septiembre 6, 2011 0

Diseño y artificio

Por en General

En medio de la vorágine promocional de la última película de Almodóvar, me gusta cómo Carlos Boyero, crítico de El País, le atiza al director manchego. La cosa viene de atrás, no es sólo por ‘La piel que habito’. Seguro que tienen sus cuitas personales. Pero yo me identifico mucho con ese papelón solitario entre tanto incienso. A riesgo de que me llamen personaje…

En su último comentario-misil contra Almodóvar Boyero habla en realidad de la sobreactuación. De cómo, a su juicio, un gran cineasta puede acabar devorado por su personaje y rindiéndole pleitesía: hay que alimentar el mito. Me parece un asunto pertinente y sumamente interesante porque nos afecta a todos, a cada cual en lo suyo. El verdadero problema, viene a decir el crítico, es que acabamos poniendo todos los focos en el artificio y no en la enjundia. Clint Eastwood hace justo lo contrario: desnuda hasta tal punto de envoltorio su narración que su cine maravillosamente tosco, descarnado… y auténtico. Conste que en general me gusta Almodóvar.

Pienso en nuestro trabajo, ¡y en tantas otras cosas! Miro retrospectivamente lo que hacemos: empaquetar, envolver, presentar información. No somos nosotros quienes buscamos o generamos afanosamente esa información sino —únicamente, un poco mediocremente— quienes la ponemos en página. Nos gustaría contar historias, pero nos conformamos con darles curso. Diseñar o rediseñar un periódico, en papel o en soporte digital, debería ser por tanto un acto de enorme humildad. Y, por tanto, de naturalidad. Libre de artificio. Los diseñadores lo hemos convertido, sin embargo, en un acto de autoafirmación: que se note que pasamos por allí. Como Almodóvar, según se queja Boyero. Diarios y revistas se llenan entonces de rayas y cajas y tramas, de símbolos e iconos, de tics. De cosas. Y, lo que es peor, también de sistemas prefabricados que constituyen un pesadísimo corsé. Por ahí, con tanto anabolizante, acabamos fabricando publicaciones empalagosas. Sí, empalagosas: una palabra de formidable plasticidad y contenido rotundo, tan sugerente al menos como Querétaro.

Claro que el problema no siempre es responsabilidad del diseñador vanidoso. Sería injusto no reconocer que son los propios directivos editoriales quienes solicitan ardorosamente artificio, como si les diera miedo presentar su información tal cual es, descarnadamente. ¿Miedo a mostrar nuestras miserias? Seguro: la información da miedo. El periodismo da miedo. Nos da tanto miedo que seguimos pegados al artificio, ahora con forma de artefacto. Eso sí, no sabemos con qué llenar (de enjundia) tanto dispositivo mágico… y tonto.

Casualidades de la vida, otro crítico, literario, el más importante del mundo hoy, Harold Bloom, proclamaba este fin de semana: “Seguiré leyendo mientras me quede un soplo de vida”. Ah, leer. Si todos hiciéramos como Bloom, los diarios no estarían en crisis. Octogenario y frágil, el autor de ‘El canon occidental’ acaba de publicar ‘La anatomía de la influencia’, ensayo-testamento donde desarrolla una teoría fascinante: el proceso de creación literaria es en realidad una batalla agónica que cada creador debe librar con sus gigantes precursores precisamente para librarse de su influencia subyugante. Bloom arremete aquí, furioso, como Boyero, contra los best-sellers y otros tics. Contra las modas y el artificio. ¿Leer hasta el último soplo de vida? Si se trata de buenas historias, sí, naturalmente. Las buenas historias están siempre por encima del artificio y del soporte. Sólo requieren… talento y humildad. Lo más difícil. Pero nunca fallan. Y porque de buenas historias vivimos hasta el último aliento, ellas y sólo ellas merecen inversiones millonarias. No las dichosas actualizaciones de sistemas editoriales, que son un sacacuartos de tomo y lomo; ni las salas de redacción con forma de sistema solar que venden presuntos consultores; ni otros experimentos ocultadores de tanta ausencia que darían para escribir una enciclopedia del disparate. Definitivamente, MacLuhan no tenía razón: el medio no es el mensaje.

Postdata. Hablando de leer, de este verano fugaz rescato dos libros que me parecen magistrales y contrapuestos: ‘Los enamoramientos’ (2011), de Javier Marías, y ‘Honrarás a tu padre’ (1971), de Gay Talese. Por un lado, el mundo subjuntivo de la introspección, ese espacio-tiempo nebuloso, lento, entre lo real y lo figurado; por otro, un monumento al periodismo, descarnado y auténtico, puro dato. Una novela-reflexión sobre el amor y, sobre todo, la muerte frente al retrato periodístico más íntimo que nunca se ha hecho de la mafia. 400 y 600 páginas, respectivamente. Garamond. Cuerpo e interlínea muy generosos por todo artificio.

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