agosto 18, 2015 0

Carlos

Por en General


 
Antes de recibir al Esca, el Aragón traza una curva a izquierdas y le da la espalda con suficiencia. En ese punto el Esca es apenas un hilo modesto, nada que ver con el río roncalés y trepidante aguas arriba. Ese y otros prodigios deja ver el estío: tierras agrietadas aún húmedas, lodos en estratos diversos, troncos ennegrecidos, mares de ramas enredadas, hasta una pelusa verde de hierbajos que vista de lejos parece flotar sobrenatural. Lo que oculta el embalse la mayor parte del año deviene ahora, descubierto, un festín de ocres chocolateros. Uno tiene la inquietante sensación de estar pisando terreno prohibido y que las grietas, los lodos, los troncos y las ramas, incluso la pelusa verde van a cobrar vida en cualquier momento y no sólo afearme sino castigarme implacablemente por ello. Cualquier cosa puede suceder aquí.

Da miedo Yesa en verano; da miedo el embalse siempre. El embalse succiona, engulle. Está en su naturaleza, no puede evitarlo: pueblos y comarcas en la que fue vega, quién sabe qué pobres criaturas en los desagües de la presa. (Qué bien lo suele contar Julio Llamazares, aunque este verano ni a él ni a Navia les luce mucho).

Elena anda con su cámara y su proyecto; yo la sigo a mi aire, extrañamente ocioso. Hemos dejado el coche y los periódicos del domingo junto a una gasolinera. Los periódicos dan cuenta del estado comatoso de Entrepeñas y Buendía, que transitamos con Carlos antes del verano. Dan cuenta también del polémico tránsito de aguas a la cuenca del Segura y del fulminante de Rafael Chirbes. No recogen, sin embargo, el viaje de Carlos a América, ni sus lágrimas que eran mías, ni su ausencia que dura ya mil años. No hubo noticia más desgarradora ayer. Me pregunto cómo es posible que la ignoren. No se enteran los diarios de las historias mínimas, no tienen sensibilidad, no es extraña tanta desafección.

¿Y si inventáramos uno, un periódico que sólo se ocupara de los tránsitos o que los convirtiera en el corazón de todo? Nacimientos, bienvenidas, cumpleaños, exámenes y oposiciones, nombramientos, contrataciones, despidos, matrimonios, separaciones, dilemas, holas y adioses, inventos, descubrimientos, malditas muertes… Pero no en forma de nota escueta, ni en listas o registros rutinarios, aburridos. No. Un diario a la escandinava que contara cómo ha sido la cuenta atrás de Carlos, su intensísimo verano, la fecha lejana amenazante, la procesión por dentro, la víspera de primos en la Warner, esa última noche desvelada, el abrazo eterno. O uno que, al otro lado del océano, describiera el viaje de nueve horas y media; al funcionario glacial de inmigración; la nueva familia, la no-cena; no entender una palabra; la negrísima amargura del primer día; las ganas locas de volver. Ese sí sería un señor diario. Un diario lleno de vida y de vidas. Un diario con alma. Un diario en el que todo es posible, como los embalses en verano: que destapara sin hacer strip-tease. Incorporaría ese diario a mi rincón sin vacilar.

En estas tonterías ando ensimismado mientras transito por el fondo de Yesa. Tan ido que entre las grietas creo ver —asomándose— la cara risueña de Carlos. Me pregunto si será otro prodigio del estío. Por si acaso atrapo la imagen y prometo escribir algo. Contarlo antes de que el agua suba y oculte todo. Este invierno va a ser muy largo.

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