mayo 22, 2013 0

Memoirs

Por en General

Dice Sergio del Molino: «El horror no es insoportable; se puede vivir en el horror». Vaya.

A Del Molino se le murió su hijo Pablo de una leucemia espantosa y, en medio del horror, que no ha cesado desde entonces ni un instante, ahora ha escrito ‘La hora violeta’. Un ‘memoir’ —como se llama al género— sin voluntad terapéutica ninguna. Fría disección, milimétrica cirugía, crónica desapasionada. A lo Primo Levi: «La escritura es siempre una forma de ahondar en el dolor. Y el horror no necesita adjetivos». ¿Será posible?

Sergio fue compañero periodista en Heraldo de Aragón. Escribía sus reportajes en el suplemento ‘Domingo’, en el piso de arriba. No frecuentamos mucho. No sabía de su desgracia reciente. Le envío desde aquí, modestamente, un abrazo sin adjetivos.

Coincide ‘La hora violeta’ con otros ‘memoirs’: el de Rosa Montero sobre Pablo Lizcano, ya reseñado, y los de Francisco Goldman (‘Di su nombre’), Joan Didion (‘Noches azules’), Abad Faciolince (‘El olvido que seremos’) y Giralt Torrente (‘Tiempo de vida’). Del Molino reivindica en su obra y en la de estos otros autores citados un enfoque estricta, «genuinamente literario» como síntoma de la renovación del género. Guerra sin cuartel a los libros de autoayuda. «Es preciso reconquistar el sentimiento», bramaba —intuyo— en su columna del sábado en Babelia. «Al escribir sobre la muerte de nuestros amados y de nuestros amantes, no sólo nos entroncamos en una poderosa tradición que, en castellano, empieza en Jorge Manrique, sino que resucitamos la capacidad de emocionar».

Alexei Bolotov (en la imagen que encabeza esta entrada) formaba cordada con Iñaki Ochoa de Olza y con Horia Colibasanu en mayo de 2008. Fue el único que hizo cima en el fatídico Annapurna. A pesar de sufrir un edema pulmonar en la bajada que casi le cuesta la vida, regresó sobre sus pasos cuando se enteró de que Iñaki no podría bajar sin ayuda. «Eso que llaman ‘gloria’ para el alpinista no existe. Esto no es fútbol o tenis. No da dinero. No vamos ahí arriba en busca de éxito, vamos porque es lo que nos da vida», reconocía en el documental ‘Pura Vida’, de Pablo Iraburu y Migueltxo Molina, otro ejercicio de magistral contención narrativa. Bolotov protagoniza la escena más memorable de la película en su casa de Dvurechensk, en el corazón de los Urales. Afuera hay paletadas de nieve y el frío hiela los huesos. «Yo no corro riesgos en la montaña», explica a la cámara. En ese momento, su mujer le interrumpe abruptamente. Le censura. «¿Y lo de escalar el Annapurna en solitario? ¿No fue eso arriesgado?», estalla en lágrimas. Bolotov se encoge, no acierta a decir palabra. El mismo Bolotov que el miércoles 15 de mayo de 2013, siete años después del legendario intento de rescate, fallecía al rompérsele la cuerda mientras trataba de abrir una nueva vía en el Everest.

En el mismo periódico y el mismo día que Sergio del Molino, la escritora mexicana Ángeles Mastretta asegura: «Somos lo que dejamos en los otros, lo que recuerdan de uno». ¿Será eso la famosa resurrección?

Escribo esto con horror y con hache. Sin remedio y sin adjetivos. Contar historias sirve de mucho. Sirve para que nos recuerden. Y así no morir nunca. Es decir, sirve para sobrevivir. Para vivir eternamente.

PD. En el Museo del Prado se exhibe estos días ‘La belleza encerrada’. La maravillosa fotografía sobre estas líneas es de Samuel Sánchez y fue publicada en El País el sábado 18 de mayo de 2013. En ella, una visitante se asoma por una de las paredes agujereadas —entre otros ingenios— que la pinacoteca ha ideado para cruzar miradas, estirar perspectivas, vencer el tiempo. Colándose furtivamente entre un posible autorretrato de Alonso Sánchez Coello y ‘Caballero anciano’, de El Greco, la visitante es cuadro. Sobrevive. Vive

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