Septiembre 1, 2017 1

Luis se gana su entrada

Por Javier en General

Ayer me dejé el móvil en Tarragona, en casa de Luis y Marga. No ha sonado desde entonces o, mejor, si ha sonado no he podido escucharlo. Ojo, me encuentro bien. No tengo mono, no lo echo mucho de menos. Extraño más el periódico cuando el repartidor, perezoso, lo deja de cualquier manera en el suelo del portal, y no dentro del buzón. En esas ocasiones, se lo lleva el primero que llega. Ha pasado una, dos, tres veces este verano. Comprar, lo que se dice comprar periódicos, poca gente compra; ahora, cuando el periódico se pone a tiro…

El fin de semana anterior estuvimos con el móvil en Arles, en los Encuentros Fotográficos. Las fotos que acompañan esta entrada están sacadas con el teléfono. Nos alojamos en el mismo modesto hotelito que el Katusha y el United Arab Emirates. La Vuelta Ciclista a España partía ese día de Nimes. Los ciclistas, como los futbolistas, son ahora longilíneos y jovencísimos. Desfilan por la mañana muy obedientes. Más autómatas que deportistas, todo el tiempo atentos a sus métricas o al pinganillo, o a las dos cosas. Por sensaciones corría Induráin. Estos ciclistas no saben qué son las sensaciones. Me recuerdan a las ediciones digitales de los diarios, obsesionadas con el clic. Afuera, en el aparcamiento, los autobuses de los equipos ciclistas son autobuses y lavanderías y quién sabe qué más cosas tras sus cristales tintados. La noticia no está en Nimes, está en nuestro aparcamiento, pienso.

Por Arles el Ródano baja majestuoso a pesar de la sequía. Traza una curva de noventa grados y enfila el Mediterráneo. En España no tenemos ríos así. Nuestros ríos son como nosotros: impetuosos, torrenciales, impacientes, agrestes… y escuálidos. Un país es lo que son sus ríos, vuelvo a pensar. ¿Sus periódicos, sus periodistas?

Encontramos muchas cosas interesantes en los Encuentros de Arles. Y muchas cobijadas en antiguas iglesias hoy desacralizadas. Arles está llena de ellas. (Leemos que menos del 1% de la población francesa se declara católico practicante: pierdo una apuesta). En la de Frères Prêcheurs, por ejemplo, se expone el trabajo de Michael Wolf, uno de los pocos fotoperiodistas que han podido incursionar en el mundo de la fotografía creativa, según se aclara a la entrada. A mí me parece que Wolf nunca ha dejado de ser periodista. Vivió varios años en Hong Kong y su retrato de la ciudad es apabullante. Impresiona la mirada frontal a edificios de viviendas mastodónticos, casi colmenas: allí no hay nadie, o eso parece. Porque si te fijas mejor, comienzas a intuir muchísima vida: un osito de peluche apoyado sin vértigo en la repisa, una jaula con su pajarillo, una heroica plantita, pegatinas infantiles en algunas ventanas, escobas colgando, decenas de horribles aparatos de aire acondicionado… Y ropa interior de todos los colores. Es como si la ropa interior tendida contuviera y revelara a su manera los misterios de cada habitáculo.

Después de mirar por fuera, sigo leyendo, el autor pidió permiso para mirar por dentro. Así, le salió el proyecto ‘100×10’: cien ocupantes de otras tantas viviendas de a diez metros cuadrados, que es el espacio disponible en cada uno de esos bloques colosales de Hong Kong. Todos posan frontalmente, como los edificios antes, aunque no advierto orgullo en esa gente sino franca hospitalidad. ¿Dónde está la noticia?

Michael Wolf presenta también otros proyectos en Arles. Me llama la atención uno que emplea imágenes de Google Street View como punto de partida para reflexionar sobre la intimidad. Sobre esas imágenes aparentemente inocuas, el fotógrafo realiza varios aumentos y descubre, pese al píxel, a una señora de cuclillas entre una hilera de coches, evacuando; a una pareja que no es pareja besándose en un portal; a un motorista que, viéndose cazado por los sicarios de Mountain View, les dedica una peineta… ¡Hay tantas historias en los aparcamientos, es decir, a poco que miremos!

En Arles aprendo horrores de Colombia y de Irán, pero no de sus versiones folclóricas o estereotipadas. También, del egoísmo incurable de Masahisa Fukase. Y de Ucrania. Me impresiona ‘Look for Lenin’, una muestra del fotógrafo suizo Niels Ackermann y del periodista francés Sebastien Gobert que bucea en la memoria histórica. Cuando Ucrania proclamó su independencia en 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética, en el país se contabilizaban 5.500 estatuas de Lenin. Era por mucho el país con mayor proporción de monumentos dedicados al líder de la Revolución rusa. Una ley de 2015 ordenó destruirlas. Ackermann y Gobert estaban destacados como corresponsales en Ucrania cuando los sucesos del Maidán y el derrocamiento de Yanukovich en 2014. Unas semanas antes del golpe de Estado, el 8 de diciembre de 2013, Ackerman había sido testigo en la plaza Bessarabska de Kiev del derribo de la estatua de Lenin por una multitud enardecida. Sacó docenas de fotos. Pero al día siguiente, cuando regresó, ya no quedaba ni rastro del monumento. ¿A dónde había ido Lenin? Como los autores, que se pusieron manos a la obra durante un año en su busca, me pregunto por la memoria, esa palabra. Pienso en los lugares, donde habitamos y nos movemos, seguramente tan importante como las personas. Si los lugares desaparecieran, ¿qué sería de nosotros? Nos convertiríamos en otra cosa, nos diluiríamos, no seríamos nosotros. No, no son irrelevantes los lugares, ni los nombres de los lugares, ni las estatuas que dicen de lo que fuimos… y somos. Hay algo en esta ola actual de revisionismo que me incomoda. Como no nos gustamos, nos dedicamos a borrar de un plumazo. En lugar de integrar y crecer, repudiamos. Con franqueza, no me gusta ver a Lenin convertido en Darth Vader, ridiculizado ventajistamente. En el fondo, entre tanto periódico zaherido, yo también ando buscando a Lenin…

En Arles me topo con la primera Annie Leibovitz, la de los años de Rolling Stone, hasta 1983. Su exposición es modular y tan abrumadora como los rascacielos de Hong Kong. La fotógrafa ha pecado de incontinencia, es decir, no ha sido muy periodista esta vez. Lo ha sacado todo del baúl y lo ha colgado en la pared. Ahora, búscate la vida, trabaja tú, encuentra la foto buena, siento que me dice. Y no veo nada. No hay selección, o no parece que la haya. Uno no sabe dónde posar la mirada, en qué imagen detenerse y bucear. Como esas bases de datos disfrazadas de gráficos estadísticos, que nada dicen porque nada concluyen y te traspasan toda la responsabilidad. Me pregunto: ¿se le olvidó a Leibovitz de qué iba este oficio?

Nos despedimos de Arles en la abadía de Montemayor, cuyo origen se remonta al siglo X. Unos monjes benedictinos construyeron una pequeña iglesia sobre una roca, en medio de un marjal. En no mucho tiempo, aquello se convertiría en un conjunto monástico imponente y en uno de los centros abaciales más importantes de Francia. Desde este promontorio se controlaban otros 50 monasterios de la zona. En Montemayor nos esperan los autorretratos de Audrey Tautou, pero siento extrañamente el peso de la historia y las fotos de la actriz me parecen fruslerías. Pienso: en este instante la clepsidra habría marcado la hora sexta, los monjes habrían dejado sus labores y se habrían entregado a la oración. Pero Tautou, que anota en el margen de cada foto el día, la hora y el medio que la está entrevistando, pretende que me concentre en sus instantáneas egocéntricas y paranoicas… ¿Dónde está noticia, dónde?

Nos vamos cuarenta exposiciones después, yo medio aturdido. Convencido, pese a todo, de que los diarios hace rato que perdieron la fotografía y por ahí un poco de su alma. En todo caso, hemos podido despedir el verano como se merece. Luis, que me envía hoy el móvil por mensajero, se ha pasado el fin de semana en la cocina. Entre escabeches y brasas. Ha sudado varias camisetas, literalmente. Como los ciclistas. Es un artista y además se desvive por todos. El mejor anfitrión del mundo. Bromeamos con que su casa de la playa bien merecería una estrella Michelín. Él se conforma con que le mencione en el blog. Me acuerdo ahora de Carlos Arribas, que el 26 de julio de 2003, sábado, dedicó su crónica a Pablo Lastras tras ganar éste la decimoctava etapa del Tour de Francia de ese año. Lastras andaba envidiosillo porque el periodista de El País había escrito una crónica estupenda el día anterior a cuenta de la victoria de Juan Antonio Flecha. Se lo dijo a Arribas. Éste le contestó que para ganarse una crónica había que merecérselo. Lastras quería la suya y ganó la etapa. Modestamente, Luis, tú también te has ganado esta crónica, la última del verano.

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One Response a “Luis se gana su entrada”

  1. Javier says:

    “Como esas bases de datos disfrazadas de gráficos estadísticos, que nada dicen porque nada concluyen y te traspasan toda la responsabilidad”.

    Maravilloso y certero.

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