Abril 25, 2013 1

Cuando nunca perdíamos

Por Javier en General

Un periódico sirve también para no querer abrirlo, para alejarse de él, para salir pitando y huir como alma que lleva el diablo, al fin del mundo si es posible, para esconderse y no regresar en una buena temporada. Sí, también para eso sirve un periódico.

Y, si aún tienes ánimo, que lo dudo, un periódico sirve para entender verdaderamente el significado de aplastar y machacar: para sentirse aplastado, machacado por la infinita tristeza de Ramón Besa. Ni el propio Besa, siempre científico, pudo ocultarla.

Un periódico sirve, a pesar de todo, aplastado y machacado, para volver a pisar el suelo. Y para levantarse. Para entender la vida y sus rachas. Para aceptar que todo acaba siempre cayendo con estrépito. Que cada día tiene su afán.

Aunque un periódico sirve al día siguiente para rescatar una columna de Ezequiel Fernández Moores. ‘Cuando nunca perdíamos’ se publicó el 7 de marzo en las páginas deportivas del diario La Nación de Buenos Aires, justo después de quedar el Barça eliminado en la Copa (1-3 contra el Madrid) y de perder contra el Milan (2-0) en el partido de ida de los octavos de final de la Champions. Vale la pena leerla ahora que perdemos. Antes de que estallen los enojos, que estallarán. Antes de que todo se estropee. Para seguir siendo felices por lo vivido, ¡tanto!, y por lo por vivir, comoquiera que venga. Para saludar generosamente al nuevo campeón, sea quien sea. Para agradecer infinitamente a todos los que participaron en este sueño.

Ya lo sé: es sólo es fútbol. Me lo he repetido hoy —al día siguiente— ciento cincuenta mil veces. Y a mi hijo Carlos, merengón aplastado y machacado el pobre, por lo menos otras tantas también hoy, al día siguiente…

‘Cuando nunca perdíamos’ decía así:

El 28 de abril de 2009 Pep Guardiola entendió que había llegado el momento del gran cambio. Chelsea, ultradefensivo, anuló con una marca escalonada a Lionel Messi y rescató un valioso empate sin goles en el Camp Nou, por las semifinales de ida de la Liga de Campeones. Cuatro días después, el 2 de mayo, en el Bernabéu, Messi fue sacado de la banda derecha y debutó como falso 9. Fue tan falso que, en rigor, Messi inició el partido en su posición entonces habitual de extremo derecho, frente a Marcelo. A los ocho minutos intercambió posiciones con Samuel Eto’o y se fue al centro del ataque. Al término del primer tiempo, cuando la defensa de Real Madrid se dio cuenta de la maniobra, Barcelona ya ganaba 3-1. Terminó en paliza: 6-2. Y Messi, que ese día anotó sus primeros dos goles en el Bernabéu, no volvería a abandonar más ese puesto. Hizo cada vez más goles, hasta los 91 de 2012 —selección argentina incluida—, cifra récord en la historia del fútbol mundial. Messi sigue haciendo goles. Pero ya no alcanzan, y Barcelona está hoy en una crisis que parecía impensada unas semanas atrás. ¿Será necesario reinventarse otra vez para que Barcelona sorprenda el próximo martes a Milan y revierta el 0-2 de San Siro? ¿Aceptaría Leo dejar la posición que lo convirtió en goleador histórico a cambio de beneficiar al equipo?

“Aquella sorpresa de Guardiola de colocar a Messi en el centro del ataque ha llegado, tal vez, a su final”. Ramiro Martín, periodista argentino radicado hace más de una década en Barcelona, sabe de qué habla. Su libro, ‘Messi, un genio en la escuela del fútbol’, que aparecerá dentro de diez días en Barcelona, intenta explicarnos en qué influyó el club catalán y su escuela de La Masía para que Leo sea considerado hoy uno de los mejores futbolistas de la historia. Martín, que habló con todos los entrenadores que tuvo Leo en el Barça y sigue al equipo desde hace años, escribió su libro cuando Messi y Barcelona estaban ambos en una carrera que parecía imparable. No se imaginaba que, algunos meses después, con el libro a punto de salir a la calle, el tándem Messi-Barcelona precise de una remontada épica el martes que viene para avisarnos que, ni uno ni otro, están dispuestos a resignar fácilmente sus respectivos reinados en el fútbol mundial. Claro, no está Guardiola, el director técnico obsesivo que obligaba a jugar cada partido como si fuera una final y que extremaba su audacia táctica en los duelos culminantes. Ni siquiera está Tito Vilanova, su sucesor, recuperándose de un cáncer en Nueva York y reemplazado por Jordi Roura, el hombre que unos meses atrás analizaba a los rivales. De Nueva York o Barcelona, ¿habrá decisión, capacidad y autoridad para ordenar alguna sorpresa que conmueva a un equipo que parece haberse quedado inesperadamente paralizado? ¿Aceptaría Messi, de ser necesario, ceder su reinado del centro del ataque? “Piensa qué le conviene a Barcelona y no te equivocarás”. La frase que un dirigente expresó una vez a Guardiola la leí en otro libro hermoso sobre Barcelona de título inevitablemente irónico y profético: ‘Cuando nunca perdíamos’.

El relato sobre cómo convenció Guardiola a Leo para que jugara de falso 9 es acaso uno de los momentos más fascinantes del libro de Martín. Desde sus inicios como titular, Messi esperó su tiempo para salir de la banda derecha. Creía tal vez que, llegada la hora, pasaría a jugar de media punta, como solía hacerlo en La Masía. Vilanova, entonces asistente de Guardiola y que había sido director técnico de Messi en el Cadete B, le insistió a Pep sobre el notable poder de gol de Leo. La decisión, entonces, fue que Messi jugara más cerca del arco, con licencia para retrasarse. Falso 9. O 9 mentiroso. Algo parecido intentaron en su momento primero Rivaldo y luego Ronaldinho Gaucho. Fracasaron. Ninguno de ellos había tenido el aprendizaje de los movimientos colectivos de La Masía. Leo sí. Xavi también. “Leo —le dijo un día Xavi a Messi—, si te enfrentan cuatro rivales, pásala atrás, que siempre habrá alguien en la ayuda. Si tienes uno o dos y quieres ir, ve, pero con cuatro por delante tócala, que aquí estamos”. Messi, dice Martín, era para Guardiola el nuevo gran símbolo. El director técnico se encontró ante un plantel demasiado relajado. Si Ronaldinho y su sonrisa eterna componían una figura lúdica y playera, Messi, en cambio, venía del potrero, “donde el fútbol —afirma Martín— no ríe”. Se juega a ganar. Y ese Barça ganó todo.

Para convencer a Messi de que pasara a jugar cerca del arco y no morir entre dos grandotes, Guardiola se planteó el gran desafío que, además, fue la pregunta inicial que motivó a Martín a escribir su libro: “¿Cómo enseñarle a un genio?” Pep no dio órdenes, sí sugerencias. “Fueron diversas charlas. Algunas en el despacho del entrenador, en el primer piso de la moderna estructura de la ciudad deportiva del club. Allí le mostró Pep resúmenes de partidos que le ayudaron a mostrar a Leo detalles, matices, pequeños secretos de la demarcación de cómo se movería el equipo a partir de su juego en el centro del ataque. Le mostró posibilidades y le garantizó que, si el equipo y él lo hacían bien, llegarían más goles. Ex jugador, Guardiola tenía claro que nada se conseguía por imposición”. Y le recordaba a Messi aquel golazo que había anotado al Getafe, parecido al de Diego Maradona contra Inglaterra de México 86. No se lo recordaba para felicitarlo, sino para decirle que no quería que se sintiera obligado a que debía hacer una jugada así en cada partido. “También en el fútbol acaso lo importante no sea la libertad en sí, sino saber qué hacer con ella”. Lo escribe Martín. Su libro carece de golpes bajos, chimentos y polémicas. Respira fútbol de principio a fin.

Todo ciclo, es obvio, tiene un final. ¿Cómo no relajar después de haberlo ganado todo? ¿Y cómo no entender un posible agotamiento cuando además se elige ganar no de cualquier modo? Tomar la iniciativa, adueñarse de la pelota las dos terceras partes del partido y hacerlo con jugadores formados en casa es un proceso algo más interesante que apelar al contragolpe. Barcelona no cambiará. Su estilo es toque y posesión. Y no se trata sólo de tradición o amor al espectáculo. “Jugamos así —dijo una vez Vilanova— porque creemos que es el camino más corto hacia la victoria”. “Los grandes inventores en el fútbol —escribió Mario Sconcerti en el Corriere della Sera— mueren siendo fieles a su invención”. Milan lo sabe. “El fútbol italiano —dice Sconcerti— es fiel a su vez a su modelo pobre, universal, atemporal”. Milan esperará el martes próximo el error cada vez más probable del Barcelona actual. Tal como están las cosas, es más que posible entonces que asistamos a un fin de ciclo. Fuerte en el juego y el placer, este Barcelona se ha desnudado frágil en el combate, lejos de una de las primeras máximas de Guardiola al plantel: “Perdono que no se acierte en el campo, pero no que no se esfuercen porque el club está por encima de todo. El talento depende de la inspiración, pero el esfuerzo depende de cada uno”.

“Siempre existirá otra estética de la victoria que volverá a dominar.” Lo dijo hace unos días el periodista italiano Michele Dalai, autor de otro libro flamante y de título inequívoco: ‘Contra el Tiqui-Taca’. “¿Sabés qué es lo mejor de todo?”, me dice Martín. “Que el Barça es invencible porque gane o pierda la escuela [de La Masía] sigue funcionando, paciente, ajena a los vaivenes de los profesionales. Hay cosas que los rivales del Barça nunca van a conquistar, ni siquiera cuando le ganan al propio Barça”.

http://www.periodistasanonimos.com/2013/03/cuando-nunca-perdiamos-por-ezequiel.html

PD. Me gustaría que un periódico sirviera siempre, incluso cuando no sirve. Como hoy.

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One Response a “Cuando nunca perdíamos”

  1. miguel says:

    De repente me pregunto. ¿Por qué no soy del Madrid? Le doy vueltas, lo voy rumiando y no acabo de entender porque no lo soy. De pie en la linea 4 de la villavesa, me asalta la pregunta, la duda, la ingenua duda, del por qué sufrir con un equipo que no gana más que alguna copa que otra de pascuas a ramos. En una radio apenas inaudible por el gentío y el embravecido ruido propio de un autobús urbano de una ciudad de provincias de los años 80, escucho anodadado las increíbles proezas de un equipo blanco que luchaba por la liga contra ya no se cual de los equpos vascos que triunfaron a principios de la década.

    No tenía razón alguna para la animadversion y sin embargo no podía sumarme a la prosa heroica del alegre locutor. Dudé, encontré que no perdía con el cambio, que tampoco tenía odio , ni rencor ni tan siquiera molestia ninguna con el imperio merengue que ahora conocemos. Sin embargo del tramo del cruce monasterio de irache con pio XII a la clínica universitaria que era mi destino ineludible de todos los dias la duda se difuminó, desapareció. Me sentí que cometería una traición, que aquello no estaba mal, pero lo mío era otro sentimiento.

    No lo pude disfrutar hasta muchos años despúes, ya en la década de los 90 con el “flaco”.

    De todo lo que vino después, qué decir. Gracias.

    Sólo gracias.

    Los palos están ya al punto de caer, las armas están cargadas y el aroma de fin de ciclo es insoportable, tristemente y dolorosamente insoportable.

    Vendrán otros tiempos, pero sólo se me ocurre darles las gracias por los tan grandes momentos que nos han dado.

    Estos eran otros tiempos, los tiempos en que casi siempre perdíamos , los del “aquest any si” y ya en navidades andábamos fichando al mejor entrenador y jugador del momento para poder contener a las masas y pasar otro año a la sopa boba viendo como el vecindario disfrutaba a lo loco.

    El martes esta gente SEGURO que me quita la razón y me como el fin de ciclo. OJALAAAAAAAAAAA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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