mayo 10, 2016 0

Cuarenta

Por en General

Cuarenta es un número importante.

A los cuarenta dejé de jugar al fútbol porque los chavales me pasaban por encima, siempre llegaba tarde y no salía de mi asombro. Entonces me miré las manos, con sus venas y sus pecas: ya empezaban a parecerse a las de mi padre. Arrancó la aventura del estudio, y llegaron Ana y los demás. Pasaron cosas, muchas cosas… Ahora que estoy a punto de alcanzar los cincuenta, me doy cuenta de que en efecto ésta que se va ha sido una década exhuberante, plena de energía, inolvidable. Y que empiezo a quedarme más solo que la una.

Por eso, salgo decepcionado de la exposición con la que El País celebra sus cuarenta años. No hay verdadero cariño puesto en ella, y mucho menos convicción. No es inolvidable. Ni cien pantallas ni la tontería de las gafas de realidad virtual para provocar algunas colas: a mis hijos les ha aburrido soberanamente. En la proyección de bienvenida, a la portada del número uno le siguen son la del sobredimensionado Wikileaks y la del debate electoral televisivo por internet del pasado diciembre. Me digo con pena que es una (otra) oportunidad perdida para mostrar a la gente lo importante que es el periodismo inmersivo de verdad, que desde luego no es 360º ni (machaconamente) autorreferencial. No encontré auténtico periodismo en Cibeles.

Y, sin embargo, la muestra ha sido tres o cuatro veces veces consecutivas portada del diario en sus distintas plataformas, también en la edición impresa… No he podido evitar el bostezo al ver la tarta de cumpleaños y el soplavelas, me sorprende el papelón de los cinco directores, me han indignado las constantes y desvergonzadas alusiones a la libertad, de cualquier tipo, como si sólo fuese patrimonio del diario. ¡Precisamente, ahora que éste se utiliza como escudo o ariete de intereses personales!

Miro distraído la estantería de casa y descubro por casualidad el libro de los veinte años, con sello de Chillida. Aunque está bien protegido de la luz, amarillea un poco. Qué deriva, qué tristeza, pienso.

Y tú, tanto hablar, ¿qué harías?, me preguntan algunos con razón.

Cojo carrerilla y les digo:

No ser cínico ni engreído, no engañar jamás al lector.

No usar nunca el diario como arma para defender otros asuntos ajenos a los periodísticos, y menos aún disfrazar esas maniobras con la bandera de la libertad de expresión.

Mimar por encima de todas las cosas al suscriptor, enviarle un regalo a casa, el primer ejemplar de 1976, por ejemplo, darle la gracias por su fidelidad, hacerle sentir esencial, invitarle a una cena más importante que la de autoridades, o con ellas.

Reconocer que los millones de usuarios de las plataformas digitales que me atribuyo no son míos sino compartidos con otros muchos medios, y sobre todo infieles y de poco valor.

Dejarme de globalidades sin sentido y atender como corresponde al mercado que me más aporta y al que más aporto: el español.

Regresar las impresoras y las papeleras (y las cervezas) a la redacción, dejar que se cuelguen abrigos de las sillas, no castigar a un lado a quienes hacen la edición impresa, ahuyentar a toda la casta tecnológica y antiperiodística, incluidos (o singularmente) los expertos en seo, analistas y demás visualizadores, poner una bomba en los ridículos puentes de mando.

Quitarme los grilletes, rechazar cualquier publicidad esclavizante: hablar, contar, jugarme la vida.

Subir significativamente el precio del diario.

Sacar la máquina de escribir de la urna de Cibeles.

Resetear.

¡Viva los cincuenta!

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