi disco duro.

Cuatro. Esta mañana he retirado el árbol de Navidad. Seguía en medio del salón desde diciembre, no sé por qué. Ahora se ha hecho un hueco enorme que me inquieta.

Cinco. Luego, he ido a la librería y he retirado una caja de libros sin vender. Los ejemplares sobrantes de ‘El diario o la vida’ y ‘Pamplona concreta’, que nunca van a ser superventas.

Seis. Para mi sorpresa, me informan de que la librería se retira ella misma, en agosto. Abandona. Nos deja sin libros en el barrio, a la intemperie. Y a Mikel, mi librero, y a sus compañeras, sin trabajo. Salgo con la caja y con dos libros más, por si acaso: un poemario de Mark Strand y la primera novela de Carlos Pujol.

Siete. Cruzo al quiosco (es un decir, ya no existen quioscos en la ciudad) y retiro —compro— dos periódicos. Sí, sigo estando loco. Sigo dejando que me tomen el pelo.

Ocho. Busco la columna de Cuartango. No está en su sitio. Ni en ningún otro. Han retirado a Cuartango.

Nueve. Hay días en que uno tiene muchas ganas de retirarse a casa; y aún dentro de casa, de retirarse a la cama. Ponerme a salvo debajo del edredón. En realidad, no hay lugar bueno para ninguna retirada.

Diez y once. Visito a mis padres. Por la tarde, anuncian manifestación. Retirar el saludo y una bandera son cosas que valen poco la pena. Suelen ir de la mano y provocan desencuentros que duran, absurdamente. Más valdría desnudar la lengua. Tenemos luz verde para recuperar el saludo; de la bandera… aún hay mucha tela que cortar.

Doce. Hojeo de nuevo el periódico. Bajo el paraguas sacrosanto del Massachussets Institute of Technology (MIT), el tal Nicholas Negroponte defiende un futuro en el que la biología —o lo que sea— se aprenderá con sólo ingerir una pastilla. Hay gente que no sabe retirarse a tiempo e instituciones que amparan la estupidez.

Trece. Los diarios, por ejemplo. Retiran mi pasta de la cuenta y con ella engordan todo lo supérfluo, lo que les está matando y les retirará finalmente de la circulación.

Catorce. Yo lo dejo aquí. Tú no lo dejes, Cuartango.

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