Agosto 4, 2016 0

Con un par

Por Javier en General

Las etiquetas de vino tienen una función que les es consustancial: identificar una botella y su caldo como vino. Y no como un vino cualquiera sino como uno en particular, diferente al resto. Han de ‘hablar’ de él. Informan. La creatividad aplicada a esas etiquetas puede, debe ser generosa. Hay margen suficiente siempre y cuando no se deje de ‘hablar’ del vino que viene dentro y se lleve el foco a otra cosa. Esto, claro, sirve para el vino o para cualquier otro producto o servicio de cualquier sector.

Lo que acabo de escribir sería una perogrullada si no fuera porque el exhibicionismo perpetuo en el que vivimos tiende a opacarlo todo, o eso pensamos. Y así, al toque de corneta, la creatividad se desboca y desenfoca, las cosas se retuercen. Hay que llamar la atención a como dé lugar. El ridículo ha alcanzado también al vino, que ya no sabe qué hacer para recuperar ventas. Los bebedores de antaño se mueren, los de hoy son más bien cerveceros. Proliferan etiquetas sonrojantes como la que nos encontrábamos Laura y yo esta mañana. Etiquetas que, en realidad, han dejado ya de ser propiamente etiquetas; son al vino lo que la telebasura a la televisión o la dichosa viralidad a los medios.

No sé por qué esta historia me suena…

Sí, una etiqueta de vino ha de parecerse a una etiqueta de vino. Y, de la misma forma, un periódico ha de parecerse a un periódico: oler a un periódico, organizarse como un periódico, vibrar como un periódico, sentirse como un periódico. Informar como un periódico.

Sin embargo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, odo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, todo, infinitamente, absolutamente todo se hace por y para Google.

Hemos retorcido a los periódicos para servir a Google. Para llamar la atención de Google. Tanto, que ya no parecen un periódico. Como las etiquetas de vino que ya no se parecen a etiquetas de vino. En las reuniones no se habla de periodismo sino de algoritmos, y los algoritmos son exactamente lo contrario del periodismo. Google ha matado a los periódicos, los periódicos se han suicidado con Google. Con un par.

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