Mayo 8, 2015 0

Verde

Por Javier en General

Cada vez que llega mayo la ciudad se transfigura. Me parece que esto ya lo he dicho aquí alguna vez. No importa. Me repetiré.

El cielo encapotado pesa plomo y caen algunas gotas. Pero es tal el frescor y tanto el verde que deslumbra. Me siento bien recorriendo las avenidas, y eso que no consigo contar todos los verdes. No sé siquiera reconocerlos. Ojalá supiera: absenta, ambrosía, bosque, botella, camuflaje, caribe, clorofila, eléctrico, esmeralda, espárrago, helecho, jade, lima, malaquita, manzana, menta, musgo, oliva, pera, peridot, pistacho, riboflavina, turquesa, veronés… Ésta es sólo una de las listas de verdes disponibles. Hay otras. Se me escapan todas. Me pasa igual con los árboles. En el colegio no nos enseñaron a reconocer los árboles ni las plantas, tampoco cuándo tocaba sembrar ni recoger. Qué rabia.

Decía que está preciosa la ciudad en mayo. Rebosante. Invita a mirar con optimismo lo que ha de venir. También a mirar más comprensivamente. Es una lástima ver a tantas personas que circulan con el móvil en las narices. Se están perdiendo los verdes y el espectáculo. No ven nada.

Abro por casualidad un ‘Babelia’ retrasado. Me presenta a Axel Honneth. Honneth es director de la legendaria Escuela de Francfort: Adorno, Horkheimer, Fromm, Marcuse, Habermas… Le dice a Francesc Arroyo: “El optimismo es una obligación moral”. Tiene razón, pienso. Le dice más: “Va contra la democracia hacer creer a la gente que carece de capacidad para cambiar las cosas”. Tiene razón, vuelvo a pensar. Y aún le dice más: “Los diarios no nacieron para divertir al público sino para informarle, para que los ciudadanos puedan formarse su propia opinión”. Claro que sí. Me acuerdo de tanto periodismo soft inútil y casi me pongo a aplaudir en la calle. Pero la cosa no acaba ahí: “No deberíamos permitir que los medios fueran completamente mercantilizados. Si no pueden sobrevivir por sí mismos, creo que tenemos que preguntarnos seriamente si no es nuestro deber, como público, financiar su supervivencia”. Vaya tela. Esto sí que es tomarse los diarios en serio.

Levanto los ojos y de nuevo estallan ante mí todos los verdes del mundo. Tengo predilección especial por los confines de la ciudad, esos espacios limítrofes donde los perfiles se desdibujan y la certidumbre se desvanece, donde lo antiguo se hace de pronto moderno, lo urbano rural, sin solución de continuidad. Como en las fotografías de Carlos Cánovas.

Experimento uno de esos escasos y reconfortantes momentos de plenitud. Instantes densísimos que concentran el sentido del mundo. Un periódico sirve también para confrontarte, para recordarte algunas cosas esenciales. Para evitar la autocomplacencia.

Se lo voy a contar todo a mi hija, con pelos y señales, a ver si le levanto la moral.

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