Junio 4, 2017 0

Retirar

Por Javier en General

Consulto en el diccionario la palabra retirar.
Encuentro catorce acepciones.

La primera: apartar o separar a alguien o algo de otra persona o cosa, o de un sitio. La segunda: apartar de la vista algo, reservándolo u ocultándolo. La tercera: obligar a alguien a que se aparte, o rechazarle. La cuarta: dicho de una persona, desdecirse, declarar que no mantiene lo dicho. La quinta: negar, dejar de dar algo. La sexta: dicho de una cosa, tirar, parecerse, asemejarse a otra. La séptima: apartarse o separarse del trato, comunicación o amistad. La octava: irse a dormir. La novena: irse a casa. La décima: dicho de un ejército, abandonar el campo de batalla. La undécima: abandonar un trabajo, una competición, una empresa. La duodécima: resguardarse, ponerse a salvo. La decimotercera: dicho de un militar, de un funcionario, etcétera, pasar a la situación de retirado. Y la decimocuarta: estampar por el revés el pliego que ya lo está por la cara.

Retirar.

Uno. Carlos se retira del colegio. Ha conseguido sacar el curso. Es un jubilado escolar.

Dos. Por primera vez en 45 años, el colegio no verá un Errea el próximo curso: somos una familia en retirada, y el colegio un colegio extraño o extrañado. Qué buena noticia.

Tres. Otras noticias no son tan buenas. No las diré. Tienen que ver con desdecirse y esas cosas. Procuro retirarlas de mi disco duro.

Cuatro. Esta mañana he retirado el árbol de Navidad. Seguía en medio del salón desde diciembre, no sé por qué. Ahora se ha hecho un hueco enorme que me inquieta.

Cinco. Luego, he ido a la librería y he retirado una caja de libros sin vender. Los ejemplares sobrantes de ‘El diario o la vida’ y ‘Pamplona concreta’, que nunca van a ser superventas.

Seis. Para mi sorpresa, me informan de que la librería se retira ella misma, en agosto. Abandona. Nos deja sin libros en el barrio, a la intemperie. Y a Mikel, mi librero, y a sus compañeras, sin trabajo. Salgo con la caja y con dos libros más, por si acaso: un poemario de Mark Strand y la primera novela de Carlos Pujol.

Siete. Cruzo al quiosco (es un decir, ya no existen quioscos en la ciudad) y retiro —compro— dos periódicos. Sí, sigo estando loco. Sigo dejando que me tomen el pelo.

Ocho. Busco la columna de Cuartango. No está en su sitio. Ni en ningún otro. Han retirado a Cuartango.

Nueve. Hay días en que uno tiene muchas ganas de retirarse a casa; y aún dentro de casa, de retirarse a la cama. Ponerme a salvo debajo del edredón. En realidad, no hay lugar bueno para ninguna retirada.

Diez y once. Visito a mis padres. Por la tarde, anuncian manifestación. Retirar el saludo y una bandera son cosas que valen poco la pena. Suelen ir de la mano y provocan desencuentros que duran, absurdamente. Más valdría desnudar la lengua. Tenemos luz verde para recuperar el saludo; de la bandera… aún hay mucha tela que cortar.

Doce. Hojeo de nuevo el periódico. Bajo el paraguas sacrosanto del Massachussets Institute of Technology (MIT), el tal Nicholas Negroponte defiende un futuro en el que la biología —o lo que sea— se aprenderá con sólo ingerir una pastilla. Hay gente que no sabe retirarse a tiempo e instituciones que amparan la estupidez.

Trece. Los diarios, por ejemplo. Retiran mi pasta de la cuenta y con ella engordan todo lo supérfluo, lo que les está matando y les retirará finalmente de la circulación.

Catorce. Yo lo dejo aquí. Tú no lo dejes, Cuartango.

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