Marzo 27, 2012 0

Los cuatro mandamientos del periodismo

Por Javier en General

Después de 244 años de impecable trayectoria, de repente la Enciclopedia Británica se desvanece. Se esfuma. El saber, que emigra a internet. Dicen. Adiós. (Ojo, quedan a la venta 4.000 colecciones de 32 ejemplares cada una, disponibles hasta agotar existencias, por si te interesa. Mil euros: ése es el precio de saberlo todo).

Yo crecí con las enciclopedias —de papel— y no concibo mi biblioteca sin una. No entiendo que mis hijos ignoren sus tomos pacientes, promisorios, imperiales. Concretos en su oceánico saber. Prefieren la Wikipedia: 3,7 millones de entradas contra 100.000. (Leo con estupor que ésta contiene diez veces menos errores que la Británica. Aunque eso a mis hijos les da igual. Lo que importa es el corta y pega). Antes, la enciclopedia estaba a media altura en la estantería; hoy yace arriba del todo, donde uno no puede llegar.

La enciclopedia, como bien decía Alberto Manguel, pertenece a otro tiempo: cuando éramos conscientes de que no podíamos saber todo. El tiempo de las aventuras y de las hazañas. El tiempo de los retos pendientes. El tiempo de Scott y Amundsen. El tiempo de Tintín. Hoy no tiene interés saber. La curiosidad no pica. Los buscadores la mataron.

La enciclopedia es latosa porque ocupa mucho. Molesta. Y además se desactualiza en un abrir y cerrar de ojos… ¿Seguro? Freud, Einstein, Curie, Trotsky y otros intelectuales contribuyeron alguna vez a la Británica. El ilustrador Bryan Christie decía el pasado viernes en Pamplona: “Una cosa está clara, no hay progreso en el arte”. Añadió Gonzalo Peltzer en ese mismo foro de infografía: “La información es digital, la belleza de papel”. Añado yo: belleza… es lo único que emociona. Así que a lo mejor por ahí viene el dichoso futuro de los periódicos.

Acaba de ver la luz un texto inédito de Albert Camus sobre el periodismo. Lo publicaba Le Monde hace dos jueves. Es un alegato en favor de la libertad de prensa firmado en Argel el 25 de noviembre de 1939, cuando Francia estaba a punto de abrazar en Vichy a la Alemania de Hitler. La censura impidió que aquel manifiesto llegara entonces a la prensa gala. En él Camus enumera los cuatro mandamientos del periodismo libre, a saber, lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. No podía Camus con el compadreo ni con la uniformidad complaciente de medios y periodistas. Tampoco Jaime Serra, que reivindicó en los Malofiej el papel esencial del excéntrico en nuestra sociedad.

En realidad, no sé dónde quiero ir a parar. He empezado con la defunción de la Enciclopedia Británica, a la que iba a escribir un epitafio papelero, y he acabado con Camus y su manifiesto libre y obstinado de preguerras. Ahora caigo. Peltzer se refería a la pasión, vieja amiga: si hacemos periódicos para cambiar el mundo, los venderemos; si los hacemos para venderlos… Sí, Tintín era periodista.

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