Enero 19, 2014 5

Envidias y envidias

Por Javier en General

Antonio Muñoz Molina distinguía el otro domingo entre la admiración pura y la admiración envidiosa. La admiración pura, según el escritor, es la que despierta aquel que hace algo que está más allá de nuestras capacidades, inaccesible de todo punto: es el deslumbramiento. La admiración envidiosa estalla cuando alguien hace algo que nos gusta mucho y que podríamos haber hecho “razonablemente bien” o igual. Sin tanta digresión, pero con idéntica sabiduría, mi madre siempre nos habló de envidia de la buena y envidia de la mala.

Alegrarse del bien ajeno es una de las cosas más difíciles que existen. Es lo que mide la anchura o angostura del corazón de uno. Yo lucho a brazo partido por ensanchar mi corazón. Nunca me detesto tanto como cuando la admiración envidiosa —la envidia de la mala— se apodera de mí y campa a sus anchas. Es un monstruo de horribles tentáculos, cruel y destructivo, peligrosísimo. A Cristiano Ronaldo le devora la envidia mala cada vez que mira a Messi, incluso cuando gana su segundo balón de oro, porque Messi, que es mejor, tiene cuatro. Patético este jugadorazo que no sabe disfrutar de su calidad; que desprecia el trofeo y le da plantón cuando no gana y en cambio desfila con cohorte y lágrimas cuando por fin se hace con él.

Muñoz Molina reconoce en su columna envidias íntimas sanas e insanas varias. Confiesa envidiar sobre todo a los dibujantes y sus cuadernos. Se refiere en particular a Isidro Ferrer y a Pep Carrió, que junto con el bueno de Grassa Toro han cumplido y celebrado 150 años en diciembre. Vaya trío. ‘Abierto todo el día’ es un libro de dibujos en cuadernos que ambos —Ferrer y Carrió— han editado recientemente. Muñoz Molina hubiera dado su dedo meñique por dibujar los diarios visuales de Pep Carrió en lugar de sus cuadernos de notas. Yo también les envidio. Con admiración pura a Isidro y a Pep. Con envidia mala malísima a Grassa Toro, que dibuja con palabras sin él mismo saberlo. Por cierto que el señor de La Cala acaba de publicar dos poemarios después de años de silencio: ‘Algunos poemas con animales’ y ‘Algunos poemas sin animales’. Son cartoneros y emocionantes.

Fraternidad de los cuadernos, dice Muñoz Molina de ‘Abierto todo el día’. Fraternidad de los diarios, fraternidad periodística, se me ocurre a mí al hilo. Envidiar —admirar— sanamente a los colegas, con corazón ancho. Qué cosa tan necesaria y tan escasa en nuestra profesión.

De entre los que leo y conozco, cómo no envidiar con anchura las crónicas de Sámano y Besa, los diálogos hondos de Juan Cruz, las entrevistas que un día hizo Inés Artajo, el olfato persistente de Casares, la bonhomía y el rigor de Javier Marrodán, los manejos de Miguel Ángel Barón en los bajos fondos… Pese a que hubiera podido hacerlo “razonablemente igual”, según la escala fijada por Muñoz Molina, nunca llegué hasta ahí, y aún así los admiro.

También envidio a Mario García, el camaleón, el prestidigitador inagotable: hubiera dado mi meñique por diseñar su Die Zeit. Envidio el silencio delicado de Lucie Lacava, su fascinante sofisticación, cómo elige las tipografías y distingue los colores: el otro meñique por haber firmado National Post o La Presse. Admiro el humor y la música de Ally Palmer y Terry Watson: les robaría para mí solo Politiken. O la discreción, el escrutinio y el sistema granítico de Toni Cases: le pediría prestado O Estado de São Paulo. De Eduardo Danilo envidio su exuberancia: el primer Reforma. De Mark Porter, la contención y cómo pronuncia el inglés: ¿a quién no le gustaría echarse The Guardian al currículo? De Alfredo Triviño, su insultante juventud. De Ricardo Bermejo, su fina indecisión de la que aprendí tanto. De Guillermo Nagore, los catálogos de la Fundación Juan March. De Rafa Esquíroz… todo. De mayor me gustaría ser como él.

Yo quisiera ser García, Lacava, Palmer, Watson, Cases, Danilo, Porter, Triviño, Bermejo, Nagore, Esquíroz… Pero a la que más admiro de todos es a Elena, que anda también a brazo partido, aunque no por librarse de envidias insanas —es incapaz de admirar envidiosamente— sino con sus fotos y sus dibujos a cuestas, muerta de miedo, buscabuscándose. Le robaría su olivo. Y una foto espectral e iridiscente que hizo la semana pasada en Yesa, al fondo de la niebla. Elena me presentó un día a Isidro Ferrer, a Pep Carrió, a Carlos Grassa Toro. Los conozco gracias a ella. A ella, sí, que aspira a formar parte de la fraternidad de los cuadernos.

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5 Responses a “Envidias y envidias”

  1. Amaya says:

    ¡Qué bonito!

  2. Luisgui says:

    Si tuviéramos eso que admiramos de uno y de otro, al final no seríamos quienes somos sino un Frankenstein con un poco de todos y nada de nosotros. Nuestro verdadero valor, creo, es ser como somos, con nuestras facultades, con nuestras limitaciones, pero SER. Porque somos, por nuestra autenticidad, admiramos porque queremos evolucionar; y nos admiran, porque somos espejo/inspiración/faro/brújula para otros. El día que no seamos que nos conformemos, no admiraremos, tampoco nos admirarán. Estaremos periodísticamente y personalmente muertos.

  3. Begoña Barber says:

    Qué decirte Javier! Hoy no tengo palabras . Con eso está sentenciada mi admiración por personas como tú, y ¡cómo no!,como Elena.

    De los demás, te creo todo. Porque desconozco y me fío de tu criterio.

    Y de la admiración y el contento por lo bueno que crea cualquier ser, en el campo que sea, decir que yo también echo de menos expresión y reconocimiento, desde el gesto más pequeño hasta lo más bello-bueno-verdad que las personas podemos crear, en el más amplio sentido de la palabra.

  4. Pep Carrió says:

    Gracias Javier, nos ha encantado tu artículo.
    Compartimos en nuestro Facebook.

  5. AnA says:

    Es precioso..me ha encantado tanto, que lo he vuelto a releer y a recompartir en FB. Gracias

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