Agosto 17, 2013 0

Bezos y dulzura

Por Javier en General

Salta es conocida en España por un tal Bárcenas. Lástima. Aquí, en Salta, se lo toman a guasa. Con la retranca propia del que vive en la periferia y está acostumbrado a todo tipo de prodigios.

Salta se ubica en el corredor de entrada a Argentina por el norte. Por Salta entraron los españoles que, procedentes de Lima y otras ciudades del altiplano, acabarían en el río de la Plata. En esta provincia hay vestigios españoles como en pocos otros lugares de este país gigantesco y fabuloso. Y en su Museo Arqueológico reposan los Niños de Llullaillaco, cuya historia es uno de esos prodigios. Yo no la conocía. Muy resumidamente: en marzo de 1999 una expedición arqueológica descubrió a 6.740 metros, congelados e intactos, los cuerpos de tres niños incaicos (el Niño, la Niña y la Doncella) sacrificados cinco siglos años atrás. La historia fue portada de National Geographic. Un reportero de El Tribuno, el principal diario de la zona y el quinto de los regionales argentinos, fue alertado y salió disparado para la cordillera. Según detalla el reportero, el grado de conservación de los niños era tal que, por ejemplo, sus vasos sanguíneos contenían aún sangre; su vejiga, orina; sus cabellos, piojos… Como si hubieran fallecido apenas unas horas antes. Asombroso.

¡Qué historia! Los Niños de Llullaillaco mueren y su fulgor se deja ver cinco siglos después. Como una estrella fugaz. No querían desaparecer del todo. Es curioso: justo acabo de cerrar ‘Las lágrimas de San Lorenzo’, la última novela de Julio Llamazares, que habla de fulgores y estrellas fugaces, y de ese momento indetectable y trágico —pavoroso, diría yo— en el que, sin previo aviso, hacia los 12 o 13 años, aparece el tiempo.

Me hace gracia haber venido a parar a Salta, que es como Pamplona pero en Argentina: tan al norte, tan fronteriza, tan austera y orgullosa, tan poco expresiva de entrada. A 1.200 metros de altura, en pleno invierno, el frío se me ha metido en los huesos y no consigo sacármelo. Cosas de estar aún en modo verano. Hemos viajado hasta aquí, digo, y nos hemos topado una vez más con la vida, que regurgita en cada esquina, que puja por salir, que estalla y no quiere desaparecer nunca, ni siquiera adormecida a 6.740 metros hace quinientos años. ¡Qué me importa a mí que Jeff Bezos haya comprado el Post! No me interesa nada. Sólo es un multimillonario que adquiere un gran diario con la calderilla de su bolsillo. La expectación que ha despertado esta compra me parece fuera de lugar. Melancolía aparte, Bezos no tiene la piedra filosofal de la industria periodística ni nada que se lo parezca. Hagan apuestas. ¡Qué más quisiera él! En cualquier caso, el asunto me produce un chute de autoestima: algo tendrá el Post y no sólo deudas para que uno de los estandartes de la nueva economía se haya ido de compras al anticuario, como dicen los gurús de pacotilla.

Me cansan estos gurús. Me agotan. Ellos siguen a lo suyo. Ventajistas, predecibles. Aburridos si no fueran embusteros. Escribiendo obviedades a posteriori e insistiendo en la gran mentira de la integración, las redacciones multimedia y unas presuntas turbinas que no servirían ni para hacer volar una cometa. Qué coincidencia: Llullaillaco es una palabra compuesta que según el diccionario quéchua de Gonzalez Holguín (1608) procede de los términos “yaku”, que significa “agua”, y “llulla”, que significa… “¡mentira!” Una montaña mentirosa —le dicen— porque no tiene ni la vertiente ni el reservorio de agua que se podría esperar de ella.

En fin. En el mes del tal Bezos yo me quedo con la Semana de la Dulzura, otro de esos prodigios que, como las lágrimas de San Lorenzo, uno encuentra a veces en redacciones del ancho mundo un mes después de que tuviera lugar. Esta vez en Salta.

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