Abril 20, 2017 0

Nombres

Por Javier en General

Sarah Slobin es editora de Cosas —Things Editor— en Quartz, un medio nativo digital estadounidense. Después de ‘fusionista’, que encontré en Dubai, es el nombre más bonito que he escuchado nunca para alguien en una redacción. Mi abuela adora la palabra ‘cosas’, ya lo he mencionado alguna vez. Suele mascullarla cuando no tiene ganas de dar muchas explicaciones. “Por cosas”, responde en esas ocasiones, y dice todo sin decir nada. Una vez, por cierto, inventé otro cargo: editor de balcones. Lo propuse dos veces sin éxito, acaso por falta de solera periodística. No cayeron en la cuenta quienes rechazaron mi propuesta de que tal editoría iba a suponer la propiedad de una quinta parte del diario. Y no una quinta parte cualquiera ni recluida en un rincón sino transversal, expansiva, ¡poderosísima! Quizá con nombres como el de Slobin podemos intuir un camino de regeneración del oficio, pienso. Me lo voy a apuntar.

Nombrar. Nombrar es algo asombroso. Lo que no se nombra no existe o presenta dificultades para su comprensión. Escucho decir esto al aita Barandiaran en la cueva de Sare. No hace el etnólogo sino evocar el Antiguo Testamento y al Dios de Moisés, que habla a través de la zarza: “Soy el que soy”. ¡Y se queda tan ancho Yahvé! Nos deja con un palmo de narices. Todavía hoy seguimos dándole vueltas a qué pudo haber querido decir. O a cuál es su verdadera ocupación.

Si Rafael Molina Morillo hubiese nacido en Europa, sería aristócrata húngaro y habitaría en algunos libros centroeuropeos y de entreguerras de mucho relumbrón: Zweig, Bernhard, Jelinek. Pero nació criollo y tuvo que contentarse con escribir las mejores columnas de la prensa dominicana reciente. Molina Morillo nunca fue editor de Cosas ni fusionista sino un vulgar director de periódico. Uno de los mejores que he conocido. Fundó y dirigió la revista Ahora, que el golpe de 1965 tumbó, y en lugar de arrugarse lanzó en 1966 El Nacional, el primer e icónico vespertino del país. En los turbulentos años del postrujillismo, fue un firme defensor de la democracia y de las libertades públicas. Lo encontré más tarde, ya dirigiendo Listín Diario. A mi inexperiencia como consultor y a mi ansiedad volcánica respondió siempre con tacto y más de una lección. Siempre me fijé en cómo acomodaba prudentemente la mandíbula antes de hablar, como si temiera decir lo que no quería decir y así pudiera controlarlo. De una pieza y humor afinado, acaba de fallecer a los 87 años. Al pie del cañón: siendo director de otro periódico y llamando a las cosas por su nombre.

Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, tampoco duda en nombrar la muerte. Es del 66, como yo, de cuando Molina Morillo fundaba El Nacional; es decir, tiene 50 años justos, o 50 palos, como él prefiere decir. 50 palos y un cáncer como una catedral que no duda en mirar de frente. Su música, las versiones de siempre y ese estremecedor ‘Humo’, suena serena, despojada de artificio. Sin cosas. O con todas las cosas. Hay cuerdas, a veces un piano. Un canto desnudo a la vida. El otro día me hizo llorar mientras conducía a casa. ¿Qué tienes, muerte?

¿Qué tienes, Europa?, añadiría en el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, cuando la Unión Europea vive sus horas más bajas. El pesimismo europeo me enerva. Viene a mi memoria un librito de 2005 titulado ‘Por qué Europa liderará el siglo XXI’, del británico Mark Leonard. Dice así: “Aquellos que creen que Europa es débil e inútil se equivocan. Europa parece muerta sólo porque se la observa a través de los ojos de Estados Unidos, unas miras estrechas y superficiales (…). La fuerza de Europa es amplia y profunda, y difunde sus valores desde Albania a Zambia. En vez de posicionarse contra otros países, los acerca a su órbita de forma que, una vez reciben la influencia de sus leyes y costumbres, ya no vuelven a ser los de antes. Una vez absorbidos por su esfera de influencia, los países cambian para siempre”. Y añade: “Dado que las noticias las cuentan los periodistas y no los historiadores, el poder europeo a menudo se confunde con debilidad. Ha llegado el momento de cuestionar nuestras nociones de poder y debilidad. El problema no es Europa sino nuestra trasnochada idea del poder. El poder de Europa es transformador. Cuando dejamos de mirar el mundo a través de los ojos de Estados Unidos, podemos comprobar que cada elemento de la ‘debilidad’ europea es en realidad una faceta de su extraordinario poder transformador”. La debilidad del poder y el poder de la debilidad: Europa, qué nombre tan admirable.

En fin, andamos estos días en el estudio entre nombres, a la caza de varios logos con sus denominaciones, o mejor al revés. Buscando marcas para empresas y administraciones públicas. ¡Qué tarea tan difícil! Deberían ajustarse como un guante: pronunciarlos y reconocer de inmediato en las propuestas a esas empresas o administraciones. Pero casi siempre resultan nombres tópicos. O suenan exagerados, o demasiado gastados, o pegados a la moda. O aparece como quien no quiere la cosa, muy bien dispuesta, la tentación seductora del inglés. O algún complejo innombrable, mira por dónde. O directamente los nombres no van con la cosa, y son una solemne y enrevesada estupidez. Y venga a darle vueltas y más vueltas…

Eso tienen los nombres: no son una fruslería sino algo muy importante. A fin de cuentas, uno es su nombre y no responde a otro que no sea el suyo. Por eso, hay que combatir la proliferación de marcas. Devolver a los nombres la escueta y misteriosa profundidad de su valor. Conservarlos como tesoros, respetarlos. “Mi poesía está aquí, como nació, sin ningún ropaje de retórica, descalza, desnuda, rebelde, sin disfraz. Mi poesía recuerda y se parece a mí”, escribe Gloria Fuertes en el prólogo de ‘Isla ignorada’, su primer poemario. En el colegio mi apellido daba para todo tipo de pareados fáciles, pero si yo creara en 2017 una empresa no tendría más remedio que volver a llamarla Errea. Y a mucha honra.

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