mayo 22, 2014 0

Quioscos

Por en General

Paseando esta mañana por las calles del Ensanche barcelonés no he hecho más que cruzarme con quioscos de prensa cerrados. Uno, dos, tres… hasta una docena sólo en la calle Consell de Cent. (Más de un 40% de los quioscos de la ciudad está cerrado, según leo). Persianas bajadas: qué nostalgia. Desde niño, los quioscos han despertado en mí una atracción irresistible. Cuando veraneábamos en Salou, playa de Navarra, solía perderme en uno grande que había al principio del paseo. Horas enteras girando los expositores y fisgando sin entender una palabra de aquellos idiomas extraños con diéresis y acentos circunflejos. Llegaban —con retraso, ¡qué importa!— diarios de toda Europa: franceses, holandeses y belgas, italianos, ingleses, alemanes. Los quioscos eran mi ventana al mundo; un mes después, gris y lluvia, volvíamos a Pamplona a leer el diario de casa. El mundo se alejaba.

En Pamplona no ha habido nunca quioscos como Dios manda y desde hace años no se pueden comprar diarios extranjeros, pero ésa es otra historia. Más rabia me dan dos cosas que advierto peligrosamente en la repisa de la cocina, ya saben, la que está junto a la máquina del café: la de mis diarios favoritos (porque son los que leo).

Una es el dizque periodismo de previas. Hay que calentar al personal: el diario se convierte en ‘hooligan’. No informa de nada, tan sólo se disfraza del color correspondiente. Apela a un sentimiento que ni siquiera es común. Y todos a posar. Poses de lo más forzadas, peregrinas. Fotos absurdas con banderas en lo alto de una montaña o a lomos de un caballo, incluso con despliegue de bomberos. Lo hacen todos los periódicos cuando se trata de apoyar al equipo local. Qué griterío. Qué artificio. Es bastante aburrido. Y, sobre todo, poco periodístico.

La otra es realmente peligrosa. Se refirió a ella recientemente el mismo director de diario que mencioné en una entrada anterior. Retraídos y escépticos, los anunciantes (preferiblemente, un banco) han cambiado las planas de publicidad por eventos patrocinados. Famélicos, agarrándose a un clavo ardiendo, los periódicos compran la iniciativa y venden su alma al diablo (otra vez). La fórmula es sencilla. Se cita a lo más granado de la sociedad local, que desfila obediente. Se trae a un ponente de supuesto relumbrón no menos obediente. El presidente de la comunidad autónoma hace incluso de telonero del ponente bancario… Al final, cinco o seis páginas de crónica social, álbumes gráficos a la mayor gloria del espónsor, cuyas huestes han sido convenientemente distribuidas en todas las mesas.

¿Y el diario? ¿Dónde queda el alma del diario?
¿Dónde quedamos sus (pocos) lectores fieles?

Quioscos cerrados, obvio.
Qué nostalgia.

Share

Deja un comentario

Sitio web