Abril 7, 2018 0

Obituario

Por Javier en General

Ya casi al final, postrada en una cama del hospital San Juan de Dios, entregada y apagándose, seguía siendo ella. La guapa y orgullosa María Jesús. “¿Es su hijo?”, le preguntó una enfermera refiriéndose a mí. Siempre la misma pregunta desde hace cincuenta años, desde que a los 40 enviudó y, poco después, fue jovencísima abuela: a mi madre, si era su hermana; a mí, si yo era su hijo. Y ella encantada, claro.

Era el primer día de su última etapa. “Sabía que iba a acabar aquí. Pero estoy tranquila”, me confesó con un hilo de voz después de comer apenas cuatro cucharadas de puré. Luego, en seguida, volvió a quedarse adormilada y yo la miré un buen rato. Sí, ahí estaba María Jesús Goñi Arregui a sus 96 años: ni una arruga en la frente, el mismo fulgor en los ojos y una agilidad mental asombrosa. A punto para el comentario con retranca o, directamente, el misil. Con mi abuela, digan lo que digan, uno se reía casi siempre.

Hija de Vicente, conserje del Casino Principal, y de Celsa, era la segunda de cuatro hermanos, de los que sólo sobrevive la pequeña, Socorrito. (El mayor, Fernando, fue un conocido médico endocrino, autor de originales textos científicos y filosóficos como ‘La cara oculta del mundo físico’, y primer presidente de la Federación Navarra de Ajedrez). Nació en la calle de Santo Domingo, junto a casa Marceliano. Su familia se trasladó pronto a un cuarto piso de la calle Chapitela y de ahí, antes de la Guerra Civil, a las recién inauguradas viviendas sobre la antigua estación de autobuses. El 11 de noviembre de 1936 una bomba de la aviación republicana impactó contra la manzana y derrumbó de cuajo el techo del salón donde habitualmente comían. No ese día, por fortuna. La guerra… La joven María Jesús vivía todo aquello como si se tratase de una película de aventuras, con Clark Gable, cómo no, de protagonista: le encantaba contar que durante la contienda subía a la Plaza del Castillo y que allí paseaba arriba y abajo para que los soldados italianos la miraran.

Y además cantaba muy bien. Remigio Múgica se fijó en ella en la clases de solfeo que tomaba en una academia de música local. El histórico director del Orfeón Pamplonés convenció Vicente para poder hacerle una prueba. En otoño de 1938, con 16 años, entró en el coro. Al año siguiente, de vuelta de un viaje a Bilbao para cantar en el Coliseo Albia, conoció en el tren a José Múgica, hijo de don Remigio y bajo solista, que ya la tenía ‘fichada’ de los ensayos. Fue un flechazo ferroviario. Se casaron en 1941 y se instalaron en el número 17 de la Plaza del Castillo, justo donde ahora han aparecido los restos de la fortaleza de Luis el Hutín, aunque las ventanas de casa daban a Espoz y Mina y a Estafeta. En los cincuenta se mudaron al final de la calle Olite, a un séptimo piso del número 46 desde donde sólo se veían los campos de cereal de Mutilva y Tajonar.

Funcionario de la Diputación en el servicio de contabilidad, fumador empedernido, José Múgica falleció abruptamente en 1962 por un cáncer de pulmón. Tenía 53 años. En ese momento se acaba la película de aventuras de María Jesús, su particular ‘reality’. La desaparición de Pepe no formaba parte del guión. Tuvo que despertar a la amarga realidad de una viuda joven con cinco hijos: José Daniel, médico; María Jesús, licenciada en Filosofía y Letras y profesora; Fernando, periodista, fallecido en 2016; Rosa Mari, decoradora, y Carlos, también periodista. Desde ese día de diciembre, no dejó de pensar en su marido ni un solo día, detestó como es lógico el tabaco que antes tanto admiraba, y administró metódicamente su pensión. No sé si llegó a imaginar entonces que dejaría dieciséis nietos y 26 bisnietos.

Como tantas mujeres de su generación, se sentía más cómoda con los hombres. Los toros y, sobre todo, los toreros le apasionaban. De niña trató a los mayorales que aparecían por casa y a los 86 fue por última vez a la plaza de Pamplona a pesar de las advertencias de sus hijos. De impecable blanco, con su abanico. ¡Cómo disfrutó! Era creyente y practicante a machamartillo, pero no santurrona. Su otra religión se llamaba Gardel. El sueño de pasear por Buenos Aires se cumplió a los 82. Antes había viajado por toda Europa, visitado Tierra Santa y llegado hasta Nueva York, donde el corazón le flaqueó por primera vez. Mi primer viaje al extranjero lo hice con ella: París, Luxemburgo, Bélgica y Holanda. Disfrutó también muchos años el sol de la playa: San Sebastián y Salou. Allí se sentía guapa y se tostaba sin remilgos. En la playa, pero en Ibiza (y no en Hendaya, como escribí por error), tuvo una de sus intervenciones más gloriosas. Se le acerca una pareja de nudistas: “Señora, ¿qué hora es?” A lo que ella contesta ni corta ni perezosa: “La hora de vestirse”. Mundial. Madridista más bien sobrevenida, le mataba Madrid: que la sacaran por la capital, y luego contarlo. En Madrid pasó su último verano y parte del otoño. De cada uno de esos viajes era capaz de recordar fechas, compañía y mil anécdotas.

La abuela María también tenía sus cosas, como todo el mundo. Cosas, por cierto, es una palabra que usaba mucho cuando quería decirlo todo sin decir nada. “Por cosas”, me volvió a decir en la cama del hospital cuando le pregunté por un tema que no viene a cuento. Hablaba poniendo caras: “Yo… oír, juzgar y callar”, solía decir. Aunque luego murmuraba. Porque callar era algo superior a sus fuerzas. No dejaba indiferente a nadie.

Hasta Navidad leyó regularmente, hizo su crucigrama diario y vio las novelas de la sobremesa. Estaba al tanto de la calle. Capaz de descubrir una cáscara minúscula en el suelo o una araña invisible en la pared de la habitación, los últimos días rezó todo el tiempo y suspiraba por una cerveza furtiva. Se miraba los brazos, repletos de moraduras y manchas como quemazos. No podía mover las piernas. “He perdido hasta la vergüenza”, se lamentaba presumida. Hablé con ella por última vez el sábado 17. Estaba postrada y sin apetito. Pero con ganas de hablar y hasta de bromear. Yo me iba a Nueva York al día siguiente. “Ponle una vela a San Patricio por mí”, me dijo. Le di la manica y un beso en la frente. Ve tranquila, abuela, ya la puse.

PD. María Jesús Goñi Arregui nació en Pamplona el 26 de diciembre de 1921 y falleció también en Pamplona el 25 de marzo de 2018. Este obituario se publicó en Diario de Navarra el jueves 28 de marzo de 2018. La foto que acompaña esta entrada la tomó su hijo Fernando Múgica en los Sanfermines de 2010: fue la última corrida de toros a la que asistió mi abuela.

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