Julio 3, 2017 0

La torre

Por Javier en General

Salimos del hotel a pie ajenos al caos matinal de Santiago. La mañana está fresquita y el cielo todo lo azul que le deja el invierno. Es en invierno cuando se acentúa la perpetua contaminación de la capital de Chile, pero la neblina no se nota demasiado hasta el mediodía. Cruzamos el Mapocho por una pasarela, charlando. De pronto, irrumpe la Gran Torre de Santiago, que con sus 300 metros es el edificio más alto de América Latina. Algunos la llaman el falo de Paulmann (Horts Paulmann, de origen alemán, es el segundo hombre más rico del país y dueño del conglomerado Cencosud, que emplea a 150.000 personas en sus centros comerciales de Chile, Argentina, Colombia, Brasil y Perú. Dicen que con la torre el empresario quiso hacerse notar). Nos callamos.

Yo miro la torre con tristeza. Me viene a la cabeza el monolito de ‘2001: Una odisea del espacio’. Algo de monolito tiene esta mole obscena y subyugante. Pretende —y lo consigue— que alcemos la mirada y le rindamos pleitesía cada vez que aparece en el umbral, que es casi siempre, o eso siento yo esta mañana, y después todas las mañanas y tardes de esta semana.

Reviso brevemente el móvil y leo que Valverde se acaba de caer en la contrarreloj inaugural del Tour de Francia. Se retira con la rótula hecha añicos: adiós, planes. Su trompazo confirma que la Gran Torre de Santiago es un monumento a la estupidez humana.

Es sábado víspera de elecciones y de una final de fútbol que paralizará Chile. Y primero de julio: la gente bulle con las carteras rebosantes aún. Visitamos mercados populosos, recorremos las calles. Impresiona el trasiego. Hay colas en las carnicerías para el asado de mañana, los cajeros no dan abasto, en las terrazas toca armarse de paciencia hasta conseguir mesa. Pero no veo un solo periódico. ¿Dónde están los periódicos?

Hubo un tiempo en que los diarios también se irguieron fálicos y vanidosos. Ahora nadie o casi nadie les hace caso. ¿Por qué nos tendrían que hacer caso?, me pregunto antes de hincarle el diente a un congrio estupendo. Comparto mi inquietud con unos colegas que generosamente me han regalado su sábado para pasearme y aportar contexto. ¿Por qué?, vuelvo a preguntarme. En esa dificilísima búsqueda andamos. De momento, los tres nos encogemos de hombros y brindamos con pisco sour, un poco cariacontecidos.

Luego, salimos al solecito, nos perdemos entre la gente. Al fondo, sigue la maldita torre: como los viejos diarios soberbios que perdieron la cabeza; como los nuevos gurús digitales, deslenguados e irrespetuosos, igualmente fálicos. Voy a abrir la boca, y no precisamente para decir algo bonito, pero en seguida cambio de opinión. Detrás del monolito, silenciosa, nevada, imponente, se alza la cordillera. ¿Dónde está la torre?

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