enero 10, 2012 1

Vidas contadas

Por en General

Me las había prometido felices en 2012. Incluso había proclamado a los cuatro pobres vientos de esta blogosfera que de este año no pasa sin manejar el maldito InDesign. ¡Y ahora me entero que el cerebro comienza a perder facultades a partir de los 45, es decir, justamente la edad que tengo! Lo dice un estudio recién publicado en el British Medical Journal; vamos, que no es para tomárselo a broma. Ya están aquí el declive de la memoria, el del razonamiento y el de la comprensión: ¿seré capaz de cumplir mi promesa o tengo una coartada perfecta para no traicionar al querido Quark?

Del declive físico fui consciente el día que comprobé que no podía seguir por la pista a unos jovenzuelos de veintipocos. Me consideraba razonablemente en forma y seguía barriendo épicamente el parqué, como en los viejos tiempos. Escasito de técnica, siempre me había manejado a golpe de tarjeta y corazón. De repente, comprendí que todo había cambiado. Abatido, dejé el futbol sala. No es fácil asumir el deterioro. Al menos, me queda la cabeza, pensé. Pensaba.

El escritor José Manuel Caballero Bonald acaba de publicar a los 85 años ‘Entreguerras’, un poema de 3.000 versos sin puntos ni comas. “Después de esto, ya no voy a escribir nada más”, ha dicho sin pestañear. Y sin abatimiento ninguno. Al jerezano no le angustia la conciencia de término; al contrario, asegura que le produce una placentera sensación de plenitud. Como una liberación.

A Caballero Bonald habrá que buscarle a partir de ahora en los periódicos, lo cual es un consuelo. Accederá a seguir escribiendo las necrológicas de los escasos supervivientes de su generación. Al leer esta confesión, me ha venido a la cabeza lo importantes y lo necesarios que son los obituarios en un diario… y lo escasos en la prensa española. A diferencia de la tradición anglosajona, donde constituyen un género de primer orden, aquí no encontramos hueco para glosar ni hacer justicia a las vidas de quienes —más o menos anónimamente— configuran el verdadero pálpito de aldeas y ciudades. ¿Cómo es posible tanta ceguera?

Cuando murió mi abuela paterna a los 103 años decidí enviar al diario un largo obituario-homenaje. Me costaba admitir que mi diario, el diario de mi ciudad, ignorara a aquella señora única, igual de única que todas las abuelas. Las peripecias nada apasionantes de mi abuela trazaban casi sin querer un siglo de la vida de Pamplona. Ella contribuyó a que la ciudad sea como es y no de otra forma. El periódico debía reconocérselo. Lo hizo. Estoy contento porque mi diario, Diario de Navarra, hace un tiempo que decidió ser anglosajón en esto y publicar obituarios de gente normal. Creo humildemente que este rincón junto a las esquelas es hoy una de las secciones más bonitas de la prensa española. Hace al Diario un periódico mejor, más atento, más humano. Lo hace más periódico. Como los de antes: cuando la prensa era plaza, lugar de encuentro.

En fin, que para variar me he ido por los cerros de Úbeda: del otoño del cerebro al final consciente de una obra literaria, y de ésta a la sección de obituarios y a la re-humanización pendiente de los diarios. Como esto va de desvaríos, dejadme que reproduzca una cita cósmica y estremecedora de Caballero Bonald, retado por el estupendo Javier Rodríguez Marcos en Babelia: «¿La eternidad? Me gustaría creer en ella. Cuando se esparzan mis cenizas en el sitio que yo quiero, terminaré convirtiéndome en árbol, en agua, en piedra… Viviré en la naturaleza para siempre. Incluso puedo compartir la idea de divinidad, sin roces ni traumas».

Lo dice bien el escritor: “La vejez es una cabronada”. Pero a mí que me ‘invada’ el cerebro como a él, con cuatro décadas de retraso.

PD. La foto crepuscular de Gorka Lejarcegi, de nuevo, es una belleza.

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