Febrero 4, 2015 0

Profesionales de la palabra

Por Javier en General

El fin de semana un sacerdote madrileño que habla diferente, con autoridad, joven y muy digital él, pidió públicamente por los periodistas: por los “profesionales de la palabra”, dijo. Me quedé pensando. Al fin y al cabo, todo es palabra y sin palabra nada de lo que hay puede ser. Existimos porque nombramos o somos nombrados.

Profesional de la palabra me sonó a mucho e importante. Sentí responsabilidad… También me desasosegó un poco, para qué negarlo. Profesional es un adjetivo desprestigiado, venido a menos: profesional de la política, profesional del arte, profesional de la educación, profesional del sexo… Cuando decimos de alguien que es un profesional, ponderamos su destreza técnica, claro, pero en el fondo queremos señalarle la ausencia de calidez. Eficaz, pero sin alma. Como los partidos (políticos), que por algo ya no quieren llamarse partidos sino cualquier otra cosa, como bien dice el lingüista José Antonio Millán. Menos literal y oclusiva, más abierta y sugerente: ciudadanos, podemos, ganemos… Igual que ellos (los políticos), los profesionales (cualquiera, de cualquier índole) vienen a ser (perdón por el cliché) una casta. Y eso, aplicado a los periodistas, me gusta más bien poco.

Sin embargo, profesional significa apenas (¿apenas?) “de la profesión u oficio”, y también “persona que ejerce una profesión”. Si los periodistas somos los “profesionales de la palabra”, eso quiere decir que las palabras están en el corazón mismo de nuestro oficio. Y que por esa razón debemos cuidarlas más que nadie en el mundo.

Las palabras, como los dibujos, no son inocentes. Significan mucho. Pesan. Las palabras, dichas como hay que decirlas, comprometen. Hay que aprender a usarlas humildemente y evitar su manoseo. Desde esta radical humildad, que es como decir respeto o hasta temor, nace y se proyecta la autoridad. Tan necesaria en periodismo.

Vaya discurso me ha salido. No hago más que pontificar. Desgastar palabras. Odioso. La escritora uruguaya Ida Vitale, discípula de José Bergamín, me lo reprocha desde la altura de sus 91 años: “Si algo está socialmente sobrevalorado es la comunicación. Me da la impresión de que la gente está dentro de casa y fuera del mundo”. Dentro de casa y fuera del mundo, ¡qué bueno! Es, más o menos, lo mismo que decía ayer el cineasta Guillermo del Toro: “El horror es el guantazo en la cara que nos muestra lo delicada que es nuestra piel y el callo que tenemos por alma”.

Palabras comprometidas, dichas con autoridad, coleccionan desde hace trece años los amigos de Ken, empeñados en saludarnos el año nuevo con pequeñas joyas ocultas de la literatura primorosamente ilustradas. No pontifican, y eso es lo mejor; sólo son mensajeros: Chejov por Fernando Pagola, Carver por Isidro Ferrer, Dahl por José Miguel Corral, Conrad por Pello Irazu, Capote por Álvaro Matxinbarrena, Mansfield por Javier Pagola, Stevenson por Javier Balda, Melville por Miguel Leache, Saki por Carlos Patiño, Kessel por Jean Moral, Mozart por Paco Polán, Delibes por Marijose Recalde. Y, en 2015, Grossman por Taxio Ardanaz.

‘La perra’ es un cuento escrito por el autor de ‘Vida y destino’ entre 1960 y 1961, justo antes del histórico vuelo orbital de Yuri Gagarin. Es la primera vez que se traduce al español directamente desde el ruso. Recrea a una perra imaginaria, Petruschka, que consigue sobrevivir a un vuelo espacial. Dicen que el valor de la literatura de Vassily Grossman está en lo pequeño. El valor del periodismo está también en lo pequeño. De ahí la necesidad de ejercer el oficio con modestia. Seguir a pies juntillas lo que nos recomienda Montaigne, según rescatan muy oportunamente Luis y Rafa en la nota que acompaña a la edición:

“Nacer cada día
Despertar del sueño de la costumbre
Cuestionarnos todo
Prestar atención
Leer mucho y olvidar gran parte de lo leído
Tener una habitación propia
Ser sociable, convivir con los demás
Vivir con moderación
Hacer algo que nadie haya hecho antes
Ver mundo
Reflexionar sobre todo, no lamentar nada
Conservar nuestra humanidad
Ser ordinario e imperfecto
Sobrevivir al amor y a la pérdida
No preocuparse por la muerte
Dejar que la vida sea su propia respuesta”.

Mañana miércoles la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra celebra la festividad del patrón de Periodismo, San Francisco de Sales. Por pedirle al patrón, que no quede: ordinarios e imperfectos, salud y larga vida a los profesionales de la palabra (y a los periódicos).

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