Junio 19, 2012 1

El claustro

Por Javier en General

Llega El Huffington Post a España con ruido de bombo y platillos (sí, le ponen el castizo ‘El’ delante, no queda muy digital que digamos). Posan en la foto, hinchados de orgullo: Montserrat Domínguez, su responsable periodística; Ariadna Huffington, el alma gringa original; y Juan Luis Cebrián, acaso el muñidor de la operación, director fundacional de El País, al que le debe todo, el mismo que va predicando por ahí que el papel se acaba. Una imagen decadente.

España está —dicen— al borde de la quiebra. Ojo, pero sus medios no están menos quebrados. Esos medios que informan de los excesos y hasta se permiten pontificar con acento grave son los mismos que participaron activamente del festín, los mismos que pusieron en riesgo su futuro metiéndose en harinas de otro costal… Los mismos que callaron entonces. No es casual todo lo que está pasando.

Jordi Évole afirma al término de su exitosa primera temporada con ‘Salvados’: “El periodismo tiene que ser incómodo”. ¿Por qué no lo es?, me pregunto yo. ¿Por qué es tan ciego y cortoplacista? David Remnick, director de esa joya que es The New Yorker, remacha: “Saldrá caro no tener periodismo”. Antiguo corresponsal de The Washington Post en Moscú, autor del imprescindible ‘La tumba de Lenin’ —que le valió un Pulitzer—, Remnick no oculta su pánico ante el riesgo de desaparición de los periódicos locales, de tan enredados que están en la madeja política de sus comunidades. “Quiero que The New Yorker siga siendo rentable porque quiero que su libertad continúe”, proclama. Una obviedad como la copa de un pino, y sin embargo…

Casualmente o no, The New Yorker nunca ha estado en abierto en la red. “Sin una rigurosa cultura de investigación, de explicación, de contar bien las historias, de presionar al poder, de mantener la independencia, no hay periodismo. Y, sí, este tipo de periodismo es muy caro, pero más caro le saldrá a la sociedad no tenerlo”, dice Remnick, que no duda en señalar que The New Yorker es hoy muy barato. Y tanto. No hay dinero en el mundo para pagar el buen periodismo que se necesita. Sin embargo —sorprendente, tristemente— los diarios siguen prescindiendo de sus veteranos, que son la memoria, y se suicidan. Un diario sin referencias es como el Barça sin Xavi: plano, superficial, irrelevante.

Estos días devoro con altísimo interés todo cuanto se publica sobre el ya famoso claustro de Palamós. Es la mejor historia que ha publicado la prensa española en los últimos tiempos. Lo reúne todo: 1) novedad, al revelarse algo desconocido; 2) peripecia extraordinaria, desde que el conjunto aparece como por ensalmo en un solar de Ciudad Lineal, en Madrid, poco antes de la Guerra Civil, hasta que se reencuentra décadas después en Girona; 3) intereses inciertos y hasta nombres famosos de por medio, incluido el mismísimo magnate de la prensa (ya es coincidencia) William Randolph Hearst como posible y truncado destinatario final; y 4) misterio, al no saberse aún a ciencia cierta si el claustro es o no románico, como parece, si procede de Gumiel de Izán, en Burgos, y si es heredero directo de Silos…

La historia del claustro que publica José Ángel Montañés es una historia de libro. Los manuales de las facultades de periodismo deberán recogerla y los chavales empapársela. Fue El País, diario que Cebrián quiere matar y hasta da por muerto, el que tuvo la sensibilidad de publicarla con señorío y alcance en primera página, como sólo El País sabe hacer, y de seguirla después: pelos y señales. Aquí mi agradecimiento a El País y a quienes en su redacción escucharon por primera vez esa historia y quedaron fascinados por ella tanto como yo.

¿Unas piedras en una revista de arquitectura y decoración francesa? Obsesionado por su sillón de la Academia, su influencia latinoamericana, la marcha de las acciones de Prisa, inversiones ruinosas varias, ferias y demás vanidades, estoy seguro de que Cebrián jamás la hubiera llevado a portada. Y El Huffington Post tampoco. Bueno, sí, al día siguiente, leyendo El País.

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One Response a “El claustro”

  1. Paula says:

    Genial escrito.

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