abril 12, 2012 1

Edulcorado Simba

Por en General

Cuando entré en el hospital y vi a mi hermana tuve una especie de Déjà vu fotográfico. Al verla así, tumbada en la cama, con el camisón blanco, cara rechoncha y colorada de casera y el peque en brazos, me recordó a una foto de mi madre que hay en un álbum en casa de mis padres, de la época en la que se pegaban las fotos en los álbumes. Tenía las mismas trazas, hace treinta años: recién parida, con las entrañas todavía como un Picasso, derrengada y feliz.

Unas semanas después de mi visita echábamos las cenizas de mi abuela sobre la tumba de su madre en el pueblo. “La madre con la madre”, dijeron.
El tiempo circular, que tanto nos gusta en este blog.

Con cierta fascinación quizá un poco masoquista, miro de vez en cuando las fotos que Nicholas Nixon fue tomando de su mujer Bebe y sus cuñadas durante más de treinta años. Nixon comenzó a fotografiarlas en 1975. Heather, Mimi, Bebe, Laurie. Laurie, Bebe, Mimi, Heather. Siempre en un mismo marco, el formato grande 8×10, que le permite imprimir la imagen directamente desde el negativo.

23, 15, 25, 21. Sus edades en la primera foto. Siguiente, siguiente, siguiente. Uno se permite el juego de pasar las fotos rápido. De ver cómo ellas pasan de una pose juvenil, casi altiva, hacia una posición más cariñosa, en la que se van acercando más y a veces se abrazan. Desde la delgadez y la certeza de la eterna juventud sus cuerpos se van expandiendo en la madurez, ropas amplias, brazos más gruesos, caras redondas y cuerpos que se engrosan. Pliegues y más pliegues en la piel, como un origami que se dobla sobre sí mismo. El resto, las relaciones entre ellas, quién sufría en cada momento, quién era feliz, quién tuvo un buen año y quién vivía en la nostalgia, quién había tenido un hijo y quién había perdido a alguien son especulaciones que quedan para la interpretación del que las mira.

Miro las fotos pero no les dedico mucho tiempo. Como quien se asoma al balcón del séptimo piso sabiendo que tiene vértigo y se agarra a los barrotes mientras recula hacia el cristal. Un segundo para mirar lo prohibido y luego volver a la comodidad de tus horas, mientras albergas la esperanza de que serán eternas.

Porque, a pesar de lo del ciclo de la vida y de edulcorado Rey León y ciclo sin fin y bla bla, cada vez que miro las fotos de las hermanas Brown el tiempo que avanza a mordiscos me sigue pareciendo cruel, inexorable y devoradoramente lineal.

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