julio 4, 2013 0

Verano

Por en General

El viernes regresaba en el avión feliz. Fugazmente feliz, pero feliz. Embutido en mi asiento, que es como un refugio, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, volviendo a casa tras una semana apasionante en Libération. No más viajes: vacaciones. Era una felicidad estudiantil, universitaria, o mejor aún de bachillerato.

Para mí, los veranos comienzan no el 21 de junio sino con las hogueras de San Juan, la noche del 23. Las hogueras de San Juan en Pamplona son más bien de tercera, pero tienen lugar a tiro de piedra de donde vivimos. Suelo bajar siempre con mi hijo Carlos. Él lleva discretamente su agenda escolar y algún apunte. Con cierta timidez al principio, más suelto en seguida, tras haberme pedido permiso con la mirada, arranca las hojas y las arroja al fuego. Adiós, colegio, dice con regocijo. Y yo me regocijo con él: dos críos iluminados por el esplendor nocturno del verano, cuando el tiempo avanza más despacio.

La vida consiste en un cúmulo de muchas cosas inconexas, pero también de brevísimos instantes de euforia o plenitud a los que alguna vez me he referido. Pueden durar centésimas o algunos segundos, hasta que cualquier detalle te saca del ensimismamiento. Entonces, quieres volver a toda costa, como cuando despiertas de un sueño que estaba yendo bien. No es posible, jamás lo es. Esos instantes son reales y llegan cargados de una densidad formidable, aunque llevadera. Sucede entonces que uno se siente más cerca de sus semejantes, muy cerca, diría yo; se establece una suerte de sintonía esencial con el género y con la Historia, algo difícil de explicar, pero que tal vez tenga que ver con lo que el filósofo Javier Gomá llama «la mortalidad prorrogada». Estoy leyendo su último libro, ‘Necesario, pero imposible’, en busca de esperanza.

En los últimos días, han sobrevenido varios instantes de plenitud consecutivos. Las vísperas —lo por venir, lo prometido— son preciosas y tienden a generar ese fulgor indescriptible. Pasado mañana se acaba el mundo en Pamplona, la ciudad dejará de estar preciosa y la canícula se habrá establecido, será lo normal, ya no lo prometido.

Pensaba en esto al leer los periódicos de estos días, tan poco prometedores. Así como cuando en mayo la ciudad estaba tan bonita y los diarios se mantenían ajenos a su belleza, estos días iniciales del verano no han acabado de transfigurar sus páginas como uno espera. Uno diría que son diarios de otro tiempo, más gris. Diarios de martes de febrero, por ejemplo. Y yo quiero leer diarios luminosos de julio, cuando todo está aún por hacer.

Cerramos unos días. La gente del estudio parte. Nos disgregamos. Cada uno en busca de su solaz. Ojalá este año veamos todos el rayo verde. Feliz verano.

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