Agosto 7, 2012 0

Comarazamy

Por Javier en General

Nunca había caído en la cuenta de la densidad de vida que acumula un museo. Hasta ayer, sí, lo reconozco. Fue en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Y no, no me estoy tirando el moco; no es ésta una excusa para decir que ando por Buenos Aires y tal y cual. Por favor.

Verdaderamente, los museos sobrecogen. Al fondo del silencio, un poco más allá de los bisbiseos, se escuchan miles de voces, afanes, historias, siglos… todos entrelazados como por ensalmo. Un museo es una máquina del tiempo prodigiosa. Suena y huele.

Basta una sala, una sola. La de los Santamarina, por ejemplo, cuya donación de impresionistas al Museo de Bellas Artes es espléndida. Allí resplandece la Argentina rica de principios del siglo XX, cuando el matrimonio hizo fortuna. Y bulle el muelle principal del Río de la Plata. Y llueve en un bistrot de París, donde las tristes cabareteras de Pigalle. Y deslumbran Tahití y sus pobladores. Y atemoriza la España negra. Y corre la sangre al norte, por la guerra del Paraguay. Y regresan al atardecer los pescadores de Levante…

Más o menos entonces, cuando Argentina era una meca, nació Francisco Comarazamy en San Pedro de Macorís, República Dominicana. Germán Larrañaga me avisa de su muerte hoy. Tenía 104 años. Lo traté en 1996, cuando él era un ‘jovenzuelo’ de 88 en la dirección de Listín Diario, el diario líder de su país, y yo un navarrico con boina de apenas 29 en un lugar extraño y tratando de reencauzar mi vida profesional.

Don Francisco era él mismo un museo. Se inició como periodista en 1936 y hasta cruzar el umbral de los cien cumplió puntualmente con su columna ‘Libros dominicanos’. Coleccionó todos los reconocimientos periodísticos de su país. Pero, sobre todo, el respeto. Fue un tipo discreto, recto, exquisito. Alejado de focos estériles. No maquinaba, que yo sepa, y eso era de agredecer. Claramente, un hombre de otro tiempo.

Desaparece Comarazamy, como desapareció FPO, otro museo, que escribía a punta seca sobre libros navarros. Vamos desapareciendo todos. Me encantaría que esa densidad de vida de los museos se trasladara a los diarios.

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