Diciembre 3, 2013 0

Hueco de azúcar

Por Javier en General

Qué mirarán los ojos de los fotógrafos que intiman con el horror o con lo más remoto es un misterio. O, mejor, cómo mirarán. Algo ven que los demás no vemos. Mirar no es lo mismo que ver.

Michael Nichols no es fotorreportero de guerra ni de políticos con corbata como Paul Hansen, pero el Overseas Press Club of America le concedió en 1982 un premio por realizar reportajes “más allá de la llamada del deber”, un honor reservado a la estirpe de Hansen, que es la de mi tío Fernando. Descreídos o delicados, o las dos cosas a la vez, los fotógrafos del límite no son de este mundo.

Leo a Esther Tejedor en El País sobre Nichols, al que Paris Match llamó una vez “el Indiana Jones de la fotografía”. Una conversación maravillosa en un extraño escenario: el hotel Palace de Madrid. Ha ganado el World Press Photo en cuatro ocasiones y no sé cuántos premios más. Desde 1996 trabaja para National Geographic. Ha incubado la malaria 25 veces, tantas como reportajes publicados en la revista del marco amarillo. Hoy tiene 61 años y el cuerpo no le da para cruzar África a pie, del Congo a Gabón, como entonces. (Pienso en cuánto me queda para los 61 y en que nunca cruzaré África a pie).

“Ni Mick Jagger podría comprar lo que yo he visto”, dice Nichols y destaca Tejedor en el titular. (Ahora pienso en el monólogo final de ‘Blade Runner’, el de Rutger Hauer bajo la lluvia: “He visto cosas que no creeríais…”, posiblemente uno de los momentos culminantes de la historia del cine). El milagro, con todo, va llegando hacia el final de la entrevista: y, de nuevo, los hijos, la familia, lo verdaderamente importante en esta vida. “He pasado muchas temporadas fuera. Quizá demasiadas. Me da miedo lo que mis hijos pueden pensar de mí”. (Vuelvo a pensar en tanto viaje, en tanta ausencia, en las llamadas intempestivas en mitad de una reunión de mi hijo Carlos para decirme que ha aprobado Cultura Clásica).

Nick —como lo llaman todos— vive en Sugar Hollow (Virginia) con su mujer, la artista Reba Peck. Pamplona es una megalópolis al lado de Sugar Hollow, que significa “hueco de azúcar”. De Reba habla con un temblor que jamás acusó a la hora de disparar su cámara: “Mi hogar está donde esté mi esposa. La mayoría de mis colegas de profesión van por el tercer matrimonio. Nosotros llevamos juntos más de veinte años. Ella, que es pintora, me quiere porque soy fotógrafo, no pese a serlo”. Quisiera meterme en esa oquedad dulce y conocer a Reba.

Contada por un fotógrafo del límite, la sencilla historia de amor de Sugar Hollow adquiere pronto otros perfiles. Nichols mira con ojos de supermán y ve al otro lado de la sombra, hasta dar con el prodigio. Que casi siempre lo tenemos delante de las narices. Quién pudiera mirar —y ver— con ojos de fotógrafo. Si los diarios miraran y vieran con ojos de fotógrafo, contarían con otros perfiles las inagotables historias de siempre. Y por ahí venderían más periódicos. Y por ahí el mundo sería más habitable.

PD. La imagen que acompaña esta entrada no es un cuadro sino que pertenece a uno de los increíbles reportajes de Nicholas en África publicados en National Geographic.

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