Octubre 15, 2012 2

El jersey de Iriberri

Por Javier en General

Se ha ido a la francesa. Me he enterado tarde. Aunque no me sorprende: es un gesto muy suyo. Me cuentan colegas de Diario de Navarra que ni siquiera quiso que se organizara una cena de despedida ni nada que se le pareciese.

Así es José Miguel de cuenco: buscas en Google, las 24 pantallas, y no encuentras una sola foto. En la de aquí arriba podéis ver su despacho ya vacío (foto tomada del blog de Luis Guinea), el que ocupó al menos desde que mi memoria alcanza… No, no es verdad: antes se sentaba en el de al lado, junto al inolvidable Arako. Tanto da. En los dos andaba rodeado de teletipos y escribía mordiéndose el jersey.

La imagen de José Miguel Iriberri aporreando con dos dedos el teclado mientras muerde el jersey que lleva puesto en busca de inspiración es algo que no se me olvidará mientras viva. Recuerdo la dentera que me produjo la primera vez, cualquier domingo de hace 25 años. Hay cosas que me producen una terrible dentera, y una de ellas —y no menor— es morder tela o lana. Insoportable. En fin, digo yo que Iriberri mordería su jersey, estirándolo desde el hombro, para citar a las musas a su ‘Plaza Consistorial’. ¿Qué otra razón podría haber si no?

José Miguel fue mi primer maestro en un diario. A la altura de 1987, todavía yo en la carrera, los plumillas en prácticas teníamos la suerte de que los jefes nos corregían a fondo. Imprimíamos la galerada en aquel cuartucho de impresoras y teletipos, al fondo de la redacción, que también era lugar de desahogo, por cierto, y nos encomendábamos a San Fermín para que la cosa no saliese del todo mal parada. Un examen cada domingo. Así aprendimos, vaya que sí: a base de repetir y repetir.

Iriberri era de los más puntillosos. No me solía librar. Un día leyó mi crónica sobre el concurso de paellas de la Rochapea y le encantó. No tocó una coma, creo. Me felicitó con esa retranca que se traía cuando andaba contento. Para mí, aquello fue como ganar el Pulitzer. En otra ocasión me mandó a entrevistar a su amigo del alma Rafa Bartolozzi a Vespella de Gaiá, en Tarragona, donde el artista de la plaza de los Txistus era incluso alcalde. Bartolozzi, majísimo, me puso de comer unas habas que detesto y yo regresé conduciendo por la autopista del Ebro más contento que unas pascuas, creyendo ser un importante enviado especial. A lo que iba: me considero hijo de aquella escuela dominical, la de Iriberri, entre costumbrista y deportiva: “Contigo aprendí, bien lo sé, y no hace falta que me lo recuerdes en sesión continua, a ver el otro lado de la luna, que es el del bolero…”

Ahora, José Miguel se ha jubilado. Ha dejado el Diario, su Diario, que llevaba grabado a fuego, y a nosotros, los lectores, con un palmo de narices. Huérfanos. Dos bajas en un año como las de Fernando Pérez Ollo y José Miguel Iriberri son demasiado incluso para un periódico centenario y arraigado. A FPO nos lo arrebató la puñetera muerte; a Iriberri sólo la edad tardía, aunque él, por mucho que lo niegue, sigue siendo el de entonces. ¿Quién cantará ahora los boleros de Pamplona?

Han sido alrededor de 45 años, que se dice pronto. Muchos como para irse a la francesa. Estoy seguro de que no se ha ido como soñó un día, “cuando el futuro sabía a esperanza, y no como ahora, que ya no es lo que era”. En fin, da lo mismo porque la suya siempre fue una fidelidad cuenca al Diario a prueba de bombas. Nunca me perdonó que me fuera del periódico y no se lo contara antes. Claro que el tiempo todo lo cura, y más recientemente —incontables matinales de sábado y frío, yo siguiendo a mi hijo Javier y él a su ahijado Jon— he vuelto a escuchar ese inconfundible “Javier Erreeaaaa” en las instalaciones de la UD Mutilvera. “Nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos…”

Memoria y vida, Iriberri es a Pamplona lo que FPO a Navarra, con permiso de su predilecto doctor Arazuri. Iriberri me enseñó a situar en el mapamundi pamplonés el barrio del Mochuelo, Casa Emeterio y las huertas de Errotazar. Y a recitar el santoral: Maritorena, Paulina la de la Mañueta y Joaquín Pérez Salazar. Prácticamente invisible en Google, como Iriberri (y como Julio Martínez Torres, el anterior director), a FPO nunca le darán ya el Príncipe de Viana de la Cultura, como tampoco recibirán el Nobel Borges o Kafka; supongo que Napardi tendrá más reflejos y concederá en 2013 su Gallico a José Miguel, que además tiene plaza reservada en el callejero de la ciudad, y no sólo una calle melancolía.

Por la ‘Plaza Consistorial’ de Iriberri han sido fijos y crápulas Joaquín Sabina, Alfredo Bryce Echenique y César Oroz. Y los amigos de Oberena, y los de la escalera. Y Tomás Caballero, “que hizo de su vida una fiesta para los demás”. Con tanta musa rondándole día y noche, y él escribiendo como los ángeles, no sé por qué coño seguía erre que erre mordiéndose aún el dichoso jersey. Envidioso, iba a desearle suerte y salud al bueno de José Miguel en su nueva etapa, pero honestamente lo que me más gustaría es que ‘Plaza Consistorial’ volviese cuanto antes a las páginas del Diario para seguir viendo el otro lado de la luna de Pamplona.

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2 Responses a “El jersey de Iriberri”

  1. luisgui says:

    Clap, clap, clap Javier.

  2. Álvaro says:

    Esto es pasión y admiración por tus maestros. Im-presionante.

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