Septiembre 26, 2016 Off

La corbata

Por Javier en General

Deslumbrados, Balboa y los demás soñaron siglos el canal de Panamá. Demasiada realidad, diría Grassa Toro, señor de La Cala.

El vapor ‘Ancón’ lo inauguró oficialmente el 15 de agosto de 1914. Es una obra de ingeniería prodigiosa que se conserva intacta. Las mismas compuertas de acero de 33 metros de altura, el mismo sistema de llenado por gravedad. Resulta difícil imaginar cómo, además de las esclusas, ingenieros y operarios de la época excavaron durante seis años el corte Gaillard o Culebra, el río artificial que une la vertiente del Pacífico con el lago Gatún. Y cómo llenaron éste para facilitar la conexión entre los dos extremos. Durante un tiempo el Gatún fue el lago artificial más grande del mundo.

‘The World’, el diario de Joseph Pulitzer, publicó el 31 de enero de 1904 el mejor gráfico que se ha hecho nunca sobre el canal de Panamá. Preside majestuoso esta entrada. Es otro prodigio de rigor artesano que me dejó boquiabierto la primera vez que lo vi y que todavía hoy hace que me frote los ojos. ‘The World’ es el periódico que inventó las secciones de fin de semana y los dominicales a todo color, el primero que desarrollo auténtica investigación periodística, el que creó la primera sección de deportes, el que descubrió el cómic como género narrativo, el que publicó el primer crucigrama, el que se empeñó en contratar mujeres para la redacción… Pulitzer lo agarró bajo mínimos y en pocos años llegó a vender un millón y medio de ejemplares. Ah, qué envidia.

Me acuerdo ahora de ‘The World’ y de la humildad periodística, que escasea. Lo hago mientras miro absorto cómo el ‘Mazowsze’, un carguero con bandera de Bahamas, atraviesa las esclusas de Miraflores y enfila las de Pedro Miguel, antes de adentrarse en el corte Culebra en busca del Atlántico. A cola del ‘Mazowsze’ aguarda el ‘Apollon’, otro carguero, éste de bandera panameña, con su emocionante canasta de baloncesto a popa. El tránsito es de sur a norte (Pacífico a Atlántico) por la mañana y de norte a sur por la tarde. Recorrer los casi 80 kilómetros del canal puede tomar a una embarcación entre ocho y diez horas. Los barcos más grandes, los que utilizan las nuevas esclusas inauguradas este año, pagan hasta un millón de dólares, y aún así compensa no tener que circunvalar América del Sur por el cabo de Hornos. De 35 a 40 barcos cruzan el istmo diariamente. No hay tiempo para más. Hay aplicaciones que permiten conocer el origen y el destino de todos esos barcos con sus marinos a bordo, a los que uno dice adiós desde Miraflores con nostalgia sobrevenida: nos encontramos en este punto y en este momento estelar, jamás nos volveremos a ver.

Hace mucho calor. Es un calor pegajoso, lo habitual aquí. Estoy asomado a la barandilla de la cuarta planta del edificio-graderío que se construyó en 2000. El lugar está lleno de visitantes. El canal es la gran atracción turística de Panamá y, sobre todo, su sustento y casi su razón de ser. Panamá es un estado afortunadamente atravesado, pienso. La persona que está a mi izquierda se retira y su lugar lo ocupa otro turista. Otro más. No le presto atención. Sigo a lo mío. Ahí está el ‘Apollon’ encajado ya en la esclusa, que se llena en sólo cinco minutos: cien millones de litros de agua la nutren desde el fondo gracias a un sistema de tuberías gigantes. Agua que, por cierto, se pierde luego en el océano. Todo el sistema del canal de Panamá depende de las lluvias y de los ríos que alimentan el Gatún. Si hubiera una sequía tremenda, se jodió el canal.

En esto, no sé por qué, miro a mi izquierda. No puedo resistirme: es una presencia imantada, fortísima. Se trata de una mujer pequeña, morena, muy guapa. Viste de negro y lleva el pelo recogido en un pañuelo rojo estampado. Sus ojos…

Carolina dejó La Cala hace tres años. Se fue con su belleza a Medellín, se llevó tanta dulzura. La Cala siempre ha sido un lugar diferente, y lo sigue siendo sin Carolina. Pero es diferente de diferente manera. ¡Carolina!, casi le grito, atónito. Ella se gira y me mira. En este punto y en este mismo momento estelar, precisamente. Ni un piso más abajo ni un minuto antes o después. ¡Carolina! ¡No puede ser, eres Carolina!

La esclusa está llena, la compuerta delantera se abre, el ‘Apollon’ se dispone a salir. Carolina me dice que el día anterior había comprado un regalo a Grassa Toro. Su madre, que anda con ella, se lo reprochó: hija, ¿y cómo se lo vas a hacer llegar? Algún amigo aparecerá, zanjó Carolina. A Carolina se le humedecen los ojos. El encuentro es de una intensidad fuera de lo normal. Su hijita protesta un poco. Tienen que irse rápido. Espera, no te vayas, por favor, tengo el regalo en el auto, suplica Carolina, que desaparece. Regresa al poco y me entrega una bolsita de plástico azul y, dentro, una corbata. No cualquier corbata. Es muy de Carlos, explica y yo entiendo lo que me quiere decir porque conozco a Grassa Toro. Nos volvemos a abrazar. Cuando en noviembre pase por Medellín te llamo, le prometo. Adiós, Carolina.

Todavía temblando, saco el móvil y escribo un mail a Grassa Toro. Le digo: Amigo Carlos, tengo una bonita historia que contarte y un regalo que me han dado para ti. Estoy viendo cruzar barcos en el canal de Panamá. Regreso esta tarde. Te cuento mañana. Grassa Toro contesta casi de inmediato: No sé si voy a dormir (sonrisa). Hasta mañana. Qué vale un ‘scoop’: mi historia es un tesoro precioso. Necesito contarla, sólo quiero compartirla.

Aunque la historia no acaba aquí.

Con tanta emoción y las últimas fotos al ‘Apollon’, el móvil se me resbala. Cae al vacío. Desde una altura de unos dos pisos. Afortunadamente, un toldo amortigua la caída. Me abalanzo escaleras abajo. Lo recupero. Todo bien: funciona. En el taxi, de vuelta del canal, sigo excitadísimo. Rompe a llover. A cántaros. Me acomodo en el asiento trasero y busco a tientas, muy contento, la bolsita azul. Pienso de nuevo en Balboa y en el sueño del canal, en Lesseps, en Pulitzer, en los marineros del ‘Apollon’ que jugarán baloncesto esta tarde, en el fulgor de Carolina, en el ¿azar?

Y, en esto, otra vez en esto, mi cara es un poema. ¿Qué pasa?, inquiere el colega que me acompaña. ¡La corbata! ¡No tengo la corbata!, le confieso alarmado. ¡Tengo que regresar! Necesito otro taxi. Pero… ¿cómo?, acierta a decir él. Yo ya no estoy.

Al nuevo taxista le ruego que se apremie. Le explico. A la vez, rebobino. Ha debido de ser cuando se me cayó el móvil. Visualizo: tiro el café y todo a la papelera antes de salir pitando en su busca. Malditos móviles. El viaje de regreso a la esclusa se me hace eterno. Llegamos finalmente. Subo las escaleras de dos en dos. Tropiezo. Me incorporo sin dejar que nadie me ayude. Entro. Jadeando. El funcionario de la boletería, que antes me habló del Barça, me mira extrañado. Señor, he perdido algo muy importante. ¿Me deja mirar dentro de la papelera? Por favor… ¿Qué busca?, inquiere. Una corbata, le digo. Ni contesta: señala una encimera . Ahí está, sí, desplegada: la corbata de Carolina, la corbata de Grassa Toro.

Me abrazo con él. Le digo adiós. También al ‘Apollon’ con su canasta, al que todavía alcanzo a ver. Bajo despacio. Agarro la bolsa azul con las dos manos y la cobijo en mi regazo, como un tesoro. El taxista ni pregunta. Está tan contento como yo, aunque en seguida se larga a hablar de los políticos latinos, a los que crucifica indiscriminadamente. Le interrumpo para pedirle que, por favor, pare y me deje sacar una foto a la señal de peligro, cocodrilos en la acera.

Tres horas más tarde, deslumbrado como Balboa y los demás, abrumado ante la demasiada realidad, digo adiós a América, que me empuja a escribir esto sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

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Septiembre 22, 2016 1

Maneras de decir adiós

Por Javier en General

Digo adiós al verano, que es más difícil que decir adiós al invierno. Decir adiós al verano y sentir que uno se adentra en la angostura son la misma cosa. El aire se adensa y enrarece, se cuelan, agobian las prisas. Al verano le suelo decir adiós de soslayo. Concentrado en lo por venir. Muriendo un poco.

Digo adiós también a Cristina, que marcha a Londres por dos años. Hace uno inauguraba el resto de su vida, aún protegida; ahora le toca volar sola, sola, sola. A Cristina le digo adiós muy deprisa, entre risas, evitándolo. Sin llorar llorando. Luego le dejo una nota en la cama. Y muero otro poco.

A Álvaro le han dicho adiós sin decírselo, que es decir adiós sin el cariño debido, de malas maneras. Vaya tropa.

Carlos Boyero nos dijo adiós hace dos sábados. Con bastante delicadeza para ser él. Saqué una foto a la página del diario con el móvil y la envié al grupo de whatsapp que tenemos los cinco hermanos. Cundió el desánimo. Se van yendo los mejores. ¡Cuánta orfandad padecen los periódicos! Aunque sólo Boyero tiene los huevos de despedirse en El País citando con admiración a Pedro J. Ramírez… Hace unos meses me atreví a enviarle un ejemplar de ‘El diario o la vida’. De llanero solitario a llanero solitario: ojalá lo lea. En su articulito, a Boyero le entendí que se iba y que se iba. Que nos quedábamos sin su ración de hostias cinematográficas, y de las otras. Sin su mirada amarga a “esa cosa tan inclasificable llamada vida”. Que, “con infinito tiempo”, pasaba a dedicarse a “echarles miguitas a los pájaros y observar el paisaje urbano desde un banco”. Pero no: Boyero sólo se despide —por el momento— de su columna semanal en las páginas de televisión. Anda en San Sebastián, escribiendo sobre el Festival de Cine. Repartiendo. Menos mal. Afortunadamente, ha sido un adiós amagado, a medias.

Nerea nos copia la historia del profesor uruguayo Leonardo Haberkorn (el de la foto de arriba), que dice adiós a su facultad de Periodismo porque se cansó. Vale la pena leerlo: “Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo. Cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo a gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado. Este año, proyectando la película ‘El Informante’, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook. ¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que aguantarme las lágrimas! También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador. Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo, repleta de una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: “¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!” Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación. Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando su Facebook. Todo el año estuvo igual. Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables. Silencio. Silencio. Silencio. Ellos querían que terminara la clase. Yo también”.

(ver la entrada completa aquí: http://leonardohaberkorn.blogspot.com.es/2015/12/con-mi-musica-y-la-fallaci-otra-parte.html)

Ha dicho adiós Pepe, el padre de José Ángel, tantos años anfitrión en Los Alfares y de Miura en Pamplona. Falleció ayer. Calladamente. Le despedimos. ¿Dónde irá? ¿Irá? Ya veis que sigo enredado con ‘Necesario, pero imposible’, de Javier Gomá, que me tortura.

En fin, decimos adiós a Ángela y a Miriam lo mejor que sabemos y podemos. Nunca se sabe ni se puede lo suficiente. Todo irá bien, compañeras. No lo dudéis.

Vivir es decir adiós todo el tiempo. Si el periodismo es contar la vida, nuestro oficio debe de ser desgarrador necesariamente.

Qué difícil y puñetero es decir adiós. Sobre todo, si hoy es 21 de septiembre.

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Septiembre 15, 2016 0

La belleza es tu cabeza

Por Ángela en General

‘La belleza es tu cabeza’ es un mensaje que soportan muchas fachadas y aceras de Barcelona, e incluso parte de su mobiliario urbano. Una vez me contaron que su autor era un chico italiano o alemán, no recuerdo. Después de vivir allí varios años y dejar constancia de ello por toda la ciudad, decidió marcharse… Pero antes, como despedida, pasó días arrancando y tirando las hojas de sus cuadernos por las azoteas de distintos edificios y regando la ciudad con una lluvia de dibujos, poemas y pensamientos. También oí que, en una fiesta final, hizo guirnaldas con más hojas y, antes de irse, las regaló a los asistentes.

En Errea llevamos unos días dándole vueltas al Design Thinking. Nerea nos ha hecho mirarnos (distinto) y dibujarnos (bonito), y estos son algunos de los resultados.

En la segunda edición de PUMK! descubrí Bonito editorial, con el libro Indigo. Sus autoras se lo dedican entre ellas, y a quienes les “educaron y enseñaron a mirar con ojos de otros”. El libro comienza con el texto ‘He vivido ochenta vidas’ y el tema principal es la empatía.

También encontré los dibujos de efímero bruno, el autor de la casita que más me gusta. ¡Por fin lo he conocido! Cuando entras a su web, lees esto:


Bruno también tiene una editorial que se llama Macuto Heyoka. En sus fanzines, nada es lo que parece. Sus personajes comienzan soplando una cometa y acaban volando por el universo (recordemos que es: 1. brujo; 2. satélite inorbitado).

No tiene límites. En su cabeza, hasta las cucarachas se enamoran (de los granos de café). En fin. No puede ser más bonito.

Septiembre 8, 2016 1

Periódico es una palabra importante

Por Javier en General

Regreso de Salzburgo, donde el editor de un exitoso grupo de revistas comparte la mayor parte de mis inquietudes profesionales y, sobre todo, se muestra frágil y humano. La vida consiste en asumir tranquilos que nuestros problemas no son nunca los más importantes, me dice mientras conduce. Circula con parsimonia, escrutando cada casa, cada rincón. Paladeándolos. Detrás viajan dos perros. Entre el hotel y la oficina, atravesamos colinas tan verdes que ciegan la vista. Se le ve contento en un lugar que es el suyo, su lugar en el mundo, como el mío es Pamplona.

Al editor en cuestión no le interesan las redes sociales y apaga el móvil los fines de semana. Casi nunca son ‘importantes’. Ha desarrollado una plataforma digital de servicios profesionales que le da dinero. También hace un buen dinero con sus revistas impresas. Comentamos el gráfico a doble página que hemos preparado para el próximo número de su revista. En términos de circulación, el declive de la prensa alemana en los últimos cincuenta años es demoledor. Se salva Die Zeit, que es un caso digno de estudio. Le digo lo de siempre: nadie habla de contenidos. ¿Dónde quedan? Los contenidos son preferentemente del papel y desde luego de pago escrupuloso, subraya sin dudar. Los contenidos son el único camino, apostilla. Coincido. No es un nostálgico trasnochado. Todavía tiene fe… y algunos datos. Pero en seguida pasamos a hablar de cosas ‘importantes’. De esquí, de la montaña. He subido todas esas cumbres que ves desde aquí, confiesa con un punto de orgullo. De la casita de invierno que está añadiendo a la suya principal. De los hijos pequeños de su novia. De vinos, claro. La otra noche probamos cuatro blancos, puro frescor de uva austríaca.

Aprovecho la escala en el aeropuerto de Francfort para leer a Javier Gomá y mirar aviones. No dejan de asombrarme. Los aviones son como los coches: tienen cara. Y porte, y temperamento. Hablan. Los Airbus, por ejemplo, son más femeninos que los Boeing. Más redondeados, menos afilados. Más amables y locuaces. El morro del A320 me recuerda al de un delfín sonriente. El A340 es alargado y presumido. Delicadísimo en su majestad. El A330 viste de ejecutiva. Y el gigantesco A380, sin cuello, tan fornido y paticorto, engaña. Me desconcierta. El viejo y jorobado Boeing 747, en cambio, es anguloso, tiene el ceño fruncido, luce siempre preocupado. O concentrado. Muy responsable. El 737 es como un felino, no te puedes fiar de él. ¡En qué cosas poco ‘importantes’ piensa uno durante una escala!

De repente, llega un whatsapp a Francfort. Viene de Argentina. Otro editor quiere contarme las novedades organizativas en Clarín, que abundan en la tendencia dominante y contaminan de SEO el periodismo. Pero antes se le ha escapado por error este mensaje: “Miércoles 7 de septiembre de 2016: el día que murieron los diarios en Estados Unidos”. Como es natural, lo abro de inmediato y continúo leyendo: “La Newspaper Association of America (Asociación de Diarios de Estados Unidos), la principal asociación de periódicos del país desde 1887, quitará esta semana la palabra “newspaper” de su nombre”. La NAA ha decidido llamarse a partir de ahora News Media Alliance (Alianza de Medios de Noticias). La última columna de Jim Rutenberg, el especialista en medios de The New York Times, es muy explícita. “Un día, dentro de muchas décadas, cuando sus nietos le pregunten: ‘abuela, ¿qué era un diario?’, usted buscará como referencia el miércoles 7 de septiembre de 2016. Porque es posible que quede en la historia como el día en el que los diarios estadounidenses, como los conocimos, fueron trasladados de la unidad de cuidados intensivos a la de cuidados paliativos, en su camino al más allá”, escribe. Para David Chavern, presidente de la NAA, la palabra ‘diario’ es hoy un sinsentido.

No coincido. ‘Periódico’ (o ‘diario’) es la palabra que utilizamos para nombrar el resultado ‘físico’ de nuestro oficio, ya sea impreso o digital. En inglés dirían el ‘delivery’. ‘Periódico’ está vinculado a periodismo, y viceversa. ‘Medios’, no. ‘Medios’ es una palabra extraña, intrusa. Sospechosa. ‘Periódico’ materializa una manera de ver y contar el mundo: nuestra vocación última. Un periódico tiene porte y distinción. Tiene cara, como el vino o los aviones. Sabe. Dice. Huele. Es único e irreductible. No se entrega a nadie, o no debería, y menos a gigantes distribuidores con otros intereses. Sirve, como diría Grassa Toro. Tiene alma. No es lo mismo hablar de periódicos que de medios; como no es lo mismo hablar de periodistas que de otros personajes que campan a sus anchas ya en las salas de redacción. Renunciar a la palabra ‘periódico’ es hacer dejación de funciones, traicionar lo que somos, confirmar nuestro declive. Echarnos en brazos del enemigo definitivamente.

‘Periódico’ es una palabra muy ‘importante’. Sin periódicos no hay periodistas.

Postdata. En el número que circula esta semana, Die Zeit publica una gacetilla en portada que se refiere al anuncio de la ya antigua Newspaper Association of America. En ella, se dice lo siguiente: “La asociación de los editores americanos (Newspaper Association of America) se llama desde ahora News Media Alliance. Han eliminado la palabra “newspaper” porque muchas noticias hoy en día no se imprimen sino que se envían. En la cabecera de The New York Times todavía figura el eslogan “All the News That’s Fit to Print”. Deseamos suerte y bendiciones al Times y a nosotros, autores de noticias en papel”.

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Agosto 28, 2016 2

Mintxate

Por Javier en General

35 años después, casi cuarenta, ayer volvimos a Mintxate. Mintxate es un pequeño valle pirenaico paralelo a Belagua, en el noroeste de Navarra, al que se accede por una foz. La pista de tierra serpentea durante siete u ocho kilómetros entre pinos y hayas. Al fondo, adonde nadie llegaba entonces y casi nadie ahora, plantábamos unas tiendas, hacíamos fuego y pasábamos una semana asilvestrados, aislados del mundo. En Mintxate inventamos el pádel, guerreamos ferozmente con piñas y a veces con perdigones, ejecutamos ranas de mil maneras, todas crueles. El mismísimo Fernando Múgica se dejó ver por allí más de un verano. Aunque la verdadera alma de aquellas acampadas era mi padre, que ahora ha querido mostrar a sus nietos el lugar al que se refiere un topónimo que en la familia es un mito.

Mintxate está igual que hace cuarenta años. Igual quiere decir igual. Naturalmente, yo no estoy igual que en 1976 o 1980. Sin embargo, ayer, paseando por Mintxate, sentí muy dentro el mismo muchacho. Los mismos miedos, las mismas ilusiones. “Tío, con esas gafas pareces uno de esos escritores viejos que están en las estatuas”, me despierta Pablo, y se queda tan campante. En el restaurante un camarero treintañero me calcula benévolo 53, que es el mismo número que teníamos asignado en el colegio para marcar la ropa. No alcanzo aún los 50, protesto. Él, incrédulo, se encoge de hombros. ¿De verdad aparento tantos?, insisto. A lo que me responde con sorna: tenemos un tiramisú para chuparse los dedos.

¿Por qué entonces el espejo devuelve otra imagen? ¿Por qué miente? ¿Por qué veo en él parado al mismo muchacho de siempre, como ayer sentí en Mintxate? Tampoco los periódicos están igual que en 1976 o 1980, me digo con la melancolía propia de un cincuentón. En 1976, cuando nosotros descubrimos Mintxate, llegaba a los quioscos El País, que no fue fulgor de un día sino como se vio luego mucho más, y muy importante. Cuatro décadas después no quedan casi quioscos y llevar un diario debajo del brazo —como se llevaba entonces El País— no mola: no significa nada. O, peor, significa que eres un poco estatua. Los diarios no son más la plaza pública donde se debaten y comparten las cosas importantes de una sociedad; hoy, más bien, se han convertido en estatuas avejentadas, acomplejadas, seguidistas. Estatuas-veletas que giran al viento del algoritmo.

Por eso, con mis gafas de escritor viejo y estatuario, he leído con mucho interés a Katherine Viner. En un artículo reciente, ‘Cómo la tecnología altera la verdad’, la directora de The Guardian denuncia que las redes sociales se han “comido” las noticias, amenazan la viabilidad del periodismo basado en el interés público y han contribuido a una era en la que las opiniones sustituyen a los hechos. Dice Viner: “Los algoritmos, como el que alimenta el flujo de noticias de Facebook, están diseñados para darnos más de lo que ellos creen que queremos, lo que significa que la versión del mundo con la que nos encontramos cada día en nuestro flujo personal ha sido invisiblemente seleccionada para reforzar nuestras creencias preexistentes (…). Por supuesto, Facebook no decide lo que lees, al menos no en el sentido tradicional de tomar decisiones, y no dicta lo que los medios producen. Pero cuando una plataforma se vuelve la fuente dominante para acceder a la información, los medios con frecuencia ajustarán su trabajo a las demandas de ese nuevo medio. La prueba más visible de la influencia de Facebook en el periodismo es el pánico que acompaña a cualquier cambio en el algoritmo del flujo de noticias que amenace con reducir las visitas que se mandan a los medios”.

Y añade: “Muchas redacciones están en peligro de perder lo que más importa en el periodismo: el duro, valioso, cívico oficio de patearse las calles, filtrar bases de datos, hacer preguntas incómodas para descubrir cosas que alguien no quiere que sepas. El periodismo serio, de interés público, es exigente. Y lo necesitamos más que nunca. Contribuye a hacer que los poderosos sean honestos, ayuda a la gente a comprender el mundo y su lugar en él. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la era digital ha hecho que eso sea aún más evidente (…). Creo que merece la pena luchar por una cultura periodística fuerte. También hacerlo por un modelo de negocio que sirva y recompense a los medios que pongan la búsqueda de la verdad en el centro de todo, y construya una sociedad informada y activa que escrute a los poderosos, no un grupito mal informado y reaccionario que ataque a los vulnerables. Los valores tradicionales del periodismo deben ser asumidos y celebrados: investigar, verificar, reunir declaraciones de testigos, hacer el intento serio de descubrir lo que ha sucedido de veras”.

Sucede que han pasado cuarenta años y que, en el fondo, como Mintxate, la vida no ha cambiado tanto. Tal vez, los diarios deberían también volver. Darse un vuelta por sus hemerotecas, que suelen ser valles hermosísimos, verdaderas gargantas profundas al otro lado de una foz.

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Agosto 8, 2016 2

Números

Por Javier en General

Miro la televisión. Estoy corriendo encima de una cinta —una caminadora, como dicen aquí— en la octava planta del hotel. Cuando uno corre encima de una cinta pudiendo correr en el parquecito de abajo suceden cosas absurdas. Ver una prueba olímpica de ‘scull’, por ejemplo, que es una modalidad de remo. Los palistas surcan la laguna de Río de Janeiro, yo me estoy surcando el cerebro. Recorren dos mil metros que cubren en unos ocho minutos y medio, yo en 40 minutos no llego a nueve mil.

Todavía encima de la cinta, me pregunto absurdamente cuántas pruebas de ‘scull’ hacen una vida. Calculo: si vivimos, pongamos, y con suerte, 85 años, en una vida caben 5,38 millones de regatas. Rompo a sudar. ¿Cuántos Juegos caben en una vida?, vuelvo a preguntarme. Los de Río son mis decimoterceros juegos: me quedan ocho. Ya sudo a mares. No sé si por la cuenta atrás o porque me imagino remando sin parar durante ocho décadas.

Sigo mirando la televisión. Acabamos de rediseñar un diario en Santo Domingo. No cualquier diario sino uno que fue pionero en 2001 en todo el mundo: un gratuito de calidad distribuido a domicilio. ¿Se han vuelto locos?, pensé entonces. Quizá porque se volvieron locos Diario Libre se comió el mercado y no ha dejado de crecer. Hoy es el líder absoluto. Consigue arreglar baches en las calles en menos de 24 horas. ¡La Policía se cuadra al paso del vehículo del director! Acaba de ampliar su planta de producción con una nueva rotativa. Y tiene pauta cerrada de publicidad hasta 2020. Un caso de estudio.

Para imprimir un día Diario Libre se consumen ochenta bobinas de papel. Para contar una vida hacen falta por tanto dos millones y medio de bobinas. Si en 2001 hicimos el diseño original de Diario Libre, con su marca y todo, y han pasado quince años para volver a rediseñarlo, me quedan apenas dos rediseños más antes de irme al otro barrio, eso si los diarios sobreviven. No me cabe ninguna duda de que lo harán si se vuelven locos como éste.

Terminan las series de ‘scull’. No sé quién ha ganado nada. Me digo: ¿a quién se le ocurre ver cinco series de ‘scull’ seguidas? Las cosas de correr encima de una cinta. Bajo. Me meto en la ducha. ¿Cuántas duchas me habré dado en cincuenta años? ¿Cuántas me quedan?

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Agosto 4, 2016 0

Con un par

Por Javier en General

Las etiquetas de vino tienen una función que les es consustancial: identificar una botella y su caldo como vino. Y no como un vino cualquiera sino como uno en particular, diferente al resto. Han de ‘hablar’ de él. Informan. La creatividad aplicada a esas etiquetas puede, debe ser generosa. Hay margen suficiente siempre y cuando no se deje de ‘hablar’ del vino que viene dentro y se lleve el foco a otra cosa. Esto, claro, sirve para el vino o para cualquier otro producto o servicio de cualquier sector.

Lo que acabo de escribir sería una perogrullada si no fuera porque el exhibicionismo perpetuo en el que vivimos tiende a opacarlo todo, o eso pensamos. Y así, al toque de corneta, la creatividad se desboca y desenfoca, las cosas se retuercen. Hay que llamar la atención a como dé lugar. El ridículo ha alcanzado también al vino, que ya no sabe qué hacer para recuperar ventas. Los bebedores de antaño se mueren, los de hoy son más bien cerveceros. Proliferan etiquetas sonrojantes como la que nos encontrábamos Laura y yo esta mañana. Etiquetas que, en realidad, han dejado ya de ser propiamente etiquetas; son al vino lo que la telebasura a la televisión o la dichosa viralidad a los medios.

No sé por qué esta historia me suena…

Sí, una etiqueta de vino ha de parecerse a una etiqueta de vino. Y, de la misma forma, un periódico ha de parecerse a un periódico: oler a un periódico, organizarse como un periódico, vibrar como un periódico, sentirse como un periódico. Informar como un periódico.

Sin embargo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, odo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, infinitamente, absolutamente todo se hace por y para Google.

Hemos retorcido a los periódicos para servir a Google. Para llamar la atención de Google. Tanto, que ya no parecen un periódico. Como las etiquetas de vino que ya no se parecen a etiquetas de vino. En las reuniones no se habla de periodismo sino de algoritmos, y los algoritmos son exactamente lo contrario del periodismo. Google ha matado a los periódicos, los periódicos se han suicidado con Google. Con un par.

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Agosto 2, 2016 0

Inconsolable

Por Javier en General

Ha muerto Josetxo Moreno y yo regresé del sur sin ver el rayo verde. Pensaba llamar a Eric Rohmer, que vive donde vive ahora Josetxo, y preguntarle cómo se mira para poder verlo. O quizá es que esta vez no pude verlo precisamente porque se había muerto el fundador de los cines Golem, el que me trajo a Rohmer a Pamplona. Porque se lo ha llevado. A Josetxo Moreno y a sus compinches se les ocurrió plantar unos cines en un erial, al final de la ciudad, donde la avenida de Bayona desembocaba en la nada, que era por donde yo iba al colegio. 1982: ir al cine nunca más fue lo mismo y bien que se lo agradezco.

También se ha muerto Dominique Arnaud, el maestro de los gregarios, a quien tanto siguen agradeciendo Perico Delgado y Miguel Induráin. Dice Carlos Arribas que decía Anastasio Greciano —otro inolvidable gregario de aquel inolvidable Reynolds— que Arnaud era “el único francés majo” que había conocido en su vida. Yo he conocido muchos y con el tiempo me he vuelto más francófilo que anglófilo. Pero la frase es genial y tiene su miga.

Me entero de los tránsitos de Moreno y de Arnaud no en casa ni en las secciones de Cultura y Deportes sino en el sur y en la sección de obituarios, que, tratada como se merece, es siempre la mejor sección del periódico. La primera que leo cada día. Y no por morbo ni por afán de fisgar, que es como se suele rastrear entre las esquelas. Un hermano de mi abuelo jamás salía de la cama por la mañana sin antes hojear el periódico. “Hoy tampoco estoy (en las esquelas)”, decía en voz alta, y ya tranquilo se levantaba. Las esquelas son primas bastardas de los obituarios. Hay un nexo ineludible entre unas y otros, naturalmente, pero las esquelas suman a su singular recuento social —descartar que se ha muerto uno y confirmar quién se ha muerto de los otros— una vocación sobre todo comercial. ¡Que se lo digan si no a los periódicos, que como los tanatorios viven de los muertos!

Pero hablaba de Josetxo Moreno y Dominique Arnaud. Dos jóvenes maduros: apenas 62 y 60 años, respectivamente. ¡Cómo te acercas, muerte!

En el sur leo con estival voracidad ‘Inconsolable’, un ensayo de Javier Gomá que ocupa seis páginas completas de otro diario, esta vez sí en la sección de Cultura. Sin imágenes, puro texto. ¡Hace falta valor periodístico para publicar tamaña grisura en verano! ‘Inconsolable’ es una pieza de teatro, un monólogo para ser preciso, y forma parte del nuevo libro del filósofo, ‘La imagen de tu vida’, que Galaxia Gutenberg publicará en 2017. Desconsolado es como se siente Gomá a los 50 tras fallecer su padre. Como yo también al leer que Josetxo Moreno y Dominique Arnaud, que forman parte de mi mitología, nos han dejado.

“¿Qué es la vida?”, se pregunta el autor, que no duda al referirse al padre: el último animal mitológico en la vida de uno. Y se responde: “(La vida es) la lenta gestación de un ejemplo póstumo”. Javier Gomá se detiene en el origen etimológico de la palabra “verdad”. En griego, “verdad” se dice “aletheia”, que significa literalmente “no olvido”. El filósofo describe así una cadena, una maravillosa transmisión intergeneracional. Irrumpen por aquí muchas más preguntas: ¿qué tipo de persona fui?, ¿cuál fue mi destino?, ¿cómo seré recordado?, ¿qué imagen dejaré a los míos?… Y se suceden más intuiciones, que son respuesta: “Me doy cuenta de que todavía estoy a tiempo de retocar el cuadro antes de entregarlo, como lo haría un artista (…). Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta. Y así romperle el aguijón a la muerte, privándole de su tragedia”.

Es curioso: al final, todos hablamos de compasión. En el sur, cruzando de vuelta la España vacía, y ahora ya en el norte, que nos ha recibido medio bien: esto leía y en esto pensaba los últimos días gracias a los periódicos.

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Julio 19, 2016 0

Nómadas

Por Javier en General

Regreso de un viaje apasionante por la España vacía y descubro con Sergio del Molino que periodísticamente soy un poco carlistón. Del Molino, antiguo compañero en Heraldo de Aragón, cita en la página 208 de su último libro al historiador Francisco Javier Caspistegui, antiguo compañero de mili, quien se refiere al carlismo como una “melancolía colectiva” con “moral de derrota” cuyo objetivo fue destruir la ciudad y recuperar así lo mejor de los “buenos viejos tiempos”. El escritor asegura que el movimiento atrajo no sólo a ultras sino también a sensibilidades románticas inclasificables como Valle Inclán. Menos mal: si Valle fue a su manera carlistón, me quedo un poco más tranquilo.

Sergio del Molino urge a caer en la cuenta y a hacer algo con esa conciencia. Su mirada sobre España es compasiva. Compasión es una palabra admirable. No es mojigata ni resignada. Exige conciencia (y consciencia). Vivir con compasión: ésa fue también la recomendación nada moralista que hizo David Foster Wallace a los graduados de la Universidad de Kenyon, Estados Unidos, en 2005. “Atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. Ésa es la auténtica libertad (…). Nada tiene que ver con la moralidad ni con la religión ni con las grandes y elaboradas preguntas sobre la vida después de la muerte. La verdad con uve mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte. Tiene que ver con llegar a los treinta, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza. Tiene que ver con el verdadero valor de una verdadera educación, que pasa en gran medida por la simple conciencia”, sostiene Foster Wallace en esa intervención, titulada ‘Esto es agua’.

Sumido en una profunda depresión, el autor de ‘La broma infinita’, considerada una de las grandes novelas del siglo XX, no se disparó en la cabeza: se ahorcó el 12 de septiembre de 2008, a los 46 años. ‘Esto es agua’ fue el único discurso que pronunció en su vida. Comienza así: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: ‘¿Qué demonios es el agua?”

Me resulta curiosa esta coincidencia. La de Del Molino y Foster Wallace, que han caído en mis manos estos días previos al verano. Sus viajes, su invitación a tomar conciencia.

Fago, las Hurdes, La Mancha, el Moncayo… son el agua de Sergio del Molino. Por ‘La España vacía’ transitan Marañón y Almodóvar, Cervantes y David Lynch, el general Custer y Julio Llamazares, Bécquer y Joaquín Reyes, Antonio Machado y otro Joaquín, Joaquín Luqui, el inolvidable locutor de Caparroso, Navarra. Cómo trae a colación el autor a Luqui, el pueblerino sin complejos ni artificio, el del jersey de rombos, me parece magistral. Lo es también el encuentro pisciforme que describe Foster Wallace.

En la coda del libro (página 254), a propósito de una mudanza frustrada, Del Molino dice: “Nunca había pensado que el espacio fuera una necesidad (…). Yo leía ‘On the road’ y creía que el espacio estaba en las planicies, en las cunetas de las carreteras, en los vestíbulos de las estaciones de Greyhound. Leía ‘Lolita’ y soñaba con cazadores encantados y bragas puestas a secar en la ducha. Leía a Bruce Chatwin y me enamoraba la idea de que los humanos somos nómadas, que el sedentarismo es una perversión grosera de nuestro carácter natural. Hay una teoría antropológica que explica por qué el movimiento calma a los bebés. La quietud les angustia. El balanceo indica que la tribu se mueve. Si se para, queda a merced de los depredadores”.

Para un carlistón como yo, que busca la seguridad perdida en los “buenos viejos tiempos”, el nomadismo es una invitación al coraje y a la conciencia. A salir de la zona de confort. A nadar sabiendo que esto es agua. Un reto. 15 de julio. Se acabaron las fiestas. Después de las despedidas, me dispongo a cruzar apachemente la España vacía en busca de mar, luz y compasión al sur. Con ese equipaje ligero afrontaré después lo que venga.

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Julio 6, 2016 3

Red the News

Por Javier en General

Este año no he escrito sobre el esplendoroso verde de mayo y junio en Pamplona. Para cuando me doy cuenta el campo está ya amarillo y cosechado. Y la ciudad, preparada para el rojo, a punto de estallar.

Me miro las manos venosas, hoy como a los cuarenta. Me fatigo corriendo como nunca antes. Los médicos rondan. Husmean. “El cuerpo acaba manifestándose, siempre”, dice Carlos. No me tranquiliza. Son las tres de la mañana. Había escrito una entrada larga; la he perdido completica. Será por algo, pienso en lugar de desesperarme.

Reconocía en esa entrada, y ahora en este sucedáneo, a Victoria Prego por su adiós discreto y delicado, que dice mucho de ella y del diario (El Mundo) en el que ha trabajado los últimos dieciséis años. El adiós profesional más bonito que he leído nunca.

Reconocía también a Juan Carlos Laviana, uno de los fundadores de ese periódico, que no menos discreta ni menos delicadamente ha dado un paso al costado. Le echaremos de menos. Y a Rodrigo Sánchez, el mejor diseñador periodístico que conozco, y una de las personas más buenas en esta profesión, que de momento resiste. A Rodrigo le decía que no se fuera nunca. Que en este tiempo de desbandada él perseverara en su maravillosa locura: arriesgar, arriesgar, arriesgar.

Reconocía, en fin, en mi entrada perdida, y ahora en este sucedáneo, el papel del diario El Mundo, precisamente cuando vive su peor momento, o su momento más difícil. El Mundo, sí, tan despreciablemente despreciado por otros colegas que se arrogan el derecho de adjudicar la etiqueta de la calidad periodística. A ellos mismos, claro. El Mundo, con todos sus defectos, pero posiblemente el diario menos sectario, el más guerrillero e imprevisible de cuantos han existido en España en las últimas décadas. ¿Se puede decir algo mejor de un periódico?

Las noticias no dan respiro. La que me ha hecho sonreír estos días: en Pamplona impregnan las paredes del Casco Viejo con una sustancia repelente de orina que hará que los meones infractores se pongan perdidos. Tecnología sanferminera. Vamos a ver cuánto salpica. La que me recuerda mi fragilidad y el enigma de la vida: ha muerto en accidente de moto el comisario de la Policía Foral Mario Zunzarren, articulista y poeta, responsable durante años de la lucha contra la siniestralidad en las carreteras. La que me descoloca: el dichoso ‘brexit’, que ha dejado al Reino Unido temblando tras su órdago irresponsable. Humano pavor. La que me enoja: aquí, en cambio, los políticos no saben cómo se conjuga el verbo dimitir. ¡Qué difícil es decir adiós! ¿Verdad, Victoria?

En esa entrada que he perdido y que ya no voy a tratar de recuperar criticaba duramente la auditoría “creativa” (sic) de El País, más preocupado por aparecer en las revistas de arquitectura y decoración, con sus sofás y áreas de esparcimiento, que por hacer un periodico como Dios manda y servir así a sus sufridos e incomprendidos suscriptores. No, ya no hay papeleras ni impresoras en la redacción de El País, ya no se puede dejar nada encima de la mesa ni colgar un triste abrigo de la silla. ¡Te lo tiran! Por no haber, dicen, ya no hay ni puestos de trabajo fijos, aunque sí, naturalmente, el viejuno y previsible superdesk, aquí llamado ‘command center’ (y no es broma). ¿Es esto un periódico?

En Florida ha muerto en otro accidente Joshua Brown, dueño de un Tesla Model S, que funciona con piloto automático. El coche en el que Brown viajaba —que no conducía— se empotró contra un camión. Es la primera víctima en la carretera de la inteligencia artificial aplicada a vehículos. “Lo que compras no es lectura o cine, sino experiencias. Y el soporte es parte irremplazable de esa experiencia. Por eso sobreviven las salas de cine y los discos, y algunos periódicos y revistas, y los libros, porque son más que su contenido: son expresión material de afecto y afinidad. El hartazgo digital potencia lo presencial, lo directo, lo próximo, lo auténtico”, irrumpe en La Vanguardia Andrew Keen, director del Salón de Innovación de Silicon Valley.

Cumplimos diez años como estudio. Hemos vivido y sobrevivido un poco quijotescamente. Leo la mofa en las caras de muchos, su complejo de superioridad cada vez que pataleo. Lo reconozco: me cansé. He perdido. Ganaron los ventajistas del algoritmo, los prestidigitadores de la gran mentira. Ahora, tomando prestadas las palabras de Keen, tan sólo quiero disfrutar del afecto y de la afinidad de los míos, y de estos Sanfermines que comienzan. Y de los viejos diarios… el tiempo que les quede. Como lector siempre, impenitente, y con nuestra camiseta de aniversario, eso sí. Hemos perdido, pero está prohibido agachar las orejas. Salud.

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