enero 25, 2011 0

20 años es nada

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…o mucho. Tanto. Coinciden en el tiempo los vigésimos aniversarios de dos publicaciones que me han acompañado estas dos décadas de una manera especialmente cercana. Cumple 20 años y 1.000 números Babelia, la revista cultural de El País. Cumple 20 años y 79 números Colors, la maravillosa revista que inventaron Tibor Kilman y Oliviero Toscani para Benetton.

Colors, a mi juicio, ha perdido la frescura de sus primeros años y hoy aparece cuatrimestralmente más madura y convencional. El número de su aniversario se titula ‘Lector’ y para celebrarlo han seleccionado 20 lectores-coleccionistas en sus 108 páginas, que incluyen 111 fotografías, 11.550 palabras y 147.234 caracteres, según precisa su página de presentación. Los hay coleccionistas de etiquetas de plátanos, como Becky Martz, de Houston, que ya atesora 10.000; o de esposas para prisioneros, como Damon Shields, de Clarkston, Estados Unidos, que va por las 600. O de bolsitas usadas de té, como Patti Gaal-Holmes, de Portsmouth, en Reino Unido, que acumula hasta la fecha 32.000, o de tostadoras, como el alemán Jens Veerbeck, con sus 600; o de sirenas, como Meri Lao, de Roma, que ya lleva 9.812; o, naturalmente, de la propia Colors, como el chileno Liú Marino, que no se ha perdido ni un número. La edición del vigésimo aniversario es sobria. Me gusta mucho su portada, en cartulina negra, con la cabecera (Colors) y el título (Lector) serigrafiados en plata y oro. Aunque echo de menos la irreverencia y el arrojo de sus inicios, representados en aquel legendario número 13 sin palabras, uno no puede sino inclinar la cabeza y agradecer todo lo aprendido.

Me quedo, sin embargo, con el número mil de Babelia, con portada de Óscar Mariné, autor también del último proyecto gráfico de la revista, coincidiendo con su número 831, el sábado 27 de octubre de 2007, y con el último gran rediseño general de El País. Babelia nació el 19 de octubre de 1991. Jalonan su singladura, además del proyecto original y del vigente, otros dos más: el de David García, entonces director de Arte del diario (número 211, de 4 de noviembre de 1995) y el de Fernando Gutiérrez (a partir del número 493, de 6 de mayo de 2001). El más refinado, sin duda, es el de Gutiérrez, pero yo le guardo un cariño especial al segundo, que considero el más interesante.

La página web de El País permite zambullirse en esos veinte años a través de las mil portadas de Babelia. Confieso que las he revisado todas, una a una, y que en el trayecto me he reconocido. Parafraseando al mejor Umbral, al de ‘Mortal y rosa’, he escuchado cómo crecí y envejecí en este tiempo. Y conmigo tantos otros… Los hay que han ocupado hasta tres o cuatro portadas (de memoria, Álvaro Pombo, Vargas Llosa, Almodóvar, Scorsese, Paco de Lucía…). Verlos entonces, durante y ahora produce una enternecedora y solidaria sonrisa. De todas formas, no pretendía desfogar aquí mi pesimismo vital sino compartir algunas joyas que nos regala Babelia. Me quedo con cuatro. Una es el ensayo ‘La civilización del espectáculo’, un inédito de Mario Vargas Llosa, apelativo y contundente: «En el pasado, la cultura fue a menudo una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad». ¿Hoy? Para el Nóbel peruano, todo es frivolidad. «En el campo de la cultura, creo que hemos retrocedido (…) por culpa fundamentalmente de los países más cultos».

La segunda joya la firma Joaquín Estefanía, en un texto extraño por lo libérrimo y autocrítico. Babelia surgió cuando él era director de El País. Desde la vivencia personal y el conocimiento de primera mano, Estefanía se refiere a los peligros del orgullo en un medio de comunicación y en una casa como los suyos. Y reproduce como mejor advertencia —que hace propia— una cita de Eric Fottorino sacada de su texto de despedida al frente de Le Monde: «¿Qué es un periódico sino un deseo colectivo que tiende hacia la ambición de la excelencia y se apoya en unos medios a la altura de esa ambición? El gran poeta (…) Paul Celan no veía apenas diferencia entre una poesía y un apretón de manos. Le Monde —cualquier diario— tiene que ser ese apretón de manos: firme y cordial, una cita cotidiana con la humanidad y de conversación compartida, de intercambio, de comprensión, de pertinencia y de impertinencia». Compro la idea.

La tercera joya, es un emocionante texto sobre la poesía del escritor argentino y Premio Cervantes 2007 Juan Gelman titulado ‘Esa realidad invisible’. «¿Y qué será escribir poesía? ¿Apagar el ruido de la muerte que entra al oído sin invitación? ¿Mezclar la propia voz con ese ruido para volverlo inútil, apaciguarlo al menos? Borges opinó que el noventa por ciento del arte no existiría si se supiera qué sigue a la muerte. La muerte sería entonces un accidente de la lengua (…) El poema se forja en el combate contra lo que no va a decir y así construye rostros que duran la eternidad de un resplandor, o de un miedo, una miseria, alguna dicha, un recuerdo que despertó y no sabe si va a la muerte o a vivir».

En fin, la cuarta, sin olvidar los textos de José Carlos Mainer y Emilio Lledó, o el de Norman Foster sobre el futuro de la ciudad, ni los de Daniel Bareboim o Bill Viola, ni la conversación entre Marías y Umberto Eco, ni por supuesto los ránkings de los mejores libros, discos y películas de estos veinte años, la escribe Antonio Muñoz Molina y lleva por título ’20 años, 20 lecciones’. «He aprendido —así arranca el académico los veinte párrafos de su texto— que uno debe desconfiar de sus facultades, reales y presuntas, y sacar todo el provecho que pueda de sus limitaciones». Eso dice bajo la atenta mirada de Virginia Woolf. Y también esto: «He aprendido que todo lo que me gusta me gusta todavía más que hace veinte años». Al agradecer a Colors y a Babelia por haber acompañado en estos 20 años, yo, como Muñoz Molina, me pregunto «qué cosas que ahora ni sospecho aprenderé si vivo otros veinte años».

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