Agosto 29, 2014 0

Nuevas y viejas fórmulas (II)

Por Pablo en General

«Escoja nuestro modelo de cubierta». Una conocida editorial daba ayer a elegir a sus «perspicaces lectores» el modelo de cubierta para la edición actualizada de un libro monográfico que está a punto de salir a la venta en formato extragrande de lujo. Se trata tan sólo de elegir entre una foto u otra, y decidir cuál queda mejor como fondo para la cubierta del libro.

Desaparece así la capacidad de predecir o percibir lo que otro individuo puede sentir. Aquí se trata precisamente de lo contrario. De no predecir, sino de preguntar. No de empatía, sino de respuestas. En 1985 esta idea no habría sido tan fácil de llevar a cabo.

Tengo sentimientos encontrados sobre esta campaña. Por un lado, hay que vender libros comossea. Es muy interesante que internet permita que editores y lectores se conozcan mejor, y que lo que uno haga se acerque más a lo que el otro necesita.

Pero yo prefiero que sea el editor quien decida un modelo de cubierta, y que me lo intente vender. Y que, yendo hacia atrás en esta cadena, sea el diseñador el que intente convencer al editor de qué portada es mejor; que lo haga con sus propios argumentos. Que uno y otro, en esta cadena que llega al destinatario final, que es el comprador, se arriesguen. Y que también, con mayor o menor acierto, sea el periodista, librero o el bloguero quien reseñe o critique la obra, que sean mis amigos, conocidos o cercanos los responsables del efecto boca-oreja. Y sea yo quien la compre si me gusta.

Símplemente, no quiero escoger. No quiero convertirme en una parte de la estadística. No quiero estar entre los que les gusta la portada A o los que les gusta la portada B.

Los libros, los discos, llevan consigo un recuerdo, una historia desde el día en que los descubrimos o que pasan a estar en nuestras manos. No creo que los vayamos a recordar por ‘Ese libro cuya portada yo elegí”, sino ‘Ese libro que compré porque estaba obsesionado con Goya’ o ‘Ese libro que me regalaron por mi cumpleaños’, en todo caso.

Sé que el argumento es discutible utilizando este ejemplo tan light, porque realmente no hay mucha diferencia entre una cubierta u otra. La cubierta, además, es sólo la cubierta. Pero desde el momento en que se nos da a elegir, se pierde el efecto sorpresa. Es como si la víspera de tu cumpleaños tu pareja te pone delante dos regalos, los abre delante de tus ojos y te pregunta: —¿qué regalo prefieres que te regale mañana, este o este otro?—.

En librerías de Burdeos como Mollat nos pasabamos el rato leyendo las fogosas recomendaciones con las que el librero o responsable de sección acostumbra a sembrar las portadas de los libros que vende. A veces la literatura que había en ellas engrandecía la del libro que recomendaban.

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