Julio 7, 2013 0

Real, virtual

Por Javier en General

El chupinazo se retrasó ayer por primera vez en la historia de los sanfermines. 19 minutos. Una eternidad.

Andaba yo con la cuadrilla por donde el Iruña, en la Plaza del Castillo, sin saber bien qué pasaba, unos con el pañuelico anudado al cuello, otros todavía a la espera, todos mirando a las pantallas de televisión, pasmados de que por la megafonía sonara tímidamente el musical ‘Mamma mía’ en lugar de las habituales ‘Uno de enero…’ y tal.

La cosa es que un grupo de radicales había desplegado una enorme ikurriña de lado a lado de la Plaza Consistorial. Al principio pensamos que la enseña colgaba del propio Ayuntamiento, lo que hacía imposible disparar el cohete, pero luego entendimos que no, que estaba a bastantes metros del edificio. No había problema en disparar el cohete, el problema era que el plano de televisión elegido desde el fondo de la plaza quedaba inutilizado porque la ikurriña ocultaba el balcón desde el que se prende la mecha.

Es decir, no era un problema real sino un problema virtual. De imagen. Importaba más la imagen transmitida por televisión a todo el mundo que la realidad de una plaza repleta y expectante, de una ciudad entera que aguardaba uno de los momentos más especiales del año, si no el que más.

Y aquí está de nuevo el verdadero problema. Un problema a mi juicio profundísimo. Un problema que poco tiene que ver con la reivindicación política o con la intolerancia, y sí con saber distinguir los planos, nunca mejor dicho. ¿Dónde está la verdadera vida? ¿Está en esa nueva forma de comunicación que hemos creado a través de las redes, que nos subyuga y atrapa, hasta el punto de perder la capacidad de vivir la otra, la real? ¿Está en el dichoso plano de televisión o en la alegría contenida de miles de personas bajo la —por fin— canícula pamplonesa?

A estas alturas de la vida, con lo que ha llovido, no vale la pena volver a calificar determinadas actuaciones. ¿Para qué? Ya se ha dicho de todo. Lo preocupante es no saber manejarlas. Seguir picando el anzuelo. Se nos llena la boca con grandes declaraciones de indignación. Perdemos siempre. Mis amigos y yo, y miles y miles de personas, sólo deseábamos pasarlo bien: estallar de una vez después de un año tan duro. Creíamos merecerlo, sin importarnos qué imagen se transmitía por televisión, sin importarnos si un pedazo de tela nos impedía ver cómo el concejal de turno prendía la mecha. Porque la esperanza de todos estaba puesta en ese cohete que iba a salir disparado y que estallaría contra el azul del cielo, mucho más arriba que el concejal, el balcón y la bandera… Con lo fácil que hubiera sido decir, pongamos: “Pamploneses, pamplonesas… que no os veo. ¡Viva San Fermín! ¡Gora!” El chupinazo hubiera sido puntual, la fiesta hubiera estallado sin retraso y los minutos de gloria de esos pocos radicales se hubieran esfumado.

Tocarse más y enviarse menos whatsapp; mirarse más a los ojos y retuitear menos tonterías; cantar y bailar más en las calles y no tanta estrategia televisiva. Humor, por favor, un poco de humor. Viva los sanfermines reales.

PD. Anoche me preguntaba con qué foto hubiera abierto yo el diario hoy, día 7 de julio. Me preguntaba también cuál es la misión de un periódico al tener que informar de un hecho histórico, sea cual sea su ‘color’. ¿Deseo o realidad?

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