junio 19, 2012 0

Hopper y los periodistas

Por en General

Se acaba de inaugurar en el Museo Thyssen de Madrid la mejor exposición de pintura del año en España. No es una muestra cualquiera: es de esos encuentros que te dejan sin habla. Yo me ‘encontré’ a Hopper hace dos años, en la Fondazione Roma, en el Museo del Corso, una mañana de sábado asfixiante, mientras el resto del grupo cumplía la inevitable visita de turista al Vaticano. Decidí escapar de la manada y penetrar solitario en el mundo de las soledades y la desolación, con música de jazz al fondo y final necesariamente triste.

«La primera vez que observé en un catálogo las pinturas de Edward Hopper sentí que ya conocía ese universo, esa luz, esa atmósfera, esos paisajes, ese misterio, ese estado de ánimo. Me lo había mostrado el cine en muchas ocasiones», escribe —admirado, rendido— Carlos Boyero. Imagino a Boyero escribiendo su reseña con un gin tonic en la mesita, bien entrada la madrugada, más solo que la una.

No le conozco de nada, pero tengo para mí que Boyero es como Clint Eastwood: un ‘jinete pálido’, un romántico empedernido, un tipo políticamente incorrecto. Maravilloso. Boyero, como Eastwood, o como mi tío José Daniel, podía ser perfectamente uno de los personajes hopperianos de ‘Nighthawk’, la única obra que quizá echemos de menos en el Thyssen. Y todos ellos, como Sinatra, constituir uno de los magistrales retratos de Talese. Leer a Boyero es hacer un corte de mangas a los petulantes y ampulosos dizque críticos habituales, y dejar que corra el aire. Sólo Boyero justifica pagar 1,20 euros por el diario cada mañana. Que se lo digan a mi hermano José.

Al periodismo le pasa lo que al cine y a la crítica: se volvió pulcro, ordenadito, inofensivo. Demasiado pegado a sus ‘fuentes’. Intrascendente. Innecesario. Desde que el periodismo dejó de ser tabernario y noctívago para convertirse en planificado y matinal… vendió su alma y se volvió predecible. Por obra y gracia de la gran plaga de nuestro tiempo —los consultores—, las redacciones menospreciaron, maltrataron y minimizaron a los ‘cerradores’, impagables, para privilegiar en su lugar a los ‘ abridores’, que normalmente son gente con sangre de horchata y muy poco periodistas.

Los insondables y emocionantes personajes de Hopper jamás se levantaron temprano ni planificaron el día; bastante jodida es la vida como para dormir a pierna suelta o hacer planes que nunca se cumplirán. Muchos de ellos, a buen seguro, son periodistas —los mejores— que acaban de salir de la redacción, ya de madrudaga, y que simplemente piden una copa. O quién sabe qué hombres y mujeres con sus vidas esperando a ser relatadas por esos periodistas.

Añade Boyero: «Es peligrosa la excesiva identificación emocional con Hopper. Pero es maravilloso para lamerse las heridas demasiado profundas, las que no puedes, ni sabes, ni quieres comunicar a nadie. Ocurre no solo observando esos seres vivos que parecen muertos. También con los paisajes, las gasolineras, los moteles, los puentes, las casas, los teatros, los cines».

Pues eso, que tenía en agenda este verano una visita reglamentaria al Thyssen, pero al final la he anulado. Trataté de colarme de noche, con alevosía, Boyero y otro gin tonic.

PD. Sí, para variar la foto es de Gorka Lejarcegi.

Share

Tags: , , , , , ,

Deja un comentario

Sitio web