Septiembre 26, 2016 Off

La corbata

Por Javier en General

Deslumbrados, Balboa y los demás soñaron siglos el canal de Panamá. Demasiada realidad, diría Grassa Toro, señor de La Cala.

El vapor ‘Ancón’ lo inauguró oficialmente el 15 de agosto de 1914. Es una obra de ingeniería prodigiosa que se conserva intacta. Las mismas compuertas de acero de 33 metros de altura, el mismo sistema de llenado por gravedad. Resulta difícil imaginar cómo, además de las esclusas, ingenieros y operarios de la época excavaron durante seis años el corte Gaillard o Culebra, el río artificial que une la vertiente del Pacífico con el lago Gatún. Y cómo llenaron éste para facilitar la conexión entre los dos extremos. Durante un tiempo el Gatún fue el lago artificial más grande del mundo.

‘The World’, el diario de Joseph Pulitzer, publicó el 31 de enero de 1904 el mejor gráfico que se ha hecho nunca sobre el canal de Panamá. Preside majestuoso esta entrada. Es otro prodigio de rigor artesano que me dejó boquiabierto la primera vez que lo vi y que todavía hoy hace que me frote los ojos. ‘The World’ es el periódico que inventó las secciones de fin de semana y los dominicales a todo color, el primero que desarrollo auténtica investigación periodística, el que creó la primera sección de deportes, el que descubrió el cómic como género narrativo, el que publicó el primer crucigrama, el que se empeñó en contratar mujeres para la redacción… Pulitzer lo agarró bajo mínimos y en pocos años llegó a vender un millón y medio de ejemplares. Ah, qué envidia.

Me acuerdo ahora de ‘The World’ y de la humildad periodística, que escasea. Lo hago mientras miro absorto cómo el ‘Mazowsze’, un carguero con bandera de Bahamas, atraviesa las esclusas de Miraflores y enfila las de Pedro Miguel, antes de adentrarse en el corte Culebra en busca del Atlántico. A cola del ‘Mazowsze’ aguarda el ‘Apollon’, otro carguero, éste de bandera panameña, con su emocionante canasta de baloncesto a popa. El tránsito es de sur a norte (Pacífico a Atlántico) por la mañana y de norte a sur por la tarde. Recorrer los casi 80 kilómetros del canal puede tomar a una embarcación entre ocho y diez horas. Los barcos más grandes, los que utilizan las nuevas esclusas inauguradas este año, pagan hasta un millón de dólares, y aún así compensa no tener que circunvalar América del Sur por el cabo de Hornos. De 35 a 40 barcos cruzan el istmo diariamente. No hay tiempo para más. Hay aplicaciones que permiten conocer el origen y el destino de todos esos barcos con sus marinos a bordo, a los que uno dice adiós desde Miraflores con nostalgia sobrevenida: nos encontramos en este punto y en este momento estelar, jamás nos volveremos a ver.

Hace mucho calor. Es un calor pegajoso, lo habitual aquí. Estoy asomado a la barandilla de la cuarta planta del edificio-graderío que se construyó en 2000. El lugar está lleno de visitantes. El canal es la gran atracción turística de Panamá y, sobre todo, su sustento y casi su razón de ser. Panamá es un estado afortunadamente atravesado, pienso. La persona que está a mi izquierda se retira y su lugar lo ocupa otro turista. Otro más. No le presto atención. Sigo a lo mío. Ahí está el ‘Apollon’ encajado ya en la esclusa, que se llena en sólo cinco minutos: cien millones de litros de agua la nutren desde el fondo gracias a un sistema de tuberías gigantes. Agua que, por cierto, se pierde luego en el océano. Todo el sistema del canal de Panamá depende de las lluvias y de los ríos que alimentan el Gatún. Si hubiera una sequía tremenda, se jodió el canal.

En esto, no sé por qué, miro a mi izquierda. No puedo resistirme: es una presencia imantada, fortísima. Se trata de una mujer pequeña, morena, muy guapa. Viste de negro y lleva el pelo recogido en un pañuelo rojo estampado. Sus ojos…

Carolina dejó La Cala hace tres años. Se fue con su belleza a Medellín, se llevó tanta dulzura. La Cala siempre ha sido un lugar diferente, y lo sigue siendo sin Carolina. Pero es diferente de diferente manera. ¡Carolina!, casi le grito, atónito. Ella se gira y me mira. En este punto y en este mismo momento estelar, precisamente. Ni un piso más abajo ni un minuto antes o después. ¡Carolina! ¡No puede ser, eres Carolina!

La esclusa está llena, la compuerta delantera se abre, el ‘Apollon’ se dispone a salir. Carolina me dice que el día anterior había comprado un regalo a Grassa Toro. Su madre, que anda con ella, se lo reprochó: hija, ¿y cómo se lo vas a hacer llegar? Algún amigo aparecerá, zanjó Carolina. A Carolina se le humedecen los ojos. El encuentro es de una intensidad fuera de lo normal. Su hijita protesta un poco. Tienen que irse rápido. Espera, no te vayas, por favor, tengo el regalo en el auto, suplica Carolina, que desaparece. Regresa al poco y me entrega una bolsita de plástico azul y, dentro, una corbata. No cualquier corbata. Es muy de Carlos, explica y yo entiendo lo que me quiere decir porque conozco a Grassa Toro. Nos volvemos a abrazar. Cuando en noviembre pase por Medellín te llamo, le prometo. Adiós, Carolina.

Todavía temblando, saco el móvil y escribo un mail a Grassa Toro. Le digo: Amigo Carlos, tengo una bonita historia que contarte y un regalo que me han dado para ti. Estoy viendo cruzar barcos en el canal de Panamá. Regreso esta tarde. Te cuento mañana. Grassa Toro contesta casi de inmediato: No sé si voy a dormir (sonrisa). Hasta mañana. Qué vale un ‘scoop’: mi historia es un tesoro precioso. Necesito contarla, sólo quiero compartirla.

Aunque la historia no acaba aquí.

Con tanta emoción y las últimas fotos al ‘Apollon’, el móvil se me resbala. Cae al vacío. Desde una altura de unos dos pisos. Afortunadamente, un toldo amortigua la caída. Me abalanzo escaleras abajo. Lo recupero. Todo bien: funciona. En el taxi, de vuelta del canal, sigo excitadísimo. Rompe a llover. A cántaros. Me acomodo en el asiento trasero y busco a tientas, muy contento, la bolsita azul. Pienso de nuevo en Balboa y en el sueño del canal, en Lesseps, en Pulitzer, en los marineros del ‘Apollon’ que jugarán baloncesto esta tarde, en el fulgor de Carolina, en el ¿azar?

Y, en esto, otra vez en esto, mi cara es un poema. ¿Qué pasa?, inquiere el colega que me acompaña. ¡La corbata! ¡No tengo la corbata!, le confieso alarmado. ¡Tengo que regresar! Necesito otro taxi. Pero… ¿cómo?, acierta a decir él. Yo ya no estoy.

Al nuevo taxista le ruego que se apremie. Le explico. A la vez, rebobino. Ha debido de ser cuando se me cayó el móvil. Visualizo: tiro el café y todo a la papelera antes de salir pitando en su busca. Malditos móviles. El viaje de regreso a la esclusa se me hace eterno. Llegamos finalmente. Subo las escaleras de dos en dos. Tropiezo. Me incorporo sin dejar que nadie me ayude. Entro. Jadeando. El funcionario de la boletería, que antes me habló del Barça, me mira extrañado. Señor, he perdido algo muy importante. ¿Me deja mirar dentro de la papelera? Por favor… ¿Qué busca?, inquiere. Una corbata, le digo. Ni contesta: señala una encimera . Ahí está, sí, desplegada: la corbata de Carolina, la corbata de Grassa Toro.

Me abrazo con él. Le digo adiós. También al ‘Apollon’ con su canasta, al que todavía alcanzo a ver. Bajo despacio. Agarro la bolsa azul con las dos manos y la cobijo en mi regazo, como un tesoro. El taxista ni pregunta. Está tan contento como yo, aunque en seguida se larga a hablar de los políticos latinos, a los que crucifica indiscriminadamente. Le interrumpo para pedirle que, por favor, pare y me deje sacar una foto a la señal de peligro, cocodrilos en la acera.

Tres horas más tarde, deslumbrado como Balboa y los demás, abrumado ante la demasiada realidad, digo adiós a América, que me empuja a escribir esto sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

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