Mayo 12, 2017 0

Despacito

Por Javier en General

Por motivos que no vienen al caso, hojeo en el tren Delayed Gratification, una interesante y pulcramente editada revista trimestral británica que propugna el denominado slow journalism. Sus editores reivindican el valor de lo significativo frente al valor dominante de la urgencia, y de alguna manera se atribuyen esa virtud diferencial. Un poco pretenciosamente, a mi juicio. Porque una cosa es exponer tus intenciones y otra ser capaz de llevarlas a la práctica y hasta de alcanzarlas. Pero no es momento para la crítica: me encanta comprobar que las páginas de la revista no tienen número y que la publicación circula tres meses más tarde de la fecha que figura en su portada. Es como si realmente Delayed Gratification fluyera sin agobios ni presiones, tranquilamente. Ajena. O como cuando yo leo el diario de ayer, que siempre es más interesante y dice más que el de hoy, al menos con otra perspectiva. Además, ¿para qué sirve que las páginas de una revista o de un diario tengan número? ¿Para qué sirve enterarse el primero?

He dejado pasar no tres meses sino unos días tras conocerse la muerte de Ueli Steck en el campo 2 del Everest. Demorado y todo, aún no sé qué decir. Steck es el suizo de 40 años que en mayo de 2008 se jugó la vida para llegar hasta donde estaba Iñaki Ochoa de Olza, en una tienda a 7.800 metros de altura, y no dejarle morir solo. El que se cambió de botas con Bolotov y subió como un cohete, el que consiguió que por fin bajara Horia Colibasanu. El mejor alpinista del momento. Me entero del fatal accidente leyendo a Óscar Gogorza. Vuelvo a ver los veinte minutos del ‘Informe Robinson’ de 2010 que rememora el intento de rescate de Iñaki en el Annapurna y de un tirón también el documental Pura vida. ¿Qué quiero decir? ¿Por qué quiero decir algo?

Carlos tenía examen de Lengua al día siguiente de morir Steck. El examen será —me explicó— un comentario de texto. Casi seguro, un comentario de un texto periodístico. Yo busco un texto, te lo envío y tú haces el comentario, como si fuera el examen, y luego te corrijo, le propuse. Le pareció bien. Me metí en internet, apareció el texto de Gogorza. Por un momento, pensé en copiarlo y pegarlo para enviárselo a Carlos, pero finalmente decidí no hacerlo. Copié en su lugar uno planito de agencia. El chaval se iba a confundir. ¿Qué tipo de texto es?, me hubiera preguntado. ¿Información, crónica, columna…? Con razón. Lo que escriben quienes escriben como los ángeles es siempre una mixtura que jamás encontrará acomodo en las definiciones de un libro de texto. Pero Steck es un ángel de la guarda también para Carlos, que en el examen identificó como columna lo que era una columna y aprobó la asignatura.

Sin embargo, ahora, sin urgencias, me arrepiento. En el fondo, hubiese sido mejor que Carlos leyera a Gogorza, las complejidades de su texto asombroso, y que himalayamente hubiese conocido quién era ese suizo que volaba en las montañas, cómo vivió, desde dónde. Para aprobar Lengua, como para leer un periódico o escribir en este blog, como para ir al cine y no plegarse a la dictadura de Netflix (gracias, Cannes), siempre hay tiempo.

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