Mayo 12, 2017 0

Despacito

Por Javier en General

Por motivos que no vienen al caso, hojeo en el tren Delayed Gratification, una interesante y pulcramente editada revista trimestral británica que propugna el denominado slow journalism. Sus editores reivindican el valor de lo significativo frente al valor dominante de la urgencia, y de alguna manera se atribuyen esa virtud diferencial. Un poco pretenciosamente, a mi juicio. Porque una cosa es exponer tus intenciones y otra ser capaz de llevarlas a la práctica y hasta de alcanzarlas. Pero no es momento para la crítica: me encanta comprobar que las páginas de la revista no tienen número y que la publicación circula tres meses más tarde de la fecha que figura en su portada. Es como si realmente Delayed Gratification fluyera sin agobios ni presiones, tranquilamente. Ajena. O como cuando yo leo el diario de ayer, que siempre es más interesante y dice más que el de hoy, al menos con otra perspectiva. Además, ¿para qué sirve que las páginas de una revista o de un diario tengan número? ¿Para qué sirve enterarse el primero?

He dejado pasar no tres meses sino unos días tras conocerse la muerte de Ueli Steck en el campo 2 del Everest. Demorado y todo, aún no sé qué decir. Steck es el suizo de 40 años que en mayo de 2008 se jugó la vida para llegar hasta donde estaba Iñaki Ochoa de Olza, en una tienda a 7.800 metros de altura, y no dejarle morir solo. El que se cambió de botas con Bolotov y subió como un cohete, el que consiguió que por fin bajara Horia Colibasanu. El mejor alpinista del momento. Me entero del fatal accidente leyendo a Óscar Gogorza. Vuelvo a ver los veinte minutos del ‘Informe Robinson’ de 2010 que rememora el intento de rescate de Iñaki en el Annapurna y de un tirón también el documental Pura vida. ¿Qué quiero decir? ¿Por qué quiero decir algo?

Carlos tenía examen de Lengua al día siguiente de morir Steck. El examen será —me explicó— un comentario de texto. Casi seguro, un comentario de un texto periodístico. Yo busco un texto, te lo envío y tú haces el comentario, como si fuera el examen, y luego te corrijo, le propuse. Le pareció bien. Me metí en internet, apareció el texto de Gogorza. Por un momento, pensé en copiarlo y pegarlo para enviárselo a Carlos, pero finalmente decidí no hacerlo. Copié en su lugar uno planito de agencia. El chaval se iba a confundir. ¿Qué tipo de texto es?, me hubiera preguntado. ¿Información, crónica, columna…? Con razón. Lo que escriben quienes escriben como los ángeles es siempre una mixtura que jamás encontrará acomodo en las definiciones de un libro de texto. Pero Steck es un ángel de la guarda también para Carlos, que en el examen identificó como columna lo que era una columna y aprobó la asignatura.

Sin embargo, ahora, sin urgencias, me arrepiento. En el fondo, hubiese sido mejor que Carlos leyera a Gogorza, las complejidades de su texto asombroso, y que himalayamente hubiese conocido quién era ese suizo que volaba en las montañas, cómo vivió, desde dónde. Para aprobar Lengua, como para leer un periódico o escribir en este blog, como para ir al cine y no plegarse a la dictadura de Netflix (gracias, Cannes), siempre hay tiempo.

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Abril 29, 2017 0

Bastenier

Por Javier en General

Bastenier, te has ido sin pedirnos permiso, con tu voz ronca y una hosca dulzura. Te has ido además cuando más te necesitábamos: cuando más tonterías se hacen en el oficio, también en tu periódico. No eras, Bastenier, un hombre de bobadas y sí de los que te levantabas, tomabas la palabra —te la hubieran dado o no— y la liabas. ¿Quién la liará ahora?

Primavera otoñal. Hay como un viento desolado. Maldito viento que mece la muerte. Se llevó sin decir palabra a Paloma Gómez Borrero, creyente de los pies a la cabeza, y esta semana casi seguidos a Joaquín Prieto y a ti, inigualable Bastenier, agnóstico y católico a la vez. ¡Y yo que pensaba que no te morirías nunca, que seguirías escribiendo tus análisis apasionados y exactos! Porque sin ellos un diario no es el mismo diario. Pero luego caigo en la cuenta de que también se fue Fernando Pérez Ollo, que a su manera pamplonesa era de tu misma estirpe. Te hubiera encantado conocerlo. O a lo mejor sí lo conocías. Pobres diarios. Esto no se hace, Bastenier.

Un pequeño diario familiar del estado de Iowa, en Estados Unidos, acaba de ganar un premio Pulitzer. Se ha impuesto en su renglón a The Washington Post. Los editoriales del ‘The Storm Lake Times’ han conseguido poner al descubierto los oscuros intereses de grandes negocios agrícolas. El periódico se distribuye dos días por semana, apenas llega a los 3.000 ejemplares. Cinco de los nueve miembros de la plantilla pertenecen a la familia Cullen. Art Cullen, de 60 años, autor de los textos, no sólo es el editorialista sino también el reportero de información local y hasta hace nada el responsable de la rotativa. Un poco como, tú, Bastenier, que venías siendo español, congoleño y colombiano, editorialista, profesor y curador —como se dice ahora— de una lengua que para ti era sinónimo de periodismo. Seguro que sabías la historia de Iowa, yo me acabo de enterar.

Sí, el periodismo vale la pena. Lo saben y lo cuentan los Cullen, que por ese motivo han perdido amigos y anunciantes, y lo sabías tú, Bastenier, que debiste de vivir tu vocación contradictoriamente en el seno de un enorme conglomerado mediático que lo mismo se echa en brazos de Facebook como de Google. Peajes de la fidelidad, Bastenier. Claro que, ¿quién puede sustraerse a la contradicción? Nadie, ni los grandes. Tú, tampoco.

Francófilo de tomo y lomo como eras, leo, seguro que leías Le Canard Enchainé y conocías sus datos: 400.000 ejemplares semanales, investigación de la buena, mucho, mucho humor, cero publicidad, cero internet… y colas para comprarlo cada miércoles. ¿Qué conclusión sacas? ¿No crees que hemos escogido el camino equivocado? Porque no me negarás que es una contradicción que el principal diario de Toronto se diagrame en Florida. Y otra flagrante que el principal diario de España —tu periódico— anuncie como una gran primicia mundial que ahora se puede conseguir a través del servicio de Amazon Prime View. Gratis —gratis, sí— los primeros días con sólo hacer un pedido. ¿Tú qué piensas, Bastenier? ¿No te parece un drama entregar la distribución de contenidos, considerar que no forma parte del ‘core’ de nuestro oficio? Me hubiera gustado preguntártelo. Como tu obsesión por Twitter, como tantas cosas.

El artista Joseph Ernst (¿será descendiente de Max Ernst, Bastenier?) ha titulado ‘Nothing in the News’ un proyecto con el que pretende llamar la atención sobre los riesgos anestesiantes de la conexión permanente: “El periódico pretende competir con el teléfono móvil. La información pugna para llamar nuestra atención y ocupar nuestro tiempo. Hay tanta que ya nada nos afecta. Pero el día sólo tiene 24 horas. Es necesario desconectarse para que las cosas nos puedan volver a importar otra vez”. Periódicos sin noticias, literalmente en blanco, para hacernos pensar… ¿Cómo crees tú que deben ser los periódicos, Bastenier? Tómate un ron a mi salud y chívamelo ahora que ya nunca volverás a pisar una redacción.

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Abril 20, 2017 0

Nombres

Por Javier en General

Sarah Slobin es editora de Cosas —Things Editor— en Quartz, un medio nativo digital estadounidense. Después de ‘fusionista’, que encontré en Dubai, es el nombre más bonito que he escuchado nunca para alguien en una redacción. Mi abuela adora la palabra ‘cosas’, ya lo he mencionado alguna vez. Suele mascullarla cuando no tiene ganas de dar muchas explicaciones. “Por cosas”, responde en esas ocasiones, y dice todo sin decir nada. Una vez, por cierto, inventé otro cargo: editor de balcones. Lo propuse dos veces sin éxito, acaso por falta de solera periodística. No cayeron en la cuenta quienes rechazaron mi propuesta de que tal editoría iba a suponer la propiedad de una quinta parte del diario. Y no una quinta parte cualquiera ni recluida en un rincón sino transversal, expansiva, ¡poderosísima! Quizá con nombres como el de Slobin podemos intuir un camino de regeneración del oficio, pienso. Me lo voy a apuntar.

Nombrar. Nombrar es algo asombroso. Lo que no se nombra no existe o presenta dificultades para su comprensión. Escucho decir esto al aita Barandiaran en la cueva de Sare. No hace el etnólogo sino evocar el Antiguo Testamento y al Dios de Moisés, que habla a través de la zarza: “Soy el que soy”. ¡Y se queda tan ancho Yahvé! Nos deja con un palmo de narices. Todavía hoy seguimos dándole vueltas a qué pudo haber querido decir. O a cuál es su verdadera ocupación.

Si Rafael Molina Morillo hubiese nacido en Europa, sería aristócrata húngaro y habitaría en algunos libros centroeuropeos y de entreguerras de mucho relumbrón: Zweig, Bernhard, Jelinek. Pero nació criollo y tuvo que contentarse con escribir las mejores columnas de la prensa dominicana reciente. Molina Morillo nunca fue editor de Cosas ni fusionista sino un vulgar director de periódico. Uno de los mejores que he conocido. Fundó y dirigió la revista Ahora, que el golpe de 1965 tumbó, y en lugar de arrugarse lanzó en 1966 El Nacional, el primer e icónico vespertino del país. En los turbulentos años del postrujillismo, fue un firme defensor de la democracia y de las libertades públicas. Lo encontré más tarde, ya dirigiendo Listín Diario. A mi inexperiencia como consultor y a mi ansiedad volcánica respondió siempre con tacto y más de una lección. Siempre me fijé en cómo acomodaba prudentemente la mandíbula antes de hablar, como si temiera decir lo que no quería decir y así pudiera controlarlo. De una pieza y humor afinado, acaba de fallecer a los 87 años. Al pie del cañón: siendo director de otro periódico y llamando a las cosas por su nombre.

Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, tampoco duda en nombrar la muerte. Es del 66, como yo, de cuando Molina Morillo fundaba El Nacional; es decir, tiene 50 años justos, o 50 palos, como él prefiere decir. 50 palos y un cáncer como una catedral que no duda en mirar de frente. Su música, las versiones de siempre y ese estremecedor ‘Humo’, suena serena, despojada de artificio. Sin cosas. O con todas las cosas. Hay cuerdas, a veces un piano. Un canto desnudo a la vida. El otro día me hizo llorar mientras conducía a casa. ¿Qué tienes, muerte?

¿Qué tienes, Europa?, añadiría en el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, cuando la Unión Europea vive sus horas más bajas. El pesimismo europeo me enerva. Viene a mi memoria un librito de 2005 titulado ‘Por qué Europa liderará el siglo XXI’, del británico Mark Leonard. Dice así: “Aquellos que creen que Europa es débil e inútil se equivocan. Europa parece muerta sólo porque se la observa a través de los ojos de Estados Unidos, unas miras estrechas y superficiales (…). La fuerza de Europa es amplia y profunda, y difunde sus valores desde Albania a Zambia. En vez de posicionarse contra otros países, los acerca a su órbita de forma que, una vez reciben la influencia de sus leyes y costumbres, ya no vuelven a ser los de antes. Una vez absorbidos por su esfera de influencia, los países cambian para siempre”. Y añade: “Dado que las noticias las cuentan los periodistas y no los historiadores, el poder europeo a menudo se confunde con debilidad. Ha llegado el momento de cuestionar nuestras nociones de poder y debilidad. El problema no es Europa sino nuestra trasnochada idea del poder. El poder de Europa es transformador. Cuando dejamos de mirar el mundo a través de los ojos de Estados Unidos, podemos comprobar que cada elemento de la ‘debilidad’ europea es en realidad una faceta de su extraordinario poder transformador”. La debilidad del poder y el poder de la debilidad: Europa, qué nombre tan admirable.

En fin, andamos estos días en el estudio entre nombres, a la caza de varios logos con sus denominaciones, o mejor al revés. Buscando marcas para empresas y administraciones públicas. ¡Qué tarea tan difícil! Deberían ajustarse como un guante: pronunciarlos y reconocer de inmediato en las propuestas a esas empresas o administraciones. Pero casi siempre resultan nombres tópicos. O suenan exagerados, o demasiado gastados, o pegados a la moda. O aparece como quien no quiere la cosa, muy bien dispuesta, la tentación seductora del inglés. O algún complejo innombrable, mira por dónde. O directamente los nombres no van con la cosa, y son una solemne y enrevesada estupidez. Y venga a darle vueltas y más vueltas…

Eso tienen los nombres: no son una fruslería sino algo muy importante. A fin de cuentas, uno es su nombre y no responde a otro que no sea el suyo. Por eso, hay que combatir la proliferación de marcas. Devolver a los nombres la escueta y misteriosa profundidad de su valor. Conservarlos como tesoros, respetarlos. “Mi poesía está aquí, como nació, sin ningún ropaje de retórica, descalza, desnuda, rebelde, sin disfraz. Mi poesía recuerda y se parece a mí”, escribe Gloria Fuertes en el prólogo de ‘Isla ignorada’, su primer poemario. En el colegio mi apellido daba para todo tipo de pareados fáciles, pero si yo creara en 2017 una empresa no tendría más remedio que volver a llamarla Errea. Y a mucha honra.

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Abril 4, 2017 0

Inmortales

Por Javier en General

Every NYT front page since 1852 from Josh Begley on Vimeo.

Javier Barriocanal y Octavio Pardo me advierten gentilmente de que sí se ha hecho una infografía sobre la percepción acelerada de la existencia. Se lo agradezco. Entro en la página de Maximilian Kiener, diseñador austriaco, y ahí está Why Time Flies. Hecha con gusto, muy ilustrativa. Pero nada inquietante. Lo que pasa es que a mí, más que la percepción, que sólo es eso, una percepción, y como tal subjetiva, lo que me preocupa es la aceleración real de la vida. Los relojes y el calendario avanzan cada vez más deprisa, eco seguramente de la expansión acelerada del cosmos, aunque esto me lo acabo de inventar.

Convivir una semana entre infografistas y con gráficos de todo tipo no ayuda mucho a estar tranquilos. Mis urgencias ancestrales se han vuelto a acelerar. Alguien muestra de repente el artefacto de Josh Begley, que en 55 segundos ha condensado todas las portadas de The New York Times desde 1852. Desfilan —las portadas— en cámara rápida sobre una cuadrícula de 9×5; las noticias sólo confirman un destino anunciado, inexorable. El vídeo tiene aroma de cine mudo. Sólo faltan carátulas y créditos. La música no la identifico. Es triste y opresiva. Muy a tono con el gran hallazgo de esta vigésimoquinta cumbre mundial de infografía: estamos hartos del big data. De su apariencia científica, que nos enredó y confundió. De sus ínfulas, de sus aires de grandeza, de su afán de superioridad. Se acabó. “Distanciémonos de los datos”, levanta la mano y concluye uno de los asistentes. Llego al final de los Malofiej sin resuello, realmente cansado. ¿Alguien podría detener este vértigo?

Mi padre acaba de cumplir 80 años. Lo dice el periódico y él lo sabe. Nos hemos reunido para celebrarlo. No ha parado de llover en todo el fin de semana. En la gruta de Sara, en el País Vasco francés, la guía cuenta que las estalactitas crecen un centímetro cada cien años. En las paredes calcáreas encontramos incrustados moluscos y otros restos marinos de hace miles de años, cuando el océano cubría la zona. De inmediato, me acuerdo de los mapas de National Geographic y del trabajo portentoso de Fernando G. Baptista. Ajeno a algunas modas y a la estúpida sacralización de lo innovador porque sí, sus gráficos son capaces de atrapar el tiempo. Nos hablan al oído, con voz pausada, de lo verdaderamente importante. Sus tiburones, sus embarcaciones vikingas, la columna de Trajano o el origen de la ciudad de Londres: allí nos reconocemos. La obra de Fernando es de un rigor impecable, pero a la vez es como un cuento, y por eso produce una cálida ilusión de intemporalidad. Toca lo que John Yorke denomina en su libro Into The Woods “la parte perdida de nosotros mismos” (lo citaba el jueves Jon Schwabish). Esa que, por un instante, hace que nos sintamos inmortales.

La pieza de Maximilian Kiener ‘Why Time Flies’ se puede ver en https://www.maximiliankiener.com/digitalprojects/time/

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Marzo 26, 2017 0

El fracaso de la infografía

Por Javier en General

Todavía no he visto un gráfico que explique por qué la velocidad de la vida se incrementa año tras año, o eso me parece. Sería un gráfico sumamente interesante. Aunque no sé si me tranquilizaría o si verlo me generaría más ansiedad.

¿Cómo sería este gráfico?, me pregunto.

Me viene a la cabeza un tipo de visualización con forma de espiral o torbellino, como uno de esos tornados que, a su paso, arrancan de cuajo las cosas y se las tragan, se tragan todo. No habría números, o estarían todos ellos diseminados de cualquier forma, o serían las propias coordenadas del gráfico las que se dislocarían… En fin, un caos de gráfico.

Podría ser también un gráfico de flujo, criatura de mil tentáculos que se retuercen, me atrapan y me asfixian antes de arrojarme a sus fauces. O bien, por qué no, un gráfico de dispersión: un denso estado mental poblado de burbujas lisérgicas que flotan y chocan y rebotan, o que simplemente refulgen titilantes. Burbujas hipnóticas que me adormecen con su melodía reptil: mecido, me dejo llevar. Es probable que no despierte jamás.

Sería, de eso estoy seguro, un gráfico agobiante. Opresivo. Con rasgos psicóticos. De diván. Todo eso sería. No es para menos. La vida no es una simple cronología. Lo voy consultar con Cairo, con Fernando Baptista, con Duenes, con Heumann, con Loscri… A ver qué dice Grimwade. ¿Qué pensará del vértigo el nonagenario Urabayen?

Hace unos años escribí que sólo la infografía salvaría a los periódicos. Creía entonces que la experimentación con nuevas narrativas nos ofrecía inmensas posibilidades de desarrollo. Que el futuro de los diarios pasaba por acabar con la tiranía del texto-foto, texto-foto, texto-foto. Por abrirse a la condición de sobre-sorpresa. Y ahí, sí, la infografía parecía un elixir.

Pues bien, hemos llegado a un punto en que ni siquiera los gráficos parecen tener esos superpoderes. ¡Si hasta Supermán nos ha dejado tirados! Por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario, por muchos congresos y ensayos y libros y gurús que clamen, el periodismo actual es más débil que nunca. La situación de los medios es comatosa. Y es así no porque lo diga yo o porque me guste chapotear en la miseria y recordar los buenos viejos tiempos. No, el problema es que hombres y mujeres de 2017 ya no conceden al periodismo la autoridad que tuvo un día. Hoy, reconozcámoslo, sólo somos una voz más en medio del griterío. Y no la más confiable.

Malofiej, la cumbre y los premios, cumple 25 años. En este tiempo, la cita ha visto cómo nacía, se desarrollaba y consolidaba la infografía moderna hasta convertirse en una vedette. De todo ha pasado en este cuarto de siglo: guerras crueles y siempre injustas, formidables movimientos migratorios con su drama, el final de un mundo bipolar y la vuelta a una suerte de medievo incontrolable, el nuevo terrorismo islamista y también el exhibicionista, los dos muy virales, casquetes polares derritiéndose, seres humanos transmutados ahora con cinco extremidades, el advenimiento de una nueva tiranía tecnológica-telefónica que lo trastoca todo, ¿el final de la conversación?
No sé si la infografía ha revolucionado el periodismo, como solemos convenir. Sí que forma parte indisoluble del paisaje periodístico con todo lo que eso supone. También del no periodístico, es decir, de todo lo demás. Nos hemos zambullido con nuestras cinco extremidades —no soltamos el móvil ni torturados— en las profundidades abisales del ‘big data’. Y ahí al fondo permanecemos, no sabemos si bien o mal, mecidos o zarandeados, en cualquier caso instalados. Ya no respiramos por la nariz sino por la mano, ahora prolongada. Ya no miramos con los ojos sino con el ombligo, selfi de muchos pixeles. Ya no escuchamos con los oídos sino con shazam. Ya no hablamos con la boca ni con su lengua desnuda sino a través de siri, secretaria de lujo. Ya no hacemos el amor acariciándonos sino sólo por whatsapp. ¿A qué sabrá la próxima comida smartphone? ¿Sabrá?

De esta vida nuestra acelerada no se sustraen los Malofiej. No podrían hacerlo aunque quisieran. A sus inicios revolucionarios, pero serenos y un punto ingenuos, se han sucedido después desarrollos extraordinarios y extraordinariamente veloces. Tanto que no ha sido fácil decir no a surfear la ola en primera línea… ¿Ola? ¿Quién dijo ola? ¡Es un tsunami en toda regla! Llegados a este punto, ¿tiene sentido convocar una nueva edición de los Malofiej: enviar y juzgar trabajos, conceder premios, comentarlos, publicar el libro? ¿Por qué seguir reuniéndonos? ¿Para qué y cómo hacer gráficos en el fondo del mar?

Ésa es la cuestión y el objeto de este libro. No tanto celebrar los éxitos, los hallazgos, todo lo bueno que hemos hecho, sino escudriñar con la mayor seriedad posible los retos y opciones que tiene la infografía en los próximos 25 años. Prestigiosos infografistas de medio mundo han aceptado el reto: poner sobre la mesa sus inquietudes, subrayar algunas (pocas) certezas, aventurar caminos. Lo hacen todos desde su indiscutible experiencia. Nuestro agradecimiento por delante a su generosidad y talento.

Entonces, ¿cómo sería el gráfico de nuestra vida, el que contase por qué todo va más y más deprisa? No, no sería una espiral. No debería asfixiarnos ni agobiarnos ni abrumarnos. Debería ser, más bien, un gráfico silencioso. Discreto. Una pieza modesta, ordenadita, de vía única. Que estimule preguntas y suscite diálogos, conversaciones. Entendimientos. Amores. O quizá no ser nada y dejar que la vida siga acelerándose como quiera. Porque la infografía, por muy buena que sea, tampoco va a encontrar su secreto.

Prefacio publicado en ‘Past, Present, Future. 25 Years of Information Graphics. What’s Next?’, libro editado por el Capítulo Español de Society for News Design con motivo del vigesimoquinto aniversario de los Premios Internacionales y de la Cumbre Malofiej de Infografía.

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Marzo 20, 2017 0

Un mes sin escribir

Por Javier en General

Reviso el histórico y confirmo con inquietud: hoy se cumple un mes desde mi última entrada aquí. Nostalgia de día febriles y posiblemente más felices. Lo reconozco, no sé de qué escribir.

Podría escribir sobre el hecho de que no sé de qué escribir, que es lo que estoy haciendo. El yermo. La ausencia. Lo vacío. No deja de ser un temazo. Pero en seguida me acuerdo de los columnistas semanales que recurren a este cliché cuando no se les ocurre otra cosa mejor. Como es algo que detesto, prefiero agarrarme a cualquier clavo ardiendo y ver qué pasa.

A Mark Thompson, por ejemplo, presidente de The New York Times. En La Vanguardia, Lluís Amiguet le vuelve a preguntar por el futuro de los diarios en papel. “Les quedan al menos diez años de vida”, pronostica Thompson, quien subraya también que la crisis del periodismo se debe a que durante décadas dimos la espalda a los lectores. Qué tema tan sobado. Me aburre. Sigo sin saber de qué escribir. ¡Esto sí que es una crisis! Tampoco me inspira George Osborne, ex ministro de Finanzas británico con David Cameron, que será director del londinense Evening Standard a partir de mayo. Sin experiencia periodística ninguna, es la última ocurrencia del extravagante magnate Evgeni Lebvedev, el mismo que cerró The Independent. Pobres diarios. Pero también éste es un tema gastado…

Pruebo con otros clavos salvavidas. De la mano de Gonzalo Torné, me he acercado estos días a cuatro premios Nobel de literatura: Munro, Jelinek, Modiano, Pamuk. Arrebujado al fondo de la librería, me dejo mecer por la exposición. Regreso a los años felices, que además es el título de la última novela de Torné. Por cierto, ¿cuáles son los años felices?, me pregunto mientras habla el catalán. Luego, le pregunto a él: ¿cuándo un tema es un tema? (para escribir, se entiende), ¿cómo saber que ahí hay un tema? Sigo dándole vueltas al asunto mientras camino un sábado soleado por el barrio de mi infancia. Por un momento, siento que me aproximo al corazón del barrio, ese lugar físico que reuniría su densidad esencial, su secreto, lo que lo colma y de paso me colmaría a mí. La ferretería, la pastelería, el estanco… ¡El tema! Como tantas veces, paso de largo sin encontrarlo. La sensación de densidad afloja. Vuelvo sobre mis pasos. Estoy condenado al fracaso. No hay tal corazón del barrio, como tampoco hay un corazón de la ciudad ni un destino al final de la calle o de la carretera. Calle y carreteras se bifurcan o prolongan, no llevan a ninguna parte. El secreto se escapa como el agua entre los dedos. Los años felices no existieron en realidad, son sólo un lugar en la memoria.

En ‘Funes el memorioso’, de Borges, el protagonista vive con el peso horrible de recordarlo todo; en ‘Calle de las tiendas oscuras’, de Modiano, el protagonista no recuerda quién es, y su búsqueda es igualmente angustiosa. ¿Existieron los años felices del periodismo? ¿Fueron acaso los del Watergate o los de la transición española, cuáles? ¿Asistimos hoy al peor periodismo en décadas, como dice algún gurú en Twitter? Asegura David Rieff en ‘Elogio del olvido’ que los recuerdos pueden ser muy injustos con el presente, y no le falta razón. Rieff habla incluso del “imperativo ético del olvido”: “Todo debe llegar a su fin, incluso el duelo. Si no, la sangre nunca se seca”. Qué valiente este Rieff que se atreve a plantar cara a la sagrada memoria, ésa que todos exprimen hoy para arrimar desde el relato el ascua a su sardina. Gastada, pesada, castrante memoria.

Los viejos años felices del periodismo no existieron jamás. No nos lamentemos entonces ni miremos atrás con boba nostalgia. Se habla y debate aburridamente sobre el futuro de los periódicos cuando su única posibilidad es ser capaces de generar diálogo auténtico: escribir para conversar para superar tanta memoria —y tanto cliché—, y quizá entendernos. El cineasta navarro David Arratíbel venció su rabia, su perplejidad y otros miedos antes y, sobre todo, durante el rodaje de ‘Converso’, que acaba de obtener el premio del público en el festival de cine documental Punto de Vista. ‘Converso’ es una conversación pendiente que finalmente se da y cambia una vida. ¿Puede el periodismo cambiar vidas?

Salgo de Punto de Vista. Entro a otro mundo. En la calle sólo se habla del autobús ‘tránsfobo’. Nadie escucha. Me quiero dar la vuelta…

Y, de repente, Andrew Losowski: “Déjenme decir esto, para que conste: internet no está muerto. Lo digital no desaparecerá. El papel no matará a la web. Cuando el impreso fue inventado los diarios digitales lo ignoraron, y hasta se reían al referirse a él como algo de nicho, para un puñado de geeks. Esos mismos periodistas que se reían antes anuncian ahora la muerte de internet. Alrededor de lo impreso se ha creado una enorme expectación que se contagia por todas partes. Los medios se han apresurado a crear periódicos sin tener claro siquiera un plan de negocio para pagarlos. De repente, vivimos en un mundo impreso. El papel ha cambiado tantas cosas en nuestras vidas que es difícil imaginar cómo era todo antes, cuando la vida era sólo digital…” No es una novela de ciencia ficción, son las cubiertas de ‘Fully Booked. Ink on Paper’ (Gestalten, 2013). Tiene miga, escribo.

Escribir, esa irrenunciable obligación.

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Febrero 18, 2017 1

Clichés

Por Javier en General

(Un grupo del último curso de Periodismo me envía una selección de portadas que se han publicado en las últimas semanas con Donald Trump como protagonista y me pide que escriba un artículo de opinión para su proyecto. Se supone que tengo que valorar el grafismo de esas portadas. Ayer, se hizo pública la sentencia del caso Nóos. Hubo quien manifestó que los Borbones se libran de sus delitos lo mismo en la dictadura que en la democracia. Antes de conocer esto último, escribí lo que sigue).

Una de las peores cosas que puede sucederle a un comunicador —a cualquiera, en realidad— es caer en el cliché. Hay muchos tipos de clichés: verbales, visuales, gestuales, incluso —y sobre todo—de pensamiento. El denominador común de todos ellos es lo manido: algo ya empleado más o menos profusamente antes, y por tanto gastado, previsible, poco sorprendente. Estrecho.

Hace unas décadas era difícil incurrir en clichés. No porque no los hubiera sino porque la capacidad de difundirlos o compartirlos y conocerlos era mínima, y en todo caso aplazada, nunca instantánea. Es decir, era casi imposible que se advirtieran. El plagio, que tiene mucho de cliché, también era mucho más sencillo entonces: una tesis, un hallazgo, unos versos, una imagen… capturados lo suficientemente lejos solían valer como originales. ¡No había forma como cazar al plagiador!

El advenimiento de la era digital y la reciente eclosión de las redes sociales hacen que ser original hoy sea una proeza. De una u otra manera, todos vemos y escuchamos las mismas cosas. Hablamos de lo mismo. En tiempo real. Hasta tal punto que uno ya no sabe discernir si lo que le ronda por la cabeza es de cosecha propia o, como es más probable, proviene de fuera, cualquiera que este ‘fuera’ sea. Este problema es particularmente grave en la esfera creativa. ¿Queda alguna metáfora visual por descubrir?

En todo caso, los clichés verbales y visuales —los que tienen que ver con la comunicación, que es lo que nos compete— son sólo consecuencia de clichés previos y mucho más hondos y arraigados. Sin darnos cuenta, hombres y mujeres discurrimos por el mundo aferrados a unas pautas de pensamiento y compartimiento que nos proporcionan referencias, seguridad. Algunas son heredadas, otras las modelamos. Por eso, uno de los grandes retos que tenemos los seres humanos es confrontar nuestras pautas íntimas con otras ajenas. No caminar por la vida con una venda ni buscar en todo momento la confirmación de lo que pensamos en los círculos de confort conocidos sino tener la anchura suficiente para reconocer que pautas hay muchas, y muchas válidas o tan válidas como las nuestras. Y que de todas ellas podemos aprender y enriquecernos.

Los medios de comunicación ya denominados ‘tradicionales’ (‘legacy media’) viven con estupor un profundo cambio de paradigma. No es que su rol haya cambiado —¿o sí?— sino que la sociedad cuestiona ese rol y les vuelve la espalda. Los periódicos (la radio, la televisión…) no son el único suministrador de noticias, ni siquiera el principal ni el más confiable. A esta nueva situación se añade que internet tampoco está respondiendo a la promesa formulada al principio, cuando se vaticinaba un mundo más abierto. Al contrario, las redes sociales contribuyen hoy a mirar el mundo estrechamente. No a cuestionar ni a cuestionarnos, sino a corroborar lo ya sabido. Y, por tanto, a radicalizar posturas. La supuesta bondad digital se ha diluido como un azucarillo, pero no parece importarnos.

Donald Trump es un personaje que tiende como tantos a la simplificación: para él, las cosas son blancas o negras. Eso, en el mundo actual, que es el mundo de las redes sociales, funciona bien. Pero las redes no son un ente maquiavélico que domina nuestras mentes; es crucial entender que las redes sociales no serían ni red ni social sin nuestro concurso decisivo. El de cada uno. Trump es, pues, uno más de nosotros. ¿O no es verdad que tendemos a verlo todo con nuestro prisma? ¿O no justificamos a los amigos y denostamos a los que nos caen mal? ¿O no recelamos por lo general de lo desconocido y parapetamos nuestras pertenencias, nuestro mundo, nuestras seguridades? La paja, la viga, los ojos…

Nada hay peor que un medio de comunicación previsible. Bueno, quizá sí: uno que se cree en posesión de la autoridad democrática o uno que se considera tan importante como para señalar quién es intachable y quién es despreciable. Al final, diarios y revistas caen en los mismos defectos que señalan a Trump. Y, sobre todo, en el de la simplificación, que lleva a la radicalización y no al debate sosegado. Desgraciadamente, los quioscos —impresos y digitales— están estas semanas llenos de clichés.

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Febrero 12, 2017 0

Secretos de portada

Por Javier en General

Antes de fin de año un diario de circulación nacional llegó a los quioscos con una portada que causó razonable perplejidad a Miguel Ángel Jimeno. Con su proverbial pausa, Jimeno lanzó una pregunta inquietante en su cuenta de Twitter: ¿puede ser el coche del año asunto único de una portada periodística?

Esa pregunta tenía y tiene mucha miga. La respuesta parece obvia, aunque quizá no lo es tanto. O no en estos momentos de extrema debilidad. Abres tu navegador, haces ‘scroll’ y en cascada desfilan lo mismo informaciones duras que publicidades disfrazadas, sitios de terceros con misión anabolizante que recomendaciones ‘big brother’ según tu perfil. Y todo con la misma apariencia, no vaya a ser que Google se enfade. Qué atinada y odiosa es la palabra ‘cookie’, galleta en inglés, que viene de ‘cook’, cocinar: hace tiempo que los diarios perdieron su descarnada frescura para convertirse en peligrosos platos ‘precocinados’ quién sabe dónde y con qué ingredientes.

Comparto la perplejidad de mi amigo. En realidad, la moda de las portadas-cartel acentúa los riesgos que entraña nuestra debilidad. No me canso de aconsejar a estudiantes universitarios y a otros colegas de que se resistan a ella, a esa moda, y que defiendan con uñas y dientes las portadas normalitas, las que traen noticias: las de verdad. Porque no todo es especial. Uno sólo se desmelena cuando toca; si se desmelena todos los días, lo especial deja de serlo y pasa a ser lo habitual. Y ya se sabe que la rutina es capaz de ahogar la más ardiente calentura.

La epidemia de las portadas-cartel es una muestra de cómo el periodismo popular ha influido en el llamado serio o de prestigio. Una portada-cartel, monográfica, supone necesariamente una simplificación de la realidad con el ánimo de llamar la atención. (También un título es una simplificación, y por eso se ven los títulos que se ven). La consecuencia es fácil de adivinar: afloran los clichés, se publican primeras páginas idénticas. Este problema lo padecen sobre todo aquellos diarios cuyo modelo de portada es precisamente la portada-cartel, aunque no sólo. Ni siquiera se libra Libération. Libé es conocido por su portadas-obituario (necro), seguramente las mejores del mundo, y por algunas primeras páginas de antología. Pero no todos los días se muere una leyenda ni uno tiene siempre las musas rondando. Emplear recursos de la cartelería un día normal suele dar pésimos resultados.

Una portada es algo muy serio. Mucho. Sobre todo, en los medios impresos. Tanto en estos como en las ‘homepage’ digitales, hay personas que no cruzan jamás su umbral. Se quedan apenas con lo que enuncia la portada. Una de las cosas más fascinantes en cualquier diario es asistir a la reunión donde se gesta su primera página. He presenciado reuniones eternas con café y medialunas. Otras, escandinavamente de pie. He asistido a bochornosas exhibiciones dictatoriales. A lecciones de periodismo, y también de pseudoperiodismo. A soberanos aburrimientos. He observado meros ejercicios de escribano y secretaría. He participado en juntas tipo ‘cookie’, previamente cocinadas. En simulacros de junta. He sido testigo de humillaciones, desprecios, llantos. También de defensas heroicas, de arrebatos majestuosos, de admirable coraje. Incluso, alguna vez, me he sentido orgulloso de nuestro oficio.

Sí, siempre he creído que la portada de un diario es una cosa importante. (A lo mejor no es tan importante como creo, como casi nada en la vida, y en el fondo se trata de tomarse las cosas con más humor, pero ese es otro tema). Parecería pues que hacer una portada debería estar a la altura de su seriedad. Pues bien, muchos no creerán la manera frívola con que a veces ser resuelven portadas de un plumazo. O los motivos que runrunean por detrás, que poco o nada tienen que ver con el interés o la trascendencia o el alcance. Ni siquiera —y ya es decir— con el impacto. Esta semana no se trataba del coche del año sino de una marca de camisetas y de un rifirrafe estrictamente local que ha llegado a los tribunales. ¡Y que ha merecido una foto a cuatro columnas en la portada de otro diario de circulación nacional! Un diario puede descubrir, sorprender, inducir al diálogo y a la reflexión. Un diario está para eso. Y eso es bueno. Pero nada hay peor que un diario que genera perplejidad, uno que hace preguntarse por los motivos últimos de una portada. Desconfiar de tu diario es una cosa muy molesta.

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Febrero 9, 2017 1

La vespa

Por Javier en General

Hace 25 años, el 30 de julio de 1991, yo tenía (casi) 25 años y viajaba de paquete en una vespa —mi vespa 200 negra— que conducía Mónica. Íbamos siguiendo de cerca a un mocetón de Villava llamado Miguel Induráin, flamante ganador del Tour de Francia, su primer Tour. Había que apuntarlo todo, hasta la última chichimocha, vocablo con el que en el rico y plural argot de la redacción nos referíamos a las anécdotas que aportaban color a una cobertura. La de aquella victoria de Induráin no era una cobertura cualquiera sino la cobertura; desde arriba nos reclamaban chichimochas por docenas.

La fotografía que acompaña estas líneas la publicó el diario el lunes pasado en una sección semanal que dedica a las nostalgias. Tampoco es una foto cualquiera. Ese día, y eso que era julio y en julio Pamplona está muerta, miles de personas se echaron a la calle para aclamar a su campeón, como se puede apreciar. Pero si nos fijamos un poco más descubrimos en la imagen a un jovencísimo y satisfecho Echávarri, el director del equipo; al propio Induráin de sonrisa franca con una mata portentosa de pelo; y, a su izquierda, en un segundo plano imposiblemente discreto, al también ciclista navarro Javier Luquin, que contempla la algarabía como si fuera ciencia ficción. Justo delante de nuestra vespa circula una señora moto. En ella viajan dos colegas del diario de la competencia en el que al cabo de unos años yo acabaría trabajando: los fotógrafos Javier Bergasa y Patxi Cascante. Me cuesta reconocerlos casi tanto como reconocerme a mí. Y sin embargo yo soy yo. Los mismos ojos, los mismos miedos. La foto aún guarda otra sorpresa: de la puerta del vehículo que protege la retaguardia del descapotable principal asoma Mario Zunzarren, agente de la policía autonómica y escritor. El policía Zunzarren, un gran tipo, publicaría desde esa fecha varios libros y decenas de columnas periodísticas. Falleció trágicamente en un accidente de moto en 2016.

50 es el doble exacto de 25, aunque en 50 caben dos de 25 y hasta tres. Quién me lo iba a decir. Quién se lo iba a decir a Echávarri y a Induráin. Quién a Mónica, que luego se casaría con Oroz. Quién a Javier y a Patxi, con el que hablé brevemente el otro fin de semana en el frontón Labrit y nos dio para ponernos al día. Quién al bueno de Mario Zunzarren, que tanto escribió sobre la prudencia en la carretera.

Con 25 marché a Estados Unidos, con 25 me casé, con 25 cometí un delito de tráfico tontísimo y casi acabo en una cárcel del condado de Pinellas, con 25 juré decir toda la verdad y nada más que la verdad, y también no volver a hacer una de esas en el país de Trump, con 25 no supe sacar jugo al Poynter y a la aventura americana porque sólo quería volver al periódico, ay, tonto, con 25 miraba estrechamente la vida y no sé si he aprendido tanto, con 25 tuvimos un accidente, sin consecuencias, y de vuelta descubrimos un pueblo inaudito llamado Rocky Mount con su librería de viejo, con 25 conocimos a Homero y a su mujer Sonia, y a los 50 me volví a cruzar con Homero en Panamá, con 25 mi sueño era mi periódico, musculoso e influyente, una meca, y ahora los periódicos no saben pobres si saldrán adelante… Con 25 no imaginaba siquiera qué era tener 50.

He leído hoy en El Mundo una interesantísima entrevista a Sherry Turkle, investigadora del MIT, que acaba de publicar un libro donde asegura que la conversación se muere (‘En defensa de la conversación’, Ático de los Libros). Turkle no se anda por las ramas: la tecnología ha hecho que perdamos la capacidad de hablar cara a cara y que no soportemos estar a solas con nosotros mismos. Esto, añade, pone en riesgo asuntos tan fundamentales como la empatía, la educación o la democracia, es decir, aquello que nos distingue de las otras especies, lo que nos hace específicamente humanos. Su conclusión no es otra que una llamada urgente al coraje para recuperar la conversación sin dispositivos. Tosca. A pelo. Cara a cara.

Quién nos iba a decir hace 25 años, cuando la foto, que la conversación correría peligro y que su futuro acabaría siendo tan negro como el los diarios. Y que después de tanto viaje daríamos en llamar ‘Desnuda Lengua’ a un proyecto periodístico en casa que a lo único a lo que aspira, curiosa, modestamente, es a suscitar el diálogo, y con él el respeto y el entendimiento mutuos. Un reto empático. “Comprender al enemigo significa descubrir en qué nos parecemos a él”, escribió Tzvetan Todorov, fallecido el martes, en ‘Memoria del mal, tentación del bien’. Por cierto, hace años que no uso la vespa negra, matrícula NA-L. Nunca me deshice de ella: la tengo a buen recaudo en el garaje. Quién sabe si la pongo a punto, al final me lío la cabeza y, como ese chalado reciente, me doy en ella un garbeo tosco y conversacional. Para reinventarme.

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Febrero 1, 2017 1

En secreto

Por Javier en General

Carrie Fisher sufrió un infarto cuando volaba de Londres a Los Ángeles. Quedó inconsciente. Ya no despertó. Murió cuatro días después. Tenía 60 años, sólo diez más que yo. Su madre, la también actriz Debbie Reynolds, la sobrevivió un día. Estaba organizando el funeral de su hija, se sintió mal repentinamente: embolia. Se apoderó de ella la demasiada tristeza. Tenía 84 años.

“Escribir es defender la soledad en que se está”, dice María Zambrano en ‘Por qué se escribe’. Ahora que los hijos salen de casa (primero Cristina, mañana Javier), mastico este texto de la escritora malagueña. Lo hago resonar en las paredes del estómago. Quiero que se retuerza en el laberinto intestinal, que se exprima y filtre por los capilares. ‘Por qué se escribe’ vio la luz en junio de 1934 en ‘Revista de Occidente’. Fue el primer ensayo de Zambrano, que tenía entonces 29 años. “Hay en el escribir un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas”, continúa. No, no es lo mismo hablar que escribir.

Cuando murió John Berger, la revista ‘Granta’ publicó un relato inédito del británico titulado ‘Go Ask the Time’. Es la historia de un joven que lo deja todo y se lanza a tumba abierta a buscar el lugar donde nadie muere. La vida es como las palabras (o, mejor, es palabra): la escribimos porque no queremos soltarla. “Lo que pasa es que tú tienes miedo y por eso te aferras al pasado”, me espeta Cristina, que desde que está en Londres anda consciente y fértilmente por los cerros de Úbeda. “Morir es el momento supremo de la vida”, leí este fin de semana no sé dónde. ¡Ay, qué lío!

Me gustaría apresar este momento, no desprenderme de él. No soltarlo nunca. No tengo la menor idea de qué quiero escribir, pero sé que quiero escribirlo. Dije una vez que me gustaría escribir como los ángeles; en el fondo, lo que quería decir es que daría cualquier cosa por saber escribir lo que quiero escribir porque sólo se puede escribir de una, de esa manera. Y vencer con las palabras. “La victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, en las mismas palabras”, anuncia María Zambrano.

Ricardo Pérez ha escrito un libro que se titula ‘La publicidad tiene la palabra’. Es el publicista que en los ochenta concibió spots y eslóganes inolvidables, casi tonadillas: “el que sabe, Saba”, “voy a comer con Don Simón”, “Calvo, claro” o “el Reig de las camas”. Se ganó todos los premios. Hoy, la publicidad le da la espalda. “Los spots de mi época se centraban en lo esencial, no en amar las flores y el campo y poner una marca al final”, protesta Pérez, y yo con él. No se llevan lo esencial ni la claridad. De momento, vamos perdiendo, María.

Recién inaugurada la era Trump, escuché en Madrid a Martin Baron, director de The Washington Post. Sentí sana envidia de un periodismo esencialmente sano. Ni un insulto salió de su boca, tan sólo datos: con ellos —y con la palabra justa, sin cargar tintas, sin ideas preconcebidas— contará su periódico lo que hace o deja de hacer el nuevo presidente estadounidense. Exactamente, al revés que el periodismo español, que primero de todo escribe el titular y después articula una historia que no lo arruine. Dicen que se avecina una nueva edad de oro para el periodismo. Que ya han aumentado las suscripciones a algunos periódicos. Que vuelve el interés por las noticias. Que con Trump nos podemos frotar las manos. Dicen, dicen. Ya veremos.

“Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién? Quiere decir el secreto, lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. Hay cosas que no pueden decirse, y es cierto. Pero esto que no puede decirse es lo que se tiene que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo son los dos acicates que mueven al escritor”, concluye María Zambrano.

Agradezco a Cristina (y a Alberto) que me hayan compartido este texto mayúsculo que deberían leer en algunas redacciones. En minúsculas, y en secreto, escribo esto porque me gustaría retener a Javier, contarle lo que no he podido decirle. Él se ha desprendido, ya vuela. Viaja con mis palabras.

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