Mayo 23, 2016 1

Crónica del fin de semana

Por Javier en General

Hay mucha gente a la salida del funeral, y también ausencias.
¿Qué es la verdad?, ¿dónde está?, preguntaba el oficiante.
Se echa la noche de luz naranja: no es el atardecer, son las farolas del casco viejo.
Compartimos banco, cervezas, confidencias.
Es un encuentro familiar extraño.
Posiblemente, el último en Pamplona.
Se habla de Kafka, de Dinamarca o del futuro, la cosa va por grupos.
Tiene algo de irreal este viernes.
El sábado, temprano, me corto el pelo.
Hago la compra, la recojo.
Otros esparcen cenizas en Santoña.
Es el día de Cristina, se gradúa.
Comemos en el centro, muy elegantes.
Brindamos contentos y cariacontecidos.
Después, ante doscientos estudiantes y sus familias, Manuel Martín Algarra llama a humanizar la tecnología.
Dice que los ingenieros son como las tuberías.
Lo mismo transportan agua potable que epidemias gravísimas.
Qué llevan las tuberías, ésa es la madre del cordero.
Mi hijo, ingeniero, no está muy de acuerdo.
Comunicarse, construir.
El discurso de la delegada de Periodismo aventaja a los otros dos (Publicidad, Audiovisual) por mucho.
Un amigo presente confirma que siempre es así.
Normal, pienso.
Las tres delegadas, por cierto, son mujeres.
Un amigo presente confirma que casi siempre es así.
¿Normal?, me pregunto.
La decana habla finalmente de Paco Sancho y del fotógrafo Nachtwey.
A James Nachtwey, que se hizo fotógrafo de guerra por Goya, le han dado el Princesa (antes Príncipe) de Asturias de Comunicación y Humanidades; la facultad ya le había concedido su premio Brájnovic.
Nadie menciona a Fernando Múgica, ex alumno, el Nachtwey de Pamplona.
El acto no se hace largo, la organización es impecable.
Desfilan los muchachos, recogen sus diplomas.
También, Cristina.
Lloro fugaz, discretamente, muy orgulloso.
Fuera, es noche de verano en mayo.
Pamplona surreal.
En el café de la plaza, más allá de los corros, se sienta a la mesa una presidenta de gobierno.
Conversa animada, parece.
Es periodista, últimamente política, pero hoy, en familia, sobre todo es ella.
La miro.
Se van todos, caminamos sin prisa.
Cojeo.
Me han salido ampollas en los pies.
¡Llevo los zapatos de mi boda!
En el bar, antes de la cena, saludo al director de un periódico.
Le doy las gracias por publicar el obituario de Fernando.
Caen unas gotas.
El domingo se traducen en viento furioso y lluvia racheada.
Mayo sin caretas.
Desayuno piña que ha cortado Elena y fresas sobrantes.
Leo que David Beriáin ha dado con el ejército perdido de la CIA, los ‘hmong’, 41 años después.
Qué tipos estos de Artajona.
‘La fotografía ha muerto’, reza la Colección Alcobendas en el museo.
Paseo, pues, entre la muerte y la autoedición antes de tomar el aperitivo.
El responsable del bar, muy exitoso, saca el pincho y me anuncia: lo dejo.
Cambio de rumbo.
Está cansadísimo, pero contento.
Le admiro y le envidio.
Quiero imitarle.
No ha acabado el domingo.
Cocino borrajas en la olla, me salen buenas.
Salgo a correr por la tarde.
Gana la Copa el Barcelona, Iniesta juega un (otro) partidazo.
Ahora sí se ha acabado el domingo.

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Mayo 13, 2016 10

Fernando Múgica

Por Javier en General

Fernando (en la foto superior, al fondo, sacando fotos) nos trajo de Vietnam la gorra de un soldado muerto. Un Vietcong. Ajenos a la guerra, mi hermano Dani y yo jugamos con aquella gorra ni sé cuántos años. Un día desapareció. No dejó rastro. Pero no nos pudimos olvidar de ella.

Soy periodista porque mi padre traía todos los días el diario a casa -eso lo he descubierto después- y porque Fernando, mi tío, sacaba fotos y enviaba sus crónicas desde cualquier lugar remoto y peligroso para que mi padre y otros las leyeran, y para que yo les viera leerlas y quisiera imitarlos: Egipto, Líbano, Nicaragua, Sarajevo… Y porque nunca se dio importancia a pesar de ver tantas cosas terribles. Y porque jamás pasamos miedo pensando dónde estaría. Y porque nos trajo aquella gorra. Fernando desaparecía como la gorra del Vietcong, sin dejar rastro, pero al cabo reaparecía tan campante y reía, reía mucho, siempre me gustó cómo sonaba su risa. Aunque entonces miraba al interior de sus ojos cristalinos y me daba cuenta de que por dentro no reía tanto, ¡había tantas cosas de las que no quería hablar!

Sí, quise ser como él. No me atreví.

Fernando Múgica Goñi (Pamplona, 1946-Madrid, 2016) pertenece a esa generación deslumbrante de reporteros que viajaban para contarnos lo que los demás no podíamos ver porque sucedía muy lejos. Que es la misma generación afortunada criada en diarios necesarios y musculosos que podían permitirse esos viajes, y a nosotros entender mejor el mundo. Manu Leguineche, Ramón Lobo, Arturo Pérez-Reverte, Gervasio Sánchez… Aunque él siempre admiró a los reporteros franceses. A Michel Laurent, por ejemplo, que murió precisamente en Vietnam. Moribundos periódicos, desaparecida generación. Titulado en Periodismo por la Universidad de Navarra, se estrenó profesionalmente en La Gaceta del Norte, aquel trasatlántico periodístico del final del franquismo, y comenzó pronto a viajar. Jovencísimo, con apenas 23 años. Junto a Juan José Benítez, de su misma promoción, con quien ya había compartido pupitre en el colegio de los Maristas, después alguna novia, desde Bilbao innumerables viajes a América del Sur en busca de “reportajes imposibles”, y finalmente una profunda y duradera amistad.

Lo que hacía especial a Fernando es que escribía y hacía fotos. Dos por uno. Con las cámaras andaba desde los 16, por lo menos. “Lo dejaba todo perdido en casa”, cuenta su madre, que es mi abuela. Tercero de cinco hermanos, nació en el número 17 de la Plaza del Castillo, junto al Casino Eslava. Nacer en la Plaza del Castillo y divisar la legendaria Estafeta con sus toros no debe de ser ninguna tontería porque hasta el último momento soñó con que algunos íntimos arrancaran la placa con el número del portal de su anclaje y se la llevaran al hospital o a casa, donde estuviera él. Faltó valor para la gamberrada. Y él no dejó de recriminárselo entre risas… mientras tuvo fuerzas para reír.

Hijo de José Múgica Gorricho, funcionario de Diputación y tenor solista del Orfeón Pamplonés, fallecido en 1962, y de María Jesús Goñi Arregui, que conserva una cabeza prodigiosa a sus 94 años, Fernando se iba lejos con sus cámaras y no daba muchas explicaciones. Nunca le gustó darlas. Era más bien de apariciones fulgurantes. En octubre pasado, cuando la venta del piso familiar de la calle Olite, descubrimos en una caja de zapatos decenas de postales que había ido enviando desde cada uno de sus destinos. Las primeras son de los últimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado. No habla de nada especial en ellas, no cuenta nada sobresaliente. Más bien están llenas de lugares comunes. Pero llama la atención su regularidad, como si de ese modo hubiera querido tranquilizar a la madre o salvaguardarla de las calamidades que veía. “Cuando se iba por esos mundos de Dios no me decía nada. Le preguntábamos, le pedíamos que nos contara, pero él respondía que para contar hay que estar allí. Se lo guardaba todo dentro. ¡Claro que me preocupaba, pero al mismo tiempo pensaba que si le pasaba algo moriría como Gary Cooper, con las botas puestas”, aseguró más recientemente María Jesús Goñi. Así era Fernando: guardaba las cosas para sus crónicas. Había que leerlas.

El 29 de abril de 1975, con el ejército norvietnamita rodeando ya Saigón, en la emisora de las fuerzas estadounidenses suena ‘White Christmas’: es la señal para comenzar la evacuación. Siete reporteros españoles permanecen aún en la ciudad; dos de ellos, navarros: Juan Ramón Martínez y Fernando, que consigue escapar subiéndose a uno de los helicópteros que aterrizan en la azotea de la embajada de Estados Unidos. Aquellas imágenes son legendarias. La operación dura diecinueve horas y permite a siete mil personas alcanzar los portaaviones fondeados en el Mar de China. En el viaje de regreso, a bordo del ‘Blue Ridge’, Múgica enferma de hepatitis. Además de una larga convalecencia, sobre todo se trajo a Pamplona el nombre de un país remoto y fabuloso que me hablaría de él para siempre. “Vietnam era lo máximo para un reportero, la libertad absoluta”, confesó años después.

A principios de los setenta, durante su etapa bilbaína, contrajo matrimonio con Mari Carmen Serna. Fue padre de las tres niñas más guapas que uno pueda imaginar. Las tres viven hoy fuera de España con sus respectivas familias, y aún así han estado acompañándolo sin desmayo desde que la enfermedad se manifestó virulenta a mediados de julio, al final de unas vacaciones gaditanas que se torcieron imprevistamente… o no tanto. Porque algunos cercanos sospechan que Fernando sabía de su cáncer y que por eso, antes de volverse a vivir a Madrid en junio de 2015, regaló varios tesoros. Por ejemplo, una de las Leica a Iván, hijo de su compadre Benítez. Fundada o infundada la sospecha, no me cabe duda de que Fernando no las tenía todas consigo. Sus ojos azules le delataban una vez más.

La carrera profesional de Fernando Múgica fue rica y no acabó con Vietnam, ni con la guerra del Yom Kippur, ni con la caída de Somoza… De La Gaceta del Norte saltó al proyecto fundacional de Deia en 1977. En él se enrolaron también nombres como Alfonso Ventura, Ignacio Iriarte o Alberto Torregrosa. Decepcionado tras comprobar que aquella era una operación de partido, al poco dejó el diario nacionalista y marchó a Madrid. En la capital y entonces arranca la segunda etapa profesional de Fernando: dirige fugazmente una revista para la tercera edad (Senior), hace su incursión en la televisión (en el programa de TVE ’300 Millones’), trabaja en otra revista semanal de actualidad (Panorama, del grupo Zeta) y ficha finalmente por Diario 16, donde se cruza con Pedro J. Ramírez, un personaje clave en su carrera posterior. Creo que no me equivoco si digo que Pedro J. confió en él como en pocas personas, y que a pesar de algunas idas y venidas, incluso de desencuentros, el hoy director de El Español siempre lo respetó y lo consideró uno de sus incondicionales. Con él estuvo Fernando cuando fundaron El Mundo en 1989 y —ya jubilado— el día de febrero de 2014 en que se despidió de la redacción. Se le puede ver al fondo en el vídeo de su alocución. Sacando fotos, claro; discretamente, claro. Esas fotos son otro tesoro más que Dios sabe en qué cámara o disco duro reposan. Hizo tantas que no le dio la vida para clasificarlas. Muchas, muchísimas se han perdido por el camino. Como las de Vietnam: apenas conservaba dos. “Soy un desastre”, repetía.

Aunque de repente venía y te regalaba una joya: yo, tocando una trompeta de juguete con cuatro o cinco años; en Oronz, con mi padre de espaldas, en el verano de 1976, preparando lo que parece que es una fogata; con mis cuatro hermanos en su Plaza del Castillo el 7 de julio de 2013… Rescatar ahora ese archivo antes de que se pierda, ordenarlo y darlo a conocer en forma de libro, exposición o cualquier otro soporte es un acto de justicia y reconocimiento que algunos nos hemos echado ya sobre los hombros. Se hará.

Extraordinariamente generoso y desprendido, optimista en el fondo a pesar de haber visto tanto, audaz, guapo a rabiar, como se ha referido a él Juanjo Benítez y también su madre, Fernando Múgica empezó dibujando viñetas en prensa y al final de sus días volvió a retomar fugazmente esa afición en un diario digital navarro de nuevo cuño. Adoraba la batería y el jazz, la revista Life y Corto Maltés, el personaje creado por Hugo Pratt. Es lógico. La biografía apócrifa de Maltés dice que nació en La Valeta de madre gitana y marinero de Cornualles; que pasó su infancia en Córdoba, donde se inició en el estudio de la Cábala y el Talmud; que con doce años viajó a Egipto y con trece a Manchuria; que después navegó por el Amazonas; que una amiga de su madre le leyó la mano y, al decirle que no tenía línea de la fortuna, se la hizo él mismo con una navaja… Yo quería ser como Fernando y Fernando quería ser como Corto Maltés. “Amaba la vida con las bolas blancas y también con las bolas negras”, dijo su hija Marta en la entrega del Premio Teobaldo, que concede cada año la Asociación de Periodistas de Navarra. Se lo dieron en octubre de 2015 por toda una vida periodística. Le hacía una enorme ilusión recogerlo, y recogerlo además de manos del presidente de la asociación y amigo del alma y de algunas correrías, Miguel Ángel Barón. Pero, aunque luchó a brazo partido, la enfermedad se lo impidió. Aquel día se dijeron cosas importantes de él delante de su madre, que lloraba.

En 1994 a Fernando Múgica le proponen dirigir un diario nuevo que se va a lanzar en Pamplona. Romántico, soñador empedernido, ingenuo en su estar de vuelta, quizá pensando que era un buen momento para volver después de años de trotamundos, dice que sí. A Pamplona viene con Paloma Sánchez, su segunda mujer, periodista, con quien tendría otros dos hijos: Laura y Fernando. Pero la aventura pamplonesa de Diario de Noticias dura apenas un año para él. Un año intenso, eso sí, con el estallido del ‘caso Urralburu’ y una dolorosa escisión en Unión del Pueblo Navarro, el partido gobernante, entre otros asuntos de actualidad que nos tuvieron en vilo. No pudo ser profeta en su tierra. No encajaron sus formas; tampoco yo encajé con él. Reintegrado en El Mundo tras el paréntesis navarro, empieza la cuarta gran etapa en la vida profesional de Múgica, que tras el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid se lanza a investigar sus ‘agujeros negros’ y se convierte en uno de los periodistas que más saben del caso. El reportero de guerra se sumerge durante años en los bajos fondos políticos, policiales y terroristas. De esos años amargos y tantos reportajes a fondo, queda un libro, ‘A Tumba Abierta’ (La Esfera de los Libros, 2004), que recoge el testimonio de Francisco Javier Lavandera, testigo clave de los hechos.

El segundo matrimonio de Fernando tampoco salió adelante y, por motivos que no vienen al caso, en 2011 decide mudarse de vuelta a Pamplona con sus dos hijos pequeños. En estos cuatro años, de 2011 a 2015, los últimos, recorre las calles de la ciudad y lo fotografía todo: la vida diaria, la fiesta, la gente, los lugares… En blanco y negro y con un objetivo de 50 mm, “porque con él no puedes mentir”. Autoedita algunos libros con una selección de ese material y se le ve contento impartiendo en casa clases de fotografía gratis a alumnos de Periodismo. En enero de 2015 la Asociación de la Cabalgata de Reyes Magos de Pamplona le propone hacer de rey Melchor. Completa un recorrido multitudinario y acaba de madrugada en nuestra casa con su comitiva, para pasmo de mayores y pequeños. No lo olvidaremos nunca. Nieto de Remigio Múgica, posiblemente el director más importante de la historia de la agrupación musical, el Orfeón Pamplonés le había encargado poco antes el libro de su 150 aniversario, que escribió encantado. Ahora sí: siente por fin que Pamplona le ha querido un poco.

Pero casi no va a tener tiempo de disfrutarlo. Lleva el ‘bicho’ dentro. Y el ‘bicho’ se manifiesta en julio de 2015. “Así que no voy a vivir más”, pregunta Fernando al enésimo médico que visita durante estos meses, después de múltiples intervenciones a vida o muerte. Un miércoles de abril: le acaban de confirmar que el final es inminente. La incertidumbre a la que se aferraba con entereza se convierte en conciencia descarnada de extinción. Y se derrumba… momentáneamente. “No temo morir sino dejar de vivir”, dijo François Mitterrand en una entrevista postrera que se publicó a su muerte, en 1996, en la contraportada de Diario de Noticias, ese diario en el que por una vez, la única, aunque fuera efímeramente, coincidimos quien me inoculó el periodismo y yo. No sé por qué me ha venido ahora a la memoria. Veinte años justos después, con un miedo atroz imposible de disimular, resistiéndose hasta el final con una fuerza vital de no creer, el veterano reportero pamplonés está a punto de iniciar la cuarta y definitiva etapa de su trayectoria. Vamos que nos vamos…

Donde quiera que le lleve ya este viaje que ha iniciado, estoy seguro de que no ha olvidado su cámara. Y que hará lo posible por seguir contándonos lo que otros no podemos ver.

(Fernando Múgica falleció en Madrid el jueves 12 de mayo de 2016),

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Mayo 10, 2016 0

Cuarenta

Por Javier en General

Cuarenta es un número importante.

A los cuarenta dejé de jugar al fútbol porque los chavales me pasaban por encima, siempre llegaba tarde y no salía de mi asombro. Entonces me miré las manos, con sus venas y sus pecas: ya empezaban a parecerse a las de mi padre. Arrancó la aventura del estudio, y llegaron Ana y los demás. Pasaron cosas, muchas cosas… Ahora que estoy a punto de alcanzar los cincuenta, me doy cuenta de que en efecto ésta que se va ha sido una década exhuberante, plena de energía, inolvidable. Y que empiezo a quedarme más solo que la una.

Por eso, salgo decepcionado de la exposición con la que El País celebra sus cuarenta años. No hay verdadero cariño puesto en ella, y mucho menos convicción. No es inolvidable. Ni cien pantallas ni la tontería de las gafas de realidad virtual para provocar algunas colas: a mis hijos les ha aburrido soberanamente. En la proyección de bienvenida, a la portada del número uno le siguen son la del sobredimensionado Wikileaks y la del debate electoral televisivo por internet del pasado diciembre. Me digo con pena que es una (otra) oportunidad perdida para mostrar a la gente lo importante que es el periodismo inmersivo de verdad, que desde luego no es 360º ni (machaconamente) autorreferencial. No encontré auténtico periodismo en Cibeles.

Y, sin embargo, la muestra ha sido tres o cuatro veces veces consecutivas portada del diario en sus distintas plataformas, también en la edición impresa… No he podido evitar el bostezo al ver la tarta de cumpleaños y el soplavelas, me sorprende el papelón de los cinco directores, me han indignado las constantes y desvergonzadas alusiones a la libertad, de cualquier tipo, como si sólo fuese patrimonio del diario. ¡Precisamente, ahora que éste se utiliza como escudo o ariete de intereses personales!

Miro distraído la estantería de casa y descubro por casualidad el libro de los veinte años, con sello de Chillida. Aunque está bien protegido de la luz, amarillea un poco. Qué deriva, qué tristeza, pienso.

Y tú, tanto hablar, ¿qué harías?, me preguntan algunos con razón.

Cojo carrerilla y les digo:

No ser cínico ni engreído, no engañar jamás al lector.

No usar nunca el diario como arma para defender otros asuntos ajenos a los periodísticos, y menos aún disfrazar esas maniobras con la bandera de la libertad de expresión.

Mimar por encima de todas las cosas al suscriptor, enviarle un regalo a casa, el primer ejemplar de 1976, por ejemplo, darle la gracias por su fidelidad, hacerle sentir esencial, invitarle a una cena más importante que la de autoridades, o con ellas.

Reconocer que los millones de usuarios de las plataformas digitales que me atribuyo no son míos sino compartidos con otros muchos medios, y sobre todo infieles y de poco valor.

Dejarme de globalidades sin sentido y atender como corresponde al mercado que me más aporta y al que más aporto: el español.

Regresar las impresoras y las papeleras (y las cervezas) a la redacción, dejar que se cuelguen abrigos de las sillas, no castigar a un lado a quienes hacen la edición impresa, ahuyentar a toda la casta tecnológica y antiperiodística, incluidos (o singularmente) los expertos en seo, analistas y demás visualizadores, poner una bomba en los ridículos puentes de mando.

Quitarme los grilletes, rechazar cualquier publicidad esclavizante: hablar, contar, jugarme la vida.

Subir significativamente el precio del diario.

Sacar la máquina de escribir de la urna de Cibeles.

Resetear.

¡Viva los cincuenta!

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Abril 24, 2016 1

Despistado

Por Javier en General

De Suecia a Perú. De Dubai a Canadá. De Taiwán al Reino Unido. Portugal, Francia, Alemania, Italia, Suiza, Noruega… Brasil y El Salvador. The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times. Naturalmente, los diarios de Minneapolis. Incluso The Wall Street Journal, que ya me diréis qué tiene que ver. En enero fue la infanta Cristina que se comió a Bowie. Esta semana es cualquier nadería política que se come a Prince. ¿Están despistados los diarios españoles o soy yo quien no se entera?

Abril 23, 2016 2

Día del Libro

Por Javier en General

Mi hija presenta en pocos días su proyecto fin de carrera: una estupenda revista sobre fotografía y fotógrafos. No es una publicación estrictamente fotoperiodística sino que más bien abre sus páginas a la narrativa y a la creación fotográficas en el más amplio sentido de ambos términos. Está repleta de metáforas visuales y sugerencias. Es limpia, elegante. El prototipo lo protagoniza Patxi Úriz, reciente ganador de un Goya por el documental ‘Los hijos de la tierra’. Aunque si tuviera que elegir, me quedaría con un reportaje sobre México: fascinante, prolijo y barroco, como corresponde. Bravo.

El proyecto de Cristina y su grupo no tiene nombre. Tan sólo una almohadilla, #, que precedería a cada número trimestral (#01, #02, etcétera) en el caso improbable de que la revista se llevara a efecto. La almohadilla presenta un problema grave: ¿cómo nos referiríamos a la revista para pedírsela al quiosquero? No podría ser déme #, porque # no suena, no se pronuncia, no es nada. Tendríamos que añadir: ya sabe, esa revista nueva sobre fotografía… Como símbolo gráfico de acompañamiento al número de cada edición funciona, como marca comercial no. Se lo advertí a mi hija, pero no me ha hecho caso. Es muy cabezota.

Lo importante, sin embargo, es que Cristina y sus compañeros han decidido que su revista no tendrá extensión digital. Por toda página web, sólo un sitio sencillito para vehicular suscripciones. Nada más. (Juro que no he tenido nada que ver). No quieren que los contenidos de #01 ni los de los siguientes números estén disponibles gratis en la red. Eso lo tienen claro. No tanto que el tribunal que les va a juzgar esté de acuerdo con su estrategia. He procurado tranquilizar a mi hija y me he brindado a estar presente durante la defensa, por si hay que echar una mano.

La otra semana nos topamos en San Francisco con ‘Swan Oyster Depot’, un legendario establecimiento gastronómico especializado en marisco. Uno puede entrar y comprar, como si se tratara de una pescadería, o también quedarse a comer. Lo recomiendan todas las guías. Pero lo que me llamó la atención al asomarme fue un modesto cartelito escrito a mano y pegado en la pared, bien alto, al otro lado de la barra, para que se vea. Ese cartel advierte sin complejos que ‘Swan Oyster Depot’ no tiene página web; aún más, que si alguien encuentra en internet cualquier cosa sobre ‘Swan Oyster Depot’ sepa que no es contenido autorizado. “Preferimos el trato personal”, concluye. Con un par.

Hoy es 23 de abril, día del libro. Acabo de salir de la única librería del centro de Santo Domingo: un oasis. He comprado ‘Bajo el agua’, un ensayito de David Foster Wallace; ‘Ursúa’, de William Ospina; ‘Gratitud’, la coda de Oliver Sacks a su impresionante ‘En movimiento’; y una edición nueva de ‘Pedro Páramo’. Hace mucho calor afuera. Salgo reconfortado. Vuelvo a comprender que no es lo mismo tener una biblioteca en casa que un ebook de mierda y las paredes vacías. Intuyo claramente que el hilo argumental de nuestra especie no es frenético ni actualizable sino flotante, tembloroso, circular. Está ahí siempre. Discreto, pero abrumador. Paciente, invencible. Une siglos y afanes. Se podía masticar en la librería.

La vida es mancharse, sí. De tinta o de marisco. Impresa, no digital.

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Abril 13, 2016 1

Tendencia

Por Javier en General

Encuentro un folleto promocional de una facultad de Comunicación. Se basa en 27 historias de profesionales graduados en esa facultad. Me parece una buena idea comunicativa, aunque el número es extraño, poco redondo. Será mi tendencia natural al orden, que es más par que impar.

Hago recuento de los 27: cinco graduados en Periodismo, cinco en Publicidad y Relaciones Públicas, cinco en Comunicación Audiovisual, diez estudiantes de máster (Gestión de Empresas de Comunicación, Gestión Audiovisual, Comunicación Política y Corporativa, e Investigación en Comunicación) y dos doctorandos. Los propiamente periodistas digamos que suman el 18,5% del total de historias. Me parece poco. Será mi tendencia natural a pensar que en realidad no puede haber facultades de Comunicación y que el periodismo no tiene nada que ver con la publicidad ni con el cine o la ficción. Vamos, que habría que desglosar en tres las actuales facultades de Comunicación para devolver el periodismo a su corazón.

Pero sigo. Quiero saber quiénes son esos cinco periodistas seleccionados para representar a las decenas de graduados de la facultad durante más de cincuenta años. El pasado, el presente y tal vez el futuro de esa facultad, lo que se vislumbra. Para mi pasmo, sólo identifico a un reportero, y ni siquiera trabaja ya en un medio sino que dirige una productora. Los otros: uno trabaja en una gran empresa de comunicación y relaciones públicas española, otro en la Unión Ciclista Internacional, otro más en Airbus y el quinto en una universidad de América del Sur. Es decir, un 0% de las historias seleccionadas para ‘hablar’ de la facultad corresponde a periodistas en activo, a periodistas que trabajan como periodistas, en medios: diarios impresos o digitales, emisoras de radio, revistas de información, informativos de televisión… En este punto no encuentro palabras para expresar mi tendencia natural. Sólo me cabe consignar que este 0% es una tendencia triste y general.

Abril 9, 2016 1

Al revés

Por Javier en General

Hace mucho frío en Pamplona, un frío tardío que no hay manera de sacudirse. Este inicio de primavera está siendo duro, al contrario que el invierno: el mundo al revés.

Ni un mes después de anunciar que la edición impresa es un miserable resumen para ingenuos-nostálgicos, El País sube su precio. El precio del boletín de papel, claro está, el que lo sostiene todo; la versión completa en internet sigue siendo gratis. Si ya lo decía: el mundo al revés. Como rediseñar un estupendo magazine dominical para volverlo gráficamente insípido en lugar de poner patas arriba el diario, que es lo que verdaderamente se cae a pedazos.

Pero el otro diario de mi rincón también me ha propinado una patada en el culo. En lugar de hacernos la ola a los suscriptores de toda la vida, va y nos cierra su edición digital. Conformaos con el papel, nos dice sin decirlo. Y sin explicaciones. A cambio, ha creado otra figura, y parece que más importante: el suscriptor digital. Alertas en el móvil, contenidos sin candado (que son, paradójicamente, los que produce y proporciona el papel: los que yo mantengo con mi suscripción), acceso al pdf de la edición impresa, incluso dos ediciones exclusivas para tabletas: una vespertina y otra de fin de semana. ¡Y le da todo a precio de saldo!

Así que tengo dos opciones: o clausuro definitivamente mi rincón o cambio en este caso una suscripción por otra. Me hago suscriptor digital, pago la cuarta parte y obtengo todo lo nuevo, todo eso que viral y lustrosamente ha pregonado mi diario. Más por menos. Otra vez el mundo al revés. (Eso sí, no puedo evitar preguntarme: ¿y si hacen lo mismo que yo todos los demás suscriptores?)

Asisto al congreso anual de la Society for News Design en San Francisco. Cerca de Silicon Valley, el programa está repleto de desarrolladores y otros tipos estrafalarios que invitan a la audiencia a hacer ruiditos con sus teléfonos móviles. Sesiones ¿muy inspiradoras? En medio del despiste, la SND valora seriamente la posibilidad de pasar a denominarse Society for New Design. Para estar a la altura de los tiempos y de lo que se nos demanda, argumenta sin pestañear. New Design… De no creer, como diría en La Nación Carlos Roberts. Iba a California buscando algo de calorcito y regreso congelado y meditabundo. ¿No serán muchas tres cancelaciones?

En el aeropuerto compro el último número de Panenka. Dedica su número 50 a mi promoción, la de 1966. Me reencuentro con una cuadrilla de cincuentones mayormente calvorotas y barrigones. A muchos de ellos no los vi más: Penev, Futre, Milla, Stoichkov, Djukic, Pantic, Zola, Romario, Nayim, el maldito Savicevic, Kosecki, Rubén Sosa, Nadal, Higuita, Weah, Mazinho… Caigo en la cuenta de que Mazinho es el padre de Thiago y Rafinha. Sonrío resignadamente, que es como sonreír al revés. En medio de tantas calamidades, The Times sigue fuerte. Su edición impresa crece, me cuentan. Y además ha decidido dejar de actualizar al instante sus plataformas digitales. A partir de ahora sólo lo hará tres veces al día y dos los fines de semana. Qué maravillosa decisión al revés.

De tanto dar vueltas, he acabado por confundirme. Ya no sé si cuando digo al revés es para criticar o para elogiar. Será el frío. ¡Abril antipático y adverso!

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Abril 1, 2016 1

Locuras en papel

Por Laura en General, Ilustración, diseño

Aplaudo el reto del próximo número de abril de la prestigiosa publicación alemana de diseño gráfico Novum.

Han diseñado y coloreado a mano, una a una, 13.000 portadas y el culpable es el ilustrador Felix Scheinberger. Fue el que propuso los responsables de Novum esta locura.

Se han ilustrado dos versiones, 6.500 con el rostro de un hombre y otras tantas con el rostro de una mujer (el ilustrador y su novia).

Cosas como estas me hacen amar el papel.

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Marzo 21, 2016 7

Miedo

Por Javier en General

El vocerío es ensordecedor. El brillo de los focos deslumbra, no deja ver. La velocidad de las cosas se acelera irremediablemente: uno vive con la desagradable y resignada sensación de que le ha pasado una ola por encima. Algo parecido debieron de sentir quienes vivieron en el tiempo de la Revolución Francesa, por ejemplo. El vértigo se serena en los libros de historia, pasado el tiempo, cuando adviene una cierta perspectiva, pero en el durante todo es muy fragmentado y confuso.

La avalancha. Y ahora, ¿qué? ¿Qué pinto yo —si pinto algo— en esto?

Emilio García-Ruiz, máximo responsable digital de The Washington Post, conversa con Virginia P. Alonso en El Mundo: “Si los humanos han modificado sus hábitos, claro que vamos a tener que cambiar el periodismo. Esto es más grande que nosotros. Y si te agarras a la silla y te repites “no me voy”, no sólo no estás ganando nada sino que además te estás perdiendo un momento histórico. Hemos recorrido sólo el 30% del proceso de cambio de esta revolución. Vienen cosas mucho más grandes”. Drones, realidad aumentada… Se le nota seguro. A mí en cambio me asalta el miedo. Por qué no decirlo: tengo mucho miedo. Miedo de haberme quedado atrás. Puede que todo lo que digo y escribo sea sólo fruto de una pataleta atemorizada e infantil propia de quien fue educado para que las cosas permanecieran ordenaditas y no cambiaran nunca. Qué sé yo.

No es cuestión de poner excusas. No sé qué hacer ni cómo afrontar la avalancha. Otros tienen menos miedo y no dudan en subirse a la cresta para navegar la ola a donde les lleve. En el fondo de mi pataleta, les admiro.

Pero va y uno tiene de repente la oportunidad de escuchar a Archie Tse, subdirector de Gráficos de The New York Times. Al final de las deliberaciones de los 24 Premios Malofiej de Infografía, que acaban de fallarse en la Universidad de Navarra. Y luego en su charla, la mejor del congreso, la única verdaderamente periodística. “Voy a tratar de explicar por qué ahora hacemos menos gráficos interactivos”, suelta la bomba contracorriente. En medio de decenas de bases de datos con sus correspondientes visualizaciones, al otro lado de la jungla estadística y participativa, Tse dice con discreta modestia: “Es que cada vez más nos dedicamos a escribir”. No les interesa el gráfico como pieza suelta, y menos para que el usuario o lector abra puertas, sino la historia en su conjunto, la narración. “Pocas veces una historia justifica un interactivo”, añade.

No creo que Archie Tse sea sospechoso de ningún miedo paralizante como el mío. Al contrario, como buen patinador que es, hace tiempo que se subió a la ola y, navegándola, trata de entenderla y de contarla sin que le pase por encima. Pero le interesa más un título bien escrito que un interactivo. “Muchos de los trabajos presentados a concurso estaban mal titulados”.

The New York Times presentó una joya, ‘Greenland is Melting Away’ (http://www.nytimes.com/interactive/2015/10/27/world/greenland-is-melting-away.html?_r=0), pero la joya no fue entendida por el jurado, que consideró que la pieza no es propiamente un gráfico sino un reportaje en el que se incrustan vídeos y un ‘zoom’ cenital. Archie Tse, que es educado, no dijo nada. Pero ahora entiendo su frustración, su estupor disimulado bajo las gafas y su pestañeo apretado, el mismo que tenía mi tío Miguel, el que me enseñó los museos de Madrid.

Anduvo también por Pamplona Jaime Serra, una aparición bajo la nieve, delgado y afeitado. ¿Visualización de datos? “En periodismo eso se llama dejación de funciones”, me dice con esa voz despaciosa y cavernaria, tan inconfundible. Abro los ojos como platos y trato de silenciar mi carcajada en medio de una de las sesiones. Le pido permiso para utilizar su definición. Me lo da.

Tengo mucho miedo, soy bastante miedica. Pero sigo pensando que el rumbo es equivocado.

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Marzo 7, 2016 4

Carta abierta

Por Javier en General

Señor Caño

Después de leerle con mucha atención y confirmar mis peores presagios, le comunico que con fecha 7 de marzo de 2016, es decir, hoy, he solicitado al departamento correspondiente de El País mi baja como suscriptor. Deseo con todo mi corazón que los otros miles de suscriptores de la edición impresa que sostienen el periódico como yo lean su carta con la misma atención, caigan en la cuenta de la tomadura de pelo y decidan seguir mis pasos.

Y que cada palo aguante su vela.

El País, dice, entra en una nueva era: la de la sincronización. Van tan adelantados, tanto, que ya consideran la integración cosa de viejunos. Las redacciones no se integran, se sincronizan, nos explica. Y se llenan de analistas de audiencias, expertos en posicionamiento y buscadores, responsables de vídeo e imagen, diseñadores, visualizadores… Me produce sonrojo, señor director, casi vergüenza ajena toda esta palabrería de consultor barato.

Esta última lección se la podía haber ahorrado. No debió ahorrarse nunca, sin embargo, el detalle de dirigirse antes a sus lectores, y singularmente a sus suscriptores, lo mejores clientes de El País, los más fieles, a los que más respeto debe. Explicarnos cómo están las cosas. Pedirnos perdón por lo que van a hacer. Una cortesía, tan sólo eso. Tampoco es pedir mucho, ¿no cree?

Pero hace tiempo que no esperamos nada. En realidad, su carta certifica no sólo una felonía sino sobre todo su salto definitivo al marasmo, donde —no lo dude— se disolverán como un azucarillo. Qué pena ver cómo los amos del marasmo, criaturas de fauces pavorosas y más pavoroso magnetismo de cuello blanco, esos Facebook y Google a los que desesperadamente se han echado en brazos, se mueren de risa.

Es un momento triste para el periodismo en español, señor Caño. No me gustaría estar en su pellejo: pasar a la historia como el director que dio la puntilla a El País. Le agradezco al menos que me haya hecho 500 euros al año más rico, los que me ahorro con la suscripción. Aunque seguramente los emplee en suscribirme a otro periódico. Ya veré.

Antes de despedirme, quiero compartirle una historia que ayer traía su diario. La he leído en papel. No sé si usted la leyó. Un día de hace un cuarto de siglo un tal Eduardo Donato se hartó de la construcción, renunció a su puesto y decidió trabajar para vivir. Buscó lugares por España y encontró una dehesa abandonada en la sierra de Aracena. Luego, investigó qué producir de manera sostenible en ese lugar perdido. El catalán Donato, de 67 años, se afincó en Cortegana (Huelva) y hoy produce 80 jamones al año de la variedad Manchado de Jabugo ibérico, el más caro del mundo: a 4.100 euros la unidad. Los cerdos que se crían en Maladúa —así se llama la dehesa, ver en la foto superior— viven entre arroyos, cascadas y encinares; si tienen heridas se las curan con ceniza de encina y aceite de oliva virgen extra; los desparasitan con hierbabuena y pipas de calabaza. Pasan tres años desde que nacen hasta que alcanzan el peso de comercialización, y otros seis o siete para que el jamón se cure en bodega. Donato renuncia al comercio electrónico y entrega las piezas a domicilio: en Madrid, Bruselas, Berlín, Viena y hasta en Hong Kong. La Biofach de Nuremberg, la mayor feria europea de producción ecológica, ha elegido los jamones de Eduardo Donato como el mejor producto del continente. Ojo, no el mejor jamón sino el mejor producto. Enhorabuena.

Sin otro particular, decirle señor Caño que a partir de ahora nos encontraremos gratis en la red.

Atentamente

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