agosto 21, 2012 0

Gutenberg y el ombligo de la luna

Por en General

Querétaro significa —creo recordar— «lugar de las salamandras azules», fascinante, aunque también «lugar de México famoso por una goleada que tuvo lugar en 1986, con cuatro roscos del Buitre», que no es menos fascinante. Querétaro, como sabéis, fue elegida hace no mucho como la palabra más bella de la lengua castellana o español.

Nunca había estado antes en este país-continente que es México. Le tenía tanta envidia a Ángela que pedí a los Reyes que me regalaran un viaje, siguiendo su consejo expuesto en el post inmediatemente anterior a éste. Dicho y hecho: aquí estoy, a más de dos mil metros, todavía buscando el aire a bocanadas, en lo que un día fue la laguna de Toxcoco, el corazón de los aztecas, y más tarde el reino de Cortés. Perdido en esta metrópoli interminable, para ser sincero del todo.

Según me acaba de soplar un colega, México es un término de origen náhuatl, la lengua que hablaban los aztecas. Significa, ¡oh, maravilla!, «el ombligo de la luna». ¿No es lo más bonito que habéis leído nunca? El ombligo de la luna… Podría ser una ranchera de Sabina, que aún llora a Chavela. Olvidad Querétaro, México es la palabra más bella que he escuchado nunca.

Apenas conozco México, pero ya he descubierto que en esta ciudad se da un diario económico que contiene la sección de Cultura más prestigiosa del país, la que dirige Víctor Roura, un periodista-escritor de otro tiempo. De esos que aún bajan el cuerpo del texto para que les entre todo lo que quieren decir. Antes, me escandalizaba con estas prácticas; ahora me parecen enternecedoras. Cuentan que Roura no cree en internet ni en las redes, y que califica el universo virtual de «moda pasajera». ¿Sabría que venía?

Ya de noche, camino varias cuadras por Polanco con mi colega a la búsqueda de un lugar donde cenar. La cola de la tormenta tropical de turno va a descargar en breve un inmenso aguacero. Nos apresuramos. Cruzamos sucesivamente calles de nombres lunares, imposibles: Kant, Darwin, Copérnico, Euclides, Ruben Darío… ¡Gutenberg!

Quién me iba a decir que me iba a encontrar al venerable Gutenberg aquí, en México. Tomo conciencia del importantísimo exilio cultural español tras la Guerra Civil y pienso si Gutenberg —visto lo visto en el Viejo Continente— no ha saltado el charco camino también del exilio… No iba a encontrármelo en España, claro, que quiere decir tan sólo «tierra de conejos», y donde las calles —al menos en el norte— y los diarios tienen nombres muy aburridos. Aquí, al menos, uno compra Reforma, Milenio, Excelsior…

Roura y Gutenberg en el ombligo de la luna. Y yo con mis miedos y mi boina. No sé por qué esta primera bocanada de aire azteca me ha caído bien. El proyecto en ciernes ya tiene mejor pinta. Gracias por chivarme el secreto de los Reyes Magos, Ángela.

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