Julio 1, 2015 1

Albarracín (y 2)

Por Javier en General


 
Albarracín es un pueblo encaramado. Se pega todo el día haciendo equilibrios para no precipitarse sobre el Guadalaviar. Albarracín es demasiado bonito: parece un decorado de Port Aventura, no te lo acabas de creer. Y además tiene las puertas cerradas a cal y canto y no hay nadie en el interior. En los alrededores de Albarracín parten cinco ríos. Cada uno toma una dirección: el mencionado Guadalaviar, el Tajo, el Júcar, el Cabriel y el Jiloca. Qué raro, tanta agua. Albarracín es un nacedero que se pinta de color teja, que aquí se llama rodeno. Creo que ahora entiendo por qué pasan cosas en Albarracín o cerca de Albarracín.


 
Al otro lado lado de la sierra, el Tajo, por ejemplo, toma el camino del oeste. El fin de semana pasado, antes de Halvarracín (ver entrada anterior), anduvimos de ese lado, fotográficamente. En Casa Zavala, sede de la Fundación Antonio Saura y sede también de PhotoEspaña en Cuenca, descubrí a Osvaldo Salas, uno de los grandes fotógrafos de la revolución cubana, sorprendentemente desconocido para el público (y para mí hasta ese momento). Salas se inició en la fotografía por accidente. Conoció, también por accidente, a Fidel Castro en 1955 cuando el comandante cubano viajó a Nueva York a recaudar fondos para el Movimiento 26 de julio. Fue responsable del departamento de Fotografía del diario ‘Revolución’ y fotorreportero en ‘Granma’. Falleció en 1992. De él dijo Korda, integrante del mismo grupo: “Puede que yo tomara la imagen más famosa del Che, pero la tuya es la más bella’. Una aparición.


 
Otra: en Huete, aguas abajo, donde acaba de inaugurarse el Museo Nacional de Fotografía por iniciativa de la Fundación Antonio Pérez, que ha restaurado para la ocasión un soberbio convento renacentista. Hasta Huete nos descolgamos sin otra cosa que hacer, albarracinadamente. Francesc Català-Roca y sus ‘Obras maestras’ protagonizan la primera muestra del centro, dentro del programa de PhotoEspaña. Mientras en Cuba Fidel y los barbudos se deshacen de Fulgencio Batista y Salas y sus colegas se apresuran a capturar el momento, en la España plomiza de los cincuenta Català-Roca, tarraconense de Valls, hace lo propio: “Me di cuenta de que estaba siendo testigo de cosas que desaparecerían rápidamente, lo presentía; al cabo de cinco años ya no habría podido hacer esas fotografías”. El mundo de ayer, el de entonces, cuando aún se vendían muuuuuuuchos periódicos y las personas sabían esperar. Català-Roca está considerado con razón el Cartier-Bresson español. Ha dejado 180.000 instantáneas y 17.000 hojas de contacto.


 
Dejamos Cuenca y Huete con la certeza de habernos reconocido en blanco y negro. Después, cruzamos la sierra y nos vinimos de este lado, para Albarracín, donde nos hemos vuelto a reconocer intensamente los últimos y abrasadores días. Se celebraba IX Curso Internacional de Ilustración y Diseño Gráfico, organizado por la Fundación Santa María y dirigido por Isidro Ferrer y Carlos Grassa Toro. Que esta vez lo titularon ‘El ruido, el silencio y todo lo demás’. En el pueblo encaramado, personas de talla y hondura (Aitana Carrasco, Pablo Juncadella, Eduardo del Fraile, Pablo Auladell, Camilla Engman) han jugado a funambulistas. Fuera de contexto, puede que estas frases suenen a perogrullo o incluso parezcan pedantes, pero me da lo mismo porque han hecho silencio en mi ruido:

“Los pelirrojos somos ruido porque somos de color naranja”.
“Colecciono cosas para salvarlas de la muerte”.
“El ruido es la memoria y el silencio el olvido”.
“La amistad es el motor de la creatividad”.
“Todo consiste en encontrar el regalo escondido”.
“Quería dibujar para no estar en el mundo”.
“Internet te hace creer que importas a alguien”.
“Se ha perdido la fuerza y la nobleza del grito: todo es alarido”.
“Lo exótico es una falacia”.
“A todo ilustrador le llega su albarracín”.
“El título es siempre lo primero”.

Por eso, porque es lo primero, el título de esta entrada es encaramadamente Albarracín.
¿Qué pasa?

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One Response a “Albarracín (y 2)”

  1. Álvaro says:

    Y yo que pensaba que en el silencio encontrabas la memoria

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