Agosto 14, 2017 0

Verano

Por Javier en General

Camino de Wimbledon, donde vamos a ver perder a Nadal, el metro se nos escapa por muy poco. Es temprano. El convoy cruje ligeramente y emprende su marcha. Uno de los vagones pasa rozándonos. Miro dentro. Está repleto. Algunas personas viajan sentadas, otras de pie, todas con la cabeza agachada. Se les ve apesadumbrados. Debe de pesarles la existencia, o tal vez es solo somnolencia, o las dos cosas. De repente, se me encoge el corazón. Siento un escalofrío. Reconozco en el metro los siniestros trenes cuyo destino eran los campos de concentración nazis. Condenados a muerte ellos… y nosotros. No hay gran diferencia entre unos y otros: viajeros de tristes trenes. Trato sin éxito de no pensar en ello.

Algunas semanas después, en el valle de Arán, nos damos un merecido festín de balneario. Hemos subidos unos cuantos puertos pirenaicos, duelen las piernas. En un momento del circuito, toca sauna. El grupo, más bien formalito para lo que suele ser habitual, ocupa entera la cabina y aguarda el tiempo que corresponde. Lo marcan dos relojes de arena clavados en la pared. Somos diez, diez cuarentones y este cincuentón. Con nuestros gorros de baño y algunas carnes desparramadas. Fuera ha quedado el undécimo ciclista, que en esto llega y mira al interior a través del ventanuco empañado. Entra finalmente. Nos dice: “Me he asustado. Parecíais prisioneros a punto de ser gaseados”. No digo nada.

Cádiz ha sido un visto y no visto. El diario local cumplía 150 años y este año, quizá por eso, me he dado cuenta de que estaba equivocado. Siempre había tenido la impresión de que el único que se iba a fin de mes era yo, que los demás permanecen todo el verano, incluso todo el año. Pero no. En la playa, paseando, bronceándose, la gente llega y se va. Nunca somos los mismos, aunque lo parece. Es la playa, parásita, la que chupa vida para seguir luciendo palmito. Las personas vamos cambiando, ella no. Como los trenes. No existe tampoco ese lugar central que con tanta ansiedad vengo buscando desde hace años: la existencia —el corazón de las vacaciones, el de la ciudad, el de la isla, el de mi casa…— no se concentra en ninguna parte, es pura ensoñación. Cuando crees haber llegado, se ha ido a otra parte. De vuelta, a 140 kilómetros por hora, la rueda delantera derecha explota. Me quema la vida.

En medio de la España vacía, reaparece La Cala. Hace tiempo que no hablo con Carlos. Le llamo y comentamos felices el reportaje de Sergio del Molino en El País. Andan pintando la casa. A renglón seguido, me suscribo al diario de 48 páginas —en realidad, semanario— que este verano edita Monocle en colaboración con algunos grandes periódicos europeos. Y compro el diario que Richard Turley ha diseñado para la plataforma Good Trouble, doce páginas en formato estándar que abordan las conexiones entre creatividad y protesta. Es la primera experiencia impresa creada por Roderick Stanley, editor de Dazed&Confused, en noviembre de 2016. Sigo buscando el secreto en el papel.

El próximo 21 de agosto la Tierra, el Sol y la Luna se alinearán y provocarán el primer eclipse total de sol en Estados Unidos en cien años. Será también el primero que únicamente pueda ser visto en ese país desde su declaración de independencia. Con ese motivo, The New York Times acaba de lanzar un suplemento especial sólo para su versión impresa que se suma a otros cuatro o cinco publicados en el último año. (Lo mejor que yo he visto nunca sobre un eclipse lo publicó Libération hace casi veinte años, en agosto de 1999. Tuve la fortuna de comprar aquellos dos ejemplares, el de antes y el de después del eclipse, que guardo como oro en paño). Es una estrategia iniciada, subrayan, para dar valor al periódico de papel. La Nación, en Argentina, anuncia también que se convierte al pago por contenidos. Me hace ¿gracia? leerlo. Los grandes diarios y sus cabezas pensantes descubren por fin que para que algo tenga valor hay que procurar no regalarlo. Me desanimo profundamente.

Recibimos a Octavio Pardo, que es el único tipógrafo navarro. Nos desayunamos con Ashler, Mazinger Z y el final de la era OpenType. Llegan las ‘variable fonts’, que impulsa —¡vaya por Dios!— Google. Octavio adivina lo que voy a decir: las ‘variable fonts’ son a la tipografía lo que las redes sociales al periodismo. La excusa es democratizar, o empoderar, como se dice ahora. La realidad es más prosaica y peligrosa: el asamblearismo demagógico sólo trae consigo empobrecimiento. ¡Y eso que Octavio pretendía animarme! Ya no sé si deprimirme o enrabietar.

El verano avanza, meciéndose. Los padres han envejecido, los hijos se van de casa. Cada vez me cuesta más escribir. Me he quedado sin ideas y sin ganas. Vivo, como los periódicos, un gigantesco despiste.

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