junio 7, 2011 0

Retratar el límite

Por en General

PhotoEspaña (www.phe.es) anda enredada este año con el retrato, que acapara su programa y protagoniza sus 68 muestras del 1 de junio al 24 de julio. Antonio López lleva enredado con el retrato de la familia real española más de dos décadas. Algo tienen los retratos que fascina y desasosiega a partes iguales. Yo creo que el retrato es un género contra natura, un desahogo o un acto de rebeldía máxima. A mí los retratos me dan miedo. No hay antídoto contra la finitud salvo el recuerdo. El retrato pretende que el retratado perdure, y con él su tiempo. Por eso me dan tanto miedo. Es como una momia. Te mira. Te mira dentro. Te inquiere.

El fotógrafo Carlos Cánovas (Hellín, Albacete, 1951, aunque afincado en Navarra) es el mejor retratista que conozco del umbral urbano, ese impreciso lugar donde la ciudad va muriendo y aparece el campo. Nunca he sabido bien por qué, pero desde pequeño me han conmovido los límites. De cualquier naturaleza: los confines, las bifurcaciones, esas regiones temblorosas denominadas entrambasaguas, los cambios de agujas, el cabo de Hornos y Groenlandia, el camino viejo de Burlada en Pamplona, la estación de tren de Canfranc, Madrid hacia el sur. Ante esos límites siento vértigo, casi pavor. El límite de la ciudad es un poco pavoroso también, aunque particularmente sugerente.

Hace mucho tiempo que Cánovas explora con su cámara el suburbio del suburbio. Casi tres décadas de silencio y desolación. Él suele argumentar que en sus fotografías sí hay personas, que se trata de mirar bien, pero tengo para mí que eso no deja de ser un artilugio dialéctico. En los confines rara vez hay personas. El confín es un territorio inhóspito e incómodo del que normalmente la gente huye poniendo pies en polvorosa. Está un ratito y se va pitando. Para sobrevivir. En las fotos de Cánovas no hay un alma. Porque alguien ya pasó por ahí, muy rápido, o porque todavía no ha llegado. Las imágenes de su última colección (‘Séptimo cielo’, Polvorín de la Ciudadela de Pamplona, 3 de junio al 3 de agosto de 2011) congelan Zizur Mayor, un municipio-dormorio de la periferia suroeste de Pamplona. El suelo de ‘Séptimo cielo’ está perennemente mojado y eso contribuye aún más al desasosiego. Lo mismo que los cielos nublados, inmensos y amenazadores. Lo demás queda apretado en medio.

Desde el umbral se puede mirar hacia dentro o hacia afuera. En ambas direcciones se producen hallazgos, sombras que toman forma, maravillas. Sobre todo, a uno le asaltan preguntas. En el límite caben pocas certezas. Por eso, los diarios deberían tener alma de umbral y moverse siempre en esa incierta zona de límites.

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