Junio 16, 2017 0

Paco ‘la roca’

Por Pablo en Aniversarios, Diarios, Fotografía, General, oído, visto

A veces pienso en El Puerto de Santa María no sólo como un departamento, sino como un contrapeso de la isla de Cádiz. Al otro lado de la bahía, a la sombra, como lo hacen los viejos contrafuertes de su iglesia prioral, que aún me pregunto cómo se las arregla para seguir en pie.

El Puerto es un muro sólido pero agrietado. Y en ese muro hay viejas —pero duras— rocas. Una de ellas se llama Paco y viene amenazando con jubilarse “para siempre” desde hace ya demasiado tiempo, aunque nunca lo haga. Sigue ahí, aguantando el tipo. Paco no llega al metro cincuenta y cinco y es canijo, encorvado y moreno, peinado hacia atrás con fijador. Pura fibra y pellejo, Paco deposita 7 euros con 70 en el mostrador de la librería Zorba. Todas las mañanas repite el ritual. María, la librera, al otro lado del mostrador, cuenta las monedas. Cuando las cuentas salen, Paco se da media vuelta y se marcha por donde ha venido sin decir palabra, en modo ahorro de energía.

Al final me he decidido a preguntar por el misterioso origen de esas monedas. María me lo explica: «7.70 euros es lo que cuestan los 7 diarios del reparto de Paco». Lleva 10 años haciéndolo, por lo menos desde que la librería se mudó allí, que es lo mismo que decir desde que María tiene memoria de librera. No sé si Paco La Roca se lleva algo a cambio de lo que hace, imagino que sí; pero eso ya es mucho preguntar.

Todos los días a las 7 de la mañana Paco accede al hueco que hay entre la puerta y la cancela en el que están ya depositados puntualmente los diarios, y se lleva unas docenas de ejemplares del Diario de Cádiz, además de uno o dos diarios deportivos. Siete de ellos los deja en el Bar Manolo, en el Bar Vega y en establecimientos de la calle Larga, su área de acción. En esta calle se lee el Diario de Cádiz. Y en sus bares se comentan las noticias locales con desparpajo. Merece la pena escuchar las conversaciones. Ahí te enteras de casi todo.

Hoy hace 7 años ya que aparqué en El Puerto de Santa María. Aquí sigo. Gran parte de lo que he llegado a conocer de aquí ha sido gracias a desayunar en estos bares, y también a este diario, fundado el 16 de junio de 1867 por Federico Joly, que hoy cumple 150 años de vida. Sus textos suenan diferente a oídos de un forastero como yo. Son a ratos más floridos y utilizan un vocabulario sabroso. Mi sección favorita es la de polis y cacos. No hay mucho que decir hoy por hoy sobre sus gráficos, que en otro tiempo existieron y deslumbraron. Entre sus fotografías, destacan las de Fito Carreto, porque Pablo Bernardo ya no está. Las de Fito son las fotos que nadie se atrevería o a nadie se le pasa por la cabeza hacer. Son fotos por lo general pensadas, con intención, que siempre te cuentan algo, y fácilmente identificables.

El periódico, dirigido hoy por David Fernández Mejías, no ha mostrado un aspecto muy diferente al de ayer, aparte de un homenaje gráfico a la primera portada. Pero sí ha colocado una exposición que recopila fotos publicadas a lo largo de la historia del periódico en el Muelle de Cádiz en las que cualquier gaditano se reconoce, o publicado hoy un suplemento especial titulado “1867-2017. El futuro que cuenta”. Y mira hacia mar abierto, otorgando el I Premio Joly a Anne Hidalgo, alcaldesa de París de sangre gaditana. Además, homenajea a una nueva y prometedora generación de gaditanos futbolistas, cocineros, escritores, emprendedoras, y mira con cierta nostalgia a su pasado.

Yo le invitaría al Diario de Cádiz a que no se olvide del otro lado, el que lo sustenta a la sombra, formado por personajes anónimos como Paco La Roca. Felicidades.

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Junio 10, 2017 0

Respirar

Por Javier en General

Faenza es una pequeña ciudad italiana pegada a Bolonia famosa por su cerámica, las agrupaciones de abanderados y ser sede de la escudería de fórmula 1 Toro Rosso, antes Minardi. El circuito de Imola está cerca, pero aquí todo el mundo se desplaza respetuosamente en bicicleta sin necesidad de haber hecho obras faraónicas. En Faenza nació Torricelli, insigne matemático que —seguro— se sorprendía como yo por la luz asombrosa de la tarde.

Desde hace seis años se celebra en Faenza el congreso Kerning de tipografía. Me recuerda mucho a los Malofiej por su ambiente como de familia. Ha venido gente hasta de Suráfrica y Nueva Zelanda. Las charlas tienen lugar en un viejo teatro; los descansos y cafés, en un claustro anejo. Al fondo, una familia regenta un taller de tipos. Lo he visitado con la boca abierta.

La cartelería promocional de Kerning 2017 dice: ‘Divina proportione’. El título se basa en el libro ‘De divina proportione’ que escribió Luca Pacioli en 1498. Se trata de un estudio de las mayúsculas clásicas a partir de la columna de Trajano. Pacioli y otros se han empeñado en descubrir proporciones matemáticas en las inscripciones. La bibliografía al respecto es extensa.

Antes de las charlas, hemos pasado dos días dibujando letras con lápices, plumillas y pinceles. Nos ha dirigido otro Luca, Luca Barcellona, un calígrafo de Milán con nombre de pinchadiscos. ‘Capital Importance’, como su nombre indica, ha sido un viaje iniciático al país de las mayúsculas. En línea con el título genérico del congreso. A mí las mayúsculas me han parecido por lo general bastante insípidas. Esta semana me he dado cuenta de que es sólo cuestión de ignorancia. Aunque lo mejor ha sido cuando conteníamos la respiración para trazar curvas imposibles con el pincel. De repente, ha estallado Barcellona (sí, con dos eles): “¡Hay que respirar!”

Vuelvo a casa y no puedo quitármelo de la cabeza. En Faenza hemos aprendido muchas cosas. Que un tipógrafo puede preparar la presentación menos legible de la historia de las presentaciones, por ejemplo. Que la tipografía clásica en realidad no tiene nada que ver con proporciones áureas, como algunos estudiosos han pretendido, y sí con seres humanos escribiendo o tallando letras. Y, sobre todo, que cuando van a suceder cosas importantes jamás hay que contener la respiración; al contrario, hay que respirar a fondo y sentir, sentirlo todo. Si la tipografía es un organismo vivo y las mejores tipografías están repletas de maravillosas imperfecciones, ¿no será que estamos haciendo periódicos sin respirar, acojonados?

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Junio 4, 2017 0

Retirar

Por Javier en General

Consulto en el diccionario la palabra retirar.
Encuentro catorce acepciones.

La primera: apartar o separar a alguien o algo de otra persona o cosa, o de un sitio. La segunda: apartar de la vista algo, reservándolo u ocultándolo. La tercera: obligar a alguien a que se aparte, o rechazarle. La cuarta: dicho de una persona, desdecirse, declarar que no mantiene lo dicho. La quinta: negar, dejar de dar algo. La sexta: dicho de una cosa, tirar, parecerse, asemejarse a otra. La séptima: apartarse o separarse del trato, comunicación o amistad. La octava: irse a dormir. La novena: irse a casa. La décima: dicho de un ejército, abandonar el campo de batalla. La undécima: abandonar un trabajo, una competición, una empresa. La duodécima: resguardarse, ponerse a salvo. La decimotercera: dicho de un militar, de un funcionario, etcétera, pasar a la situación de retirado. Y la decimocuarta: estampar por el revés el pliego que ya lo está por la cara.

Retirar.

Uno. Carlos se retira del colegio. Ha conseguido sacar el curso. Es un jubilado escolar.

Dos. Por primera vez en 45 años, el colegio no verá un Errea el próximo curso: somos una familia en retirada, y el colegio un colegio extraño o extrañado. Qué buena noticia.

Tres. Otras noticias no son tan buenas. No las diré. Tienen que ver con desdecirse y esas cosas. Procuro retirarlas de mi disco duro.

Cuatro. Esta mañana he retirado el árbol de Navidad. Seguía en medio del salón desde diciembre, no sé por qué. Ahora se ha hecho un hueco enorme que me inquieta.

Cinco. Luego, he ido a la librería y he retirado una caja de libros sin vender. Los ejemplares sobrantes de ‘El diario o la vida’ y ‘Pamplona concreta’, que nunca van a ser superventas.

Seis. Para mi sorpresa, me informan de que la librería se retira ella misma, en agosto. Abandona. Nos deja sin libros en el barrio, a la intemperie. Y a Mikel, mi librero, y a sus compañeras, sin trabajo. Salgo con la caja y con dos libros más, por si acaso: un poemario de Mark Strand y la primera novela de Carlos Pujol.

Siete. Cruzo al quiosco (es un decir, ya no existen quioscos en la ciudad) y retiro —compro— dos periódicos. Sí, sigo estando loco. Sigo dejando que me tomen el pelo.

Ocho. Busco la columna de Cuartango. No está en su sitio. Ni en ningún otro. Han retirado a Cuartango.

Nueve. Hay días en que uno tiene muchas ganas de retirarse a casa; y aún dentro de casa, de retirarse a la cama. Ponerme a salvo debajo del edredón. En realidad, no hay lugar bueno para ninguna retirada.

Diez y once. Visito a mis padres. Por la tarde, anuncian manifestación. Retirar el saludo y una bandera son cosas que valen poco la pena. Suelen ir de la mano y provocan desencuentros que duran, absurdamente. Más valdría desnudar la lengua. Tenemos luz verde para recuperar el saludo; de la bandera… aún hay mucha tela que cortar.

Doce. Hojeo de nuevo el periódico. Bajo el paraguas sacrosanto del Massachussets Institute of Technology (MIT), el tal Nicholas Negroponte defiende un futuro en el que la biología —o lo que sea— se aprenderá con sólo ingerir una pastilla. Hay gente que no sabe retirarse a tiempo e instituciones que amparan la estupidez.

Trece. Los diarios, por ejemplo. Retiran mi pasta de la cuenta y con ella engordan todo lo supérfluo, lo que les está matando y les retirará finalmente de la circulación.

Catorce. Yo lo dejo aquí. Tú no lo dejes, Cuartango.

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Mayo 28, 2017 Off

Diarios frescos, diarios de lata

Por Javier en General

De niño no podía con los espárragos frescos. En cambio, los de lata me encantaban. En casa había guerra por beberse el caldo enlatado, tan fresquito y sabroso. Mis padres no discutían: nos abrían la lata y ellos se comían los de verdad, todavía calientes. Recuerdo —lo compruebo hoy— que los espárragos frescos eran más feos. Estaban llenos de imperfecciones.

Cada año desde hace tres Diario de Teruel publica su ‘Diario de las Artes’. Este año circuló el jueves 4 de mayo, musculoso y feliz con sus 96 páginas. El ‘Diario de las Artes’ es un proyecto que nace de la colaboración entre el propio diario y el grado de Bellas Artes de la Universidad de Zaragoza en Teruel. Sigue la huella de otros como Libération, el pionero, que cada año publica su especial con motivo del Salón del Cómic de Angulema. Se trata de que, por un día, las noticias, los reportajes, la opinión y hasta la información del tiempo o la televisión estén ilustrados, y por tanto mirados e interpretados. No hay fotografías. 98 alumnos y 16 profesores de Bellas Artes de Teruel han participado en esta última edición, cuya portada es obra de Silvia Hernández Muñoz. Incluye una divertida fotonovela que en nueve páginas desvela su ‘making of’: cómo se hizo.

Chema López Juderías, el director, convenientemente retratado al pastel por Paloma S. Michavila, da vivas al papel y al arte en su columna de presentación, que va debajo de la de la consejera aragonesa de Innovación, Investigación y Universidad y antes de la del ministro de Cultura. Subraya López Juderías que han inventado un nuevo concepto informativo: el arteperiodismo. Es genial. En el ‘Diario de las Artes’ de 2017 encuentro muchas cosas que me interesan. El nivel de las ilustraciones es desigual, como no podía ser de otra forma. Hay páginas estupendas y otras no tanto. El conjunto es un monumento a la frescura; es decir, a la pasión periodística. Estoy a punto de llamar a Tyler Brûlé para que les diga cómo empaquetar el producto y venderlo en una tienda delicatessen. Se forrarían.

Diario de Teruel, tan fresco e imperfecto, es justo lo contrario de Cinco Días: un aburridísimo y perfecto diario de lata. Un experimento ortopédico, sin alma. Lo contrario a un periódico de verdad.

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Mayo 24, 2017 1

Cómo salvar los diarios

Por Javier en General

Renzo Piano detesta las palabras ‘icono’ y ‘gesto’. “Un arquitecto no puede trabajar pensando en crear un icono”, ha dicho recientemente. En términos generales, estoy de acuerdo, aunque eso de los ‘iconos’ y los ‘gestos’ en el fondo sólo responde a nuestra desesperada e inútil lucha por perdurar. Autor del disruptivo e icónico Centro Pompidou de París, Piano ha diseñado ahora el centro de arte Botín, que se inaugura en Santander en junio. Será un icono en la ciudad, le guste o no. Lo sabía desde que el banquero cántabro le encargó el proyecto.

Genovés como Colón, y por tanto más bien tímido y recogido, el Pritzker italiano tiene la edad de mi padre; sigue convencido de que la belleza puede cambiar al mundo, lo cual no está nada mal para tener ochenta años. Estos días he leído cómo inicia cualquiera de sus proyectos. Sigue un método que le enseñó Italo Calvino: pliega una hoja de papel en ocho partes, se la mete en el bolsillo y pasea por el terreno donde edificará. En ese papelito anota las emociones que le sugiere el paseo. “Que los pies del edificio se metan en el agua”, escribió en Santander. El alma de un proyecto en una frase. “Que vuelva a la calle y proteste sin complejos”, me dije al iniciar el rediseño de Libération en 2015. No usé ningún papel plegado, aunque sí una libretica en la que suelo dibujar bocetos. Tiré del hilo y fueron saliendo cosas: filetones gruesos, tramas y sombras setenteras, epígrafes volumétricos, iconografía estilo grafiti, ensalada de tipografías, colores primarios… Libé ya era un icono, no necesitaba de ningún diseñador que quisiera dejar su huella. ¿Supe escuchar en mi ‘paseo’ la emoción autentica de Libération o fue más bien aquello voluntad de autor? Todavía me lo pregunto.

El pasado domingo 14 de mayo The New York Times lanzó una cuaderno especial para niños de 9 a 12 años. Forma parte de una estrategia para que los lectores y suscriptores de la edición impresa “se sientan importantes”. Es la segunda acción que el Times realiza en este sentido. La primera fue a finales del año pasado: Puzzle Spectacular, que incluía el crucigrama más grande de la historia del periódico. No salgo de mi asombro. Un crucigrama de Guinness hace seis meses y un suplemento infantil ahora. ¿Es ésta la manera de reforzar el periodismo impreso? ¿Es así como salvaremos los diarios?

Y en esto, aparece Tyler Brûlé, viejo conocido. Encuentro al fundador y editor de Monocle esta semana en Viena, donde tiene lugar el European Newspaper Congress. Asisten quinientos directivos y periodistas de todo el continente, que no sé si acaban de entender lo que dice. Habla tan deprisa que es difícil seguirle, pero no es por eso que no lo entienden… ¿Pionero? ¿El primero? “Eso no vale de nada”. ¿Silicon Valley? “Ellos no tienen la respuesta para todo. Mejor una perspectiva europea”. ¿Internet? ¿Redes? ¿Pantallas? “Todo eso no dice nada de ti. Son trabajo”. “Lo que verdaderamente vale la pena, lo que dice de uno, lo premium es el papel. Y recuperar el valor de la marca”, sentencia. La receta Brûlé no es nueva, viene repitiéndola como un mantra desde que lanzó Monocle en 2007. Todavía hoy la revista no se puede leer en internet.

De periodismo no ha hablado mucho, pero sí de autoestima y de emoción. Para comprar periódicos, ha dicho, no sólo hay que dar un buen producto sino que hay que crear las condiciones para que ese producto se contemple, se admire, se desee… “Todos los sectores han revolucionado los canales de venta menos el nuestro, que sigue anclado en el viejo quiosco”, criticó ayer duramente. ¿Por qué no una boutique? ¿Por qué no un espacio maravilloso donde huela a papel, donde la mercancía se exhiba esplendorosa, donde uno pueda sentarse a tomar un café y extender su sábana cómodamente? ¿Por qué no recuperar la distribución —añadiría yo— en lugar de cederla como tantas cosas a agentes externos? Nuestro oficio tiene que ver no sólo con la generación de contenidos sino también —y esto no se acaba de entender— con la distribución de esos contenidos. Es imprescindible recuperar el control de ese canal. Seguro que Brûlé está de acuerdo conmigo, como yo estaba de acuerdo con Renzo Piano.

Tyler Brûlé llegó con sus grandes gafas de pasta y su chaqueta verde, disparó con sofisticada metralleta y desapareció. Anda abriendo cafés e inventando productos de lujo impresos para diarios como el suizo NZZ (Z) o el alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung (Quarterly). También él ha creado algunos bellos iconos. Otra vez, belleza; me persigue. Leo: la belleza sólo puede darse a partir de una reflexión positiva sobre la existencia o sobre algo. Tienen razón Brûlé y Piano. Los diarios sólo se salvarán con belleza… y si queremos salvarlos.

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Mayo 12, 2017 0

Despacito

Por Javier en General

Por motivos que no vienen al caso, hojeo en el tren Delayed Gratification, una interesante y pulcramente editada revista trimestral británica que propugna el denominado slow journalism. Sus editores reivindican el valor de lo significativo frente al valor dominante de la urgencia, y de alguna manera se atribuyen esa virtud diferencial. Un poco pretenciosamente, a mi juicio. Porque una cosa es exponer tus intenciones y otra ser capaz de llevarlas a la práctica y hasta de alcanzarlas. Pero no es momento para la crítica: me encanta comprobar que las páginas de la revista no tienen número y que la publicación circula tres meses más tarde de la fecha que figura en su portada. Es como si realmente Delayed Gratification fluyera sin agobios ni presiones, tranquilamente. Ajena. O como cuando yo leo el diario de ayer, que siempre es más interesante y dice más que el de hoy, al menos con otra perspectiva. Además, ¿para qué sirve que las páginas de una revista o de un diario tengan número? ¿Para qué sirve enterarse el primero?

He dejado pasar no tres meses sino unos días tras conocerse la muerte de Ueli Steck en el campo 2 del Everest. Demorado y todo, aún no sé qué decir. Steck es el suizo de 40 años que en mayo de 2008 se jugó la vida para llegar hasta donde estaba Iñaki Ochoa de Olza, en una tienda a 7.800 metros de altura, y no dejarle morir solo. El que se cambió de botas con Bolotov y subió como un cohete, el que consiguió que por fin bajara Horia Colibasanu. El mejor alpinista del momento. Me entero del fatal accidente leyendo a Óscar Gogorza. Vuelvo a ver los veinte minutos del ‘Informe Robinson’ de 2010 que rememora el intento de rescate de Iñaki en el Annapurna y de un tirón también el documental Pura vida. ¿Qué quiero decir? ¿Por qué quiero decir algo?

Carlos tenía examen de Lengua al día siguiente de morir Steck. El examen será —me explicó— un comentario de texto. Casi seguro, un comentario de un texto periodístico. Yo busco un texto, te lo envío y tú haces el comentario, como si fuera el examen, y luego te corrijo, le propuse. Le pareció bien. Me metí en internet, apareció el texto de Gogorza. Por un momento, pensé en copiarlo y pegarlo para enviárselo a Carlos, pero finalmente decidí no hacerlo. Copié en su lugar uno planito de agencia. El chaval se iba a confundir. ¿Qué tipo de texto es?, me hubiera preguntado. ¿Información, crónica, columna…? Con razón. Lo que escriben quienes escriben como los ángeles es siempre una mixtura que jamás encontrará acomodo en las definiciones de un libro de texto. Pero Steck es un ángel de la guarda también para Carlos, que en el examen identificó como columna lo que era una columna y aprobó la asignatura.

Sin embargo, ahora, sin urgencias, me arrepiento. En el fondo, hubiese sido mejor que Carlos leyera a Gogorza, las complejidades de su texto asombroso, y que himalayamente hubiese conocido quién era ese suizo que volaba en las montañas, cómo vivió, desde dónde. Para aprobar Lengua, como para leer un periódico o escribir en este blog, como para ir al cine y no plegarse a la dictadura de Netflix (gracias, Cannes), siempre hay tiempo.

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Abril 29, 2017 0

Bastenier

Por Javier en General

Bastenier, te has ido sin pedirnos permiso, con tu voz ronca y una hosca dulzura. Te has ido además cuando más te necesitábamos: cuando más tonterías se hacen en el oficio, también en tu periódico. No eras, Bastenier, un hombre de bobadas y sí de los que te levantabas, tomabas la palabra —te la hubieran dado o no— y la liabas. ¿Quién la liará ahora?

Primavera otoñal. Hay como un viento desolado. Maldito viento que mece la muerte. Se llevó sin decir palabra a Paloma Gómez Borrero, creyente de los pies a la cabeza, y esta semana casi seguidos a Joaquín Prieto y a ti, inigualable Bastenier, agnóstico y católico a la vez. ¡Y yo que pensaba que no te morirías nunca, que seguirías escribiendo tus análisis apasionados y exactos! Porque sin ellos un diario no es el mismo diario. Pero luego caigo en la cuenta de que también se fue Fernando Pérez Ollo, que a su manera pamplonesa era de tu misma estirpe. Te hubiera encantado conocerlo. O a lo mejor sí lo conocías. Pobres diarios. Esto no se hace, Bastenier.

Un pequeño diario familiar del estado de Iowa, en Estados Unidos, acaba de ganar un premio Pulitzer. Se ha impuesto en su renglón a The Washington Post. Los editoriales del ‘The Storm Lake Times’ han conseguido poner al descubierto los oscuros intereses de grandes negocios agrícolas. El periódico se distribuye dos días por semana, apenas llega a los 3.000 ejemplares. Cinco de los nueve miembros de la plantilla pertenecen a la familia Cullen. Art Cullen, de 60 años, autor de los textos, no sólo es el editorialista sino también el reportero de información local y hasta hace nada el responsable de la rotativa. Un poco como, tú, Bastenier, que venías siendo español, congoleño y colombiano, editorialista, profesor y curador —como se dice ahora— de una lengua que para ti era sinónimo de periodismo. Seguro que sabías la historia de Iowa, yo me acabo de enterar.

Sí, el periodismo vale la pena. Lo saben y lo cuentan los Cullen, que por ese motivo han perdido amigos y anunciantes, y lo sabías tú, Bastenier, que debiste de vivir tu vocación contradictoriamente en el seno de un enorme conglomerado mediático que lo mismo se echa en brazos de Facebook como de Google. Peajes de la fidelidad, Bastenier. Claro que, ¿quién puede sustraerse a la contradicción? Nadie, ni los grandes. Tú, tampoco.

Francófilo de tomo y lomo como eras, leo, seguro que leías Le Canard Enchainé y conocías sus datos: 400.000 ejemplares semanales, investigación de la buena, mucho, mucho humor, cero publicidad, cero internet… y colas para comprarlo cada miércoles. ¿Qué conclusión sacas? ¿No crees que hemos escogido el camino equivocado? Porque no me negarás que es una contradicción que el principal diario de Toronto se diagrame en Florida. Y otra flagrante que el principal diario de España —tu periódico— anuncie como una gran primicia mundial que ahora se puede conseguir a través del servicio de Amazon Prime View. Gratis —gratis, sí— los primeros días con sólo hacer un pedido. ¿Tú qué piensas, Bastenier? ¿No te parece un drama entregar la distribución de contenidos, considerar que no forma parte del ‘core’ de nuestro oficio? Me hubiera gustado preguntártelo. Como tu obsesión por Twitter, como tantas cosas.

El artista Joseph Ernst (¿será descendiente de Max Ernst, Bastenier?) ha titulado ‘Nothing in the News’ un proyecto con el que pretende llamar la atención sobre los riesgos anestesiantes de la conexión permanente: “El periódico pretende competir con el teléfono móvil. La información pugna para llamar nuestra atención y ocupar nuestro tiempo. Hay tanta que ya nada nos afecta. Pero el día sólo tiene 24 horas. Es necesario desconectarse para que las cosas nos puedan volver a importar otra vez”. Periódicos sin noticias, literalmente en blanco, para hacernos pensar… ¿Cómo crees tú que deben ser los periódicos, Bastenier? Tómate un ron a mi salud y chívamelo ahora que ya nunca volverás a pisar una redacción.

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Abril 20, 2017 0

Nombres

Por Javier en General

Sarah Slobin es editora de Cosas —Things Editor— en Quartz, un medio nativo digital estadounidense. Después de ‘fusionista’, que encontré en Dubai, es el nombre más bonito que he escuchado nunca para alguien en una redacción. Mi abuela adora la palabra ‘cosas’, ya lo he mencionado alguna vez. Suele mascullarla cuando no tiene ganas de dar muchas explicaciones. “Por cosas”, responde en esas ocasiones, y dice todo sin decir nada. Una vez, por cierto, inventé otro cargo: editor de balcones. Lo propuse dos veces sin éxito, acaso por falta de solera periodística. No cayeron en la cuenta quienes rechazaron mi propuesta de que tal editoría iba a suponer la propiedad de una quinta parte del diario. Y no una quinta parte cualquiera ni recluida en un rincón sino transversal, expansiva, ¡poderosísima! Quizá con nombres como el de Slobin podemos intuir un camino de regeneración del oficio, pienso. Me lo voy a apuntar.

Nombrar. Nombrar es algo asombroso. Lo que no se nombra no existe o presenta dificultades para su comprensión. Escucho decir esto al aita Barandiaran en la cueva de Sare. No hace el etnólogo sino evocar el Antiguo Testamento y al Dios de Moisés, que habla a través de la zarza: “Soy el que soy”. ¡Y se queda tan ancho Yahvé! Nos deja con un palmo de narices. Todavía hoy seguimos dándole vueltas a qué pudo haber querido decir. O a cuál es su verdadera ocupación.

Si Rafael Molina Morillo hubiese nacido en Europa, sería aristócrata húngaro y habitaría en algunos libros centroeuropeos y de entreguerras de mucho relumbrón: Zweig, Bernhard, Jelinek. Pero nació criollo y tuvo que contentarse con escribir las mejores columnas de la prensa dominicana reciente. Molina Morillo nunca fue editor de Cosas ni fusionista sino un vulgar director de periódico. Uno de los mejores que he conocido. Fundó y dirigió la revista Ahora, que el golpe de 1965 tumbó, y en lugar de arrugarse lanzó en 1966 El Nacional, el primer e icónico vespertino del país. En los turbulentos años del postrujillismo, fue un firme defensor de la democracia y de las libertades públicas. Lo encontré más tarde, ya dirigiendo Listín Diario. A mi inexperiencia como consultor y a mi ansiedad volcánica respondió siempre con tacto y más de una lección. Siempre me fijé en cómo acomodaba prudentemente la mandíbula antes de hablar, como si temiera decir lo que no quería decir y así pudiera controlarlo. De una pieza y humor afinado, acaba de fallecer a los 87 años. Al pie del cañón: siendo director de otro periódico y llamando a las cosas por su nombre.

Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, tampoco duda en nombrar la muerte. Es del 66, como yo, de cuando Molina Morillo fundaba El Nacional; es decir, tiene 50 años justos, o 50 palos, como él prefiere decir. 50 palos y un cáncer como una catedral que no duda en mirar de frente. Su música, las versiones de siempre y ese estremecedor ‘Humo’, suena serena, despojada de artificio. Sin cosas. O con todas las cosas. Hay cuerdas, a veces un piano. Un canto desnudo a la vida. El otro día me hizo llorar mientras conducía a casa. ¿Qué tienes, muerte?

¿Qué tienes, Europa?, añadiría en el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, cuando la Unión Europea vive sus horas más bajas. El pesimismo europeo me enerva. Viene a mi memoria un librito de 2005 titulado ‘Por qué Europa liderará el siglo XXI’, del británico Mark Leonard. Dice así: “Aquellos que creen que Europa es débil e inútil se equivocan. Europa parece muerta sólo porque se la observa a través de los ojos de Estados Unidos, unas miras estrechas y superficiales (…). La fuerza de Europa es amplia y profunda, y difunde sus valores desde Albania a Zambia. En vez de posicionarse contra otros países, los acerca a su órbita de forma que, una vez reciben la influencia de sus leyes y costumbres, ya no vuelven a ser los de antes. Una vez absorbidos por su esfera de influencia, los países cambian para siempre”. Y añade: “Dado que las noticias las cuentan los periodistas y no los historiadores, el poder europeo a menudo se confunde con debilidad. Ha llegado el momento de cuestionar nuestras nociones de poder y debilidad. El problema no es Europa sino nuestra trasnochada idea del poder. El poder de Europa es transformador. Cuando dejamos de mirar el mundo a través de los ojos de Estados Unidos, podemos comprobar que cada elemento de la ‘debilidad’ europea es en realidad una faceta de su extraordinario poder transformador”. La debilidad del poder y el poder de la debilidad: Europa, qué nombre tan admirable.

En fin, andamos estos días en el estudio entre nombres, a la caza de varios logos con sus denominaciones, o mejor al revés. Buscando marcas para empresas y administraciones públicas. ¡Qué tarea tan difícil! Deberían ajustarse como un guante: pronunciarlos y reconocer de inmediato en las propuestas a esas empresas o administraciones. Pero casi siempre resultan nombres tópicos. O suenan exagerados, o demasiado gastados, o pegados a la moda. O aparece como quien no quiere la cosa, muy bien dispuesta, la tentación seductora del inglés. O algún complejo innombrable, mira por dónde. O directamente los nombres no van con la cosa, y son una solemne y enrevesada estupidez. Y venga a darle vueltas y más vueltas…

Eso tienen los nombres: no son una fruslería sino algo muy importante. A fin de cuentas, uno es su nombre y no responde a otro que no sea el suyo. Por eso, hay que combatir la proliferación de marcas. Devolver a los nombres la escueta y misteriosa profundidad de su valor. Conservarlos como tesoros, respetarlos. “Mi poesía está aquí, como nació, sin ningún ropaje de retórica, descalza, desnuda, rebelde, sin disfraz. Mi poesía recuerda y se parece a mí”, escribe Gloria Fuertes en el prólogo de ‘Isla ignorada’, su primer poemario. En el colegio mi apellido daba para todo tipo de pareados fáciles, pero si yo creara en 2017 una empresa no tendría más remedio que volver a llamarla Errea. Y a mucha honra.

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Abril 4, 2017 0

Inmortales

Por Javier en General

Every NYT front page since 1852 from Josh Begley on Vimeo.

Javier Barriocanal y Octavio Pardo me advierten gentilmente de que sí se ha hecho una infografía sobre la percepción acelerada de la existencia. Se lo agradezco. Entro en la página de Maximilian Kiener, diseñador austriaco, y ahí está Why Time Flies. Hecha con gusto, muy ilustrativa. Pero nada inquietante. Lo que pasa es que a mí, más que la percepción, que sólo es eso, una percepción, y como tal subjetiva, lo que me preocupa es la aceleración real de la vida. Los relojes y el calendario avanzan cada vez más deprisa, eco seguramente de la expansión acelerada del cosmos, aunque esto me lo acabo de inventar.

Convivir una semana entre infografistas y con gráficos de todo tipo no ayuda mucho a estar tranquilos. Mis urgencias ancestrales se han vuelto a acelerar. Alguien muestra de repente el artefacto de Josh Begley, que en 55 segundos ha condensado todas las portadas de The New York Times desde 1852. Desfilan —las portadas— en cámara rápida sobre una cuadrícula de 9×5; las noticias sólo confirman un destino anunciado, inexorable. El vídeo tiene aroma de cine mudo. Sólo faltan carátulas y créditos. La música no la identifico. Es triste y opresiva. Muy a tono con el gran hallazgo de esta vigésimoquinta cumbre mundial de infografía: estamos hartos del big data. De su apariencia científica, que nos enredó y confundió. De sus ínfulas, de sus aires de grandeza, de su afán de superioridad. Se acabó. “Distanciémonos de los datos”, levanta la mano y concluye uno de los asistentes. Llego al final de los Malofiej sin resuello, realmente cansado. ¿Alguien podría detener este vértigo?

Mi padre acaba de cumplir 80 años. Lo dice el periódico y él lo sabe. Nos hemos reunido para celebrarlo. No ha parado de llover en todo el fin de semana. En la gruta de Sara, en el País Vasco francés, la guía cuenta que las estalactitas crecen un centímetro cada cien años. En las paredes calcáreas encontramos incrustados moluscos y otros restos marinos de hace miles de años, cuando el océano cubría la zona. De inmediato, me acuerdo de los mapas de National Geographic y del trabajo portentoso de Fernando G. Baptista. Ajeno a algunas modas y a la estúpida sacralización de lo innovador porque sí, sus gráficos son capaces de atrapar el tiempo. Nos hablan al oído, con voz pausada, de lo verdaderamente importante. Sus tiburones, sus embarcaciones vikingas, la columna de Trajano o el origen de la ciudad de Londres: allí nos reconocemos. La obra de Fernando es de un rigor impecable, pero a la vez es como un cuento, y por eso produce una cálida ilusión de intemporalidad. Toca lo que John Yorke denomina en su libro Into The Woods “la parte perdida de nosotros mismos” (lo citaba el jueves Jon Schwabish). Esa que, por un instante, hace que nos sintamos inmortales.

La pieza de Maximilian Kiener ‘Why Time Flies’ se puede ver en https://www.maximiliankiener.com/digitalprojects/time/

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Marzo 26, 2017 0

El fracaso de la infografía

Por Javier en General

Todavía no he visto un gráfico que explique por qué la velocidad de la vida se incrementa año tras año, o eso me parece. Sería un gráfico sumamente interesante. Aunque no sé si me tranquilizaría o si verlo me generaría más ansiedad.

¿Cómo sería este gráfico?, me pregunto.

Me viene a la cabeza un tipo de visualización con forma de espiral o torbellino, como uno de esos tornados que, a su paso, arrancan de cuajo las cosas y se las tragan, se tragan todo. No habría números, o estarían todos ellos diseminados de cualquier forma, o serían las propias coordenadas del gráfico las que se dislocarían… En fin, un caos de gráfico.

Podría ser también un gráfico de flujo, criatura de mil tentáculos que se retuercen, me atrapan y me asfixian antes de arrojarme a sus fauces. O bien, por qué no, un gráfico de dispersión: un denso estado mental poblado de burbujas lisérgicas que flotan y chocan y rebotan, o que simplemente refulgen titilantes. Burbujas hipnóticas que me adormecen con su melodía reptil: mecido, me dejo llevar. Es probable que no despierte jamás.

Sería, de eso estoy seguro, un gráfico agobiante. Opresivo. Con rasgos psicóticos. De diván. Todo eso sería. No es para menos. La vida no es una simple cronología. Lo voy consultar con Cairo, con Fernando Baptista, con Duenes, con Heumann, con Loscri… A ver qué dice Grimwade. ¿Qué pensará del vértigo el nonagenario Urabayen?

Hace unos años escribí que sólo la infografía salvaría a los periódicos. Creía entonces que la experimentación con nuevas narrativas nos ofrecía inmensas posibilidades de desarrollo. Que el futuro de los diarios pasaba por acabar con la tiranía del texto-foto, texto-foto, texto-foto. Por abrirse a la condición de sobre-sorpresa. Y ahí, sí, la infografía parecía un elixir.

Pues bien, hemos llegado a un punto en que ni siquiera los gráficos parecen tener esos superpoderes. ¡Si hasta Supermán nos ha dejado tirados! Por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario, por muchos congresos y ensayos y libros y gurús que clamen, el periodismo actual es más débil que nunca. La situación de los medios es comatosa. Y es así no porque lo diga yo o porque me guste chapotear en la miseria y recordar los buenos viejos tiempos. No, el problema es que hombres y mujeres de 2017 ya no conceden al periodismo la autoridad que tuvo un día. Hoy, reconozcámoslo, sólo somos una voz más en medio del griterío. Y no la más confiable.

Malofiej, la cumbre y los premios, cumple 25 años. En este tiempo, la cita ha visto cómo nacía, se desarrollaba y consolidaba la infografía moderna hasta convertirse en una vedette. De todo ha pasado en este cuarto de siglo: guerras crueles y siempre injustas, formidables movimientos migratorios con su drama, el final de un mundo bipolar y la vuelta a una suerte de medievo incontrolable, el nuevo terrorismo islamista y también el exhibicionista, los dos muy virales, casquetes polares derritiéndose, seres humanos transmutados ahora con cinco extremidades, el advenimiento de una nueva tiranía tecnológica-telefónica que lo trastoca todo, ¿el final de la conversación?
No sé si la infografía ha revolucionado el periodismo, como solemos convenir. Sí que forma parte indisoluble del paisaje periodístico con todo lo que eso supone. También del no periodístico, es decir, de todo lo demás. Nos hemos zambullido con nuestras cinco extremidades —no soltamos el móvil ni torturados— en las profundidades abisales del ‘big data’. Y ahí al fondo permanecemos, no sabemos si bien o mal, mecidos o zarandeados, en cualquier caso instalados. Ya no respiramos por la nariz sino por la mano, ahora prolongada. Ya no miramos con los ojos sino con el ombligo, selfi de muchos pixeles. Ya no escuchamos con los oídos sino con shazam. Ya no hablamos con la boca ni con su lengua desnuda sino a través de siri, secretaria de lujo. Ya no hacemos el amor acariciándonos sino sólo por whatsapp. ¿A qué sabrá la próxima comida smartphone? ¿Sabrá?

De esta vida nuestra acelerada no se sustraen los Malofiej. No podrían hacerlo aunque quisieran. A sus inicios revolucionarios, pero serenos y un punto ingenuos, se han sucedido después desarrollos extraordinarios y extraordinariamente veloces. Tanto que no ha sido fácil decir no a surfear la ola en primera línea… ¿Ola? ¿Quién dijo ola? ¡Es un tsunami en toda regla! Llegados a este punto, ¿tiene sentido convocar una nueva edición de los Malofiej: enviar y juzgar trabajos, conceder premios, comentarlos, publicar el libro? ¿Por qué seguir reuniéndonos? ¿Para qué y cómo hacer gráficos en el fondo del mar?

Ésa es la cuestión y el objeto de este libro. No tanto celebrar los éxitos, los hallazgos, todo lo bueno que hemos hecho, sino escudriñar con la mayor seriedad posible los retos y opciones que tiene la infografía en los próximos 25 años. Prestigiosos infografistas de medio mundo han aceptado el reto: poner sobre la mesa sus inquietudes, subrayar algunas (pocas) certezas, aventurar caminos. Lo hacen todos desde su indiscutible experiencia. Nuestro agradecimiento por delante a su generosidad y talento.

Entonces, ¿cómo sería el gráfico de nuestra vida, el que contase por qué todo va más y más deprisa? No, no sería una espiral. No debería asfixiarnos ni agobiarnos ni abrumarnos. Debería ser, más bien, un gráfico silencioso. Discreto. Una pieza modesta, ordenadita, de vía única. Que estimule preguntas y suscite diálogos, conversaciones. Entendimientos. Amores. O quizá no ser nada y dejar que la vida siga acelerándose como quiera. Porque la infografía, por muy buena que sea, tampoco va a encontrar su secreto.

Prefacio publicado en ‘Past, Present, Future. 25 Years of Information Graphics. What’s Next?’, libro editado por el Capítulo Español de Society for News Design con motivo del vigesimoquinto aniversario de los Premios Internacionales y de la Cumbre Malofiej de Infografía.

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