noviembre 29, 2012 0

Capitán Izraelewicz

Por en General

Erik Izraelewicz, director de Le Monde, murió este martes pasado con las botas puestas. En su despacho. A media tarde. Tras una crisis cardíaca que lo fulminó. Tenía 58 años. No bebía ni fumaba. Jamás había sufrido problemas de salud reseñables. Se dejaba el alma por el diario.

Especialista en economía, Izraelewicz llegó a Le Monde por segunda vez hace poco más de un año. Antes, desde 1986, había sido jefe de economía, editorialista, corresponsal en Nueva York y redactor jefe del vespertino. En medio de esas dos etapas, llegó a la dirección de Les Echos, donde se opuso con uñas y dientes a la compra de esta cabecera por Bernard Arnault, el dueño del imperio LVHM. Y abandonó la nave. Director también del grupo Le Monde y vicepresidente del consejo de administración de los semanarios Télérama y Courrier International, poco se parece sin embargo el capitán Izraelewicz al tristemente célebre capitán Schettino, el que abandonó el crucero Costa Concordia.

Todos los testimonios coinciden en que Izra, como la llamaban, era un hombre moderado y simpático, fino polemista, de indudable altura humana e intelectual. «Tenía la rara virtud de escuchar», asegura Louis Dreyfus, presidente de Le Monde. Lo conocí brevemente este año cuando me tocó presentar en la sede del grupo, en el bulevar Blanqui parisino, el proyecto de Courrier International. Estaban él y Dreyfus. Y Eric Chol, director de la revista. Me pareció discreto. Muy sensato. Durante la reunión no se perdió en los detalles, como suele suceder con tanta frecuencia: hizo un par de comentarios de fondo, inteligentes, y dio su visto bueno a la propuesta.

Es la segunda vez que un periodista de Le Monde muere en la redacción. El primero fue el reportero Yves Heller a finales de los años noventa. Morir con las botas puestas no tiene en sí mismo nada de bueno o de malo. Seguramente, no hay trabajo que merezca un sacrificio así de grande. La muerte hace que todo afán sea inútil. Pero la escena rememora —no puedo evitarlo— un tiempo periodístico en el que los datos se comprobaban cuatro y cinco veces, cuando ser reportero era no sólo una vocación sino una misión, algo químico, de las entrañas. En aquel tiempo de humo, mucho alcohol y ambiente denso los diarios vendían como rosquillas.

Leo las conversaciones de Dominique Petitfaux con Hugo Pratt, el autor de Corto Maltés, fallecido en 1995. Esa lectura resulta ahora luminosamente certera y adecuada: «Mi padre tenía razón: encontré mi isla del tesoro. La encontré en mi mundo interior, en la gente que conocí, en mi trabajo. Pasar mi vida al lado de un mundo imaginario fue mi isla del tesoro. Ciertamente, los mundos que visito al azar de mis pesquisas pueden a veces ser considerados pueriles o inútiles, tan alejados como están de las preocupaciones cotidianas. Pero cuando pienso en aquellos que me acusaban de ser inútil, y en lo que ellos consideraban útil, he de decirles que, frente a ellos, no sólo tengo el placer de ser inútil sino el deseo de ser inútil».

En la muerte de Erik Izraelewicz me impresionan el compromiso periodístico, lo inesperado, el escenario. La propia muerte. La inutilidad de la vida. Y me vienen a la cabeza las palabras recientes de José Arregi, ex franciscano: «No te obsesiones con la muerte y el más allá. Vive hoy como crees que merecería la pena vivir eternamente».

Share

Tags: , , , , , , , , , , ,

Deja un comentario

Sitio web