Agosto 28, 2016 2

Mintxate

Por Javier en General

35 años después, casi cuarenta, ayer volvimos a Mintxate. Mintxate es un pequeño valle pirenaico paralelo a Belagua, en el noroeste de Navarra, al que se accede por una foz. La pista de tierra serpentea durante siete u ocho kilómetros entre pinos y hayas. Al fondo, adonde nadie llegaba entonces y casi nadie ahora, plantábamos unas tiendas, hacíamos fuego y pasábamos una semana asilvestrados, aislados del mundo. En Mintxate inventamos el pádel, guerreamos ferozmente con piñas y a veces con perdigones, ejecutamos ranas de mil maneras, todas crueles. El mismísimo Fernando Múgica se dejó ver por allí más de un verano. Aunque la verdadera alma de aquellas acampadas era mi padre, que ahora ha querido mostrar a sus nietos el lugar al que se refiere un topónimo que en la familia es un mito.

Mintxate está igual que hace cuarenta años. Igual quiere decir igual. Naturalmente, yo no estoy igual que en 1976 o 1980. Sin embargo, ayer, paseando por Mintxate, sentí muy dentro el mismo muchacho. Los mismos miedos, las mismas ilusiones. “Tío, con esas gafas pareces uno de esos escritores viejos que están en las estatuas”, me despierta Pablo, y se queda tan campante. En el restaurante un camarero treintañero me calcula benévolo 53, que es el mismo número que teníamos asignado en el colegio para marcar la ropa. No alcanzo aún los 50, protesto. Él, incrédulo, se encoge de hombros. ¿De verdad aparento tantos?, insisto. A lo que me responde con sorna: tenemos un tiramisú para chuparse los dedos.

¿Por qué entonces el espejo devuelve otra imagen? ¿Por qué miente? ¿Por qué veo en él parado al mismo muchacho de siempre, como ayer sentí en Mintxate? Tampoco los periódicos están igual que en 1976 o 1980, me digo con la melancolía propia de un cincuentón. En 1976, cuando nosotros descubrimos Mintxate, llegaba a los quioscos El País, que no fue fulgor de un día sino como se vio luego mucho más, y muy importante. Cuatro décadas después no quedan casi quioscos y llevar un diario debajo del brazo —como se llevaba entonces El País— no mola: no significa nada. O, peor, significa que eres un poco estatua. Los diarios no son más la plaza pública donde se debaten y comparten las cosas importantes de una sociedad; hoy, más bien, se han convertido en estatuas avejentadas, acomplejadas, seguidistas. Estatuas-veletas que giran al viento del algoritmo.

Por eso, con mis gafas de escritor viejo y estatuario, he leído con mucho interés a Katherine Viner. En un artículo reciente, ‘Cómo la tecnología altera la verdad’, la directora de The Guardian denuncia que las redes sociales se han “comido” las noticias, amenazan la viabilidad del periodismo basado en el interés público y han contribuido a una era en la que las opiniones sustituyen a los hechos. Dice Viner: “Los algoritmos, como el que alimenta el flujo de noticias de Facebook, están diseñados para darnos más de lo que ellos creen que queremos, lo que significa que la versión del mundo con la que nos encontramos cada día en nuestro flujo personal ha sido invisiblemente seleccionada para reforzar nuestras creencias preexistentes (…). Por supuesto, Facebook no decide lo que lees, al menos no en el sentido tradicional de tomar decisiones, y no dicta lo que los medios producen. Pero cuando una plataforma se vuelve la fuente dominante para acceder a la información, los medios con frecuencia ajustarán su trabajo a las demandas de ese nuevo medio. La prueba más visible de la influencia de Facebook en el periodismo es el pánico que acompaña a cualquier cambio en el algoritmo del flujo de noticias que amenace con reducir las visitas que se mandan a los medios”.

Y añade: “Muchas redacciones están en peligro de perder lo que más importa en el periodismo: el duro, valioso, cívico oficio de patearse las calles, filtrar bases de datos, hacer preguntas incómodas para descubrir cosas que alguien no quiere que sepas. El periodismo serio, de interés público, es exigente. Y lo necesitamos más que nunca. Contribuye a hacer que los poderosos sean honestos, ayuda a la gente a comprender el mundo y su lugar en él. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la era digital ha hecho que eso sea aún más evidente (…). Creo que merece la pena luchar por una cultura periodística fuerte. También hacerlo por un modelo de negocio que sirva y recompense a los medios que pongan la búsqueda de la verdad en el centro de todo, y construya una sociedad informada y activa que escrute a los poderosos, no un grupito mal informado y reaccionario que ataque a los vulnerables. Los valores tradicionales del periodismo deben ser asumidos y celebrados: investigar, verificar, reunir declaraciones de testigos, hacer el intento serio de descubrir lo que ha sucedido de veras”.

Sucede que han pasado cuarenta años y que, en el fondo, como Mintxate, la vida no ha cambiado tanto. Tal vez, los diarios deberían también volver. Darse un vuelta por sus hemerotecas, que suelen ser valles hermosísimos, verdaderas gargantas profundas al otro lado de una foz.

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2 Responses a “Mintxate”

  1. Muy buena entrada. Me pregunto cuantos reporteros estarán pateando calles de veras y cuantos cazando pokemones.

    Saludos y gracias.

  2. Miguel Ángel says:

    Cómo duele lo que quieres… muy buen texto; me ha tocado.

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