Noviembre 15, 2016 Off

Si hoy te Trump, mañana me Cohen (o de diarios y prejuicios)

Por Javier en General

La mejor portada del día después no vino de América ni de ninguno de los grandes diarios del mundo sino de Granada.

(No me gustan las portadas-cartel, tan de moda: están en todas partes, me cansaron. La influencia de la gráfica popular llegó hace mucho tiempo a los periódicos. Llegó y campa a sus anchas. Serios o amarillos, sábanas o tabloides, comprometidos o mediopensionistas, de pago o gratuitos, las herramientas de la despreciada prensa popular son hoy una ‘commodity’. Los periódicos se desatan, compiten desaforados y hasta puede que pierdan el foco con tal de llamar la atención. Carrera, por otra parte, abocada al fracaso. Misión imposible cuando todo es grito. Lo malo es que por ahí los diarios —todos sin distinción— se repiten, caen en juegos de palabras manoseados, ¡incluso reproducen memes en primera página como hallazgo o gran aporte a la hemeroteca! Me aburro mucho).

La mejor portada tras el cataclismo Trump fue —decía— la de un regional, el granadino Ideal, del grupo español Vocento, que sin juzgar un ápice dio a mi juicio en el clavo: el día, los pronósticos, el resultado, las ganas, los mercados… ¡todo salió al revés!

El mejor comentario del día después tampoco vino de América ni de ninguno de los millares de comentaristas que hiperpoblaron los diarios del mundo, unos facilones, otros arribistas, casi todos fúnebres y catastrofistas. Vino de una amiga colombiana que, con sencilla lucidez, me dijo por whatsapp lo que apenas insinuó después The New York Times en una carta a sus lectores: “Y aún seguimos sin darnos cuenta de que la mayoría no piensa como nosotros”. Qué gran reflexión.

Según The Economist, más diarios estadounidenses que nunca apoyaron a los demócratas: 53 se manifestaron a favor de Hillary Clinton, sólo uno iba con Trump. A mí, que por lo general me gusta llevar la contraria, es decir, mirar un poco del revés, la situación al día siguiente me pareció divertida. Aún me sigue pareciendo divertida hoy. O, mejor, provocadora. Sobre todo, me hace pensar en el papanatismo con el que discurren casi siempre los medios, da igual que sean globales o locales, en su mirada estrecha de casta ensimismada, en su seguidismo atemorizado o vago, en tanto cliché que abunda —nunca mejor dicho— a diestra y a siniestra. No me sustraigo: me temo que yo discurro igual.

Por eso, mi segunda portada favorita del día después ha sido la del lisboeta Diario de Noticias: “Ganó Trump, la vida sigue’, decía. Y no abriendo ni a voz en grito sino más serenamente, en un nivel inferior. Es exactamente así: la vida continúa. Claro que el mundo debe contener el aliento, como anunciaban en la previa todos esos medios del mundo. Pero no por Trump y su machismo, ni por su supuesta xenofobia, comunes en tanta gente que se las da de lo contrario, dicho sea de paso. Sino porque hay verdaderas razones para morirnos de miedo. Son otras y muy poderosas. Tienen que ver con nosotros, con cada uno. Mientras no nos reconozcamos en los clichés, nada va a cambiar. La vida seguirá…

Leonard Cohen dijo que si ganaba Trump él se iba de Estados Unidos. Se ha ido muy lejos. Qué pena. Pero incluso sin él la vida sigue. Elena me copia el discurso que Cohen pronunció en 2011 al recibir agradecido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es lorquiano y delicioso.

“He venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de gratitud (…). La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo. Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia”. Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda (…). Todo lo que ustedes encuentren favorable en mis canciones, en mi poesía, está inspirado por esta tierra, y por tanto les agradezco enormemente esta hospitalidad que me han mostrado y que han mostrado por mi obra, porque es suya, y me han permitido poner mi firma en el final de la última página.”.

Sí, la madera nunca muere del todo y las comparaciones son odiosas. Javier Cercas me ha llamado mediocre por no estar de acuerdo con el Nobel a Bob Dylan. ¡Ay! De dónde le viene la autoridad para hablarme así no sé; sí sé que esa afirmación desliza más clichés preocupantes: no pienso como él, luego soy un mediocre. Me preocupa que un tipo como Cercas escriba eso. Como me preocupa leer estos días tanta letra previsible porque eso quiere decir que los diarios no me ayudan a superar prejuicios.

Leonard Cohen, que sí era un buen escritor, además de un extraordinario músico y bastante desprejuiciado, escribió ‘Beautiful Losers’ el año que yo nací. Era un pesimista de libro. No sé si es sólo una coincidencia, pero suelo decir que las mejores historias son las de los perdedores. Todos los somos a fin de cuentas. Y así hoy no me interesa Trump, pero sí Hillary, cuya cara de perdedora es de las que no se olvidan nunca.

Bajo el diluvio de Medellín, procuro mirar a Botero con otros ojos. Resulta que en seguida comienzo a ver mucho más que gordos y gordas. Descubro, por ejemplo, que mi cuerpo tiene algo de Botero: unos muslos desproporcionadamente gruesos. Que América del Sur, tan desparramada, no deja de cautivarme. Que no vale la pena intentar poner orden en la vida. Que, como decía Grassa Toro la otra semana, en el fondo soy más del Barroco que del Renacimiento. Antes hubiera procurado saber si eso es bueno o malo, acomodando las cosas al cliché del prestigio o la reputación; hoy, sin embargo, estoy tratando de aprender a que me dé lo mismo: a aceptarme barroco o lo que sea.

Cuando todos se iban por el expresionismo abstracto, Botero decidió abrazar su figuración. En el tiempo digital, el restaurante Swan Oyster Depot de San Francisco, una meca del marisco que visitamos en abril, reivindica su desconexión y no tiene sitio web ni cuenta en redes sociales. Botero y el Swan Oyster Depot decidieron vivir del revés. Yo sigo despistado y perplejo como ayer, pero al menos Cohen fue portada. Incluso en la prensa española, que antes —este mismo año— ignoró a Prince y a Bowie.

Mirar y vivir del revés, sin clichés: ¿puede un periodista mirar y vivir de otra forma? Pensaba en todo esto y en la nueva versión del acuerdo de paz colombiano, que me ha sorperendido aquí.

So long!

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