Julio 31, 2012 0

¡Viva el IVA!

Por Javier en General

He subido de la playa por última vez, ya de atardecida, y no he podido evitar volver la cabeza, como Edith, la mujer de Lot, desobedeciendo no tanto a Yahvé sino a un firme propósito. Prohibida la melancolía, me había dicho. Sabía que al hacerlo, al mirar atrás, quedaría petrificado de inmediato, pero me ha importado un carajo. Que se cumpla la maldición, mi mejor deseo: convertirme en estatua de sal (marina) y quedar anclado para siempre jamás a la luz blanca de Cádiz y a su mar de plata, allí por donde a veces, a eso de las nueve y media, los muy afortunados ven el rayo verde. Si para ver el rayo verde he de transfundir salmuera en mis venas mientras el resto de la familia abandona apresuradamente el lugar, sea, estoy dispuesto. Me quedo en Cádiz, luminosa Sodoma, esclarecida Gomorra. Bendita curiosidad.

El genio de la lámpara no veraneaba este año (tampoco) en Cádiz, a la vista está. De vuelta al norte, antes he cruzado la península de cabo a rabo. No ha sido un viaje de estudios como el que acaba de hacer Antonio Muñoz Molina sino un afanoso tragar kilómetros alejándome como alma que lleva el diablo de mi tierra prometida. Y, sin embargo, la misma “maciza inundación de fealdad” por los cuatro costados. Siempre ha llamado mi atención. Se pregunta el escritor y académico en Babelia con buen criterio y mi mismo estupor: “¿Por qué hay tanta fealdad en España?” La respuesta viene de la mano de su acompañante, el arquitecto Ignacio Pedrosa, y engarza directamente con este veranito que nos ha dejado temblando: hemos pasado de la escasez extrema a la abundancia extrema sin el sosiego de otras sociedades que supieron encontrar por ese tránsito un equilibrio justo entre lo viejo y lo nuevo, “entre lo que está bien cambiar y lo que merece ser preservado”.

Maldita crisis ésta que nos tiene a todos verdaderamente petrificados como estatuas de hormigón armado en medio de tanta fealdad, dándole vueltas una y otra vez a lo mismo, sin entender ni asumir. Alejados de la brisa de Cádiz. No se libran nuestros queridos diarios: los periódicos se han convertido en estatuas pasmadas, en un peñazo ‘replay’ insufrible de tan predecibles. No se mueven un milímetro, no sé si porque no pueden o porque no saben o porque no les interesa…

Julio se despide con un subidón del IVA. El 21% se aplicará en breve lo mismo a compresas que a gafas y lentillas. Todavía no entiendo cómo mujeres y miopes no nos hemos echado aún a la calle. El mundo de la cultura se revuelve y amaga, a mi juicio con y sin razón. En cualquier caso, están en su derecho. En fin, a mí lo que me deja perplejo es lo de los diarios: como el pan, seguirán sujetos al IVA superreducido del 4%. Naturalmente, no han dicho ni palabra. Ni ellos ni nadie. Con el corazón en la mano, no creo que conservar el marchamo de producto de primera necesidad y, por tanto, disfrutar de una situación de privilegio sea una buena noticia para los periódicos, ni siquiera en tiempos tan difíciles. Empezando porque dificulta la autocrítica: nos tienen agarrados de ahí, sí. Lo honroso —y lo justo— sería pedir para los diarios el IVA del 21%. Con un par.

¡Ay si los diarios mirasen un poco hacia atrás también! Con un IVA del 21% y la sana curiosidad de Edith, estoy convencido de que se llenarían de conversaciones ‘bárbaras’ como la que mantuvieron hace unos días Daniel Verdú y Michael Robinson, con foto de Gorka Lejarcegi, y de historias increíbles como la del niño de la guerra Isidoro Pérez, bronce en natación en los Juegos de Londres de 1948, o la de Carlos Ballvé, que después de los Juegos de 2012 dejará el hockey hierba de alta competición para meterse a seminarista.

Sí, ya estamos aquí otra vez. No íbamos a cambiar por una docena de mojitos…

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