septiembre 8, 2014 0

Inutilidad de los diarios

Por en General

En Pamplona, en julio, por Sanfermines, sirve enrollado para citar a los toros y medir las distancias. En Salta, cualquier día, a cualquier hora, lo guardan enrollado como en Pamplona, y cuando un forastero pide por favor que hagan algo con los perros, la maldita plaga de perros callejeros, el mesero se decide por fin y avienta a los bichos con el periódico y uno puede cenar tranquilo. En esa misma plaza 9 de Julio de Salta, para mi pasmo, la quiosquera derrama café y no se le ocurre mejor cosa que agarrar —no coger— un diario nuevecito de los que acabamos de rediseñar y esparcirlo por el suelo para que absorba bien todo. Pobre diario. En Uruguay tampoco son muy originales: un amigo de Pamplona que acaba de hacer las Américas se compra el diario del domingo, que viene gordito, y me cuenta que con sus brasas el asado le sale para chuparse los dedos.

Cito estos usos no por originales, que esos ya los enumera Grassa Toro en ‘Imprensa’, sino por recientes, porque han salido en conversaciones este verano, que ya se va, y me hacen gracia. Pienso: a mí me da lo mismo que no los lean, que no lean los diarios, lo importante es que los compren. Pero a renglón seguido me sincero: no, no es verdad que dé lo mismo.

Estoy leyendo el manifiesto-ensayo de Nuccio Ordine ‘La utilidad de lo inútil’, editado por Acantilado, que es provocador y delicioso. En él encuentro la historia de ‘Lo Spettatore Fiorentino’, una aventura periodística que proyectaron entre 1831 y 1832 Giacomo Leopardi y su amigo Antonio Ranieri. ‘Lo Spettatore Fiorentino’ iba a ser un periódico semanal inútil. Como suena. En su preámbulo, el autor declaraba: «Reconocemos con franqueza que nuestro periódico no tendrá ninguna utilidad. Creemos razonable que en un siglo en el que todos los libros, todos los pedazos de papel impresos, todas las tarjetas de visita son útiles, aparezca finalmente un periódico que hace profesión de ser inútil: porque el hombre tiende a distinguirse de los demás y porque, cuando todo es útil, no queda sino que uno prometa lo inútil para especular».

Ante la insatisfacción de la vida, el placer de lo inútil. El conde Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi (1798-1837) fue poeta, filósofo, filólogo y erudito adscrito al movimiento romántico. Su madre era católica recalcitrante y de la cofradía del puño, leo: se alegró por la muerte de un hijo recién nacido en vista del ahorro que suponía. Su padre, en cambio, dilapidó la fortuna familiar para construirse una formidable biblioteca en casa. Aunque de salud frágil, Leopardi consumió su infancia y adolescencia leyendo desesperadamente. A los once devoraba a Homero, a los trece escribió su primera tragedia y a los 14 años ya hablaba siete idiomas. Toda su obra está impregnada de amores imposibles y de un profundo pesimismo que por muy poco no da con sus huesos en una fosa común. ¡Vaya historia la suya!

¿Podrán entonces los diarios inútiles hacernos más felices o es que me he dejado llevar por el romanticismo de Leopardi? Malayala Manorama, el diario de Kerala con el nombre más bonito que pueda tener un periódico, no lo cree y proclama su convicción desde la cabecera: como ya expliqué en octubre de 2011, cuando comenzábamos aquel rediseño, ‘manorama’ significa en idioma malayala “lo que me hace sentir mejor o feliz al enterarme”. Idea, por cierto, de tres poetas en 1888: Kerala Varma, Valiakoyhithampuran y Vilvavattathu Raghavan Nambiar.

El proyecto de Leopardi y Raniero no obtuvo el permiso de las autoridades florentinas y murió antes de nacer. Naturalmente, dice Nuccio Ordine en su ensayo. Un diario inútil y que hace feliz a la gente debe de ser muy peligroso.

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