enero 12, 2012 0

Unplugged

Por en General

En medio de tanto trajín y de tanta —digamos— insatisfacción, lo mejor de la vida suelen ser lo que yo llamo momentos de plenitud. Son apenas instantes. Acontecen por lo general cuando uno está solo. Pero cerca. Recogido. De cara. Normalmente, no ha pasado nada, o nada digno de mención. Sólo —nada menos— que de repente el agobio existencial desaparece o se olvida o se mira incluso con otra simpatía. Entonces se produce una sensación profunda de sintonía: con uno mismo y con el género humano. Y suele aparecer una sonrisa.

Algunos de estos instantes mágicos de plenitud los he vivido en pleno vuelo. Es curioso: tener que estar ‘desconectado’ durante unas horas obliga a emplear la mente y el cuerpo en otros quehaceres mucho más inútiles y por tanto placenteros. Por encima de todo, uno se dedica a sí mismo: a leer una novela, a mirar las nubes o el océano inmenso o la noche eterna, a dormitar, a comer sin ninguna prisa o, lo que es lo mismo, con toda paz, a conversar con el vecino, a enamorarse furtivamente, ¡sí!, a leer el periódico también. ¡Qué más se puede pedir! Volar es un lujo porque nos permite/obliga a hacer lo que casi nunca hacemos, eso que de paso nos hace generalmente mejores personas.

No, las personas no necesitamos estar conectados 24/7. Ésa es otra mentira que nos quieren imponer marcas y consultores asociados de una u otra manera. Estar permanentemente conectados no nos convierte en personas mejor informadas sino en obsesos de la conexión. Sin duda ninguna, sobreinformación es igual a desinformación. Como entiendo que el periodismo combate idealmente la desinformación y quiere contribuir a formar sociedades más inteligentes y equilibradas, tengo que concluir que la sobreinformación y el 24/7 en los que andan enfrascados muchas compañías periodísticas nada tienen que ver con el periodismo.

Es lo de siempre: hay momentos para la plenitud y momentos para la información (…). Por eso, hoy, al entrever bajo la nieve de Oslo un avión-wifi de Norwegian Airlines que promete conexión permanente en vuelo, he pensado con profunda tristeza que la compañía noruega y otras que abanderan orgullosas la misma iniciativa en todo el mundo están atacando en verdad lo más sagrado de la aviación, el tesoro más grande que nos proporcionan los aviones, mayor incluso que el hecho de transportarnos a 900 kilómetros por hora. Y que volar, a partir de ahora, va a ser más bien como entrar en un vulgar cibercafé.

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