Febrero 12, 2017 0

Secretos de portada

Por Javier en General

Antes de fin de año un diario de circulación nacional llegó a los quioscos con una portada que causó razonable perplejidad a Miguel Ángel Jimeno. Con su proverbial pausa, Jimeno lanzó una pregunta inquietante en su cuenta de Twitter: ¿puede ser el coche del año asunto único de una portada periodística?

Esa pregunta tenía y tiene mucha miga. La respuesta parece obvia, aunque quizá no lo es tanto. O no en estos momentos de extrema debilidad. Abres tu navegador, haces ‘scroll’ y en cascada desfilan lo mismo informaciones duras que publicidades disfrazadas, sitios de terceros con misión anabolizante que recomendaciones ‘big brother’ según tu perfil. Y todo con la misma apariencia, no vaya a ser que Google se enfade. Qué atinada y odiosa es la palabra ‘cookie’, galleta en inglés, que viene de ‘cook’, cocinar: hace tiempo que los diarios perdieron su descarnada frescura para convertirse en peligrosos platos ‘precocinados’ quién sabe dónde y con qué ingredientes.

Comparto la perplejidad de mi amigo. En realidad, la moda de las portadas-cartel acentúa los riesgos que entraña nuestra debilidad. No me canso de aconsejar a estudiantes universitarios y a otros colegas de que se resistan a ella, a esa moda, y que defiendan con uñas y dientes las portadas normalitas, las que traen noticias: las de verdad. Porque no todo es especial. Uno sólo se desmelena cuando toca; si se desmelena todos los días, lo especial deja de serlo y pasa a ser lo habitual. Y ya se sabe que la rutina es capaz de ahogar la más ardiente calentura.

La epidemia de las portadas-cartel es una muestra de cómo el periodismo popular ha influido en el llamado serio o de prestigio. Una portada-cartel, monográfica, supone necesariamente una simplificación de la realidad con el ánimo de llamar la atención. (También un título es una simplificación, y por eso se ven los títulos que se ven). La consecuencia es fácil de adivinar: afloran los clichés, se publican primeras páginas idénticas. Este problema lo padecen sobre todo aquellos diarios cuyo modelo de portada es precisamente la portada-cartel, aunque no sólo. Ni siquiera se libra Libération. Libé es conocido por su portadas-obituario (necro), seguramente las mejores del mundo, y por algunas primeras páginas de antología. Pero no todos los días se muere una leyenda ni uno tiene siempre las musas rondando. Emplear recursos de la cartelería un día normal suele dar pésimos resultados.

Una portada es algo muy serio. Mucho. Sobre todo, en los medios impresos. Tanto en estos como en las ‘homepage’ digitales, hay personas que no cruzan jamás su umbral. Se quedan apenas con lo que enuncia la portada. Una de las cosas más fascinantes en cualquier diario es asistir a la reunión donde se gesta su primera página. He presenciado reuniones eternas con café y medialunas. Otras, escandinavamente de pie. He asistido a bochornosas exhibiciones dictatoriales. A lecciones de periodismo, y también de pseudoperiodismo. A soberanos aburrimientos. He observado meros ejercicios de escribano y secretaría. He participado en juntas tipo ‘cookie’, previamente cocinadas. En simulacros de junta. He sido testigo de humillaciones, desprecios, llantos. También de defensas heroicas, de arrebatos majestuosos, de admirable coraje. Incluso, alguna vez, me he sentido orgulloso de nuestro oficio.

Sí, siempre he creído que la portada de un diario es una cosa importante. (A lo mejor no es tan importante como creo, como casi nada en la vida, y en el fondo se trata de tomarse las cosas con más humor, pero ese es otro tema). Parecería pues que hacer una portada debería estar a la altura de su seriedad. Pues bien, muchos no creerán la manera frívola con que a veces ser resuelven portadas de un plumazo. O los motivos que runrunean por detrás, que poco o nada tienen que ver con el interés o la trascendencia o el alcance. Ni siquiera —y ya es decir— con el impacto. Esta semana no se trataba del coche del año sino de una marca de camisetas y de un rifirrafe estrictamente local que ha llegado a los tribunales. ¡Y que ha merecido una foto a cuatro columnas en la portada de otro diario de circulación nacional! Un diario puede descubrir, sorprender, inducir al diálogo y a la reflexión. Un diario está para eso. Y eso es bueno. Pero nada hay peor que un diario que genera perplejidad, uno que hace preguntarse por los motivos últimos de una portada. Desconfiar de tu diario es una cosa muy molesta.

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